Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 13
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Al fin había dejado de llover, pero Tavish de Moray tenía la sensación de que había perdido un tiempo precioso.

De que, por mucho que corriera tras ella, resultaría tan inalcanzable como en su día ocurrió con su madre.

Aun así, dio las gracias a la familia que lo acogió con gusto durante aquellos dos días, en cuanto conocieron sus orígenes y lo que se proponía, y se alejó de la solitaria y humilde choza, en busca de su bien más preciado.

A cambio de su hospitalidad, y del único caballo que poseían, en unas condiciones decentes para transportarlo con la rapidez que requería, les había dejado un par de monedas.

No podía permitirse más de la pequeña bolsa que llevaba consigo.

Su único botín, rescatado de Duntrune Castle justo antes de marcharse, aprovechando el caos generado por la batalla en la que Lachlan de Grey se hizo con el señorío.

Con ellas los campesinos sufragarían los gastos ocasionados por él. Incluso podrían comprarse otro animal de carga, mejor que el que lo llevaba hacia la siguiente aldea.

—¿No habéis visto por aquí a una campesina de largos cabellos castaños y rizados, y unos ojos claros tan azules que a veces parecen transparentes? —preguntó horas después, en cuanto divisó la presencia de dos mozos que acarreaban sendos cántaros de agua en dirección contraria a la que él llevaba.

—No, mi señor —respondió el primero—. Aunque vuestra descripción coincide con muchas campesinas de la zona.

—Ya. Pero seguro que ninguna lleva un colgante con el símbolo de la runa Algiz.

—Ni siquiera sabemos cómo es esa runa —respondió el otro, escupiendo a continuación—. Somos celtas.

—Nunca lo pondría en duda.

—Entonces, comprenderéis que renegamos de todo lo que provenga de los invasores. Incluidos sus amuletos, sus dioses paganos o sus costumbres.

—Ya tenemos las nuestras, ¿no es cierto?

Había intentado bromear, pero ninguno de ellos le siguió el juego.

—Es posible que nos gobierne un hombre del norte designado por nuestro rey, pero eso no nos convierte en sus cómplices, mi señor.

Tavish prefirió no aclararles que ya lo eran, igual que la inmensa mayoría de los habitantes de Jura y el resto de las islas.

—Gracias, de todos modos. Continuaré buscando —se despidió, con una cortés inclinación de cabeza.

Clavó los talones en los flancos del caballo y siguió el curso del río que corría a su derecha, sin desviarse del estrecho sendero que serpenteaba a lo largo del bosque que debía cruzar.

El fango provocado por las recientes lluvias ralentizó su marcha, pero los ojos cansados del hombre no se desviaron de su nuevo objetivo: la fortaleza del señor de Jura, que ya comenzaba a verse en lo alto de la poderosa loma, desde la cual dominaría la isla.

No importaba el cansancio, ni la tensión soportada en el viaje por mar hasta allí. No se dejaría vencer por ninguna emoción distinta del empeño.

Y estaba empeñado en encontrar a Eithne MacSorley.

Se lo debía a su amigo Niall. A su hijo Alasdair, quien posiblemente hubiera muerto a manos de los hombres de Lachlan de Grey.

Pero, sobre todo, se lo debía a la madre de aquellos dos muchachos, cuya seguridad le encomendó, antes de que el destino le arrebatara la vida en aquel incendio que derrumbó buena parte de las cocinas de Duntrune Castle.

—Blair. Si supieras cómo te he fallado…

Dedicó unos segundos a aspirar el aire en profundidad, con la intención de sentirla cerca.

Su recuerdo aún lo ahogaba. Lo llenaba de pesar, lo inquietaba.

Estaba convencido de que su espíritu permanecía anclado a él, del mismo modo que un día ocurrió con su cuerpo.

Un solo día, y aún estaba pagando las consecuencias.

Pero si algo lo caracterizaba era su tenacidad. La vida no lo había tratado bien. Solo una mujer se adueñó de su corazón, sin que él lo planeara ni pudiera hacer nada para evitarlo.

Cuando se dio cuenta, ya estaba perdido. Como ella.

Pero ambos juraron guardar silencio, en beneficio de las personas queridas que podrían verse perjudicadas sin remedio. Cuando Blair murió, Niall quedó sumido en una especie de sopor que lo alejó de todo contacto con la realidad durante meses.

Entonces fue el turno de Tavish. Llevó las riendas de los MacSorley actuando como si fuera el laird , por el simple hecho de que el verdadero se lo había pedido. Porque Niall era su amigo, y merecía todo su respeto.

Porque había amado a Blair tanto como él.

Se tragó su propio dolor, su frustración. Controló la ira que a punto estuvo de convertirlo en una sombra de sí mismo, y se dedicó a los dos jovencitos que el destino había dejado sin madre.

Su padre los había abandonado también, a su modo.

Tavish se convirtió en el único referente de Eithne y Alasdair. Fue su tutor, su maestro, su amigo, su confidente, su entrenador y todo lo que necesitaron, hasta que Lachlan entró en sus vidas, y Niall pareció despertar.

Pero para entonces, muchas cosas habían cambiado de forma irreversible.

Aunque Tavish intentó mantener a los jóvenes al margen, no lo consiguió.

Lo que sí consiguió fue quererlos como si fueran sus propios hijos.

—Mis propios hijos…

Era posible que no hubiera dejado descendientes legítimos cuando tuvo ocasión, pero si de algo estaba seguro, era de que los había querido como un padre. Aunque eso no le sirvió para ver venir el peligro. Para advertirles de las consecuencias de sus actos. A Alasdair, pero sobre todo a Eithne.

Su muchacha.

Tan hermosa como inteligente y despierta. Voluntariosa y firme, de ideas fijas, que no se acobardaba ante nada ni nadie… excepto su mayor debilidad.

La conocía tan bien, que no tuvo problemas en anticiparse a sus decisiones.

Sabía que cuando se diera cuenta de las dimensiones del error cometido, la responsabilidad la abrumaría.

No esperaba que intentara huir, pero cuando ocurrió, creyó que la había perdido para siempre.

La vio alejarse a trompicones, disfrazada de campesina, en dirección al mar.

La siguió con intención de detenerla. De protegerla.

Pero llegó demasiado tarde; solo pudo ver cómo se alejaba en la barca de un pescador.

Algo que no supuso ningún obstáculo para él.

Días después se hallaba en Jura, tan perdido como lo estaría ella, en un terreno hostil desde que lo lideraba un hombre del norte.

O eso pensaba, hasta que comenzó a indagar entre los aldeanos.

Nadie le había dado pistas fiables acerca del paradero de la joven, pero todos habían callado ante la mención de la runa que llevaba al cuello.

—¡Eh, muchacha! —La joven que se dirigía corriendo al mismo lugar que él, se detuvo al escucharlo y lo miró, temerosa—. Dime, ¿cómo te llamas?

—Yo…

Se abrazó al montón de sábanas que llevaba y se mordió el labio.

—No importa —se retractó Tavish con paciencia infinita—. Solo me gustaría saber si has visto a una joven como tú de alta, con formas un poco más voluptuosas que las tuyas, un precioso cabello castaño largo y rizado, y unos clarísimos ojos azules. Es posible que se haga llamar… Marion.

Al recordar su segundo nombre, pensó que Eithne podría haberlo utilizado para pasar desapercibida. La muchacha pareció pensar. Después, se señaló el cuello.

—He visto a alguien que podría coincidir, sí. Pero iba acompañada por el laird , y llevaba algo colgado…

—¿Una runa? —Al ver que no comprendía, Tavish la dibujó en el aire con el dedo—. ¿Algo parecido a esto?

—Creo que… sí. De cualquier forma, me parece que no era ninguna campesina, sino una dama escocesa enferma. Si me disculpáis, mi señor, tengo asuntos que debo atender…

Se escabulló con rapidez, aprovechando que Tavish parecía haber echado raíces en la tierra.

¿Enferma? ¿Eithne?

Cuando quiso reaccionar, la aldeana ya había desaparecido. Se encontraba solo, con la silueta de la fortaleza de Jura recortándose en lo alto, como una invitación que no podría rechazar.

La angustia lo llevó a avanzar más deprisa, sin pararse a pensar en lo que encontraría al otro lado.

Rurik El Escocés.

De él, solo conocía su cruel apodo, y el modo valiente y noble en que había luchado junto a Niall y Alasdair, además de otros, para acabar con el anterior señor de Jura. El hermano traidor de Caelen MacSween.

—Ahora, solo espero que hayas buscado su protección, pequeña Eithne —musitó, con el corazón temblando de incertidumbre—. Y que él sea tan compasivo como para otorgártela.