17
—¿Es verdad lo que acabo de oír? ¿Tavish está aquí? ¿Tavish de Moray?
—Veo que no te has olvidado de él…
—¿Cómo podría hacerlo? ¡Cuando éramos niñas, soñaba con casarme con él!
Así que si ahora se encuentra en esta fortaleza, lo menos que puedes hacer es recibirlo como se merece.
Te he traído uno de mis vestidos, en vista de que tu atuendo de campesina quedó inservible cuando…
—Sorcha se mordió el labio para no seguir hablando, y le mostró un precioso vestido color vino—.
No importa. Seguro que estarás preciosa con él.
Y es necesario que te sientas así. Sobre todo para que él no sospeche nada cuando te vea. Porque querrás verlo, ¿no?
Eithne apenas tenía fuerzas para pensar con la lucidez que su encuentro con Rurik le había exigido, pero se las ingenió para sacar las piernas de entre las mantas e incorporarse con dificultad.
Apreció que sus pies ya estaban curados. El resto… dudaba que la herida se cerrase algún día. El daño había sido demasiado profundo, demasiado sangriento…
—Supongo que no me quedaré tranquila hasta tenerlo delante, le pese a quien le pese —murmuró, soportando la desoladora sensación de vacío que le contrajo las entrañas en cuanto se puso en pie—.
Por favor, ayúdame. O llama a Marsaili para que me ayude y luego haga otro tanto contigo.
Esa muchacha ha demostrado ser eficiente, y tú pareces…
desaliñada. A lo mejor nos puede atender a las dos antes de que el señor del castillo cometa una injusticia con Tavish.
—Entonces no son habladurías sin fundamento. —Sorcha apenas reparó en su imagen reflejada en el espejo de estaño cuando corrió a auxiliar a su amiga, antes de que esta cayera al suelo por la debilidad—. Creo que lo mejor es que guardes cama un poco más.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. Y necesitas recuperarte cuanto antes, para que ambas podamos volver a nuestros respectivos hogares. Ah. No había caído en que hasta ahora me había sido imposible hablar contigo… Bueno, podemos hacerlo antes de que la sanadora venga a interrumpir nuestra breve intimidad.
—Si me fío de tu aspecto, puedo incluso llegar a pensar que tú ya has disfrutado de la tuya.
—Necesitaba bromear acerca del peinado deshecho que exhibía su amiga, para no caer en la oscuridad de la desesperación y el dolor de haber perdido a su hijo, pero cuando la vio sonrojarse, abrió la boca, incrédula—.
¡Por todos los santos, Sorcha! ¡No me digas que he acertado, porque entonces tu situación comenzará a preocuparme mucho más que la mía!
—¿Has perdido el juicio? ¡Claro que no pienso caer en los brazos de ningún caballero apuesto y descarado, con un par de hoyuelos en las mejillas! ¡Un hombre desesperante que me saca de mis casillas, y al que trato de ignorar con todas mis fuerzas!
—Pues para ignorarlo, lo has descrito demasiado bien… ¿Es el lugarteniente de Rurik?
—Un arrogante que se cree más de lo que es, hasta el punto de ordenarme lo que debo o no debo hacer.
¿Sus motivos? Que su señor está muy ocupado contigo, y con los problemas de rebeliones que tiene que sofocar, día sí y día también, desde que se ha convertido en laird de Jura.
Al parecer, las gentes de la isla no aceptan demasiado bien que un vikingo ocupe el puesto que, según ellos, correspondería a un escocés y…
—Sus quejas se interrumpieron en cuanto se fijó en el colgante que llevaba al cuello—.
¡Eithne! ¡Es una runa vikinga! —exclamó en voz baja, mientras la sostenía en su mano con los ojos abiertos como platos—.
¿Te das cuenta de lo que esto significa?
—¿Que no tienes memoria o capacidad para fijarte en tu mejor amiga? Te recuerdo que la llevo desde mucho antes de que padre muriera. Ya la habías visto antes y te encantaba.
—Y yo te recuerdo que mi tío me envió lejos de las tierras Lamont entonces, para permitirme volver no hace mucho. Comprende que mi alegría al volver a estar juntas iba mucho más allá de detalles insignificantes como un colgante.
—Perdonadme, milady , pero por lo que veo, esa joya puede ser de todo menos insignificante.
—Marsaili hizo su aparición en ese momento, con su habitual desparpajo, y con los ojos clavados en el colgante.
Lanzó a Sorcha una mirada llena de censura, y después se centró en Eithne—.
Mi señora, disculpad mi interrupción, pero el laird me ha enviado con este caldo reconfortante y un trozo de pan, para que recuperéis fuerzas.
No esperó respuesta y se colocó en el borde del lecho para ayudarla a incorporarse. Eithne no tenía apetito, pero la mera idea de que el vikingo regresara para obligarla hizo que engullera todo como si estuviera famélica.
Aun así, el sabor de aquel caldo hizo que frunciera el ceño.
—¿Qué tiene?
—Un poquito de ruda. Es lo que he estado utilizando todo este tiempo para que expulséis… los restos, cuanto antes, y quedéis limpia por dentro… Ya me entendéis. —Marsaili parecía arrepentida de haber hablado de más—. Ruego me disculpéis si os he molestado en algo…
—No es eso, no te preocupes. No has sido tú.
—¿Entonces es el fajín lo que os incomoda? —preguntó la muchacha, señalando las bandas de lino que apretaban con fuerza su vientre—. Puedo aflojarlas un poco, pero comprended que no debéis poneros de pie, ni intentarlo siquiera, sin esa sujeción…
—Lo comprendo.
—En ese caso, decidme si notáis algún síntoma de flojera, mareo… Cualquier cosa después de tomar el caldo, que indique que debáis volver a la cama.
—Ahora mismo lo único que deseo es salir de esa cama de una buena vez. Es el lecho del señor. Ni siquiera sé dónde…
—Ah, con sus hombres. No te preocupes por eso —intervino Sorcha con despreocupación—. Según tengo entendido, no es la primera vez que duerme con ellos.
Igual que Lachlan.
Su simple recuerdo casi la asfixió. Se apoyó en el colchón y tomó aire.
No podía permitirse sentir nada distinto de una amenaza, un peligro mucho más oscuro y primitivo que acudió a su mente con la precisión de un cuchillo clavado en el pecho, y que le provocó una herida todavía más sangrante que la que su propio cuerpo pretendía curar.
Con un esfuerzo titánico, Eithne apretó los dientes para controlar aquellos malditos pensamientos que la hundían todavía más.
—Gracias —masculló.
—Es mi trabajo, milady . Ahora, debo ayudaros si deseáis salir de los aposentos y os encontráis en condiciones.
—No lo está —aclaró Sorcha.
—Si me permitís el comentario, vos tampoco parecéis estarlo. Por suerte, yo puedo hacerme cargo de las dos antes de que mi señor empiece a pensar que tardo demasiado. —Se sentó junto a Eithne y la examinó con aire crítico—. Todavía parecéis débil…
—Ya te dije que no se encontraba en condiciones, Marsaili. Yo la conozco mejor que tú, y pienso llevármela de aquí en cuanto tenga la primera oportunidad.
Eithne miró a su amiga aprovechando que la joven sirvienta parecía inmersa en la elaboración de un peinado que sujetara sus rizos indomables.
—No voy a irme de aquí —admitió en un susurro cargado de dudas—. A menos que el laird decida echarme, algo que no parece que vaya a ocurrir en un futuro cercano… me quedo.
—¿Qué? No puedes estar hablando en serio.
—Hace mucho tiempo que no hablo tan en serio. —La angustia regresó a ella. No pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas cuando abarcó su vientre con la mano—. Está vacío. Hace unos días albergaba vida. ¡Y ahora ya no tiene nada!
—Podrás tener más hijos, Eithne. En cuanto regreses, podrás imponerte al Consejo para que rechacen a Lachlan como laird de Duntrune. Eso nos dará margen para encontrar a Alasdair. Él recuperará su puesto gracias a ti, y tú recuperarás tu honor gracias a él.
Parecía un plan perfecto. Si no fuera porque la carga que arrastraba, y que había culminado con su aborto, era demasiado grande como para asumirla.
Rurik no se había mostrado tan inflexible como ella esperaba cuando descubrió su pequeño engaño. Y aunque sabía que el vikingo no había dicho su última palabra ni mucho menos, guardaba la esperanza de poder lamerse las heridas en aquella fortaleza.
Hasta que se curara. Por dentro y por fuera.
—No lo haré, Sorcha —afirmó, tomando las manos de su amiga entre las de ella, mientras el corazón le latía tan rápido que amenazaba con romperle las costillas—. Ahora mismo, no sería ayuda para nadie. Y Duntrune necesita una mano firme, poderosa y astuta, que la recupere para sus legítimos dueños.
—¡Lachlan la ha convertido en poco menos que un estercolero!
Antes de marcharme, escuché a mi tío lamentarse del estado en el que se encontraban los cultivos, los rebaños y los aldeanos después del ataque.
¡Es un ser ocioso dedicado solo a la guerra y a preparar nuevas conquistas para sí!
—exclamó Sorcha con indignación—. ¡El rey recibe informes falsos que le han dado margen de actuación!
Si se lo permites, ¡cuando Alasdair aparezca, no tendrá nada sobre lo que gobernar!
—Soy una simple mujer cuyo secreto será desvelado en cuanto ponga un pie en la fortaleza.
—Cuando tragó saliva, el aroma de un vino especiado regresó a ella, pero sacudió la cabeza.
No era el momento, ni el lugar. Y si tenía suerte, nunca más lo sería—.
Me encerrarán antes de que abra la boca.
Ni siquiera podría acudir a la misericordia de tu tío…
—No si me acompañas a mi casa en lugar de quedarte en la que sigue siendo la tuya, por mucho que te empeñes en lo contrario.
Debemos irnos. Este lugar está gobernado por peligrosos hombres del norte.
De momento, su señor ha aceptado tenerme aquí en calidad de invitada, pero tanto mi situación como la tuya puede cambiar…
— Milady , el laird os espera. Si os encontráis con fuerzas, podéis reuniros con él en el Gran Salón. —La joven sirvienta interrumpió los intentos de su amiga por convencerla de algo que estaba resuelta a no hacer—. Entretanto, y si lady Sorcha así lo desea, puedo ayudarla a… recomponerse.
—Puedo recomponerme sola, gracias. Además, el señor ha designado a otra muchacha para encargarse de mí. Eithne, ve si quieres. Después seguiremos hablando… en privado.
Era una clara alusión a la intromisión de Marsaili, y por supuesto, esta se dio por aludida, aunque no pareció demasiado afectada. Recogió los enseres con los que había llegado y le ofreció una de sus mejores sonrisas.
—Si no os atrevéis a hacerlo sola, yo puedo acompañaros, milady —se ofreció, ignorando a Sorcha por completo—. Os dejaré en la puerta, para que podáis recibir al escocés que acaba de llegar como se merece, y como el señor ya está haciendo.
—¿El escocés? Lo dices como si fuera un extranjero. O como si tú no fueras escocesa.
Eithne conocía a su amiga lo suficiente como para saber que aquellas palabras no eran una recriminación, sino un comentario sin más, pero Marsaili le dedicó una mirada altiva antes de inclinar la cabeza.
—Lo soy, milady —le respondió con calma—.
Tanto como vos o nuestra invitada. Una sanadora que aún no tiene demasiada experiencia, y que está agradecida de que el señor de Jura le haya dado una oportunidad, un techo bajo el que guarecerse y un modo de ganarse el pan.
Jamás se me ocurriría darle motivos, por pequeños que fueran, para que piense lo contrario de mí.
Nunca permitiría que nadie me despeinara.
¿Acababa de echarle en cara su aspecto? Eso parecía. Y le daba tan igual que ignoró la exclamación indignada de Sorcha mientras acompañaba a Eithne a la puerta, con una sonrisa cómplice que despertó otra en ella sin que pudiera evitarlo.
—No deberías mostrarte tan descarada con lady Lamont —le murmuró mientras ambas bajaban las escaleras—. Es una mujer muy virtuosa y responsable. Nunca haría nada como…
Se interrumpió de golpe. Había estado a punto de comparar su desliz con la conducta intachable de su amiga, pero la sanadora asintió con una expresión comprensiva.
—Os sorprendería la cantidad de muchachas que he tenido que ayudar a librarse de un apuro parecido al vuestro —le susurró al oído—.
Sé que en vuestro caso la criatura era deseada, aunque ignoro si era esperada, pero al final, el desenlace ha sido el mismo…
Solo tenéis que daros tiempo, milady —añadió, tomándola de las manos cuando llegaron a la puerta cerrada del salón—.
El dolor será soportable, y pasará en cuanto os quedéis de nuevo encinta.
Pero mientras tanto… me gustaría que me consideraseis una amiga en quien confiar, ahora que vuestros deseos más inmediatos están a punto de cumplirse.
—Pero Sorcha…
—Nunca se me ocurriría pensar siquiera en ocupar su lugar, milady .
¡Dios me libre! Aunque jamás escuché que solo se pudiera contar con una amiga, ¿verdad?
—Con otra leve inclinación de cabeza, llamó a la puerta—.
Mi señor, os traigo a lady Eithne. Por fortuna, su estado ha mejorado y le ha permitido presentarse en persona para que vos mismo podáis atestiguarlo…
—Está bien, Marsaili. No es necesario que dediques medio día a dar ese tipo de explicaciones. Te aseguro que todos tenemos ojos en la cara.
—Claro, mi laird . Si me disculpáis…
Ninguno de los presentes le prestó la menor atención.
Los cinco sentidos de Eithne pasaron del enorme vikingo que la recorría con una mirada profunda y brillante, de la cabeza a los pies, al hombre que se hallaba a su lado. Aparecía sucio, con gesto cansado y unos ojos hundidos, que parecieron revivir cuando los posó en ella.
—Santo cielo, Eithne, mi pequeña…
Fue apenas un susurro, pero para ella, supuso un mundo entero de nuevas posibilidades, después de haber caído en el abismo de la desesperación.
Parpadeó para asegurarse de que no era una visión, producto de los brebajes que aún llevaba en el cuerpo para mitigar las molestias del aborto. Después, poco a poco, avanzó hacia él.
—Tavish… —murmuró—. Tavish…
A continuación, prescindiendo de cualquier norma que pudiera indicar lo contrario, ambos se fundieron en un fuerte abrazo.