Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 18
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Rurik carraspeó una vez. Dos. Hasta tres.

Pero aquellos dos parecían muy lejos de él. Tan emocionados por el reencuentro que, por un instante, se sintió fuera de lugar.

En su propia casa.

Con una muchacha que lo atraía como el agua a un ciervo herido, a pesar de todo el océano de contratiempos y mentiras que los separaba.

Maldición, si le miraba la boca, recreaba en su mente su único e imprudente beso paso a paso. Sin omitir nada.

Maldición de nuevo.

Estaba enamorado de Freydis, pero acababa de descubrir que deseaba a otra.

Una belleza de suaves rizos castaños, ataviada con un elegante vestido de color azul oscuro, que parecía hecho para ella. Resaltaba cada una de sus suaves curvas hasta el punto de hacerle parecer tonto.

¿Cómo no se había dado cuenta antes de que aquella mujer podría ser cualquier cosa menos una campesina?

Incluso su elegante cuello le parecía ahora digno de una reina, con el único adorno de la runa.

Hasta él llegó un ligero aroma a vainilla que podría provenir de alguno de los jabones que solían utilizar para su higiene personal.

Sus fosas nasales se dilataron para darle la bienvenida, al mismo tiempo que cerraba las manos en dos puños para evitar la tentación de enredar los dedos en los pocos mechones que escapaban del elaborado y sencillo peinado.

Le había parecido hermosa desde el primer momento en que la vio, pero en aquel instante, después de recordar todos los secretos que habían terminado uniéndolos, le pareció también inaccesible, a pesar de la vulnerabilidad, más propia de una muchachita inocente que de una mujer que ya había conocido…

No le apetecía seguir por esos derroteros. Lo incomodaban.

Peor aún: le molestaba pensar en la criatura que había perdido días atrás, así que prefirió concentrarse en los ojos azules casi traslúcidos, que en ese instante se hallaban anegados en lágrimas de alegría, mientras se aferraba a un hombre que muy bien podría ser su padre. O el de ella, ya puestos.

Era evidente que se conocían. Que se querían. El relato de Tavish de Moray que la presencia de Eithne había interrumpido era veraz. Por ese lado podía estar tranquilo.

Aunque dudaba que supiera en qué condiciones había llegado la dama escocesa a su casa. Y no sería él quien se lo contara, como era de esperar.

— Milady , necesitaría que os serenarais. Tomad asiento, por favor.

Ella lo miró extrañada por la formalidad de su trato, pero negó con la cabeza.

—Llevo demasiado tiempo inactiva. Os aseguro que me siento con fuerzas para permanecer en pie —replicó.

—Insisto. —Con una mirada concluyente, le indicó que le convenía obedecer sin rechistar si no quería levantar las sospechas del escocés.

Con los labios apretados en una fina línea, Eithne decidió seguir su orden disfrazada de sugerencia y se sentó junto al fuego.

Casi a continuación, Tavish hizo otro tanto—.

Bien. Ahora que ya estamos todos, podré seguir escuchándoos, De Moray —añadió, colocándose entre ambos, de espaldas a la chimenea encendida.

Ignoraba la razón, pero de pronto sentía un frío helador apoderándose de sus huesos—.

Entendedme. No soy quién para censurar según qué muestras de cariño, pero necesito más detalles que me impulsen a confiar… en cualquiera de los dos.

—Y yo se los estaba ofreciendo gustoso. —Tavish se inclinó hacia ella, examinándola al detalle, como si se hallara herida—. ¿Estás bien? ¡Cielos, tienes la palidez de una muerta!

—Todo lo bien que puedo estar, dadas las circunstancias.

—¡Por supuesto, qué estúpido soy! Llevas demasiados días vagando sola por ahí, hasta que la providencia quiso que te toparas con la fortaleza de Jura. ¡Has podido morir en el intento, muchacha inconsciente! ¿En qué estabas pensando cuando decidiste emprender esta huida sin sentido?

—En salvar mi vida antes de que el invasor decidiera acabar también conmigo. —«En la vida de mi hijo». Eso dijeron sus ojos cuando los posó en Rurik—. Nunca pensé que tú pudieras seguirme, pero si es así, quizá…

—De momento, creo que solo yo he ido tras de ti.

No debes temer. —Como si el cansancio no hubiera hecho mella en él, el hombre se puso en pie y casi se arrojó a los pies de Eithne solo para reconfortarla—.

Ahora solo debemos pensar en la suerte inmensa que nos ha reunido aquí.

Y en la misericordia de este hombre, que ha decidido escucharme en lugar de colgarme, pensando que puedo ser una amenaza.

—Aún no me he decidido por ninguna de las dos posibilidades —intervino Rurik, con su hombro apoyado en el dintel de la chimenea y una elocuente ceja alzada, que provocó la sonrisa torcida de Tavish.

—Esa amiga tuya, lady Sorcha… La he visto cruzar por la puerta abierta como una exhalación.

Como si estuviera escapando del diablo en persona —concluyó el hombre con una carcajada—.

Parecía tan asustada que ni siquiera se dio cuenta de mi presencia.

O eso, o ha pasado tanto tiempo que no me reconoce…

—Créeme, se acuerda de ti con todo detalle.

—A través de sus lágrimas, Rurik la escuchó reírse.

Ese sonido, producto de los nervios del momento, le resultó tan sorprendente como reconfortante.

Después de días de agónica espera, al fin veía una pequeña luz de alegría en aquellos ojos hundidos por la muerte que había estado revoloteando a su alrededor—. Este vestido es suyo.

—Entiendo que no te fuiste en las mejores circunstancias. ¡Por los cielos, creí que nunca podría alcanzarte! ¡Que te había perdido, como a Alasdair!

—¿Alasdair ha… muerto?

Ella palideció todavía más, si es que aquello era posible, a la vez que le dirigía una mirada llena de recelos.

Desconfiaba de él. Y saberlo le produjo un dolor semejante a un puñetazo en el estómago que no comprendió. Después de todo, la presencia de aquel hombre podría resolver el mayor de sus problemas en esos momentos. No solo lady Sorcha podría volver con él, sino también Eithne.

Aunque la perspectiva no lo alegró en absoluto.

—No sabemos lo que ha ocurrido con él, pero mientras no aparezca su cadáver, está vivo para todos…

incluido el nuevo laird de Duntrune. Lachlan gobierna a sangre y fuego, pequeña.

Mi señor, como bien os he explicado antes de la interrupción de mi pupila, ese joven desagradecido aprovechó la confianza que depositó en él mi amigo Niall primero, y sus dos hijos después, para traicionarlo de la peor manera posible —añadió, dirigiéndose a Rurik—.

Ella fue valiente y logró salvarse, al igual que yo, pero ahora los dos nos hallamos en vuestras manos.

—¿Los dos?

—Si no contamos a lady Sorcha, sí —afirmó Tavish, tomando la mano de Eithne entre las suyas.

Se hallaba tan concentrado en él y sus reacciones que no se dio cuenta de que su pupila lo miraba con extrañeza—.

Si, por el contrario, aceptamos que ella tiene tantas ganas de regresar como nosotros, entonces seremos cuatro las personas que pedimos vuestra ayuda, mi señor.

—¿Mi… ayuda?

—Para que vuestros hombres nos escolten hasta Duntrune Castle.

Ahí tenía su oportunidad. Rurik paseó su mirada del escocés a Eithne, dispuesto a aceptar aquel arreglo tan ventajoso para él… Y entonces, aquella sensación incómoda regresó.

Si accedía, la entregaría a Lachlan de Grey, que era quien en aquel momento gobernaba el territorio de los MacSorley.

Su peor enemigo.

El hombre con quien podría haber ajustado cuentas en el pasado, pero al que le había perdonado la vida. No pasaba ni un solo día sin que se arrepintiera. Su mente de estratega militar había ideado mil y un planes infalibles, esperando el momento en el que aquella alimaña volviera a Jura.

Porque volvería, de eso estaba seguro. Y él lo esperaría, respaldado por quienes debían poner su espada a su disposición.

Pero no había contado con que una MacSorley consiguiera escapar de sus garras para ponerlo en aquella tesitura. Si la devolvía al infierno del que había huido, después de haber perdido a su hijo, le ofrecería carnaza de la mejor calidad a De Grey.

Su conciencia no se lo permitiría, ni siquiera sopesando solo esa posibilidad.

Además, ella parecía no estar por la labor.

Lo miró espantada, negando con la cabeza y dispuesta a dejar salir por aquella adorable boca toda su opinión al respecto, sin omitir nada en absoluto; pero, gracias a los dioses, el alboroto proveniente del patio de armas los interrumpió antes de que él dijera algo como que la aceptaba en su hogar, al menos hasta su total recuperación. Y después…

¡Un momento! ¿Qué estaba pensando? ¡No era más que una dama deshonrada, en unas circunstancias que se proponía desentrañar, tan bella como hermética!

¡Una mujer que arrastraba un miedo tan profundo y atávico que la paralizaba, y que, sin embargo, la dejaba libre cuando se hallaba en compañía de sus seres queridos!

Había llamado a Tavish de Moray «maestro». Y por todos los santos que averiguaría hasta dónde alcanzaba esa relación.

—¡Erling! —llamó, cuando el sonido de los lamentos y los gritos entremezclados aumentó de volumen—. ¿Qué sucede?

—Es una mujer, mi señor —respondió el aludido cuando acudió a su llamada—. Una campesina. No deja de suplicar que le deis audiencia. Afirma que alguien le ha robado a su pequeño. Hemos tenido que reducirla por la fuerza.

Rurik no ocultó su sorpresa. Desde que había tomado posesión de Jura, los celtas habían trazado una línea casi imperceptible, pero muy presente, que delimitaba sus funciones.

Lo respetaban, salvo en las pocas ocasiones en las que había desmantelado algún pequeño complot destinado a terminar con su vida con mano de hierro, pero se guardaban mucho de acudir a él con los asuntos cotidianos que todo señor debía resolver.

Solo si ese asunto era muy grave y complejo se molestaban en ponerlo al día a tiempo.

Y aunque la mayor parte de las veces Rurik terminaba imponiéndose e interviniendo, los gritos que le llegaban del exterior fueron más expeditivos que cualquier palabra.

La mujer sufría, aunque no parecía la única.

A juzgar por la mirada angustiosa que Eithne le dirigió, ella también lo hacía.

—Un niño… —murmuró, con voz apenas audible.

Suficiente para que Rurik se hiciera cargo de la situación, sin pensar que era posible que pudiera tratarse de alguna argucia para exponerlo de nuevo. Para que los malditos celtas tuvieran acceso a él desde cualquier punto, incluso desde el interior de la fortaleza.

No podía fiarse de nadie. Ni de los guerreros que habían sido fieles al anterior señor, ni de los campesinos… Ni tampoco de la muchacha que esperaba una respuesta, con los ojos desorbitados por el recuerdo de su propia criatura perdida, o el hombre maduro que aguardaba en un discreto segundo plano.

—Dejadla entrar —sentenció, ocupando su lugar en el Gran Salón.

Eithne esbozó una sonrisa insegura e inclinó la cabeza hacia él en señal de gratitud.

Y el corazón de Rurik dio un brinco dentro del pecho, aunque lo disimuló a la perfección tras su máscara de fría autoridad.