5
—Por mucho que sepas disparar una flecha, no llegarás muy lejos con ellas.
Marion le lanzó una mirada incendiaria por encima del hombro como respuesta al sarcasmo, pero no aminoró el paso ni un poquito.
¡Por culpa de aquel mastuerzo, había tenido que herir de muerte a una extraordinaria criatura, cuyo único pecado había sido defender su territorio de intrusos! ¡Un guerrero como aquel debería comprender su disgusto sin necesidad de explicaciones, por el cielo!
En lugar de eso, se encontraba con la necedad hecha hombre.
Un hombre atractivo, todo había que decirlo.
Su aspecto fiero, con el cabello rojizo por los hombros y una trenza a cada lado de su cara barbuda, le hablaba a las claras de sus orígenes.
Su expresión centelleante proclamaba peligro, igual que la boca que medio ocultaba una poblada barba.
Tenía una envergadura demasiado descomunal para considerarlo inofensivo, pero sus movimientos eran fluidos, elegantes.
Sin el tono desgarbado que ella esperaba, dado su tamaño.
Vestía como un guerrero. Pero Marion estaba segura de que bajo aquella indumentaria no había un solo gramo de grasa. Exudaba poder por cada uno de los poros de su piel. Y sin embargo, parecía humilde cuando se refirió a su señor.
Tanto como peligroso.
Conforme seguía caminando, se dio cuenta de que estaba sola con un desconocido. Un guerrero diestro y rápido, a pesar de su envergadura. Alguien capaz de atacarla antes de que ella lograse pensar siquiera en un modo efectivo de defenderse.
—No estoy sola, ¿sabes? —fanfarroneó, intentando espantar el miedo que comenzaba a comprimirle el pecho—. Si estás pensando en aprovecharte de mí, debes saber que hay un grupo de soldados que no han dejado de vigilarme ni un solo momento.
La ceja masculina se alzó.
—¿En serio? ¿Y dónde están ahora? ¿Y por qué entonces llevas esa arma, y el cuchillo que escondes en el muslo?
—¡Me has estado espiando!
—¿Y por qué una campesina tendría semejante escolta? —continuó él, ignorando su indignación. Se dedicó a examinar su aspecto con tanta desvergüenza que Marion se dio cuenta de que no había vuelto a envolverse los pechos con las vendas—. A no ser que escondas más de lo que muestras…
Dos meteduras de pata en tan poco espacio de tiempo podrían costarle la libertad que con tanto esfuerzo había conseguido.
Elevó el mentón con orgullo y se encogió de hombros.
—No soy ninguna reina —afirmó—. Como puedes ver, estoy lejos de cualquier lujo. Y desde luego, puedo arreglármelas una noche más sin un hombre que en apariencia, solo tiene buenas intenciones conmigo.
—En mi caso, las apariencias y la realidad suelen coincidir. No me gustan las dobles intenciones. Si hubiera querido hacerte daño de alguna manera, no estarías hablándome como una serpiente venenosa que se retuerce para no reconocer su agotamiento.
—No te olvides de que disparé mi flecha justo al blanco que deseaba —le respondió—. No fue un error, pero puedo repetirlo.
—¿Me estás amenazando? ¡Ja! —El guerrero acompañó su exclamación con una risotada que le hizo arder las mejillas de indignación—.
Caminas arrastrando los pies. Estás derrengada, aunque pretendas plantarme cara ante la mínima señal de peligro.
No eres una arpía, pero tampoco una virgen inocente. Solo hay que ver cómo manejas el arco.
—Soy inocente.
—Te guste o no, pienso acompañarte a donde quiera que vayas. —Sin que mediaran más palabras, él le cortó el paso, con aquel hermoso caballo sujeto por la brida—. ¿De dónde procedes?
Marion se cruzó de brazos.
Si pensaba que presionándola de aquella forma iba a conseguir la información que buscaba, estaba a punto de descubrir cuán equivocado estaba.
No había llegado hasta allí para confesar sus verdaderas intenciones.
¡Por los Santos! Ni siquiera ella estaba segura de conocerlas.
Solo sabía que necesitaba comida y un lugar donde descansar con urgencia.
De esa manera, el extraño malestar que comenzaba a retorcerle las entrañas desaparecería.
Y con él, todos los pensamientos oscuros que atenazaban su conciencia.
Así se convertiría en una mujer nueva, con una vida carente de errores.
Sin muertes a sus espaldas. Sin responsabilidades que asumir.
Esa sería la perfección… y la conseguiría en cuanto se deshiciera de aquel molesto vikingo, que hablaba su lengua con aquel extraño acento que la intrigaba tanto como la atraía.
—De un lugar que alguien con tu limitado entendimiento nunca ha pisado —le respondió.
—¿A dónde te diriges? —insistió él, igual de cortante—. ¿O es que tampoco conozco mi propio hogar?
—Te supongo ese mínimo de lucidez, sí. Pero no creo que puedas conseguir allanarme el camino en ese sentido.
Intentó esquivarlo, pero el maldito se lo impidió.
—Ni lo sueñes —le dijo, chascando la lengua, con una sonrisa de medio lado que le puso el vello de punta—. No vas a largarte así como así.
Marion inspiró hondo y se atrevió a sostenerle la mirada, a pesar de que por dentro temblaba de miedo.
—Has declarado que tu intención no es hacerme daño. No sé cómo piensas impedir que me vaya.
—Hay otros métodos. Puedo ofrecerte mi caballo…
—Dudo mucho que sea tu caballo. ¿Ves? Yo también tengo motivos para desconfiar de un desconocido que aparece de la nada, proclamando su vasallaje hacia el señor de Jura, pero llevando un animal que ni por asomo podría permitirse.
—¡Ja! En esa ocasión fue ella la que alzó una ceja con seguridad.
A pesar de que por dentro era un manojo de nervios, estaba orgullosa de cómo había reconducido la conversación—.
Deberías darme un motivo por el que deba aceptar tu supuesta caballerosidad, en lugar de huir despavorida de un hombre que, solo quizá, tenga unas intenciones igual de oscuras que sus ojos.
—El color de mis ojos no es oscuro.
—Lo es cuando me miras. Así que agradéceme que te esté otorgando una segunda oportunidad para que puedas despejar de mi cabeza todas las sospechas que ahora mismo la pueblan.
Su expresión era todo un poema.
Estaba tan sorprendido que tardó en recuperar la compostura. Pero cuando lo consiguió, Marion comenzó a temblar de nuevo.
—Quizá tengas razón. Empezaremos de nuevo. Esa será mi única concesión. Después, te llevaré ante mi señor.
—¿Rurik el Escocés?
—Veo que has oído hablar de él. Espero que te muestres igual de humilde cuando estés en su presencia. Pero hasta entonces, dime: ¿cómo te llamas?
—Yo… —Vaciló solo un instante. Después, alzó el mentón y le obsequió con una reverencia burlona—. Me llamo Marion.
—¿Marion qué más?
—Marion, sin más. Si te preguntas qué hacía en el río, creo que ya conoces la respuesta. Me espiabas mientras me bañaba, antes de regresar a… mi aldea.
—¿Qué aldea es esa?
—Pues… es… la que se encuentra en…
—¿Sí?
Marion terminó bufando como una gata enfurecida, con las manos en la cintura y ninguna idea en la cabeza.
¿Por qué no dejaba de ser tan solícito? ¿Por qué no se comportaba de acuerdo con su aspecto huraño, y la dejaba tranquila?
¡Con aquella mirada aguda clavada en ella, le resultaba casi imposible improvisar una mentira que resultara creíble!
—No puedo decírtelo —concluyó, con un mohín terco que escondía todo su miedo—. No antes de que tú me hayas dicho tu nombre, tu condición y por qué estabas observando detrás de los matorrales, como si fueras un maleante. —De pronto, esa idea la dejó petrificada—. Dioses… ¿Lo eres?
—Si lo fuera, ¿te arrepentirías de haberme salvado la vida?
No podía ser una broma. Aquel hombre carecía de sentido del humor, sin duda.
—¿De verdad tengo que responder? —preguntó con un hilo de voz, mientras su mano buscaba a tientas el cuchillo oculto para intentar defenderse de un ataque, que para ella comenzaba a ser bien real—. No he podido equivocarme tanto…
—Jamás he agredido a ninguna mujer. Pero mucho menos a una que lleva al cuello la runa Algiz. —Su tono no era beligerante, sino todo lo contrario, cuando inclinó la cabeza con respeto—. Pertenezco a la guardia personal del señor de Jura.
—¿Eres su lugarteniente?
—Algo así —respondió él, eludiendo su mirada—. Pero nos une tal confianza, que no ha tenido inconveniente en que me llevara su mejor caballo para… rastrear.
—¿El qué?
—Cualquier pista que ponga en peligro la seguridad de la fortaleza y quienes la habitan.
No todos en Jura aceptan que su señor tenga sangre del norte en las venas.
Así que no, no te espiaba. Ni pretendía atacarte.
De hecho, de no ser por la bestia contra la que me previniste, ni siquiera nos hubiéramos encontrado.
—Pero nos hemos encontrado, por un montón de casualidades que ahora mismo no podría explicarte. —Entre otras cosas, porque la debilidad comenzaba a hacer mella en su resistencia—. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—No lo dije. Soy… Rik.
—¿Rik? ¿Qué clase de nombre es ese?
—Uno que deberás temer y respetar, mientras regreso contigo a la fortaleza, tanto si quieres como si no.
—Marion no pudo evitar mirar al caballo casi con envidia.
Lo que daría por poder llegar a cualquier lugar seguro, montada en ese espléndido ejemplar…
—. ¿Y bien? ¿Qué me dices? Lamentándolo mucho, no tengo todo el día.
He de informar a mi señor acerca de las novedades.
—¿Que son…?
—Tú. Por eso, ya que te empeñas en hacerme notar tu condición de campesina, te concedo el honor de acompañarme… a pie.
¿Había oído bien?
Marion parpadeó, esperando en su fuero interno que él la tratara como sin duda se merecía, pero no. Aquel palurdo se limitaba a esperar, a lomos de aquel espléndido caballo, su decisión, cruzado de brazos y con la mirada clavada en ella.
—¿Te das cuenta de que puedo utilizar cualquiera de mis armas contra ti con rapidez, para apropiarme de tu montura y continuar el camino sola? —preguntó, antes de poder sujetar su lengua y sus pensamientos.
—Claro. Por eso solo podrás disfrutar de mi ofrecimiento cuando me las entregues.
¡Y el muy descarado alargó la mano para tomarlas!
Marion dio un paso atrás, confundida, aunque pronto su mente le dio la solución adecuada.
Lo cierto era que seguía en inferioridad de condiciones. Aunque consiguiera cargar el arco y dispararle una flecha antes de que él reaccionara, debería tener una puntería perfecta para evitar que él contraatacara con cualquiera de las armas que llevaba bien a la vista.
Además, sabía que llevaba un cuchillo. El factor sorpresa quedaba descartado.
Su única opción era aceptar.
—Tú ganas… por el momento —siseó, colocando sus armas sobre la palma de esa enorme mano—. Pero si intentas algo conmigo…
—Sí, ya lo sé. Una horda de temibles guerreros emergerá de donde quiera que se encuentren, para proteger tu virtud de cualquier desaprensivo que intente arrebatártela.
Lamento decirte que no soy uno de ellos.
Mi interés en ti es muy distinto del que puedes despertar en cualquier hombre, muchacha.
De momento, solo quiero acompañarte a donde quiera que vayas.
Es la mejor forma de averiguarlo y, de paso, de que llegues allí sana y salva.
Pero el brillo malicioso de sus ojos decía lo contrario. La llenaba de desconfianza, de incertidumbre, de impotencia.
Se sintió tan desvalida como un recién nacido.
A pesar de que, de algún modo absurdo, sus instintos le advertían de que aquel Rik, si es que ese era su verdadero nombre, no mentía con respecto a sus intenciones sobre ella, no podía dejar de sentir un desconcertante hormigueo en el cuerpo ante semejante escrutinio.
—Bien. Ahora estoy en tus manos —le soltó, preparada para emprender la huida ante la menor señal de peligro—. ¿Qué piensas hacer?
—Lo que he dicho que haría. Andando.
En sentido literal de la palabra. Con absoluta indiferencia, hincó los talones en los flancos del caballo y avanzó por delante de ella. Suponía que lo seguiría, claro, como así fue. ¿Qué otra alternativa le quedaba, ahora que también estaba desarmada?
—¿Vas a cargar con el jabalí? —le preguntó cuando lo vio sobre la grupa del animal.
—¿En lugar de hacerlo contigo? ¿Eso es lo que quieres saber? —Él se encogió de hombros—. Bueno, de momento y mientras no me demuestres lo contrario, la carne del jabalí le será más útil a mi señor y a todos nosotros que tu propia persona, ¿no crees?