11
La única razón por la que Erling no salió en busca de Rurik cuando vio que no regresaba, fue aquella escocesa que permanecía a la espera de que alguien se ocupara de ella y del séquito real.
—Maldito seas, hersir —masculló para sí cuando no le quedó más remedio que cumplir con la palabra dada—. Te juro por los dioses que esta me la pagas…
—Si te refieres a mí, guerrero, creo que al menos debería conocer el motivo de tanta inquina.
Erling se quedó a medio camino entre el Gran Salón y la salida de la torre, cuando escuchó la voz femenina reprendiéndolo con tanta dulzura.
—De vos solo conozco vuestra presencia, milady —respondió, sin atreverse a girarse hacia ella—. Mi enfado no va dirigido a vos, sino al señor de este castillo.
—Teniendo en cuenta que se marchó sin reparar en mí ni en los hombres que me han escoltado hasta aquí, comprendo tu estado. Aunque he de decir que yo no soy la culpable de semejante comportamiento.
—Ni yo os acuso de nada…
Cuando terminó por encararla, la garganta se le secó.
Incluso se olvidó de parpadear.
Tenía ante sí a una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida. A pesar de que su vestuario era austero, bajo la capa que la resguardaba del frío se hallaba un cuerpo menudo, pero voluptuoso, que atrajo toda su atención de inmediato.
Ni siquiera se dio cuenta de que permanecía con la boca abierta, mientras ascendía con su mirada hasta un cuello esbelto y un rostro demasiado juvenil para lo que esperaba encontrarse.
La cerró en cuanto se topó con una boca llena y rosada, una nariz respingona y un par de enormes ojos grises, que le devolvieron el examen sin ningún tipo de vergüenza.
Tenía un largo cabello negro, peinado en un elegante recogido, pero Erling apenas reparó en ese pequeñísimo detalle.
—¿Has terminado de formarte una opinión sobre mí, o también necesitas que gire y baile?
—No, claro, yo… —¡Por los dioses, si hasta tartamudeaba!
Se dio cuenta de que la piel blanca de su rostro se coloreaba de rojo por la situación, a pesar de que ella seguía con la pose digna de una reina—.
Os ruego que perdonéis mi falta de respeto —añadió cuando pudo reaccionar, inclinando la cabeza—.
A pesar de lo que estéis pensando de mí en este momento, suelo ser un hombre gentil y considerado, sobre todo con las mujeres de sangre noble.
No en vano mi señor me ha encargado la tarea de asignaros unos aposentos dignos de vos en Dùn na Seabhaig, hasta que él vuelva.
«Si vuelve», añadió para sus adentros.
Aunque por fuera, desplegó una de sus mejores sonrisas para impresionar a la dama.
Ella se cruzó de brazos, dejando a la vista la silueta de dos pechos plenos y erguidos, y alzó una ceja.
—En ese caso, ¿a qué esperas? —le preguntó—. He pasado un pequeño infierno para llegar a este rincón del mundo sin ni siquiera mi dama de compañía. No estaría mal que me buscaras una, guerrero. Aunque entendería que fueras incapaz. Después de todo, esa no es tarea de hombres y…
—Vuestro nombre.
—¿Cómo dices?
—Que necesitaré saber a quién me dirijo, al menos para buscaros una sirvienta que esté a vuestra altura, ¿no os parece?
—Mi nombre es Sorcha Lamont. Soy sobrina de uno de los lairds más cercanos al rey Alexander, y vengo desde…
—Las tierras del sur de Argyll. —Erling ocultó su consternación y su interés.
Alexander había enviado a Rurik nada más y nada menos que una heredera Lamont para que formalizara esponsales con ella.
Justo la mujer que en ese mismo instante copaba todos sus sentidos—.
Conozco vuestra procedencia, milady . Seguro que mi señor estará satisfecho con vuestra propuesta.
—¿Mi propuesta?
—Vuestro enlace. ¿Acaso no habéis sido enviada para tal propósito?
Por primera vez, vio auténtico miedo en las delicadas facciones de la muchacha. Era evidente que, o bien no había sido informada de las intenciones del monarca, o las conocía y la aterrorizaban.
—La misiva… —murmuró con un hilo de voz y la barbilla temblorosa, como si estuviera a punto de estallar en llanto—. ¿El rey exigía ese matrimonio en ella?
—Bueno, a decir verdad, lo único claro en su mensaje era que Rur… que mi señor tenía que tomar una nueva esposa de sangre celta. Al veros, yo he supuesto el resto. ¿Qué otro motivo os ha podido traer hasta aquí, escoltada por la guardia real nada menos?
—Eithne MacSorley y mi amistad con ella.
—¿Quién?
Sorcha pareció pensarse continuar, pero después de lanzar miradas a su alrededor, como si temiera ser escuchada, le hizo un gesto con la mano para que la siguiera de nuevo hasta el Gran Salón.
—¿No han llegado las noticias hasta aquí? —preguntó, desconcertada.
—No sé de qué noticias habláis, pero hacedlo de una vez, os lo ruego. Me estáis poniendo nervioso.
—De Grey ha atacado Duntrune. Su laird , el joven Alasdair MacSorley, se halla en paradero desconocido, al igual que su hermana Eithne… Mi amiga de la infancia, a quien hacía años que no veía.
Erling procuró mostrarse sorprendido. Por supuesto, ya estaban al tanto de lo sucedido. Rurik tenía la bonita costumbre de no dar la espalda jamás a sus enemigos, en todos los sentidos de la palabra.
Y Lachlan de Grey, sin duda, lo era.
—Sigo sin entender qué os hace pensar que ella podría estar aquí —insistió, sirviéndose él mismo una jarra de cerveza para apurarla de un trago.
Hubiera necesitado mucho más, pero con eso tendría que bastar de momento.
—El barquero que la dejó en las costas de Jura hace unos días —respondió Sorcha con una naturalidad aplastante—.
Me dirigía a hacer una visita a Eithne, ignorando todo lo ocurrido, pero uno de mis hombres se topó con él cuando pretendía huir, aterrorizado, a pesar de que ya tenía una edad más que respetable para plantar cara al enemigo.
Cuando mi escolta le impidió seguir, él soltó algo parecido a una confesión.
—¿Acerca de qué? —De pronto, tenía toda su atención—. ¿Acaso conocía los planes de De Grey? ¿Fue su cómplice? ¿Actuó con…?
—... lujuria. —Erling abrió tanto la boca que ella contuvo una sonrisa llena de hoyuelos.
Por Cristo, era preciosa—. Confesó que había salido de territorio MacSorley durante el ataque, llevándose a una campesina que pagó su pasaje con el caballo de Eithne.
Nos lo mostró. Yo lo reconocí. Y en cuanto lo presioné un poco, comenzó a suplicar perdón por sus intenciones impúdicas con su pasajera.
—Y de ahí habéis deducido que la aldeana era vuestra amiga.
—Es que lo era. La descripción del barquero fue detallada.
No hay lugar a error posible. —La joven inclinó la cabeza con pena—.
Me costó un mundo convencer al rey para que me permitiera viajar hasta aquí, acompañada por su emisario y un nutrido grupo de guerreros, como has podido comprobar.
Tuve que inventarme una excusa que no incluyera a Eithne.
Después del ataque y de la validación de De Grey como nuevo laird de Duntrune, todo el mundo se pregunta dónde se encuentran los hermanos MacSorley, incluido Alexander.
Inspiró hondo y abandonó la confortable silla que había ocupado en algún momento de su relato, sin que Erling reparara en su falta de educación al no ofrecérsela.
Su gesto era humilde, casi desesperado, cuando señaló el patio de armas, donde los hombres del rey ya habían ocupado su lugar junto a los de Rurik.
—He venido suplicando ayuda para encontrar a mi amiga —murmuró, con las manos entrelazadas sobre su regazo—.
Si de verdad ha logrado sobrevivir aquí, tu señor es el único que puede prestármela para encontrarla.
Cuando lo consiga, la llevaré ante Alexander para que reclame lo que en justicia le pertenece.
Tanto si Alasdair sigue vivo, como si no.
Vaya…
Erling se dejó caer en su propio asiento, superado por las circunstancias.
Apoyó el codo sobre la enorme mesa, pensativo.
¿Cómo iba a explicarle todo eso a Rurik? O mejor aún: ¿cómo iba a tomárselo cuando lo escuchara por boca de la muchacha que tenía delante?
—Habéis demostrado un comportamiento un tanto imprudente al confiaros a mí de ese modo, milady —murmuró, todavía confundido—.
Muy bien podría ser un disidente, infiltrado entre las filas de Rurik el Escocés, con la intención de acabar con él en nombre de De Grey.
Desde que su matrimonio se malogró, mi señor no cuenta precisamente con el beneplácito del escocés…
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! ¡Marsaili! ¡Buscadla de inmediato!
Rurik apareció cargando con una mujer inconsciente. Sus piernas se hallaban empapadas en sangre que no dejaba de gotear.
—¡Oh, santo cielo! —En ese momento, Sorcha se abalanzó sobre ella, ignorando a los dos hombres. Sus ojos estaban llenos de lágrimas cuando buscó a Erling—. ¡Es ella! —exclamó—. ¡Es Eithne!
Rurik no pareció escucharla, ni verla. Avanzó a grandes zancadas hacia las escaleras que conducían a sus aposentos. Sucio, despeinado y con la ropa aún húmeda, solo se detuvo para lanzar a Erling una mirada de advertencia.
—Trae a Marsaili —ordenó—. ¡Ya!
Cuando la vio aparecer en Dùn na Seabhaig, supo que sus planes sufrirían variaciones.
Quizá Lachlan no las aprobara, pero debían llevarse a cabo a cualquier precio.
Eithne MacSorley.
La hubiera reconocido entre un millón de mujeres, con los ojos vendados.
Guiándose solo por su olor. Por el sonido de sus movimientos, o de su voz.
Por su risa de felicidad, cada vez que su padre la complacía en alguno de sus muchos caprichos.
En todas las ocasiones en las que su hermano Alasdair había caído rendido ante su encanto.
¿Cómo reaccionaría Lachlan si supiera que el señor de Jura acababa de traspasar la puerta de su fortaleza, con ella en brazos? ¿Enviaría a alguien en su busca? ¿O por el contrario, dejaría que lo que fuera que le ocurría terminara con su vida?
Lachlan era lo más parecido a un padre que había tenido en su miserable existencia.
Se había preocupado no solo de su bienestar, sino también de entrenar su mente hasta fortalecerla.
Hasta conseguir que no cupiera duda alguna acerca de su misión, y de lo que debía hacer para llevarla a cabo con éxito.
No era la primera que emprendía para él. Siempre lo serviría, ya no solo por fidelidad o agradecimiento, sino por un cariño que muy pocos podrían entender si saliera a la luz.
Pero no saldría.
Su misión consistía en desacreditar a Rurik ante el mismísimo Alexander. Nunca pensó que su empresa fuera fácil… hasta que lo vio aparecer con Eithne MacSorley.
Eso le facilitaría las cosas. Después, cuando cumpliera con su parte, sería el turno de Lachlan.
—¡Marsaili! ¿Dónde demonios te has metido? ¡El señor te necesita ahora mismo!
Sonrió cuando vio al perro faldero de Rurik, Erling, buscar a la joven sanadora por cada rincón de la fortaleza, desesperado por encontrarla.
Después, se ocultó entre las sombras, para que el guerrero no descubriera su presencia, mientras rezaba a Dios para que Marsaili no apareciera.
Nunca.