16 #2
Lachlan sacudió la cabeza, hasta que el rostro de su preciosa prima volvió a ganar protagonismo. Ese era el que deseaba rememorar, no el de una mujer que nunca había aceptado sus atenciones de buen grado. Que había luchado contra él hasta quedarse a las puertas de la muerte…
Chupó el dedo con disimulo.
El sabor metálico actuó como el mejor de los afrodisíacos. Siempre le ocurría. Cada vez que paladeaba el resultado de sus juegos con Eithne, como si fueran trofeos.
Si exceptuaba la conquista de Duntrune, su mejor triunfo había sido Eithne.
La recordó complaciente, con esa sonrisa de ingenuidad que él se encargó de alimentar. Y después, con lágrimas agrandando aquellos ojos únicos, cuando le habló con sinceridad, pero sin asomo de arrepentimiento.
Frotó el dedo manchado con el pulgar para incentivar el realismo de aquellas imágenes, hasta que le dio la impresión de que la tenía ante él de nuevo. Con su cabello castaño suelto en suaves ondas que caían hasta su cadera. Sus labios llenos, que tanto placer le habían proporcionado…
Su entrepierna se agrandó. Se endureció. De haber tenido a la sirvienta a mano, se hubiera desfogado con ella, pero se recordó a tiempo que se hallaba al aire libre, acompañado de dos hombres que podrían advertir su enorme erección.
—Dice la verdad —afirmó con voz oscura, sin abrir los párpados, dirigiéndose al guerrero que aguardaba a una distancia prudencial—. Lady Eithne ha estado aquí. Esta es la prueba.
—Mi señor, perdonad la pregunta, pero ¿cómo estáis tan seguro? —se atrevió a replicar el soldado—. Esa sangre puede ser de cualquiera, incluso de este desventurado que a lo mejor intenta engañaros…
—Valoro tu preocupación al respecto, pero no es necesaria.
—Todavía estaba envuelto en el sopor de la excitación sexual cuando respondió, mientras se limpiaba el dedo con disimulo—.
Conozco a lady Eithne desde hace años. En numerosas ocasiones se ha herido en mi presencia.
Cada persona posee un tipo de sangre distinta, con un olor diferente.
Créeme, el de milady es tan único como puede serlo el tuyo o el mío.
—Er… —El soldado parecía confundido cuando pasó su mirada de él al viejo, y después de nuevo a él—. En ese caso… ¿qué debo hacer con este hombre?
—Nada.
—¡Pero, mi señor, os he ofrecido una información valiosa acerca de uno de los hermanos MacSorley! ¡Merezco la recompensa!
—¿Sí? —Lachlan entrecerró los ojos y se acercó a él—.
Dime, barquero, ¿por qué no me has contado todo esto antes?
De todos es sabido que, desde que me he convertido en vuestro nuevo laird , no he cesado de buscar a Eithne y a Alasdair.
¿Es que acaso los habéis tenido escondidos todo este tiempo, y tu aparente confesión forma parte de un plan?
—¡No, mi señor, por supuesto que no! Pero pensé que la muchacha había robado el caballo antes de huir de la fortaleza, y por eso afirmaba que era suyo. Era su única moneda de cambio para conseguir marcharse por mar…
—Claro. Y a ti todo te sonó tan convincente que, una vez la dejaste en Jura, te volviste a tu casa como si tal cosa y no pensaste más en ello… —De pronto, una hipótesis en la que debería haber pensado antes, lo asaltó—. ¿Cómo sé que encontraré a lady Eithne en perfecto estado de salud?
Aquello pareció sorprender al barquero. Miró en todas direcciones, antes de retroceder, cabizbajo y con los hombros caídos.
—Me temo que no puedo aseguraros eso, mi señor —reconoció en un susurro—. Solo sé que cuando la dejé al otro lado del mar, estaba viva. Lo que haya ocurrido después…
—Será tu responsabilidad, ya que te atreviste a dejar a una mujer sola en semejante situación, fuera noble o plebeya.
Y desde luego, no voy a premiar a una alimaña sin conciencia.
Si lady Eithne se hallase aquí, opinaría lo mismo que yo y dictaría la misma sentencia.
—Se encontraba sorprendentemente sereno cuando lo empujó hacia el guerrero—.
Dale su recompensa merecida: acaba con él.
Después, regresa a la fortaleza. Serás tú el premiado.
Ignoró los gritos y las súplicas del barquero, que lo persiguieron hasta mucho después de que hubiera emprendido el camino de vuelta en su caballo. Su mente ya se hallaba en los próximos pasos a dar, después de conocer el paradero de Eithne.
En Jura. Al amparo de Rurik el Escocés, que se lo brindaría de buen grado en cuanto supiera la identidad del hombre que la había obligado a huir.
Lachlan sintió cómo sus entrañas se retorcían al pensar en aquel salvaje del norte. En todas las desgracias de las que había sido víctima desde que sus caminos se habían cruzado por orden real.
Necesitaba tiempo para asentar los cimientos de su nuevo reinado sobre Duntrune. En ese momento no contaba con efectivos suficientes como para presentarse en Jura para exigir la justicia que se le había negado.
La mitad de su ejército intentaría cortarle el cuello a la menor oportunidad. El resto, se uniría a las fuerzas de Lamont, su molesto vecino, que hasta entonces se había mantenido al margen, a poco que este insistiera en ello.
Su prioridad era Alasdair. El encuentro con el barquero le había demostrado una vez más, que cualquier campesino podría retenerlo en algún escondite, esperando su momento…
Pues bien, él también tendría el suyo.
Y solo después de que lo hubiera aprovechado… se aseguraría de que Eithne había tenido al fin el destino que él había preparado para ella con tanto cuidado.