Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 12
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—Ha perdido al niño.

Rurik no salía de su asombro cuando recibió a la joven Marsaili, que se limpiaba las manos manchadas de sangre en el delantal, mientras informaba al laird y a su lugarteniente de los últimos acontecimientos.

Niño.

Marion estaba encinta.

O lo había estado.

—Ahora entiendo sus desvanecimientos. Su palidez cuando nos encontramos. Sus náuseas —murmuró, sentado en su silla, con una jarra de cerveza que no bebía—. El dolor…

—Es una pena que no os dierais cuenta antes —replicó Marsaili—. De ese modo, quizá hubiera podido impedir que abortara…

—¿Pero cómo iba a impedirlo, mujer? ¡Si ni siquiera conocía su verdadero nombre!

—Según lady Sorcha, ella no te mintió. Se llama Eithne Marion MacSorley…

—¡No estoy de humor para soportar tu defensa de una mujer enviada por el rey a mi propia casa, de la que te has prendado desde el primer momento, Erling! —bramó, dejando la jarra sobre la mesa con tanto ímpetu que su contenido se derramó.

Apenas había dispensado a Sorcha Lamont la bienvenida que sin duda se merecía, porque se había mantenido a disposición de aquella bruja de ojos azules. Pensar en que podría morir le cerró la garganta hasta el punto de costarle respirar.

Saber que había perdido a una criatura lo enfureció tanto que todavía se preguntaba cómo había logrado contenerse.

—Entiendo que puedas sentirte engañado, hersir . Después de todo, creías que cargabas con una campesina enferma que necesitaba ayuda urgente —replicó Erling, con una calma exasperante.

Rurik le lanzó una mirada venenosa, que su amigo apenas acusó.

¡Maldición! ¿Cómo iba a explicarle que sus emociones iban más allá del mero engaño? Si era justo, él tampoco desveló a la muchacha su verdadera identidad.

Y luego estaba el desliz. Una pequeña debilidad que se había permitido, porque quería saber qué se sentía al besar a una mujer que no se acercaba a él por el poder que pudiera ofrecerle.

Ahora que comprendía que todo era mentira, se preguntaba si la entrega de ella al corresponder al beso con ese ardor también era fingida.

Aunque la suavidad de su cuerpo amoldándose a él no lo era, desde luego.

Ni la cálida humedad de aquella boca que, por un breve instante, le hizo olvidarse de todo.

Desearla como hacía tiempo que no deseaba a ninguna hembra.

¡Estuvo a punto de tumbarla sobre el suelo para seguir con todo aquello hasta el final, sin pensar en nada más! ¡Y ella no lo hubiera detenido, porque lo había disfrutado tanto como él!

De eso también estaba convencido.

Dios del cielo, se encontraba tan abochornado que incluso le costaba trabajo mirar a Marsaili, la joven y pizpireta curandera que había demostrado su talento en numerosas ocasiones, incluida la que descansaba en sus propios aposentos.

—Necesitaba esa ayuda y la ha tenido —concluyó, después de inspirar hondo varias veces para controlarse con Erling, mientras el colgante de Eithne, que le había quitado para evitar que le molestara cuando la dejó en el lecho, daba vueltas entre sus dedos—.

Ahora, deberé acatar las órdenes reales con respecto a mi casamiento. Si lady Sorcha es la elegida…

—Ella llegó acompañada de una comitiva real, porque consiguió convencer a Alexander de que necesitaba verte.

Buscaba a su amiga, desaparecida después del ataque de Lachlan de Grey y sus huestes a Duntrune.

Alasdair MacSorley se encuentra en paradero desconocido, vivo o muerto, nadie lo sabe.

La joven que tienes ahí arriba es su hermana, Rurik. Llegó a Jura huyendo.

No podía reprochárselo. Conocía demasiado bien la brutalidad empleada por De Grey, incluso hacia los suyos. Nadie gozaba de su total confianza para ganarse un mínimo de su respeto.

Rurik lo sabía mejor que nadie.

Imaginar a Marion, o como se llamara, bajo el yugo de ese malnacido, provocó que el estómago se le contrajera. Con un gruñido, se dirigió a Marsaili.

—Aunque el peligro haya pasado, tendrás que seguir atendiéndola como es debido.

—Sí, mi laird . Ha perdido mucha sangre y está débil. Los siguientes días deberá dedicarlos a su total recuperación. No creo que se tome muy bien la pérdida de su hijo. Ninguna mujer que haya decidido seguir adelante con un embarazo acepta de buen grado un aborto.

—En ese caso, te encargarás de todas sus necesidades durante su recuperación y hasta que yo decida qué hacer con ella —decretó—. Puedes irte. Supongo que te necesitará.

—¿Y lady Sorcha?

Rurik se puso en pie cuando se quedó solo con su lugarteniente, que seguía repantigado en su asiento, como si tal cosa.

—No me creas una bestia sin emociones ni sentimientos, capaz de utilizar a cualquier mujer conforme a mis intereses, sin tener en cuenta los suyos —afirmó, señalándolo con el dedo índice—.

Eithne Marion MacSorley tiene que darme muchas explicaciones, y lo hará mejor si se siente acompañada por alguien de su total confianza.

—Parece que ese alguien has sido tú en los últimos tiempos…

—Encontré a una hermosa campesina bañándose en el río, que me salvó del ataque de un jabalí.

Después, se desmayó de forma incomprensible, y no se me ocurrió otra cosa que llevarla a la primera cabaña abandonada que encontré cuando empezó a llover.

Las circunstancias nos obligaron a permanecer juntos…

—Conforme relataba el orden de los acontecimientos, se dio cuenta de la dimensión de sus consecuencias.

De pronto, abrió los ojos, espantado—. ¡Por los dioses!

¡Es la hija y la hermana de un laird ! ¡Tiene sangre noble!

—Veo que has llegado tú solito a esa conclusión. Aunque no lo hayas hecho a sabiendas, has comprometido su honor…

—¡Y un cuerno! La mujer ya venía con el honor mancillado. ¿O es que ha concebido a la criatura por medios divinos?

—No blasfemes ni utilices el sarcasmo conmigo, mi hersir . Lo único cierto es que, solo quizá, nadie más que ella conocía su estado. ¿Te has parado a pensarlo?

—Es evidente que no —reconoció Rurik, dejándose caer de nuevo sobre su asiento, con expresión perdida.

—Sin embargo, ahora hay muchas más personas que están al tanto. Pueden irse de la lengua, y entonces, incluso tú podrías verte involucrado en algo que desconocías desde un principio.

Erling estaba en lo cierto. Esa conclusión sería la menos mala. En el peor de los casos…

—Me encargaré de que el secreto no traspase los muros de Jura —aseguró, incapaz de seguir el curso natural de sus propios pensamientos—. Conseguirá que Marsaili y el resto de la servidumbre guarden el secreto, pero lady Sorcha…

—Yo me encargaré de esa parte con gusto.

Ella confió en mí a la hora de confesar sus motivos para viajar hasta aquí.

El mensajero real ya partió con la misiva en la que aceptas volver a contraer nupcias, pero aunque aún permaneciera aquí, dudo que la mujer accediera a acompañarlo.

La creí cuando afirmó que quería a lady Eithne.

Las lágrimas que estuvo a punto de derramar no podían ser fingidas.

—Te sorprenderías de lo que son capaces de fingir las mujeres… pero acepto el trato.

Salió de allí a grandes zancadas. No se detuvo hasta llegar a los establos, con la excusa de que necesitaba examinar la pata de Aska.

Marion había adivinado lo que le ocurría al animal con solo tocarlo. Su conexión era bien real, al contrario que ella.

—Eithne. Se llama Eithne —murmuró al caballo, hundiendo el rostro en sus crines. A lo mejor así remitiría la sensación de que se había burlado de él del modo más cruel—. Deberíamos acostumbrarnos a usar ese nombre, ¿no crees?

Sobre todo, porque tenía la intención de retenerla allí hasta averiguar cuánto había de cierto en la información que Erling le había dado. Si era necesario, investigaría a lady Sorcha para alejar el peligro de Jura.

Podría ser de ascendencia nórdica. Un enemigo de los celtas tan antiguo como el mismo mundo. Pero también era un hombre que había aprendido de su propio pasado.

En la soledad de los establos, al fin admitió que sus instintos le advirtieron de las señales de alarma mucho antes de que viera la sangre entre las piernas de Eithne.

Que, desde un principio, siempre supo que no era una campesina.

Ni sus manos, ni su manera de hablar o conducirse, ni el resto de su cuerpo correspondían a una muchacha fortalecida por el trabajo duro.

Siempre lo había sabido, pero tuvo que verlo con sus propios ojos para aceptarlo.

Porque las imágenes que le trajeron a la memoria eran aún demasiado duras como para asumirlas. Lo cargaban de una culpa difícil de ignorar.

Un gemido se escapó de su garganta al recordar. Pero acto seguido, se irguió como el soldado de moral inquebrantable que era.

—Parece que el destino se empeña en unirme a mujeres escocesas, amigo —le dijo a Aska, con una sonrisa llena de tristeza—. Freydis es en realidad Ailsa, pero se libró de la desgracia al rechazarme. Después apareció mi esposa, y ahora Eithne…

Ni siquiera se atrevió a pensarlo.

En aquellos momentos seguiría inconsciente, pero tarde o temprano abriría los ojos.

Rurik sabía con exactitud cómo se sentiría cuando supiera que se hallaba vacía por dentro. Culpa. Remordimientos. Impotencia. Furia. Una angustia tan infinita que no tendría lágrimas suficientes para llorar la pérdida.

—Pero un día, se levantará y descubrirá que ha aprendido a vivir con ella.

No sabía si ocurriría entre los muros de Dùn na Seabhaig, pero por lo pronto se hallaba a su cuidado. Era su responsabilidad.

Sería una bestia insensible si permitiera semejante sufrimiento, aunque tampoco estaba en su mano mitigarlo… ¿O sí?

Sabía que era una imprudencia, pero necesitaba saber cómo se encontraba.

Cuando llegó a sus aposentos, se encontró con que Marsaili le aplicaba compresas de agua fría en la frente.

—Se encuentra bien, dentro de lo que cabe, mi señor —le informó la muchacha, con el ceño arrugado por la concentración—. Si todo va como debe, mañana a más tardar tendría que haber abierto los ojos.

—¿Y si no? No me lo digas —añadió, acallándola con un gesto—. Prefiero no saberlo. Déjame solo con ella, por favor. Más tarde hablaré con todos vosotros.

—Como deseéis, mi señor.

Esperó a escuchar la puerta cerrarse a sus espaldas y, con sumo cuidado, se acercó hasta la cabecera de la cama y se inclinó sobre ella.

No la besó. Aunque todo en él le suplicaba que lo hiciera, sin miedo al rechazo. Hubiera sido como aprovecharse de una mujer indefensa, y él jamás se había considerado tan miserable.

Tan despreciable como Lachlan de Grey.

Sin embargo, aquellos labios lo llamaron como si fueran cantos de sirena.

No pudo resistirse. Los repasó con la yema de su dedo, mientras rezaba en silencio.

—Recupérate, kálfrinn —murmuró en su oído, a pesar de saber que ella no lo escuchaba—. Aunque solo sea para darme unas explicaciones que, sin duda, te pediré.

Del mismo modo que él también tendría que dar las suyas, concluyó mientras la dejaba sola.