6
—Hay un montón de aldeanos cerca. Podrían oírme. Un solo grito y…
—Ah, que ahora son aldeanos. Pensaba que seguíamos con los guerreros.
Marion soltó una maldición para sí misma y se quedó callada.
Llevaba caminando junto a aquel precioso equino y el bruto de su jinete demasiado tiempo como para mantener la lucidez necesaria en su cabeza, pero su instinto de supervivencia no dejaba de advertirle que tenía que seguir intentándolo.
Aunque sus palabras pareciesen absurdas y carecieran de todo sentido común.
—Guerreros, aldeanos. ¿Qué más da? —intentó justificarse, lanzando una furtiva mirada a la enorme silueta que manejaba las riendas del caballo como si fueran una prolongación de sí mismo—. Al final, todos cojeáis del mismo pie.
—¿Como tú?
—Yo no cojeo. Yo…
Más bien se arrastraba como una mujer agotada, que no dejaba de mirar al cielo encapotado que amenazaba tormenta, al mismo tiempo que a su inesperado acompañante.
Su lenguaje corporal era el mismo que el de alguien que se encontraba con un viejo amigo.
Nada de tensión, ni de rigidez en los músculos que cubría con aquella indumentaria.
Sus labios sensuales parecían curvados por una permanente media sonrisa, que se extendía al brillo de sus ojos.
Aunque miraba al frente, Marion sabía que no la perdía de vista.
Que, a la menor señal de huida, lo tendría detrás como a un peligroso sabueso, dispuesto a hincarle el diente…
Contuvo un gruñido dirigido a ella misma cuando su imaginación hizo de las suyas, y le presentó esa imagen con exactitud.
Rik, con su apostura, su fingida galantería en beneficio propio, ese extraño atractivo que la afectaba a pesar de sí misma, avanzó hacia ella con las fauces abiertas, y la clara intención de clavarlas en cualquier parte de su cuerpo…
¡Señor de los cielos! ¿Qué era eso que se le estaba pasando por la cabeza, cuando debería estar pensando en una manera de seguir su camino sola? ¿Es que acaso no había aprendido de sus errores, que su imaginación volaba libre ante el primer hombre atractivo que se le cruzara?
¿En qué la había convertido aquel…?
—Al menos tienes la sensatez de estar asustada, después de tu alarde con las armas. —Él interrumpió sus razonamientos, confundiendo su temblor con miedo—. Creo que deberías haber escuchado lo que te advertía tu madre hace años sobre pasear sola por el bosque, no digamos lo de bañarte en el río...
—No conoces nada de mí. Ni siquiera sabes si tengo madre.
—Pareces demasiado joven para no tenerla.
Incluso para tener hijos, aunque a la vista está que has alcanzado tu plena madurez para esto último.
—Las mejillas de Marion se incendiaron ante el comentario, pero él pareció no darse cuenta.
Por suerte. O por desgracia. Todavía tenía que decidirlo, como tantas otras cosas desde que sus caminos se habían unido por culpa de un jabalí—.
Supongo que alguien esperará ansioso tu vuelta.
Alguien que te eche de menos. No sé, una madre, un padre, un hermano, un marido…
—¡Bonita manera de intentar sonsacarme información privada!
—¿Lo he conseguido? Aunque he de decirte que, desde el momento que esa información puede afectar a la seguridad de Jura en general, y de mi señor muy en particular, es posible que deje de considerarse privada…
—No entiendo por qué conocer si tengo marido o un hombre que responda por mí, puede afectar a todo eso que pareces proteger con tanto celo.
—«Eso», como tú lo llamas, es el señor de estas tierras y, por lo tanto, de ti, tus bienes, tu familia y todo lo que hasta ahora pareces proteger con tanto celo —parafraseó él, con aquella sonrisilla petulante que comenzaba a ponerla nerviosa—.
Aunque si lo que quieres es seguir manteniendo el misterio en torno a tu humilde persona, por mí perfecto. Me encantan las mujeres misteriosas.
—Yo dejaré de encantarte en cuanto sepas que necesito alejarme un poco para… ya sabes.
Rik detuvo al caballo y puso cara de inocente.
—¿Saber? ¿Yo? No tengo ni la menor idea, querida Marion —murmuró, apoyado sobre la silla de montar.
—En primer lugar, no soy tu querida. Y en segundo… —¡Dios del cielo, era exasperante! Y con aquella actitud indolente, había conseguido que el enfado sustituyera al temor natural que debía sentir hacia él—. ¡En segundo, no vas a conseguirlo!
—Y según tú, ¿qué es lo que pretendo conseguir?
—¡Que lo diga en voz alta! Es demasiado mortificante. Y si piensas usarlo como una especie de tortura para que te diga todo lo que quieres saber acerca de mí, ¡vas muy desencaminado!
—¿Tú crees? —Una luz juguetona bailó en sus ojos color miel cuando, de repente, él descendió del caballo y se acercó a ella muy poco a poco. Dios… Justo como en la imagen de su cabeza momentos antes—. ¿No te parece que tienes demasiada inteligencia para ser una mujer?
—Si un hombre carente de ella me lo dice…
—Eso ha dolido. Lo bastante como para que estés a punto de recuperar todas tus armas y marcharte por donde quiera que hayas venido… Después.
—¿Después de qué?
Rik no respondió enseguida. Parecía disfrutar acortando la distancia que los separaba, hasta que sintió el tronco de un árbol clavado en su espalda.
Sonreía, con aquella mirada tranquila y serena que volvió a clavar en ella, sin dejarla escapar, el tiempo suficiente para que un sofoco bajara por su garganta.
Aunque ella no se quedó atrás.
Levantó los ojos para fijarse en la mandíbula marcada, incluso bajo la barba, y la boca ancha y sensual. Su voz era grave, pero mostraba educación, lo que quería decir que aquel hombre podría ser más instruido de lo que se deducía a primera vista.
Pero también tenía algo de primitivo y salvaje. Algo temerario y perverso, que hizo que su corazón se desbocara y su pulso latiera con fuerza cuando él se acercó lo bastante como para posar ambas manos a los lados de su cabeza, en el tronco que se había convertido en su prisión.
No debía pensarlo, pero lo pensó.
El hombre que tenía delante era tan seductor, que la boca se le secó y las palmas de las manos se le humedecieron.
—Me estás amenazando —murmuró, con muy poca convicción por su parte.
—No te he tocado.
—Tu presencia cercana es una amenaza en sí.
El vikingo alzó una ceja y se apartó un tanto, aunque no lo suficiente como para permitirle tomar distancia.
—¿Así está mejor? —preguntó—. Espero que sí, porque has de pagar una prenda para que te permita esconderte entre los matorrales. Comprende que el riesgo que corro es alto. Si eres una especie de espía que buscas la desgracia de mi señor y huyes, nunca podría perdonármelo…
—¿Qué… prenda?
—Un beso. Es muy poco en comparación a lo que tú me estás pidiendo a mí, ¿no te parece?
En cualquier otro, la mera insinuación habría resultado, por lo menos, obscena. Pero en aquel bravucón sonaba como algo natural, sin ninguna intención oculta… si no se fijaba en el brillo de sus ojos cuando los clavó en sus labios, o en su nuez de Adán, que subió y bajó con demasiada lentitud.
De hecho, todo pareció ralentizarse cuando, para su completo horror, Marion comprobó que contemplaba su petición con un mínimo de seriedad.
Porque, ¡qué demonios! Ella tampoco podía apartar la vista de aquella boca entreabierta, que esperaba a que cumpliera con su sugerencia para permitir que ella se aliviara…
Y entonces, se le ocurrió una idea malévola.
—De acuerdo —cedió, con su sonrisa más dulce.
Un suave aleteo de pestañas, una cabeza ladeada, de modo que sus rizos castaños atrajeran toda la atención de Rik, unas pequeñas manos posándose con cuidado en su barbuda cara…
Y un casto beso en la frente.
—Ya está. Era un beso lo que querías, ¿no?
Pues ya lo tienes. No me mires así, como si no pudieras decir nada —añadió conteniendo la risa, cuando contempló el gesto de total desconcierto de Rik—.
Pediste un beso. No exigiste el lugar. ¿Qué esperabas?
¿Que cayera rendida a tus pies, a cambio de un pequeño alivio de mis necesidades fisiológicas?
Puedo hacérmelo encima, en cuyo caso, el olor te obligará a alejarte tanto de mí, que al final no me costará nada perderte de vista.
Sentía la cara arder por la vergüenza de su comentario, mientras corría tras un arbusto, con la mirada de él clavada en su espalda en todo momento, pero no se arrepintió de ser tan atrevida ni tan directa.
Sabía que la vigilancia a la que la sometía no le permitiría hacer nada más que lo que había asegurado que haría.
Que, en el mejor de los casos, terminaría ante Rurik el Escocés teniendo que confesar el verdadero motivo de su presencia en Jura.
Incluso, si no tenía la suerte de su parte, se vería obligada a adelantar esa confesión ante un guerrero desconocido que todavía la miraba con un asombro más que genuino.
Pero hasta que ese momento llegara, podría disfrutar de un mínimo de seguridad sin que estuviera reñida con el constante estado de alerta en el que debería encontrarse.
—Necesito saber dónde nos encontramos. Si queda mucho para llegar a la fortaleza de tu señor —casi gritó desde detrás de su refugio temporal—. Esas nubes no me gustan nada.
—Esto… —Un fuerte carraspeo la hizo sonreír—. Bien, todavía no he decidido si llevarte ante mi señor, o permitir que me guíes hasta tu supuesto hogar. De todas formas, si de verdad has nacido y crecido en Jura, tendrías que saber toda esa información mejor que yo, ¿no crees?
—Yo nunca dije que naciera y creciera en Jura. —Fastidiada por su nuevo desliz, se apresuró a alisarse las faldas y a volver a su lado, fingiendo un descaro que no sentía ni de lejos—. Ya podemos…
—No, no podemos todavía.
La sujetó con firmeza por el brazo cuando iba a pasar por su lado, disimulando el cansancio y el malestar que comenzaron a apoderarse de ella de nuevo. Marion sintió el calor que manaba del enorme cuerpo que permanecía a su lado y contuvo el aliento.
—Está claro que nadie te ha advertido nunca contra los peligros de pinchar la vanidad de un hombre orgulloso o de un animal salvaje. Los dos son totalmente impredecibles —escuchó junto a su oído.
—Me pregunto a cuál de las dos categorías perteneces tú.
—Esa decisión depende de ti —musitó él, haciéndole una reverencia burlona—.
No tengo tiempo que perder, así que dime qué prefieres: caminar un poco más junto a una bestia, o pasar aquí la noche al lado de otra.
Como bien has observado, las nubes son amenazantes.
Si descargan ahora, no tendremos tiempo de encontrar un refugio, pero en este lugar, las copas de los árboles nos harán de tejadillo en caso de que debamos guarecernos de la lluvia, mientras destripo al jabalí.
—¿Des… triparlo?
—No pretenderás comerlo con piel y vísceras, ¿verdad?
Además, no veo por aquí otra cosa que nos pueda servir de alimento.
A no ser que quieras demostrarme tu pericia con el arco y las flechas a la hora de encontrar comida, me temo que tendrás que reunir ramas para hacer una hoguera mientras yo me encargo de nuestra cena.
Y ten cuidado —añadió, sujetándola de nuevo cuando ella se apresuraba a cumplir su parte del trato sin rechistar—.
No te alejes mucho. Puede ser peligroso.
¿Para quién? Estuvo a punto de preguntar.
Pero prefirió morderse la lengua. Hasta el momento, sus arranques de espontaneidad solo la habían metido en un problema tras otro. Si quería conservar su vida y su salud, debía limitarse a obedecer. El momento de la rebeldía vendría después, estaba segura.
Aunque dejó de estarlo cuando regresó al lugar, con los brazos cargados de ramas secas que no tuvo dificultad en encontrar, y percibió el fuerte hedor antes de presenciar cómo Rik, de espaldas a ella, se encargaba de arrancar la piel y las vísceras del jabalí muerto, colgado de un árbol para facilitarle la tarea.
No pensó en que se había creído vigilada cuando, en realidad, el guerrero había estado más concentrado en otras tareas. Solo cerró los ojos y respiró hondo, para controlar las náuseas que comenzaron a subirle por la garganta.
—Dioses, no sabía que algo tan natural te hiciera palidecer de ese modo. —Cuando Marion abrió los párpados, se encontró con la cara de preocupación de Rik demasiado cerca de la suya—. Yo creía que las aldeanas estabais acostumbradas a estas cosas…
—No todas, como puedes comprobar.
Las piernas le temblaron tanto que tuvo que sentarse en el tronco derribado que aparecía en mitad de la explanada, para fingir que atinaba a prender la hoguera, cuando lo cierto era que era incapaz de apilar siquiera el material.
—Déjame a mí. —Un par de fuertes manos cubrieron las suyas con decisión.
Por fortuna, limpias. Por desgracia, demasiado calientes como para que Marion permaneciera impasible.
Cuando se giró, volvía a tener el rostro barbudo a medio palmo del suyo.
Serio, con una mirada profunda que la hizo contener el aliento de forma tan involuntaria como el resto de sus absurdas reacciones—.
Estás temblando. Cometiste la imprudencia de bañarte en las aguas heladas del río y ahora estás pagando las consecuencias. Permite que te ayude.
Ella apartó las manos de él, pero no los ojos. Observó fascinada, cómo esos dedos rudos y llenos de callos, se manejaban con soltura para prender una pequeña llama, que pronto les sirvió para asar una parte del jabalí, y para calentarse.
—Toma. Come —le dijo Rik tiempo después, con un trozo de carne ensartado en el cuchillo—. Te vendrá bien para reponer fuerzas. Mañana nos queda un largo camino por delante.
—No. Yo… —Se las arregló para sonreír con despreocupación, a pesar de que la visión de la carne seguía revolviéndole el estómago, y apartó el cuchillo—. En realidad, no tengo ni gota de hambre.
—¿Ni siquiera una poca?
—No suelo comer mucho, gracias. —Se levantó de un salto para evitar que aquel entrometido averiguara su verdadero estado, y miró a su alrededor—. ¿Pretendes que duerma aquí?
—Que durmamos, exacto.
—Pero no podemos hacerlo… juntos —balbució, con una mirada llena de pánico—. Sin nada de… abrigo.
—En eso tienes razón. —Con su característica sonrisilla socarrona, Rik se llenó la boca con el asado y se dirigió hacia el caballo—.
Aska, la dama necesita entrar en calor. Pero como intuyo que no nos permitirá proporcionárselo, ni a ti ni a mí, lo mejor será esto.
—Se desprendió de su propia manta y se la ofreció—.
Suelo viajar prevenido, por si acaso permanezco lejos de casa más tiempo del debido.
Toma. Si no te molesta demasiado que huela a mí, puedes usarla.
—¿Y tú?
—Aska y yo nos daremos calor mutuamente —respondió con una ceja alzada—. Aunque estamos abiertos a todas las posibilidades. Si en algún momento de la noche sientes frío, te ayudaremos encantados.
Marion no se molestó en responder.
Con una maldición entre dientes, le arrancó la tela de las manos y se apresuró a cubrirse con ella casi por completo, en el rincón más apartado de aquel maldito claro.