Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 10 #2
20%

10 #2

Después, inclinó su cabeza hacia ella hasta que sus labios se rozaron.

Un temblor la sacudió entera. Dejó escapar un débil suspiro de protesta que no sonó convincente, porque todos sus sentidos se concentraron en la suave y dulce presión de aquella boca sobre la suya.

En aquella lengua que tanteaba el terreno, preparándola para la intrusión que siguió.

Ella notó cómo la abrazaba con más fuerza. Cómo sus labios se pegaban más a los suyos. Volvió a intentar una protesta, pero Rik aprovechó que acababa de abrir la boca para penetrarla con la lengua, buscando su calor.

Oh, Dios...

Le fallaron las rodillas. El estómago se volvió mantequilla derretida al fuego, tan densa como el plomo fundido. Como si se deslizara hacia sus piernas con cada suave caricia.

Solo había besado a otro hombre en su vida, y la había llenado de calidez. De escalofríos de satisfacción en todo el cuerpo. Pero jamás le provocaron ese torrente de calor líquido que le estaba incendiando las venas.

Era la primera vez que el cuerpo de un hombre atraía al suyo de aquella manera, obligándola a fundirse, a moverse con él. A preguntarse la causa y el remedio que había para aliviar aquella increíble tensión tan nueva para ella, para su completa desgracia.

Nunca había sentido la piel tan tirante, ni ese hormigueo en el vientre que la llevaba a querer acercarse aún más, a querer notar el calor de aquel cuerpo sobre la desnudez del suyo.

Dios de dioses... ¿qué estaba pensando?

O peor aún: ¿qué estaba haciendo?

Recuperó la cordura a tiempo de perderla para siempre, cuando notó la diestra mano de Rik recorriendo su costado en sentido ascendente, y logró apartarlo justo antes de que apresara uno de sus pechos.

—Esto… no debe volver a pasar —murmuró sin aliento, tan atónita como lo estaba él, al comprobar la respuesta de su propio cuerpo ante un simple beso.

Rik tomó distancia, con cada uno de sus músculos tan tensos como su mandíbula. Miró a un punto indefinido, mientras su respiración volvía a la normalidad, antes de negar con la cabeza.

—Estoy de acuerdo contigo —murmuró con la voz ronca, regresando a su ocupación como si no hubiera ocurrido nada—. Vístete. Parece que el tiempo ha mejorado. Podremos regresar a Dùn na Seabhaig antes de que anochezca.

—¿«La fortaleza del halcón»? ¿Así ha llamado tu señor a su castillo? —En cuanto la neblina de la excitación desapareció, una idea le cruzó por la mente—. ¿Tiene algo que ver con tu tatuaje?

—Preguntas demasiado. —La tomó por el brazo, y prácticamente la arrastró hasta el interior de la cabaña—. Date prisa.

Su primer impulso cuando la dejó sola fue burlar su incómoda presencia y marcharse de allí, aunque fuera saliendo por la ventana.

¿Quién se creía que era para hablarle en ese tono de superioridad? ¿Después de haber vuelto su pequeño mundo del revés con un beso inesperado, ardiente, profundo…?

—¿Ya estás lista? Recuerda que, aunque sea temprano, terminará por hacerse de noche…

Marion le respondió con un bufido. Salió con toda la dignidad que pudo atesorar, y se quedó mirando a hombre y caballo.

—No sé quién de los dos será más inteligente, la verdad —respondió a su sarcasmo—. Es posible que me encuentre más a gusto con Aska.

—Una pena que sea mío, que atienda a mis órdenes mejor que tú y que solo haya uno para dos personas. —Extendió su mano hacia ella, con ademán serio—. Te estoy ofreciendo viajar conmigo. Tus pies no resistirán la caminata, y en cuanto al resto de ti…

No hizo falta que terminara la frase, pero para ella, el ofrecimiento le causó más pavor que cualquier ataque con un arma. Después de lo ocurrido entre ambos, dudaba que pudiera soportar esa cercanía tan íntima con la indiferencia necesaria.

No estaba segura de poder confiar en él. O en ella misma.

—Mi paciencia tiene un límite. Se acabó.

Un instante después de haberlo escuchado, lo tuvo de nuevo pegado a ella.

Rik deslizó las manos hasta la curva de su cintura.

Por un momento, Marion sintió que podría desvanecerse otra vez allí mismo.

Se le secó la boca cuando él la atrajo hacia su pecho.

La presión de sus fuertes manos aumentó cuando empezó a alzarla.

Aturdida, notó la fricción de la tela contra su piel caliente.

Sin darse cuenta, había posado las manos sobre los brazos musculosos; a medida que él seguía elevándola, cerró los puños, tomando la tela áspera de su túnica hasta casi romper las costuras.

Cogió aire. Incluso se preparó para gritar.

Pero en lugar de intentar forzarla, él la dejó suspendida por encima de sus anchos hombros. Luego, con una mueca burlona, la dejó caer sin cuidado sobre la silla de Aska y montó detrás de ella para recoger las riendas.

—¡Al fin aceptas algo de ayuda sin comportarte como una vieja protestona! —le murmuró al oído, con tal alivio que, en lugar de enfurecerse, ella tuvo que contener una sonrisa—. Así todo será más fácil para todas las partes. Incluido mi caballo. Te lo aseguro.

No hubiera servido de nada resistirse, así que prefirió sacarle provecho a la situación.

Conforme iniciaron el camino de regreso, en un cómodo silencio, se dejó llevar por el calor.

No fue consciente de que se había quedado dormida, con las piernas de Rik sujetando las suyas y la barbilla apoyada en su cabeza, hasta que sintió un fuerte pinchazo en el vientre.

—¿Te encuentras bien? —Rik la giró hacia él en el acto—. Dioses, estás todavía más pálida que esta mañana. Llevamos horas cabalgando, pero si necesitas descansar, nos detendremos.

—No, yo…

Sintió cómo el líquido caliente se escapaba entre sus piernas sin que pudiera evitarlo. Los dolores se hicieron más agudos.

Marion miró hacia abajo.

Una mancha de sangre crecía, hasta empaparle las faldas.

Supo lo que eso significaba.

Elevó los ojos hasta los de Rik, suplicando en silencio, pero un nuevo acceso de dolor le arrancó un grito.

Después, se desmoronó contra el pecho del hombre que no lograba comprender qué estaba ocurriendo.