Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 7
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Se había marchado de la fortaleza con la intención de dar un paseo.

No importaba el tiempo que tardara en volver. Cuando lo hiciera sería asumiendo el nuevo estado de su situación. Si Alexander lo quería casado, lo tendría así, a cambio de su apoyo contra Lachlan de Grey cuando llegara el momento.

Lo único que no había previsto era encontrarse con una mujer como la que permanecía acurrucada bajo su propia manta. Con las primeras luces del amanecer enredándose en sus rizos desordenados para arrancarles reflejos de oro puro.

Qué inofensiva parecía…

Al recordar el modo en que se había encarado con él para exigir un poco de privacidad, y cómo se había manejado con el tema del beso, sonrió.

A continuación, la sonrisa se le borró de la cara.

¿En qué estaba pensando cuando le propuso algo tan absurdo?

¡Un beso! ¡A una desconocida! ¡A una campesina, que muy bien podría ser leal a Lachlan o al cabecilla de turno!

Lo cierto era que había disfrutado de aquel extraño tira y afloja, de la inesperada conexión que lo atraía hacia ella desde el principio. Tanto, que en lugar de desvelar de una buena vez su verdadera identidad y llevarla a la fortaleza, había dado un rodeo…

Uno lo bastante pequeño como para seguir fingiendo que era un simple guerrero, deslumbrado por la belleza, el desparpajo y, por qué no decirlo, también el secretismo de una moza que lo había intrigado más que cualquiera de sus enemigos en los últimos tiempos.

Le echó un breve vistazo para asegurarse de que seguía durmiendo y sacudió la cabeza.

—Eres todo un interrogante que pienso desvelar antes de descubrirme ante ti, mi preciosa Marion —murmuró, mientras echaba por encima de las brasas, aún encendidas, un puñado de tierra para apagarlas, y miraba con preocupación el cielo encapotado.

Ella no había cenado nada. Y los círculos oscuros debajo de sus ojos parecían más pronunciados que el día anterior.

Para un rastreador como él, la conclusión estaba clara: la muchacha había recorrido un largo trecho que le estaba pasando factura, y que se agravaría si seguía el camino a pie, en lugar de viajar sobre Aska.

Con él.

En el caso de que se sintiera culpable por haberla llevado como si fuera un peligroso prisionero. Pero aún era demasiado pronto para tener remordimientos. Antes, debería asegurarse de que de verdad era inofensiva… para todos.

Porque para él…

—Descansa mientras puedas —afirmó cuando hizo un rápido recuento del estado de las provisiones con las que aún contaban—. Porque después…

—¿Después piensas seguir castigándome con alguna de tus enrevesadas maneras, Rik?

Rurik se giró al escuchar la voz soñolienta.

Por un segundo, se quedó boquiabierto contemplando a la muchacha desperezarse.

Se estiraba como una pequeña gata satisfecha, después de haber devorado un plato lleno de leche.

Tenía las mejillas arreboladas, los labios húmedos y los ojos brillantes de confianza…

Hasta que, al parecer, recordó todo lo vivido el día anterior, y se cubrió con la manta hasta la barbilla.

—Todavía no estás desnuda para que pretendas ocultarme nada —le replicó con una media sonrisa—. Deberías guardar ese tipo de energías para más adelante.

—¿Te refieres a cuando me encuentre frente a tu señor, y pueda quejarme del trato al que me has sometido?

—La gata quiere afilarse las uñas, y me ha elegido a mí para tal honor.

—Estuvo a punto de revelarle que él era ese señor, pero se encontraba demasiado cómodo en ese improvisado papel como para renunciar a él tan pronto—.

Pues bien, te aconsejo que comas algo de lo que sobró anoche.

Lo vas a necesitar para retomar el camino… junto a Aska.

Se arrepintió de lo dicho en cuanto la vio incorporarse, doblada sobre sí misma, más pálida incluso que la noche anterior, si es que eso era posible.

«Eres un auténtico borrico», se recriminó. Dio un paso en su dirección, convencido de que se desmoronaría de un momento a otro, pero ella se las ingenió para sujetarse al tronco de un árbol mientras señalaba al caballo.

—Es precioso. Y no está muy de acuerdo con el trato que le estás dando —murmuró, con una risilla suave que le afinó los sentidos como si fuera la mejor música de gaitas de aquellos indeseables escoceses con los que estaba obligado a convivir—. Pero no esperes que te cuente más. Necesito aliviarme.

—¿Otra vez?

—¿Tú solo te alivias una vez al día? —le reprochó, antes de acudir de nuevo tras los matorrales, sin molestarse en conseguir su aprobación.

De todos modos, la tenía, claro que la tenía.

Eran extrañas las emociones que despertaba en él.

Por un lado, incentivaba su instinto de supervivencia, su desconfianza innata, para impulsarlo a tratarla con la indiferencia que se había ganado a pulso.

Pero no tenía más que observar sus largas pestañas, su aspecto, que pedía ayuda a gritos pero de forma silenciosa, o sus rizos castaños, o ese luminoso tono azul de sus ojos… para desechar la idea.

Ahora, recién levantada, en lugar de hacer caso de sus recomendaciones para sustentarse como era debido, lo desafiaba de nuevo, e incluso se permitía el lujo de soltarle a la cara que no trataba a Aska como debía.

¡Él, que siempre había considerado su caballo como una parte de sí mismo!

—Sé que me voy a arrepentir de preguntar, pero ¿sería mucho pedir que me explicaras cómo has llegado a semejante conclusión?

—Fácil. De donde yo vengo, la comunicación con los animales es crucial en muchas ocasiones. Esta preciosidad y yo apenas nos conocemos, pero ya hemos entablado alguna que otra conversación para solucionarlo.

—Así que conversación… —Rurik inspiró hondo para armarse de paciencia y, de paso, para señalar el paraje que los rodeaba—.

Y ya que te muestras tan locuaz y dispuesta a responder mis preguntas, dime: ¿cuál es ese lugar del que provienes?

Porque si me fío de tu desorientación, desde luego no es Jura.

Cualquier campesina de la zona conoce cada piedra del camino.

Por supuesto, también las distancias a recorrer y la que la separa de la fortaleza de su señor.

—¿También si ese señor no es muy aceptado?

—Sobre todo si no lo es. —Se acercó a ella ignorando el chispazo de temor con el que lo miró, y la tomó de los hombros.

Tocarla fue como dejar la mano expuesta al fuego, pero Rurik ignoró la inesperada reacción de su cuerpo y se inclinó hacia ella, con su expresión más turbia—.

Una piel de un blanco perfecto que no ha conocido los rigores del sol, y que se ruboriza en el momento más conveniente, aunque tu lengua la desdiga a menudo.

—Su mirada se volvió más penetrante conforme sus manos descendieron por el contorno de aquellos brazos de aspecto frágil, hasta alcanzar los dedos femeninos.

Sin apartar sus ojos de los de ella, se los llevó a los labios y los rozó—.

Manos suaves, que no han conocido el trabajo duro…

—¡Soy una simple sirvienta en la casa de mis señores! —gritó Marion, ofendida.

Pero se dio demasiada prisa en ocultar cada uno de los signos que él le había señalado. Todos… menos ese delicioso rubor que lo atraía como la miel a las moscas, sin que pudiera evitarlo.

—¿Qué señores son esos? —insistió mientras montaba en Aska y controlaba las riendas.

—¡Eso no te incumbe!

—¿Estás segura? Tengo en mi poder nuestro sustento hasta que lleguemos a donde sea que vayamos.

Mis armas y, por supuesto, las tuyas. Esas que toda campesina o sirvienta porta cada día, ¿no es así?

—replicó con sorna. Ella le lanzó una mirada torva y apretó los labios, decidida a no decir nada más.

Dios del cielo, qué bonita estaba cuando se enfurecía.

Y cómo deseaba que de verdad fuera lo que afirmaba, para que su conciencia no lo aguijoneara al obligarla a caminar a su lado—.

¿Te empeñas en no sacarme de mi error? Porque entonces puedo pensar que estoy en lo cierto…

—Me trae sin cuidado lo que pienses. —Cuando golpeó el suelo con el pie, tuvo que disimular una mueca de dolor que no le pasó desapercibida a Rurik—.

Si pretendes seguir acompañándome, será mejor que nos pongamos en marcha.

Si lo que quieres es tomar otro camino distinto al mío, cuanto antes lo hagas, mejor para todos.

—Menos para tus pies. Los has castigado tanto que incluso un gesto de terquedad puede suponer un suplicio para ti —observó, divertido—. Apostaría lo que fuera a que incluso tienes alguna ampolla… preciosa campesina.

Esperó la respuesta fulminante de Marion, pero en lugar de seguir aquella confrontación abierta, la muchachita se acercó a Aska meneando sus caderas, sin apartar su atención de él, mientras acariciaba el hocico del animal con total familiaridad.

—Me temo, valiente guerrero, que te quedarás con la duda —le susurró cuando estuvo a su altura, en el mismo tono empleado por él—. Y ahora, si se me permite, seguiré caminando. Puede que tú no tengas otro modo de malgastar tu tiempo que lanzándome pullas, pero yo no.

Elevó el mentón con altanería y comenzó a caminar delante de ellos.

Rurik se quedó absorto observando la suave cadencia de aquel cuerpo que, a pesar de que parecía cojear, se movía con la elegancia propia de una dama, hasta que Aska lanzó un leve relincho.

—Traidor —le murmuró al oído, cuando Marion estuvo lo bastante lejos para no escucharlo—. Ya hablaremos tú y yo cuando ella ya no esté. Y hablando de ella… ¡Marion, deberías esperarme!

—Si no me das una buena razón…

¡Uf, ya era demasiado para el aguante de cualquier hombre! ¡Y el suyo era menor que el de la mayoría!

Si tenía que soportar su lengua viperina todo el camino, la sentaría delante de él solo para mantenerla callada, sin importar lo que ella opinara al respecto.

Se cruzó en su camino y desmontó, dispuesto a cargar con ella como si fuera un simple mozo de cuadra desobediente.

—Tengo tantas que me llevaría más de un día explicarlas de forma que pudieras entenderlas, hasta dejarte en evidencia, pero me centraré en una: desconoces por completo el suelo que pisas.

Y hasta que no me des una razón convincente por la que eso es así…

—Entonces se dio cuenta de su extrema palidez.

De que se tambaleaba y de que, de pronto, tenía la mirada perdida—. Marion, ¿te encuentras bien? Estás…

Antes de que pudiera terminar la frase, ella murmuró algo que no entendió y se desplomó entre sus brazos, al mismo tiempo que comenzaba a llover.