14
Cuando abrió los ojos, la imagen de Sorcha ocupó todo su campo de visión.
Por un momento, pensó que todo lo ocurrido formaba parte de un sueño. Que acababa de despertarse en sus aposentos de Duntrune Castle, y que Sorcha, fiel a su habitual impaciencia, aguardaba a los pies de su cama para entretenerla con su cháchara interminable.
Pero no conocía la estancia en la que se encontraba. Y su querida amiga la miraba con una pena que no podía disimular.
Entonces recordó los síntomas que auguraban el desenlace.
La sangre entre sus piernas.
La mirada de incomprensión de Rik, justo antes de que ella perdiera el conocimiento.
El dolor llegó en ese momento. Como si alguien la atravesara con una espada, sin darle la menor posibilidad de redención.
Había ocurrido.
Ella sabía cómo. A pesar de que su intento de huida la había distraído, conocía las consecuencias de sus últimos actos…
—Eithne, pensamos que la fiebre no te abandonaría nunca. Que pasarías otro día delirando. Pero ya es media tarde, y tú…
Intentó sobreponerse a los deseos de aullar como un animal herido de muerte.
Contuvo incluso las lágrimas que estaban a punto de escaparse de sus ojos.
Las palpitaciones que se le reproducían en cada rincón del cuerpo, recordándole que aquello solo era culpa suya.
Los latidos de su corazón, que se acentuaban solo para que fuera muy consciente de que no estaba muerta.
Aunque fuera ella quien debería estarlo.
—¿Qué… haces aquí? —En ese momento, se dio cuenta de que no estaban solas. Una muchacha se acercaba con un brebaje humeante en un cuenco—. No entiendo…
—¡Oh, milady , al fin despertáis! ¡Mi señor se alegrará, sin duda! Después de tres días luchando contra la calentura, incluso él estaba preocupado.
—¿Tres días?
—Debéis tomaros esto para mejorar, milady —insistió la muchacha, cuando tomó su cabeza con la mano libre para incorporarla un poco—. Me llamo Marsaili, y a partir de ahora, soy la encargada de satisfacer todos vuestros deseos, por orden expresa del laird .
—Hazle caso, por favor. —Sorcha la ayudó, sin permitirle que apartara la boca cuando el sabor nauseabundo de la poción la inundó—. En cuanto estés mejor, te explicaré todo.
Todo…
Cuando logró contener el líquido en su estómago sin vomitarlo, se llevó la mano al vientre.
Estaba plano, como el día anterior.
Pero también vacío.
—No… —murmuró, con un nudo en la garganta, sobrepasada por la realidad—. No, no, no…
Se desmoronó en brazos de Sorcha. Por unos minutos, solo se oyeron sus sollozos desgarradores.
El sentimiento de culpa que la embargaba era tan grande que se vio incapaz de sacarlo al exterior de otra forma distinta de las lágrimas.
Se aferró a la muchacha que la mantenía pegada a su pecho, susurrándole palabras de ánimo, y gritó su pena.
—¡Debí quedarme en Duntrune! —gritó—. ¡No importaba mi destino! ¡Solo el de mi hijo!
—Quizá su destino no era venir a este mundo.
—Solo entonces Eithne cayó en la cuenta de que para Sorcha, su embarazo también era una sorpresa.
Nadie, excepto ella y el padre, habían estado al tanto, hasta aquel momento—.
Yo… No sabía… Nunca imaginé… Cielo santo, Eithne, jamás me dijiste nada acerca de un hombre…
—Era nuestro secreto. Hasta que las circunstancias nos permitieran anunciarlo…
—Pero nunca se dieron, ¿no es cierto? —Las manos de Sorcha cobijaron las suyas.
La joven le lanzó una silenciosa mirada de apoyo incondicional—.
Puedes confiar en mí, amiga mía. Siempre has podido.
Dime quién es el malnacido que te ha deshonrado de ese modo, y el laird de Jura te defenderá a como dé lugar. Ahora somos sus invitadas de honor.
Al pensar en el malnacido en cuestión, Eithne tuvo que contener una carcajada.
¡Si supiera que aquel solo había sido el principio de todos sus despropósitos!
—No debo hablar… todavía —murmuró, controlando las lágrimas—. No quiero que pienses que no confío en ti, pero…
—Está bien, no te presionaré, pero estoy en la obligación de reconfortarte. Es lo que deseo hacer. Piensa que el amor de una madre hacia su niño casi siempre es una bendición para el segundo, pero puede constituir una desgracia eterna para la primera. ¿Entiendes lo que trato de decirte?
Claro que lo entendía. Cuando fue capaz de levantar la cabeza, vio cómo Marsaili las observaba, con el ceño fruncido.
Era una sirvienta. Nunca sabría lo que significaba el Priorato de Iona para una joven noble en el apuro en el que ella se encontraba cuando abandonó Duntrune. Ni lo que se sentía al quedar abandonada a su suerte.
—Marsaili, te pido que seas discreta con respecto a este asunto. —La voz de Sorcha no era cortante, pero sí firme, cuando se dirigió a la joven—. Comprende que, ahora mismo, la situación de lady Eithne es, cuanto menos, delicada.
—Lo sé, milady . No es la primera vez que me encuentro con este tipo de… inconvenientes. Pero ahora que el niño ya no existe, lady Eithne debería centrarse en otros problemas. El laird está más que molesto con la situación.
—¿Rik recibirá algún tipo de castigo?
—¿Quién es Rik?
—El guerrero que me trajo hasta aquí. El mismo que…
— Milady , fue el propio laird quien os trajo hasta aquí —afirmó Marsaili, cuando se acercó a ella para colocarle un paño frío sobre su frente—. Debo asegurarme de que la calentura no vuelve.
—Puedo hacerlo yo. —La muchacha escocesa le propinó un delicado empujón a la sirvienta y ocupó su lugar.
—El laird me lo encargó a mí, milady . —Marsaili volvió a recuperar su lugar, con una mirada desafiante dirigida a Sorcha con total desvergüenza—. ¿Es que acaso deseáis contrariar a vuestro anfitrión?
—No, muchacha testaruda, pero lady MacSorley es mi amiga y…
A esas alturas, Eithne había dejado de prestarles atención.
—¿El…? —Rik. Rurik El Escocés. Una sensación de vértigo la obligó a acostarse de nuevo—. ¿Él es…? ¿Ellos son…?
—No queremos que te fatigues, ni que te inquietes más de lo necesario. —Sorcha apartó a la joven sirvienta de nuevo. Marsaili se quedó en un segundo plano, nada convencida—. En cuanto estés en condiciones, todo se aclarará.
—Si tiene los ojos abiertos y es capaz de llevar una conversación, está consciente.
Las tres mujeres miraron hacia la puerta abierta.
Rurik ocupaba el vano casi por completo con su corpulencia. Recorrió el espacio que los separaba de dos zancadas, con una expresión oscura que no disminuyó cuando señaló la salida.
— Lady Sorcha, Marsaili, os agradecería que me dejarais a solas con… ¿Marion? ¿Eithne? La verdad, todavía no sé muy bien cómo debo dirigirme a ti.
—Con respeto ante todo… ¿Rik? ¿Rurik? La verdad, todavía no sé muy bien cómo debo dirigirme a ti —le replicó, antes de que pudiera contener su lengua.
Ninguno de los dos fue consciente de que la dama escocesa y la sirvienta formulaban una disculpa y se apresuraban a salir. Solo Rurik pareció sobresaltarse cuando escuchó la puerta cerrándose a su espalda.
—Bueno, supongo que te encuentras lo bastante bien como para recibirme en mis propios aposentos —empezó—. Y como he podido comprobar, tu aspecto es lo bastante decente como para que nadie piense mal de ninguno de los dos, ni de esta entrevista.
—Las dos únicas personas que pensarían de ese modo somos tú y yo.
El brebaje comenzaba a hacer su efecto, pero Eithne se obligó a mantener sus cinco sentidos alerta. El hombre que tenía enfrente, llegaba dispuesto a presentar batalla. Ella no la rechazaría.
Él le dedicó una mirada fulminante, antes de dirigirse a la ventana.
—Me mentiste —afirmó al cabo de una pequeña eternidad de silencio entre los dos.
—No lo hice. En verdad me llamo Marion. Sin embargo, tú…
—Yo tampoco lo hice. Solo empleé un diminutivo de mi verdadero nombre. —Su voz queda reflejaba peligro inminente. Sin embargo, terminó por dejar caer los hombros—. No he venido con la intención de echarte de mi casa, ni tampoco deseo destruir tu reputación. Nada más lejos de la realidad.
—¿Entonces?
—Quiero la verdad acerca de nuestro encuentro, aparentemente fortuito.
De tu estado de salud. De lo ocurrido justo antes de que perdieras el conocimiento.
Necesito conocer al detalle todos tus planes, para protegerte o, por el contrario, condenarte.
Porque eso tan extraño que nos ha unido, no se irá contigo, ni conmigo.
Pero debo darle forma para saber a qué me enfrento mientras permanezcas aquí.
Parecía que le daba una oportunidad, pero cuando se giró hacia ella, con su colgante entre los dedos, Eithne contuvo la respiración.
Aquella era toda una declaración de intenciones.
Y ella… estaba perdida.
Tenía que advertir a Lachlan.
Sabía que, en el supuesto caso de que lograra hacerle llegar el mensaje con rapidez, él tardaría lo suyo en responderle.
Por el momento, y después del ataque a Duntrune, debía mantenerse firme en el liderazgo de los MacSorley.
Descubrir el paradero de Alasdair para terminar con la amenaza que podía suponer el joven laird depuesto, y aplastar cualquier intento de rebelión, viniera de donde viniese.
Las tierras que había ocupado siempre habían sido prósperas, gracias, en una muy buena parte, a los aliados de los alrededores, que les habían prestado ayuda cuando la necesitaron.
El mejor ejemplo era su propia persona.
Sin embargo, no podría seguir con todo lo que Rurik El Escocés tenía merecido, si Eithne se entrometía en sus planes.
Y se había entrometido de la manera más inesperada.
Lachlan tendría que hacer algo al respecto. O en su defecto, encargárselo para que, una vez más, se convirtiera en su brazo ejecutor.
Con los dientes apretados para evitar lanzar un grito de pura frustración, comenzó a merodear por los aposentos del laird , que ahora ocupaba aquella mujerzuela sin moral ni honor, a pesar de su noble cuna, esperando poder ofrecer a su benefactor algo más que indicios de sospecha y súplicas.
La paciencia era una virtud, se repitió mientras controlaba las ganas de irrumpir en la habitación, solo para saber qué era lo que los mantenía dentro, juntos, durante tanto tiempo.
Podía cambiar el destino de aquellos dos a poco que se esforzara. Poseía medios, poder, ocasiones. Dùn na Seabhaig era un hervidero de personas y bestias que le ofrecerían todo tipo de problemas de los que aprovecharse.
Aquel no era el peor contratiempo, sino su sangre fría.
Debía mantenerla si quería terminar lo que Lachlan había comenzado.
Pero cuando se atrevió a asomarse por la cerradura de hierro adosada a la madera de la puerta, sus pies se quedaron adheridos al suelo durante tanto tiempo, que pensó que no podría volver a moverse.
Incluso se olvidó de respirar.
Acababa de verlo. El colgante. Después de tanto tiempo.
Sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal con tanta violencia, que tuvo que apoyarse en la hoja de la puerta para evitar caer.
Cerró los ojos y presionó la frente contra la madera, hasta que sintió dolor físico.
Esperaba que el otro, el que le nacía del pecho y se extendía por el resto de su cuerpo como los tentáculos de un boobrie [1] , se calmara, pero no lo consiguió.
Su mente escapó a su control. Retrocedió años atrás, cuando vio por primera vez aquel colgante con la runa Algiz en el cuello de una niña.
La hija de Niall MacSorley.
La destinataria final de una joya que el propio laird había entregado antes a otra persona.
—No pienses en ello. No pienses y actúa…
Pero era incapaz de salir del agujero en el que se había sepultado por su propia imprudencia.
El odio fulgurante traspasó su pecho como un rayo, igual que en aquella ocasión, pero el tiempo había hecho su trabajo.
Ahora era una persona adulta, como Eithne.
Y más inteligente que entonces.
Pero por mucho que apretó los párpados, y sus manos se convirtieron en dos puños rígidos, la imagen se empeñó en permanecer en su memoria, tan fresca como el primer día.
—Madre… —murmuró—. Madre…
Esperó un poco más, hasta que su respiración se normalizó y su mente comenzó a funcionar con la astucia acostumbrada, para alejarse de allí de la misma manera sigilosa en la que había llegado.
No podía correr riesgos innecesarios.
Necesitaba de toda su energía para llevar a cabo cada paso sin errores. Solo así podría crear el caos más absoluto entre las paredes de aquella fortaleza, gracias a una inesperada aliada: Eithne MacSorley le serviría para sus propósitos.
Después, se encargaría de Rurik, tal y como Lachlan le había pedido.
Ese era su único motivo en Jura. Y le rendiría pleitesía, como si viniera del mismísimo rey.