15
—No te molestes en preguntar. Te lo quité antes de dejarte justo donde estás, pero no tengo intención ninguna de quedármelo, tranquila.
—Te aseguro que, ahora mismo, mi estado de ánimo se aleja mucho de la tranquilidad, pero si me lo devolvieras…
Rurik trató de no prestar demasiada atención a los ojos azules suplicantes, ni al mentón que temblaba, pese a que su dueña hacía todo lo posible por controlarlo.
Estaba demasiado pálida. Con un aspecto tan frágil cuando alargó la mano, que de nuevo sus pensamientos viajaron hasta la boca de labios llenos que había saboreado no hacía mucho.
No, se dijo. Había besado a una campesina. La mujer que aguardaba con el alma en un puño era una dama escocesa de buena cuna. Una desconocida con un aprieto del que acababa de deshacerse, bien de forma fortuita, o con toda la intención, en cuyo caso…
Tragó saliva para espantar la furia al pensar en esa segunda posibilidad.
—¿La has perdido a sabiendas? —escupió, con su vista clavada en las mantas que escondían su vientre—. Me refiero a la criatura.
—Jamás haría algo así. Me ofende que lo insinúes siquiera.
Los ojos de Eithne le dirigieron una mirada glacial, pero él la ignoró.
—No te conozco, aunque te tenga en mi casa —murmuró él al cabo de un rato—. Me ocultaste tu estado, a pesar de las señales de alarma que deberían haberte hecho entrar en razón. De pronto, me encontré con lo que… me encontré. Creo que estoy en mi derecho de desconfiar de ti.
—Yo tampoco te conozco, aunque accedí a ponerme en tus manos, independientemente de ese estado del que hablas —le replicó ella, con la voz temblorosa pero la barbilla firme en su dirección—. Me parece que también estuve en mi derecho de desconfiar de ti.
—Ya no. Es estúpido mantener este pulso entre los dos, que no nos llevará a ninguna parte. ¿Quieres tu runa?
—Es obvio que sí.
—Igual de obvio que lo que yo busco. —De pronto, se descubrió deseando otro tipo de información mucho más personal, que nada tenía que ver con la que pretendió sonsacarla cuando la encontró en el río.
Con un suspiro cauteloso, dejó que se pusiera ella misma el colgante y arrastró una silla hasta sentarse junto a la cabecera del lecho—.
Algo por algo, milady . ¿Estás dispuesta?
—Con límites, por supuesto.
Rurik asintió y apoyó los codos en sus muslos para acercarse a ella.
—Doy por hecho que entiendes que seré yo quien ponga esos límites —susurró—. Soy el señor de esta fortaleza, de todos los que la habitan y de la isla al completo. No voy a permitir que una muchacha que miente más que habla, intente ningunearme. Te guste o no, yo tengo el poder.
—No me gusta, pero tampoco soy tan estúpida como para no reconocerlo. Aunque el destino suele dar giros inesperados que pueden poner abajo a quien está arriba, y viceversa. Solo tienes que mirarme…
Fue incapaz de continuar, aunque Rurik supo enseguida a qué se refería.
Sus ojos, arrasados en lágrimas, se desviaron hacia la ventana mientras aferraba el borde de la manta, como si fuera su salvación mientras lloraba en silencio.
Si al menos hubiera escondido sus emociones, o hubiera tratado de disimularlas como la mayoría de las damas de alta alcurnia, él habría podido actuar en consecuencia.
Pero esos sollozos lo desarmaron. ¡Dios de los cielos, cómo deseaba encerrarla entre sus brazos para volver a besarla, mientras le aseguraba que la comprendía mucho mejor de lo que ella se imaginaba!
Pero no podía hacerlo. Él no era bueno con las palabras. Jamás había conquistado a mujer alguna con ellas. Se le daban mucho mejor los hechos.
Y recordó uno muy evidente.
—Te… agradezco lo que hiciste por Aska —murmuró, carraspeando como un muchachito imberbe—. Él se encuentra… bien.
—Me alegro. Muchísimo.
—Lo sé. —Y aunque le fastidiara que siguiera mostrando más preocupación por el animal que por él, permaneció con su expresión adusta—. No puedo esperar que confíes en mí por completo, pero sí lo mínimo para resolverme ciertas dudas.
—¿Esa es tu verdadera intención? —le escupió a la cara, atravesándolo con una mirada de odio puro que lo sorprendió—.
¡Ya sabes lo que me ha ocurrido! ¡Y supongo que tienes una opinión sobre mí al respecto, no muy buena, por cierto!
Pero ¿es que ni siquiera eres capaz de mostrar un poco de compasión hacia mí?
¡Al menos deja que me recupere lo bastante como para hacerte frente como te mereces!
—Es lo que has estado haciendo desde que nos hemos quedado solos. —Se puso en pie y se alejó de ella, como si así pudiera protegerse de la pena que le inspiraba a pesar de todo—. Así que supongo que tu estado es el adecuado para responder a determinadas preguntas.
—¿Como cuáles?
—¿Quién es el padre del hijo que has perdido? Si lo conozco, iré a por él para que cumpla con sus obligaciones. Si es alguien desconocido, lo buscaré de igual modo. Un hombre debe asumir las consecuencias de sus actos.
—¿Aunque esas consecuencias ya no existan?
Su mentón tembló cuando volvió a eludir su mirada.
Maldición. Aquellas lágrimas provenían de la devastación más absoluta.
Y él debía hacer algo al respecto.
Se acercó de nuevo y cubrió aquellos dedos helados, crispados sobre la manta, con su mano. Muy poco a poco. Como el hombre que se acerca a un animal herido con la intención de curarlo.
En aquellos momentos, esa era la intención de Rurik. Deseaba curarla. Quería volver a ver a Marion. Su sonrisa socarrona, la luz que iluminaba sus ojos cuando él se mostraba atrevido con ella. Sus palabras afiladas como cuchillos, que solo conseguían revolver su curiosidad y su intriga.
Durante un instante, cuando miró las profundidades de aquellos ojos llenos de tristeza y dolor, creyó encontrarla.
Supo que ella también había quedado atrapada en aquel laberinto de emociones sin definir ni desenredar, porque los abrió con sorpresa.
Pero sus dedos no se apartaron de los de él.
Se quedaron ahí, recibiendo su calor, hasta que ella soltó un suspiro de parcial alivio y sorbió por la nariz.
—Puede que el destino te haya arrebatado a tu niño, pero cargarás para siempre con el daño que ese hombre te ha ocasionado. Te ha estigmatizado —añadió con la voz queda, presionando la mano hasta asegurarse de que compartía su calor.
—No, si lo sucedido no sale de aquí.
—¿Intentas negociar tu situación conmigo?
—Intento mantener en secreto mi peor vergüenza, y mi mayor orgullo. —Volvía a suplicarle en silencio, con las lágrimas inundando sus ojos—. Si en algún momento quisiste protegerme de verdad, lo harás ahora, laird de Jura.
—¿Sin ni siquiera saber a quién te entregaste? ¿O es que acaso él te forzó?
—Todo lo ocurrido fue con mi pleno consentimiento.
—Las tornas se cambiaron y Eithne tomó su mano para apretarla apenas.
Una extraña sensación de afinidad se extendió por todas sus terminaciones nerviosas, sin que él pudiera evitarlo—.
Yo… yo no deseo regresar a él, ni a lo que representa…
ni a mi hogar, que a estas alturas, ya sabes cuál es.
—Duntrune, tomado a la fuerza por Lachlan de Grey.
—Necesito…
Rurik terminó arrodillado junto a la cabecera de la cama.
Atormentado por la naturaleza de sus propias emociones, ligadas a aquella desconocida de un modo que ni siquiera él comprendía, pero que lo empujaban a comportarse de una forma clemente, en lugar de actuar con la firmeza que la situación exigía.
—Si necesitas hacer justicia, yo seré tu brazo ejecutor —se ofreció, como el caballero que siempre había sido—. Si deseas…
—Anonimato. Que nadie aquí sepa lo ocurrido. —Se encontró apartando un mechón húmedo de su cabello, para colocárselo tras la oreja—. No puedo regresar. Nunca. Si lo hiciera…
—Tu padre ayudó a recuperar Jura para el rey, junto con tu hermano. Desde que puse un pie contigo en mi casa, eres mi protegida. Mi honor me exige actuar como tal —intentó tranquilizarla.
—No es eso. Es que… —Se mordió el labio. Los ojos de Rurik se quedaron clavados en ese gesto, mientras todos sus músculos se tensaban al mismo tiempo—. ¡Mi conciencia no me permite regresar! ¡No puedo asumir las consecuencias! ¡Aún no estoy preparada!
—Tienes miedo. Huyes. Huías. Pero no sabías hacia dónde, ni qué te ocurriría…
—No pude prepararlo con tiempo. Solo pensaba en mi supervivencia. En la suya —añadió, llevándose una mano al vientre por encima de las mantas—. Las pocas provisiones que pude llevarme, junto al caballo que me dejó en la orilla del mar, desaparecieron cuando tuve que cruzarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Es… —Bajó los párpados hasta que sus tupidas pestañas casi cubrieron las ojeras que todavía eran demasiado visibles—. No me siento preparada para contárselo a nadie. Espero que lo entiendes.
—¿Entender que te empeñas en guardar secretos que podrían perjudicar mi vida y la de mi gente?
—¡Rik lo hubiera hecho!
—¡Marion se hubiera confiado a él sin temor a que la traicionara!
—Mi señor…
Los dos se giraron hacia la puerta abierta, igual de furiosos.
Erling estaba allí, observándolos con una ceja alzada.
—He llamado, pero nadie me ha dado permiso para pasar —se excusó encogiéndose de hombros—. Quizá te dirigías a la dama en un tono demasiado imperioso, mi laird …
—Guárdate tus sarcasmos para cuando estemos solos. Más vale que el motivo de tu osadía y tu interrupción sea grave, porque de lo contrario…
—Lo es. —Erling dedicó una breve mirada de curiosidad a Eithne, antes de dirigirse de nuevo a él—. Acaba de llegar un hombre que está buscando a una joven escocesa. Tiene edad suficiente para ser el padre de cualquiera de los dos, y sus ropas son de calidad, a pesar de la suciedad y el cansancio…
El corazón de Rurik dio un vuelco.
—¿Una joven escocesa?
—Ha venido solo. No ha opuesto resistencia cuando la guardia lo ha prendido. Incluso ha exigido hablar con vos. Se llama Tavish de Moray, y suplica ver a Eithne Marion MacSorley.
—¡Dios del cielo, es Tavish!
Cuando Rurik se giró hacia ella, encontró de nuevo aquel brillo delator en sus ojos.
—¿Lo conoces? —preguntó con rudeza.
—Era el mejor amigo y consejero de mi padre. ¡Se convirtió en indispensable para mi hermano y para mí cuando…!
—¿Vuelves a callar, kàlfrinn ? —le dijo en un tono lo bastante bajo como para que solo ella lo oyera—. ¿Más secretos?
—Hablaré si me garantizas su seguridad.
De modo que quería negociar.
Rurik siseó una maldición por lo bajo, pero asintió.
—Tienes mi palabra.
—En ese caso, deberías comportarte como un buen anfitrión con él —añadió ella, con una pequeña sonrisa de gratitud tan fuerte, que le caldeó el pecho sin pretenderlo—. Por favor, atiéndelo como se merece. Si hay alguien noble y honesto en toda esta situación, es ese hombre.
No respondió con palabras, pero su mirada antes de seguir a Erling, fue concluyente.
Había decidido darle un voto de confianza, por el momento.
Porque aún estaba lejos de haber acabado con ella, se repitió hasta hallarse lo bastante lejos de sus aposentos como para pensar con un mínimo de claridad.
Después.
Cuando hubiera arreglado el pequeño caos de visitas inesperadas, se encargaría de la que, de un modo tan intempestivo como intrigante, acababa de poner su vida patas arriba.