10
—Deberías despertar si no quieres que piense que de verdad has muerto.
Marion pensó que aquella frase socarrona era producto de su imaginación, pero el olor a pescado despertó su apetito.
Cuando abrió los ojos, se encontró con el rostro atractivo de Rik, que le mostraba un pez ensartado en una rama.
—No ha dejado de llover, así que cuando amaneció, pensé que utilizar el resto del jabalí sería demasiado fuerte para un estómago tan delicado como el tuyo.
Ya me lo has demostrado. —Parecía que era él quien se había pasado la noche durmiendo cuando, lleno de energía, depositó su deliciosa carga sobre la mesa y la invitó a sentarse—.
Además de rastreador, soy buen pescador.
Por suerte, no nos hemos alejado demasiado del río y he podido traer algunas buenas piezas.
¿Vas a comer? ¿O prefieres acusarme de matar a un pobre animal que lo único que hacía era nadar?
—Tengo hambre.
Y eso sería todo. Por lo menos, hasta que sus pies tocaron el suelo y el olor del pescado asado le hizo olvidar que todavía estaba herida.
Lo que en un principio parecía apetecible, se convirtió en algo tan nauseabundo que apenas pudo murmurar una disculpa, antes de salir de la cabaña a trompicones.
Solo fue capaz de llegar unos pocos pasos más allá de la puerta. Las náuseas eran tan violentas que, a pesar de tener el estómago vacío, tuvo que sujetarse a la pared más cercana para evitar caerse.
—Tranquila.
Una mano grande, fuerte y cálida cubrió su frente, al mismo tiempo que el otro brazo de Rik abarcó su cintura para pegarla a la inmensidad de su pecho.
Ella se encontraba demasiado mal como para oponer resistencia.
Dejó que todo siguiera su curso, hasta que las náuseas cesaron, dejándola tan agotada como si hubiera recorrido millas de distancia.
Por unos instantes, se permitió el lujo de apoyarse en la solidez del cuerpo masculino, mientras recuperaba el aliento.
Ya pensaría después cómo explicaría su malestar.
Pero Rik no pensaba concederle tanto tiempo.
En cuanto notó que ella se aflojaba contra él, volvió a meterla en la cabaña y la acostó de nuevo en el catre.
—Si no te gustaba el pescado, solo tenías que decirlo —intentó bromear, sin demasiado éxito, a la vez que le refrescaba la frente con un paño húmedo—. Es parte de tus enaguas, igual que los vendajes de los pies. No era necesario que mostraras tu desagrado de esta forma tan…
—Violenta, sí. Puedes decirlo. Pero ya me encuentro mejor. Y por cierto, el pescado me encanta.
No mentía. Poco a poco, sus tripas volvieron a la normalidad, aunque el ligero malestar con el que se había acostado la noche anterior persistía. Lo ignoró y procuró llenarse la boca con la carne, aún caliente, antes que decir algo de lo que luego se arrepentiría.
—¿Lo ves? —preguntó, ante la mirada inquisitiva de Rik, que se limitaba a observarla—. Parece que incluso me gusta más que a ti.
—Yo ya he comido. Y acabo de descubrir un nuevo entretenimiento: tú.
Casi se atragantó con el pescado. Cuando se atrevió a levantar la cabeza, observó un brillo en los ojos del guerrero que tenía poco que ver con la supervivencia, y mucho con algo que iba más allá del mero interés.
Dios de los cielos… Ella le gustaba. Le intrigaba. Podía leerlo en él, porque no era la primera vez que distinguía esa clase de deseo en un hombre.
—Yo no estoy aquí para entretener a nadie, sino para acatar con mansedumbre tus decisiones, mi señor —afirmó, intentando sonar convincente, aunque ni ella misma se tragaba sus propias palabras—. Si quieres llevarme ante tu laird , estaré gustosa de acompañarte.
—¿Sin protestas ni objeciones a mis órdenes?
—Ni una sola… Si ahora mismo te encargas de tu caballo.
La expresión de escepticismo de Rik cambió a otra de absoluto asombro.
—¡Por las barbas de Odín, kálfrinn , no dejas de sorprenderme!
Es más que seguro que agradarás a mi señor cuando te conozca.
Aska ha estado todo este tiempo bajo uno de los tejadillos de la cabaña —afirmó—.
Aunque has demostrado más interés por él que por mí, tengo que decirte que, cuando vuelva, quizá su olor impregnado en mis ropas vuelva a causarte náuseas…
—Los olores de los animales nunca son repulsivos. Siempre transmiten un mensaje.
—¿Ah, sí? De modo que piensas que su olor transmite algo… —se burló—. Me encantaría saber qué te está diciendo ahora mismo.
Pronunciaba su nombre con una extraña y atrayente cadencia que la envolvía como si pretendiera librarla de todo mal, pero intentó permanecer seria para responder a su fanfarronería.
—Me dice que ya casi es mediodía —empezó, cuando echó un vistazo más allá de la ventana.
—Eso es evidente. Cuéntame algo distinto.
—Que al fin las nubes se están marchando —añadió, comiendo un poco más de pescado.
—Te dije distinto, no igual.
Marion se esforzó por avanzar hasta la puerta cojeando y, después, hasta Aska. Pasó una de sus manos por el hocico del animal con mucha lentitud en sentido ascendente, hasta que la hundió en sus suaves crines. Una eternidad después, se volvió hacia Rik, con una sonrisa victoriosa en la cara.
—Tiene una astilla bajo la herradura de su pata derecha delantera. Si emprendemos el camino ahora, en poco tiempo lo tendrás tan inútil para avanzar como lo estoy yo ahora mismo. Puede que incluso termine cojo si lo fuerzas demasiado.
Debía comunicarse con el animal para ayudarlo. Intentar unir sus espíritus, por encima de aquel escéptico que la miraba.
—Tranquilo, precioso —le susurró al oído—. Pronto podré curarte la pata…
—¿Tú?
—¿Quién si no? Al parecer, no me crees, ni lo harás hasta que no lo compruebes por ti mismo. Y solo hay una manera de hacerlo: caminando. Cosa que no pienso permitir, si con ello lo lastimas de forma innecesaria.
—¿Innecesaria?
—¿Quién es ahora el que repite mis últimas palabras con preguntas impertinentes?
—La cara de Rik reflejaba tal estupefacción que contuvo una sonrisa y se inclinó sobre la pata de Aska.
Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada, el guerrero la apartó con firmeza—.
¿Se puede saber qué estás intentando hacer?
—Qué estoy haciendo, querrás decir. El caballo es mío, y su salud es mi responsabilidad, del mismo modo que lo es la tuya, hasta que me deshaga de ti.
Se desprendió de la capa de piel, del peto y de la camisa con movimientos enérgicos, y ocupó su lugar junto al caballo.
Para su completa sorpresa, no le habló con brusquedad mientras colocaba la pezuña sobre sus poderosos muslos. Sus susurros, con una cadencia constante, lograron que Aska se tranquilizara… Y que el pulso de Marion se acelerara sin motivo aparente.
Porque ver el espléndido pecho desnudo, salpicado de vello rubio rojizo, no era un motivo, por supuesto; ni tampoco que sus ojos siguieran las depresiones que los músculos de su espalda, llena de cicatrices de guerra, formaban cuando Rik comenzó a trabajar en la pezuña del equino.
Hasta que reparó en el halcón que aparecía dibujado en su hombro, y que parecía emprender el vuelo con cada movimiento, cuando el vikingo procedió a secar a Aska con la manta que poco antes ella había utilizado para dormir en el catre.
Era fascinante, como casi todo lo que contemplaba.
Las calzas se adherían aún más, si es que eso era posible, a sus piernas, remarcando sus caderas estrechas y sus glúteos firmes, de un modo imposible de ignorar.
Atraída por el sonido constante de su voz, comenzó a sentir un calor que reconocía demasiado bien. Era la reacción natural de una mujer joven ante un hombre que irradiaba tanto poder como belleza, y que parecía saber a la perfección cómo acercarse a un animal herido.
Casi tan bien como ella.
Dio un paso atrás, alarmada.
Debía controlar su cuerpo. Mantener las distancias, la frialdad, la desconfianza.
Si se dejaba llevar por la atracción brutal que comenzaba a experimentar, estaría perdida.
En todos los sentidos posibles de la palabra.
No se dio cuenta de que ya lo estaba. Llevada por el instinto y la curiosidad, alargó la mano para tocarlo, pero él interceptó su muñeca antes de que lo consiguiera.
Marion se quedó allí parada, sintiendo la caricia de aquella mirada, que se desplazaba hasta su cuello con tanta intensidad que le pareció que la tela que la cubría acababa de fundirse, para dejarla sin nada que la protegiera del ardor de los ojos ambarinos.
No podía moverse, ni cerrar los párpados para escapar de aquel tormento. Por eso se dio cuenta, cada vez más aterrada, de que estaba a su merced por completo.
Podía gritar, pero nadie la escucharía. Y a él le sería muy fácil callarla.
Tanto como rasgarle la ropa, tumbarla en el suelo y poseerla hasta que se quedara sin aliento ni fuerzas para defenderse.
—Ni se te ocurra —le advirtió.
—Me estás haciendo daño.
—Muchacha, no conoces el verdadero dolor —dijo él con mucha suavidad—. Pero si quieres que te enseñe, estaré encantado de satisfacer todos tus deseos.
—No tienes ni idea de lo que deseo.
—Quizá no te hayas dado cuenta porque eres tan inocente como aparentas, pero tu mirada lleva gritándomelo desde que me volví para atender a Aska.
La he sentido por todo mi cuerpo, como si fueran tus dedos los que lo recorrieran, invitándome —murmuró, tan cerca de su boca que la bañó con su aliento—.
Y no soy hombre que rechace una invitación.
Su voz era demasiado siniestra como para pasarla por alto.
Intentó liberarse de él empujándolo con los puños cerrados, pero fue como mover un muro de piedra. Rik parecía decidido a no soltarla, tanto como a mantenerla a su lado.
La acercó hacia él y la abrazó, hasta que sintió que se ajustaba a la perfección a los duros contornos de su cuerpo.
Marion sentía que el corazón se le desbocaba, que la sangre le latía con demasiada fuerza. Porque acababa de darse cuenta de su cercanía. Del peligro.