8
Si el día anterior Erling le hubiera dicho que un simple paseo se le complicaría tanto, se habría reído de él en su cara.
Pero así había ocurrido.
Era como si los dioses hubieran pretendido castigarlo por su acto de cobardía, al no afrontar las nuevas órdenes del rey escocés con la rapidez y efectividad que se esperaba de él.
Le enviaban una plaga en forma de muchacha llena de incógnitas, que se manejaba con sus comentarios afilados y sus preguntas demasiado bien como para ser de verdad alguien de origen humilde.
Todo ello, mientras la llevaba a lomos de Aska, con la lluvia calándolos hasta los huesos mientras buscaba un lugar donde guarecerse hasta que amainara.
Si es que amainaba lo bastante pronto como para permitirle tomar distancia con ella.
Eso era lo que debería hacer, desde luego. Eso, y decirle quién era él en realidad, aunque solo fuera para poder exigirle a ella lo mismo.
¿Por qué no le había desvelado su identidad desde el principio?
No lo sabía, aunque una vocecilla en su interior le decía que, en el fondo, había querido experimentar de primera mano cómo se sentiría si pudiera hacer realidad su fantasía de ser un insignificante guerrero, prendado de la belleza de una aldeana igual de insignificante que él.
Porque era bonita, la condenada.
Tanto como para sentirse tentado a retrasar todavía más su regreso a la fortaleza.
Erling sin duda se preocuparía, pero aquel hombre había llegado a conocerlo mejor que él mismo. Sabría que, al final, no eludiría sus responsabilidades, por desagradables que estas le resultaran.
Aunque, desde luego, las prefería a cargar con una aldeana desmayada en brazos, en cuanto encontró una cabaña abandonada en mitad de un pequeño cerro, con un tejadillo desvencijado que le sirvió para dejar a Aska, mientras la llevaba dentro.
Esperaba que hubiera al menos algo de leña para hacer una hoguera con la que calentarse y, de paso, asar alguna parte del animal que llevaba con él. A esas alturas, su estómago protestaba de hambre. Y suponía que el de Marion haría otro tanto cuando se levantara.
Saltaba a la vista que estaba tan débil como un pajarillo. Seguro que esa debilidad había sido la causante de su desmayo.
A regañadientes, la observó con más detenimiento una vez entraron en la cabaña y la depositó sobre un sucio catre.
Los círculos violáceos bajo sus ojos eran un claro ejemplo del agotamiento que cargaba con ella.
Trató de no fijarse demasiado en las curvas de aquel cuerpo, que resaltaban bajo la ropa mojada, y repasó el óvalo casi perfecto de su cara con las yemas de los dedos, ensimismado.
Dios, tenía la belleza de una dama de alta cuna, y la desvergüenza de la mejor de las prostitutas.
—Una combinación peligrosa, sin duda —gruñó, dejándola para encargarse de la hoguera.
Entonces recordó cómo se había recogido en su concha imaginaria, cuando él había aludido al estado de sus pies, y decidió aprovechar la ocasión para examinarlos, sin miedo a ser atacado en el intento.
La despojó de su calzado con todas las precauciones posibles. Vio que sus medias estaban manchadas de sangre y, con su cuchillo, las cortó a la altura de la rodilla para evitar moverla demasiado al quitárselas.
Cuando observó las lesiones, masculló una retahíla de maldiciones dirigidas a sí mismo.
—Zoquete, bárbaro, salvaje… —recitó, al mismo tiempo que buscaba un recipiente. Cuando lo encontró, no tuvo más que sacarlo afuera para que la lluvia lo llenara—. Esto es culpa tuya…
Bueno, también lo era de ella, añadió para calmar su conciencia, cuando utilizó las propias medias rasgadas para empaparlas en el agua y limpiar las ampollas sangrantes de las plantas de los pies de Marion.
Si no hubiera sido tan tozuda, tan resuelta a salirse con la suya a cualquier precio, tan orgullosa como para no reconocer su verdadero estado y pedirle un poco de caballerosidad…
—Tú tampoco estabas muy dispuesto a ofrecérsela —siguió recriminándose a sí mismo—. Te has comportado como un ruin, alargando una situación que podría haberse solventado en cuestión de horas. Y mírate ahora…
Cuidando los pies de una desconocida que se había desmayado en sus brazos, por culpa de sus pies… o de otra razón que ignoraba.
No tenía la menor idea de cómo desharía el entuerto acerca de su verdadera identidad cuando llegara a la fortaleza con ella, pero tampoco se preocupó demasiado en pensarlo.
¡Él era el señor de Jura, por todos los demonios! No necesitaba excusas para su comportamiento.
Le arrancaría la verdad acerca de su procedencia.
Sabía que había disidentes en la isla, fieles a lairds como Lachlan de Grey, y en contra de que un hombre con sangre del norte liderara su territorio.
La chica muy bien podría hacerse la inocente, fingiendo que no lo conocía, con la única intención de acabar con él.
No hubiera sido la primera vez, pero Rurik estaba resuelto a conseguir que fuera la última, aunque fuera acatando la orden real.
Después, si realmente se hallaba tan desvalida como parecía, le ofrecería algún trabajo con el que pudiera ganarse el sustento dentro de Dùn na Seabhaig.
Decidió dejar de lado unas elucubraciones que no tenían demasiado sentido, teniendo en cuenta su situación, y arrancó un trozo de sus enaguas empapadas, que colocó junto al fuego encendido.
Cuando estuvieron secas, las utilizó como vendas para sus pies y comenzó a preparar lo que quedaba del jabalí que podría considerarse comestible.
Ignoraba si Marion tenía hambre, pero sus tripas rugían como si no hubiera un mañana.
Además, de ese modo, evitaría mirarla tan atraído como se sentía en realidad.
Era mucho mejor pensar en lo que tardarían en regresar, con aquellos pequeños pies tan dañados como su dueña. A no ser que ella aceptara viajar con él a lomos de Aska, y la lluvia cesara en un tiempo prudencial, auguraba un encierro obligado de al menos una jornada más.
Eso era lo que debía pensar. Y se empeñó tanto que, cuando la sintió moverse a su espalda y murmurar, se sobresaltó.
—Vaya, pensé que nunca despertarías —le dijo, tratando de ser galante a pesar de su tono brusco, cuando le mostró el fuego que ardía en la pequeña chimenea y el trozo de carne que, a esas alturas, cuando la noche ya se había echado encima, se asaba sobre ella—. Yo… ¿te encuentras bien?
—Todo lo bien que puedo estar después de haber permanecido inconsciente durante demasiado tiempo, según veo —añadió Marion con la voz rasposa, señalando la única ventana de la estancia—. ¿Por qué estamos aquí?
—Porque llovía demasiado para seguir avanzando con alguien desmayado en mi regazo. —Se sentía tan incómodo en aquella situación que solo se le ocurrió limpiarse las manos en su pantalón, con la vista baja—. Todavía estás demasiado pálida.
—Si pienso que me has dejado aquí, a mi suerte, podría palidecer aún más.
¿Le estaba reprochando algo?
—Comprende que no tenga mucha experiencia en el cuidado de doncellas desvanecidas —replicó, molesto—. Un agradecimiento no estaría mal.
—¿Agradecimiento por…? —El color volvió de forma gradual a sus mejillas, conforme ella se dio cuenta de su situación.
Con los ojos tan abiertos como los de un cervatillo asustado, se miró a sí misma, cubierta por una manta vieja y maloliente, para volver a clavarlos después en Rurik—. ¡Cielos! ¡Estoy…!
—Empapada —terminó él por ella, con gesto torvo—. Disculpa si te he dejado con la ropa puesta. No parecías demasiado a disgusto, ahí dormida.
—¿Dormida?
Por toda respuesta, Rurik se encogió de hombros y cortó un trozo de carne con su cuchillo para ofrecérselo.
—Ahora estás despierta y yo seco —afirmó—. Si aún te encuentras débil, esto te ayudará a levantarte y acercarte al fuego, antes de que enfermes.
—¿Enfermar?
—¿Quieres dejar de repetir mi última palabra como si no la hubieras escuchado?
—Era inconcebible que a aquellas alturas ella se mantuviera tumbada, con ese gesto de estupefacción y, al mismo tiempo, de desafío.
En lugar de darle la espalda, como sin duda se merecía, él pinchó el trozo de carne con la punta del cuchillo y casi se lo colocó en la boca—.
¡Come en lugar de hablar! Sin duda será más beneficioso para los dos.
—No es el hambre lo que me ha dejado en este estado.
—Es el cansancio, eso ya lo he visto. Tus mejillas apenas han recuperado el color, y tus ojos están todavía demasiado hundidos, apagados. Supongo que cuando recuperes fuerzas te enfrentarás a mí con más ahínco. Será entonces cuando tengas que explicarme la causa de ese agotamiento.
Desconfiaba de ella, y no se molestó en ocultarlo. Pero en contra de lo que esperaba, Marion inclinó la cabeza, azorada.
—En ese caso, aceptaré lo que me ofreces. Aunque venga de un pobre animal que lo único que pretendía era defender su hogar de un intruso —murmuró.
—Tal y como yo pretendo para mi señor. El jabalí y yo nos encontramos en igualdad de condiciones, entonces.
—Para nada. —Con dificultad, ella logró sentarse sobre el catre. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía los pies vendados—. Vaya… No has podido contener tu curiosidad y decidiste comprobar con tus propios ojos cómo estaban…
—Bastante mal, por cierto. Algo que espero haber aliviado, con los escasos medios con los que contamos aquí. Aunque si me fío de tu rapidez de réplica, puedo suponer que he conseguido que te duelan menos.
—No tanto como mi orgullo. —Apenas mordisqueó el trozo de carne, que masticó mientras apoyaba la cabeza contra la pared y cerraba los ojos.
Por un segundo, Rurik pensó que le pediría ayuda, pero vio que se recomponía y lo atravesaba con una mirada enigmática cuando él se disponía a prestársela—.
Sin mi intervención, este animal estaría muy por encima de ti, guerrero.
Por toda respuesta, él exhibió una sonrisa torcida carente de humor, sacó el resto de la carne del fuego y la dispuso sobre la única mesa que tenía la cabaña.
—La vida me ha enseñado a distinguir entre pasado y presente, de modo que el primero no afecte al segundo.
Esto forma parte del pasado —dijo, señalando los restos del jabalí, que se encargó de llevar fuera—.
Y esto, el presente —añadió a la vuelta, mostrando a la deliciosa carne—.
No sé tú, pero yo estoy dispuesto a darme un atracón, sin pensar de dónde viene ni adónde me llevará.
Es muy posible que tengamos que pasar aquí una noche como mínimo, si el tiempo no mejora, así que según lo veo yo, tienes dos opciones: o permaneces ahí sentada, muriéndote de hambre, o participas del festín.
Tampoco era tan complicado. En realidad, si exceptuaba toda la maraña de sentimientos relativos a Freydis, su existencia siempre se había reducido a aquellos dos conceptos. Nada de pensar en un futuro que siempre estaba en el aire.
Por un instante, pensó que aquella testaruda empapada se empeñaría en perjudicarse a sí misma con tal de no dar su brazo a torcer, pero cuando comenzó a comer y escuchó ruido a su espalda, tuvo que contener una sonrisa triunfal.
Con disimulo, sus ojos siguieron los movimientos de Marion, hasta que al final ella ocupó el lugar más alejado de él en la mesa, y lo imitó.
«Primera victoria», pensó.
¡Y sabía incluso mejor que el jabalí!
Duntrune Castle
Había vuelto a sentirlo.
No era nada tangible, ni que pudiera experimentar de una forma abierta.
Después de todo, debía quedarse donde estaba. Cuidando a uno de los seres humanos que siempre habían sido imprescindibles en su vida.
Pero todas esas percepciones eran bien reales, no producto de su imaginación, ni de su estado físico.
Tampoco invenciones de su mente.
Aunque cada parte de ella le exigiera que se dejara ver, supo que no era el momento.
Entre las sombras de aquel cubículo oscuro, situado al otro extremo de uno de los muchos pasadizos que cruzaban la fortaleza, y de los que pocos eran conocedores, se dedicó a observar al hombre que ocupaba uno de sus rincones.
Parecía dormido. En realidad estaba gravemente herido.
Bajo su entera responsabilidad.
Lo mismo que ocurriría con Eithne, y como siempre debió ser.
Pero las circunstancias dictaron las normas. Y estas, aquel desenlace.
Aún no era su momento, se dijo mientras se aseguraba de que el hombre seguía respirando, después de haberse pasado los últimos días atendiendo los golpes y cortes que habían estado a punto de acabar con él. Otros deberían actuar antes.
Y entre ellos, Tavish de Moray.
El hombre de confianza del difunto Niall MacSorley. El único que había visto nacer y crecer a los dos retoños del laird , y cuya lealtad estaba, aun en aquellos momentos, por encima de toda duda.
Era uno de los miembros del Consejo de ancianos. El mismo que había validado la posición de líder de Lachlan de Grey porque no les habían dejado otra alternativa, si querían mantener con vida al resto de habitantes del feudo.
Un escocés de origen noble, culto pero entrado en años.
Quizá esa edad fuera un inconveniente en lugar de una ventaja en un caso como aquel, pensó cuando decidió dejar a su paciente tal y como estaba, cuando escuchó los sonidos inconfundibles de alguien que se deslizaba fuera de la muralla, al anochecer, con la esperanza de no ser visto por los vigías.
Alguien que también conocía los entresijos de los pasadizos, y que pensaba utilizarlos.
No podía tratarse de otro. Ni siquiera el más antiguo del lugar estaba al corriente.
Con la esperanza guiando cada uno de sus movimientos, salió de su escondite, como llevaba haciendo durante los últimos años. Como un fantasma.
Los sirvientes habían dado por hecho que uno habitaba en Duntrune Castle. El nuevo señor, también.
Esas supersticiones le habían permitido pulular por los corredores con una limitada libertad que pensaba volver a utilizar.
Sus pasos sigilosos siguieron al noble cuando este, a su vez, perseguía a la muchacha, más allá de los alrededores de la fortaleza, hasta el mar.
Su muchacha, se recordó, con el pecho henchido de orgullo a pesar de la pena y las calamidades que encorvaban sus hombros.
No sobreviviría si se empeñaba en mantenerse alejada de Lachlan. Debería hacerle frente y no huir. Desprenderse de ese sentimiento de culpa con el que sabía que cargaba, para exigir lo que era suyo por derecho.
Lo haría. No le cabía la menor duda. Sobre todo cuando, a través del sendero que conducía al mar, comprobó que Tavish apenas empleaba un par de minutos en hacerse con una embarcación, para seguirla a donde quiera que se empeñara en ir.
El hombre contaba con bastante desventaja, pero la pulverizaría en cuanto consiguiera recuperar el rastro perdido.
—Tavish, date prisa… —murmuró con angustia, sin dejarse ver—. Ve con ella antes de que cometa un error irreparable.
Pero tuvo la sensación de que el viento se llevó su susurro, antes de que llegara a oídos del escocés.