16
Duntrune Castle
—¡Mi señor, alguien tiene noticias de los hermanos MacSorley!
En un principio, Lachlan no escuchó la voz, amortiguada por el grosor de la puerta de madera de sus habitaciones y por sus propios gemidos, mientras se vaciaba entre las piernas de la sirvienta de turno.
Ni siquiera se fijó en ella cuando la empujó con brutalidad hasta que ella terminó en el suelo, arreglándose la túnica rasgada por él como mejor pudo, entre lamentos.
—No te quejes tanto y lárgate —la despachó, dirigiéndose a la puerta—. Solo han sido unos cuantos golpes. Nada que no te puedas curar. Me has estado provocando con tus contoneos demasiado tiempo como para que un hombre como yo lo ignore. Tienes tu merecido, nada más.
Se olvidó de ella y pasó a encargarse del guerrero que lo había interrumpido. El gusano infecto pareció encogerse hasta hacerse del tamaño de una mota de polvo.
—Yo… lo siento, laird …
—Adelante, habla —lo animó, cubriendo su desnudez con una bata y sirviéndose un buen trago de vino que engulló de un trago—.
Pero piensa bien lo que vas a decir. No tengo tiempo, ni ánimos, para descifrar acertijos o dar por sentado algo que no pase de ser un burdo rumor. De eso ya he tenido suficiente.
—Mi señor, ha llegado un barquero proveniente de la aldea más cercana al mar —comenzó el guerrero, cabizbajo—. Afirma que puede daros información muy importante acerca de lady Eithne MacSorley.
—¿De Eithne?
—Sí, mi señor.
—¿Y de Alasdair?
—Del antiguo laird no ha dicho nada, mi señor.
Lachlan apretó los puños para evitar abalanzarse sobre el soldado. Le había costado demasiado someter la voluntad de todos aquellos que habían sido fieles a su primo y a su tío, como para estropearlo antes de saber a qué atenerse.
Imponía la ley del más fuerte, aplastaba cualquier intento de rebelión con mano de hierro e ignoraba el deterioro progresivo en el nivel de vida de los campesinos.
Después del ataque, nada de lo perdido había sido repuesto.
Ni animales, ni cosechas. Los miembros del Consejo le sugirieron que debería hacerse cargo de esos temas cruciales cuanto antes o, en su defecto, delegar en algún administrador de confianza para que hiciera el trabajo por él.
Pero Lachlan no era hombre de números, ni de mantener el trasero en una silla más tiempo del necesario.
Tampoco confiaba en nadie lo suficiente, de modo que las reservas de Duntrune habían alcanzado mínimos históricos que a él le importaban bien poco.
Su estómago estaba lleno; el de los demás no era asunto suyo, pero ya había tenido ejemplos suficientes de oportunistas que pretendían engañarlo con falsas informaciones, a cambio de las monedas de oro que ofrecía como recompensa, y que arreglarían la vida a más de uno… si pensara en pagarlas, claro.
Tenía las cabezas de los dos últimos mentirosos en una pica, a modo de advertencia para cualquiera que se molestara en intentar algo parecido.
—No escarmientan —murmuró para sí mismo, antes de volverse hacia el guerrero—. ¿Qué más ha dicho que sea de valor para mí… y para ti?
—Que hace días, llevó en su barca a una muchacha hasta Jura, mi señor —prosiguió el hombre, con la mirada clavada en el suelo—.
Aseguraba que era una campesina y vestía como tal, pero le pagó el viaje con un caballo que la delató.
Al parecer, varias personas en la aldea lo identificaron como la montura que solía utilizar lady Eithne en sus paseos.
Y cuando el barquero describió el rostro de la joven, todos convinieron en que se trataba de ella sin ninguna duda.
—Demasiada información, y demasiado tarde para mi gusto. ¿Hace semanas, dices?
—Según el barquero, horas después del ataque, mi señor.
Se dirigió hacia la ventana y fingió mirar a través de ella. En realidad, su mente estaba funcionando a pleno rendimiento.
¿Y si se había centrado demasiado en el paradero de Alasdair, olvidando el de Eithne? ¿Y si el peligro venía de ella y no de él?
—¿Llegó a Jura? —preguntó con aire ausente.
—Creo que sí, mi señor, pero no hemos podido asegurarlo. Cuando el hombre intentó acceder a vos, tuvimos que reducirlo. Los golpes lo han dejado un poco… desmejorado.
—Maldito seas. —De dos zancadas lo aprisionó contra la pared más cercana y lo levantó varios palmos del suelo—. Si ese desgraciado tiene de verdad algo que contar y lo habéis malogrado, lo pagaréis con vuestras vidas. ¡Todos!
Lo soltó y salió como una exhalación hacia la Sala de Guardia [2] .
Allí, se encontró con un nutrido grupo de hombres que parecían divertirse a costa del barquero que tenían entre manos, literalmente.
Lachlan dejó de preocuparse porque no pudiera contestar a sus preguntas desde el momento en que lo vio revolverse con rabia.
A pesar de la edad, de su cara ensangrentada y de que parecía cojear, no dejó de hacerles frente con una valentía que para sí querrían algunos, se dijo, antes de apartarlos a empujones.
—¡Fuera de aquí, atajo de vagos! ¡Id a entrenar con otras dianas que no se muevan tanto, u os quedaréis en evidencia! —tronó para hacerse oír.
De inmediato, todos se dispersaron murmurando palabras de disculpa, hasta que lo dejaron solo con el hombre.
—No voy a preguntarte cómo te llamas. No me interesa.
Tampoco voy a utilizar las más elementales normas de cortesía con alguien tan insignificante como tú.
Ni las necesitamos para que me digas lo que quiero saber, ni te las mereces —añadió cuando ocupó el único asiento de la estancia.
Sin quitarle el ojo de encima, desenfundó su enorme espada y la usó como bastón, aunque su intención era que el pobre desgraciado comprendiera el poder que podría desplegar sobre él en un abrir y cerrar de ojos—. Al parecer, tienes información para mí.
—¡Sí, mi señor! —Los guerreros le habían roto un par de dientes. Las palabras le salían a través de los huecos como silbidos, pero no tuvo dificultad en entenderlo—. ¡Es acerca de lady Eithne!
—¿Sigue aquí? ¿Dónde? —Fingió desconocimiento, porque sabía que aquella era la mejor manera de obtener unos resultados óptimos.
—¡Oh, no, mi señor! Supongo que a estas alturas se encontrará en Jura, si es que ha logrado sobrevivir —explicó el barquero con entusiasmo—.
Cuando acepté su trato de llevarla hasta allí, a cambio de un extraordinario caballo, ya tenía mal aspecto.
Pálida, con ojeras, la cara demacrada… Incluso pareció que necesitaba apoyarse en algo para no caerse redonda.
—Déjame adivinar: ¿tú le ofreciste ese apoyo?
—Bueno, en realidad… —Para su sorpresa, el viejo pareció avergonzado de haber sido pillado en falta. Elevó las manos en señal de súplica—. ¡En ese momento no sabía quién era la muchacha, mi laird ! ¡Solo vi a una chica guapa, en una situación desesperada…!
—Y decidiste aprovecharte de ella. —Las entrañas de Lachlan se revolvieron, a pesar de que él mismo carecía de moral alguna.
Tuvo que contenerse para no aplastarlo como a un insecto al imaginar a Eithne debajo de ese cerdo maloliente.
Aún la consideraba de su uso exclusivo—.
Agradece a Dios mi misericordia, gañán —susurró cuando lo sujetó por la pechera rasgada de la camisa sucia y lo acercó a su cara—.
Hoy me siento generoso, al menos hasta que me muestres dónde la transportaste y el caballo con el que te pagó.
El barquero se apresuró a asentir sin una sola palabra, y arrastró los pies hasta los establos. En cuanto Lachlan vio el fabuloso ejemplar, masculló una maldición y estrelló su puño en la cara maltrecha del viejo.
—¡Estúpido además de ciego! —vociferó con desprecio—. ¿Cómo pudiste pensar siquiera que alguien de tu ralea fuera la dueña de un caballo así?
—Mi señor, yo…
—¡Levántate ahora mismo y muéstrame la barca donde la llevaste, si es que tu relato es cierto! ¡Y tú, acompáñanos! —añadió, una vez en el patio de armas, dirigiéndose al primer guerrero que se encontró—. Ni me fío del viejo, ni de lo que asegura.
—¡Pero es cierto, mi laird ! —casi lloriqueó el barquero—. ¡No voy a intentar engañaros, después de ver lo que hacéis a los mentirosos!
Con un gesto, señaló las dos cabezas que permanecían en la entrada de la fortaleza, y descendió por el sendero a pie, acompañado del soldado, y Lachlan a caballo. No tuvo que cabalgar mucho hasta llegar a la barca varada a la orilla.
—Es esta, mi laird —le mostró el barquero—. Como veis, aún tengo que arreglar uno de los tablones. Ella lo rompió cuando…
—¿Se resistió a tu ataque? Prefiero no imaginarme a un harapiento como tú poniendo tus sucias manos sobre una dama como lady Eithne, o terminarás en el fondo del mar antes de lo previsto —afirmó, subiendo a la barca para examinarla más de cerca—. Según tú, ¿cuánto hace que te la llevaste?
—Semanas, mi laird . Pero no he podido arreglar los desperfectos porque las lluvias han dejado la madera húmeda, y no tengo nada con lo que cubrirla…
Las mantas eran un bien muy preciado, destinado a paliar las necesidades de personas y bestias, en lugar de resguardar objetos de las inclemencias del tiempo.
A Lachlan le importaba bien poco si su gente pasaba cualquier clase de privación, pero agradeció aquella en particular en cuanto puso un pie en el interior de la barca y vio la mancha.
Se agachó y la tocó con el dedo. Aunque la madera la había absorbido casi en su totalidad, gracias a las lluvias recientes todavía quedaba una pequeña parte que se llevó a la nariz.
Era sangre.
Su sangre.
Cerró los ojos y aspiró en profundidad.
Cómo conocía ese aroma único. El del dolor, pero también el del placer.
Su mente se trasladó al último momento que había compartido con Eithne. No había habido sangre, pero sí desolación. Un tipo de sufrimiento que lo excitó, junto con la textura del líquido que mojaba su dedo…
Después, la imagen fue sustituida por la de Lillias, en idénticas circunstancias.