Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 9
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Marion nunca pensó que una tormenta pudiera tardar tanto en amainar.

Ni que su estado de salud comenzara a empeorar, de forma inexplicable, a pesar de permanecer seca, con el estómago lleno y relativamente tranquila en compañía de Rik.

Le costó un mundo desprenderse de su ropa mojada con los pies vendados, y colocarla junto al fuego. Se sentía desnuda con su ropa interior.

Desnuda delante de un hombre gentil que podía haberse aprovechado de ella, en lugar de curarla, pero que seguro que no le había dado su verdadero nombre.

Algo tan simple y corto no casaba con su innegable presencia.

Cada uno de sus músculos, y casi podía jurar que tenía demasiados como para ignorarlos, a juzgar por cómo se remarcaban por debajo de su ropa, emanaba una silenciosa autoridad.

Era parco en palabras, pero no se molestaba en ocultar que se preocupaba por su estado, con una naturalidad que rayaba en la descortesía.

Y sin embargo, ella lo tenía tan en cuenta que, cuando terminaron su cena y él señaló el catre, ni siquiera pensó que podría aprovecharse de la situación.

A pesar de que la mirada de aquellos ojos hipnóticos contuviera algo más que interés. Algo que no se atrevía a descifrar, y que la alteraba.

—No voy a comerte. Ya he comido antes, ¿recuerdas? —le dijo con su habitual tono cortante—. No soy tan estúpido como para desperdiciar la oportunidad de averiguar quién eres, antes de que mi… señor decida qué hacer contigo.

—Parece que tu señor confía demasiado en ti —apreció ella.

—Más de lo que yo confío en ti, por el momento. —Le mostró el cuchillo—. Tuve que quitártelo. Me defendiste del jabalí, pero dudo que lo hubieras seguido haciendo aquí dentro. Lo siento.

Su semblante barbudo no tenía ni pizca de arrepentimiento. Marion miró sus armas y puso los brazos en jarras.

—Devuélvemelas —exigió.

—No puedo.

—No quieres.

—Está bien. No quiero. —Él se encogió de hombros con tanta indiferencia que tuvo que contener sus instintos asesinos—. No me mires así. Estás en clara desventaja. No conseguirías atacarme ni siquiera si yo estuviera dormido y tú, despierta. Me necesitas.

—Nos necesitamos. Si consigo escaparme, nunca sabrás cuáles son mis intenciones. Esas que te empeñas en descubrir, ¿verdad?

Había sido una salida desesperada, pero pudo ver la duda brillando en su cara, antes de que una sonrisa llena de oscura sensualidad la iluminara.

—Volvería a atraparte antes de que te hubieras dado cuenta. No podrías correr. Y yo soy el mejor rastreador de Jura, kálfrinn .

—¿Qué…?

—Cervatilla. Me recuerdas a una. Menuda, ágil, pequeña y con unos ojos demasiado grandes en tu cara, que parecen estar siempre abiertos por el miedo.

—¿Tan transparente era? Marion abrió la boca con la idea de contradecirlo, pero él soltó una carcajada que la enmudeció—.

¿He acertado? Por tu cara parece que sí, aunque tu colgante diga lo contrario.

Ella se llevó la mano a la runa de forma instintiva.

El pánico le impidió responder con la rapidez necesaria. Rik malinterpretó su silencio y enarcó una ceja.

—¿Tampoco me vas a decir nada acerca de eso? —insistió con petulancia. Tan tranquilo, el muy…—. Te he sorprendido, pero no te veo comportándote con timidez cuando has sacado las uñas en una situación tan inconveniente para ti como esta.

—Has tocado… el colgante…

—Soy vikingo, como mi señor. Es la runa Algiz.

—Sí.

—Significa protección, defensa y conexión con lo divino. Con nuestras divinidades —remarcó, cruzándose de brazos sin dejar de observar cómo ella aferraba el colgante en su mano como si pretendiera arrancárselo—. Puedo deducir que parte de tu sangre es del norte…

—Puedes deducir muchas cosas, que no te sacaré de tu error de ninguna. Solo es un colgante —aclaró, presionada por la mirada inquisitiva del guerrero—. Un regalo.

—De alguien que te apreciaba mucho, como mínimo. ¿Sabes que es un poderoso amuleto protector contra el mal, las energías negativas y el peligro físico?

—¡Claro que lo sé! ¿Por quién me tomas?

—Por una inconsciente que no tuvo otro momento más inapropiado para darse un baño en un río, que un atardecer en completa soledad. Arriesgándose a que alguien como yo apareciera y…

—Gracias a esta runa, puedo presumir de entender el lenguaje de la naturaleza, y todos los seres vivos que la habitan.

Ya lo comprobaste con Aska. Si hubiera estado en peligro, lo habría sabido.

Como has afirmado, me encuentro protegida por el amuleto, aunque no del todo.

Te encontré a ti —añadió—. Y esa es la única información que voy a darte, solo por agradecimiento.

—De modo que agradeces que te trajera hasta aquí…

—Junto con todo lo ocurrido antes y después. Como tú me has agradecido seguir con vida, en perjuicio del pobre jabalí. —No podía seguir con aquella conversación. El riesgo de que le llevase a terreno peligroso era muy, pero que muy alto. Con el mentón alzado, señaló la puerta—. ¿No te ibas?

—¿Me estás echando? ¿A mí? ¡Esto es inaudito! —Pero por suerte, parecía más divertido que furioso cuando se dirigió hacia la salida—. Por esta noche, fingiré que te hago caso.

—¿Por esta noche?

—Claro, kàlfrinn —susurró él, en un perfecto gaélico que la estremeció de miedo—.

De momento no parece que la lluvia amaine lo suficiente como para regresar de inmediato.

Me temo que tendremos que soportarnos mutuamente un poco más, así que como buen cazador, dejaré que mi presa se confíe y haré guardia durante la noche, mientras ella, es decir, tú, descansas.

No parece que la cena haya paliado los efectos de lo que sea que te tiene en tal estado.

—¿En qué estado, si puede saberse?

—En el de agotamiento total, desconfianza extrema y lengua rápida que solo sabe plantear preguntas impertinentes.

Exactamente igual que la primera noche que pasamos juntos.

—Parecía muy satisfecho consigo mismo cuando tomó todas las armas y le dedicó una reverencia burlona—.

Milady , si necesitáis algo, estaré al otro lado de la puerta.

Se iba a empapar. Ese fue su primer pensamiento.

El segundo, que era una auténtica boba por preocuparse de esa manera por alguien que seguía suponiendo una amenaza en potencia. A pesar de que hasta el momento no había intentado propasarse con ella, ni causarle daño alguno.

—Más bien todo lo contrario —murmuró para sí cuando Rik cerró la puerta a sus espaldas, y tan solo escuchó el sonido de la lluvia al caer—. Pero serías todavía más estúpida si no aprovecharas las ventajas de estar a cubierto.

Debía ser sincera consigo misma. Sus fuerzas mermaban a medida que pasaba el tiempo. No importaba si descansaba, comía o permanecía seca y caliente.

Era como si su conciencia hiciera todo lo posible para que su cuerpo se rebelase contra lo que ella pretendía imponerle.

Con un jadeo, se sentó en el borde del catre y se abrazó el vientre. Contuvo la respiración cuando el dolor la atravesó, y apretó los dientes hasta que el acceso pasó.

Para entonces, estaba empapada en un sudor frío, las náuseas estuvieron a punto de conseguir que vaciara el estómago que tanto le había costado llenar, y se hallaba tan mareada que se dejó caer como si fuera un saco de trigo.

Dios de los cielos, ¿qué le ocurría?

Su salud jamás se había resentido de aquella manera, a pesar de todas las pruebas a las que había sido sometida últimamente.

¿Por qué ahora se encontraba como si le hubieran dado una paliza?

«Es el castigo divino a tus pecados», le recordó esa maldita conciencia.

—¡Nunca he cometido un pecado tan grave!

—exclamó, encogida como una niña pequeña, mientras intentaba centrarse en las sombras danzarinas que proyectaba el fuego de la chimenea, para contener las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas—.

¡Yo nunca quise…! ¡Jamás pretendí…! ¡Fui tan solo un medio para conseguir un fin!

Entonces, ¿por qué permitía que la angustia la ahogara en una culpabilidad que sabía cierta? ¿Por qué seguía empeñada en esconderse, aunque fuera en la fortaleza de un hombre del norte que tenía fama de implacable?

Estaba sola. Sin un plan que llevar a cabo, si exceptuaba la desesperación de permanecer lejos del hogar que la vio nacer y crecer.

Lejos de sus crímenes, solo para evitar cometer otro.

Marion respiró hondo para tranquilizarse, hasta que esos pensamientos comenzaron a fluir de un modo menos caótico.

De momento, el destino había querido que su camino se cruzara con el de Rik. Él suponía su salvoconducto más inmediato. Su supervivencia.

No tenía otra opción. Era arriesgarse con él, o la muerte más segura en manos de cualquier otro mucho más desaprensivo y salvaje.

Ya consideraría qué hacer cuando se hallara ante el señor de Jura, pero si algo tenía claro, era que no pensaba volver a Duntrune en mucho, mucho tiempo.

Solo cuando asimiló esa decisión y sus consecuencias, el deseo impetuoso de ir en busca del guerrero, solo para hallar consuelo en alguien extraño, remitió junto con el dolor.

Poco a poco, se quedó dormida.

Sin sueños. Sin pesadillas.

Solo con la mirada enigmática de unos ojos dorados clavados en ella, con un mensaje que tendría que descifrar.