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Aska era un ejemplar único.
Brioso, lleno de energía, joven y al mismo tiempo tan fiel como un perro.
—Tú no me cuestionarás si decido rebelarme contra los designios de Alexander, ¿verdad?
Claro que no. Siempre me has comprendido sin necesidad de explicaciones —le susurró al oído, alejándose de la fortaleza al galope vestido como uno de sus hombres, sin ningún distintivo que lo identificara como el señor de Jura, pero armado hasta los dientes.
Tenía una conexión especial con él, estaba convencido.
Los animales eran seres privilegiados, capaces de intuir las emociones humanas sin que mediara una sola palabra.
Aska lo acompañó en su separación de Freydis.
Más tarde, cuando decidió tomar esposa y permitirse sentir algo parecido al orgullo con ella y su futura criatura, recurrió a una cabalgada muy parecida a aquella para mitigar el sorprendente sentimiento de culpabilidad que casi lo sepultó.
Después, vino Lachlan de Grey. Sus ansias de venganza. El modo clandestino en el que movió los hilos, para conseguir que parte de los habitantes de Jura se embarcaran en una emboscada tras otra, con el objetivo de acabar con él, sin conseguirlo en ninguno de los casos.
Por el momento, claro.
De Grey comenzaba a dar la cara. Era cuestión de tiempo que decidiera probar a dar el golpe de gracia él mismo. En cuanto se sintiera lo bastante respaldado, y lo bastante poderoso, como para asegurarse el éxito…
Sobre su propio cadáver.
—Pero ahora será distinto, compañero —le murmuró al caballo, ralentizando su marcha mientras le obsequiaba con unas palmaditas amistosas en el cuello, que el animal agradeció.
Aunque se estuviera comportando como un inconsciente. Como un cobarde, marchándose e ignorando a la comitiva que había acompañado a la mujer escocesa.
No era la primera vez que se comportaba así, y no sería la última. Sobre todo en lo que a hembras se refería.
La idea de tener que ejercer de anfitrión ante una desconocida elegida por el rey escocés, solo le provocaba deseos de cabalgar más rápido, y mucho más lejos.
Lo hizo sin rumbo fijo durante horas, deteniéndose de vez en cuando para permitirse un descanso y dejar su mente libre de cualquier otro pensamiento que no fuera su vida a partir de ese momento.
Después de la batalla de Jura, no había sido capaz de regresar a su tierra.
Freydis había tirado de él sin pretenderlo, como si fuera una enorme piedra atada a sus pies, con la intención de ahogarlo en el fondo del mar.
Fueron el resto de sus hombres quienes se marcharon, con la falsa noticia de que uno de sus halcones más preciados, una mujer, había muerto en combate. Esperaba que así pudieran encontrar un poco de paz en sus vidas, al menos hasta que Haakon decidiera enviar a más halcones.
Cuando ocurriera, estaría preparado.
Pero para eso, necesitaba verse libre de la peor de sus cadenas.
No se plegaría de nuevo a ser el títere de Haakon, dispuesto a perder todo lo que había conseguido, en aras de unos principios más grandes que él. Porque no eran más grandes, ni más poderosos.
Lo había comprobado entregando su corazón a una mujer, para que esta lo despreciara, tomando solo el cariño que siempre les había unido en la estirpe, a pesar de las prohibiciones.
Con un hondo suspiro de decepción, Rurik se detuvo en lo alto de una colina y contempló el paisaje de otoño que se extendía ante él, ya bien entrada la tarde. Con las nubes que amenazaban tormenta, cubriendo el ocaso del sol.
Un paisaje que era suyo.
No era hombre que dudara a la hora de tomar una decisión. Cargaría con las consecuencias de aquella, fueran cuales fuesen. A partir de aquel momento, su relación se limitaría a la amistad que un pasado común en la oscuridad había generado.
Caelen MacSween seguiría siendo su aliado, al igual que Eirik Hauksson y Gunnar. Los necesitaría para conservar Jura, en el supuesto caso de que consiguiera esquivar los intentos matrimoniales de Alexander…
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un sonido apenas perceptible, que provenía del otro lado de los arbustos que servían de alimento para Aska.
Todos sus instintos se activaron al mismo tiempo. No en vano era uno de los mejores rastreadores de la estirpe, con unos sentidos tan afinados como las cuerdas de un arpa, que nunca le habían fallado.
El sonido se repitió, y Rurik se olvidó del motivo que le había llevado hasta allí.
Empuñó un cuchillo y comenzó a interpretar las señales de la colina.
La hierba a su alrededor parecía aplastada. Un hilo de algún tipo de tela brilló, movido por el viento, atrapado en una zarza. Lo tomó entre sus dedos.
—Lana o lino —concluyó, con los ojos entrecerrados.
Un poco más allá, comprobó que había restos de un fuego encendido con pedernal y acero. Había fragmentos de hongo yesquero quemado y virutas de madera, usadas para iniciar la llama.
Vaya. Tenía entre manos un intruso que sabía cómo prender una hoguera, pero que no se había molestado en comer junto a ella. No encontró ni rastro de viandas de ningún tipo, pero sí ramas de pino, helechos cortados a cuchillo y apilados a modo de lecho, para aislar el cuero del frío del suelo.
Cada vez más tenso, examinó los cortes.
Había mucha pérdida de savia, pero no demasiada, lo que indicaba que la persona lo había abandonado no hacía demasiado tiempo.
—Eres muy descuidado —murmuró cuando vio las pisadas que conducían al río—. Y muy temerario, si piensas que no voy a descubrirte…
No tuvo dificultad en seguir las huellas, hundidas en un barro que sustituyó a la hierba, conforme se acercaba al lugar, pero cuando vio de quién se trataba, se quedó inmóvil, oculto tras la tupida vegetación.
No era un guerrero. Ni siquiera un hombre, sino una mujer que se bañaba en el río, ajena al examen al que la sometió de inmediato.
Una muy hermosa, apreció con los párpados entornados y cada músculo de su cuerpo completamente rígido.
Permanecía de perfil. Un poco más allá, su ropa aparecía doblada con pulcritud.
El agua le llegaba a la cintura. Vestía una simple camisa interior, cuya tela pegada al cuerpo, dejaba entrever incluso los pliegues de su esbelta espalda, el contorno de sus hombros o el atisbo de unos pechos que parecían plenos, firmes y llenos.
De la medida justa para sus manos…
Ante semejante pensamiento, Rurik sacudió la cabeza, pero la figura femenina era como un maldito imán para sus ojos. No pudo apartarlos del precioso cabello castaño, al que el sol parecía arrancar reflejos rubios, que caía como una cascada rizada hasta más abajo de sus caderas.
La preciosa desconocida alzó el rostro hacia el cielo, y él pudo apreciar su perfil.
Sus rasgos eran armoniosos, cuidados. Ninguno resaltaba de un modo desagradable sobre el resto, sino que componían un conjunto casi perfecto. Lleno de… un total disfrute, eso era.
La joven parecía encontrarse en el mismísimo paraíso.
Una campesina deleitándose con algo tan anodino como un baño en el río en otoño. Rurik intuyó sus orígenes por la ropa, aunque todos sus movimientos fueran demasiado elegantes como para pertenecer a una aldeana. Aun así, por unos segundos, la envidió.
Seguro que las responsabilidades no la aplastaban a cada momento como le pasaba a él. Era más que probable que su esposo o prometido, fuera un hombre elegido por ella y no impuesto por el rey.
Durante un fugaz instante, se sorprendió pensando que no le importaría unirse a una preciosa desconocida como aquella, para cuidar corderos por el resto de su existencia, ocultando su verdadera identidad tanto a escoceses como a los hombres del norte.
Tendría una vida tan sencilla como ella.
Tan tranquila como el paraje que los rodeaba.
Tan llena de pasión como cada palmo de aquel cuerpo que, de pronto, se tensó.
Los ojos más azules que había visto en su vida se clavaron en él, como si de pronto lo hubiera descubierto. Los labios generosos, rosados y llenos formaron una fina línea, y los párpados se entrecerraron.
El resto ocurrió demasiado deprisa.
La chica salió del agua con la elegancia de una dama de noble cuna y la agilidad de una gacela, dispuesta a escapar del depredador que la acechaba.
En un abrir y cerrar de ojos se vistió, y en un tiempo mucho más breve, se armó con un cuchillo que escondió bajo las faldas, un arco y unas flechas que decidió utilizar contra él…
—¡Cuidado!
El grito lo sacó de su ensoñación y le aclaró el malentendido.
No pretendía atacarlo, sino protegerlo.
Al mismo tiempo que él se giraba, espada en mano, maldiciendo por haber relajado su instinto de supervivencia, la desconocida disparó su flecha.
La punta pasó por su oreja casi rozándola, pero su puntería fue letal.
Cuando Rurik se giró, descubrió a un enorme jabalí que se retorcía cerca de él. La flecha le atravesaba el cuello, pero no lo mataría.
Él debía hacerlo.
Terminó el trabajo que ella había iniciado cuando se abalanzó sobre él para atravesarlo con la espada, antes de que el animal consiguiera ponerse en pie para embestirlo.
No le quitó el ojo de encima hasta asegurarse de que estaba muerto. Después, recuperó su espada, limpió la sangre en su pantalón y se volvió hacia su salvadora.
Su cabello chorreaba. No se había molestado en recogérselo, por lo que campaba a sus anchas por su espalda y parte de su busto hasta las caderas. Sostenía el arco con una mano, y una pañoleta de un color indefinido con la otra.
Dios de los cielos. Era lo más parecido a una princesa guerrera que Rurik recordaba.
Y le gustaba. De hecho, se preguntaba si habría algún hombre en aquel maldito país al que una visión semejante no le gustara.
—Gracias —dijo, inclinando la cabeza en señal de respeto—. De no haber sido por tu intervención, es posible que ahora yo fuera el muerto y él el vencedor.
—Te lo tendrías merecido.
¿Había oído bien?
Él frunció el ceño y dio un paso adelante.
Ella retrocedió, pero su expresión combativa no disminuyó en absoluto.
Fue entonces cuando vio el colgante con la runa.
Y todas las alarmas se dispararon en su cabeza al mismo tiempo.
—¿Qué eres? ¿Escocesa? ¿Una mujer del norte? ¿Ambas cosas? —preguntó con acritud, avanzando hacia ella. No estaba dispuesto a dejarla escapar hasta que no obtuviera las respuestas que necesitaba—. ¿Quién eres?
—Te gustaría saberlo, ¿verdad?
—¡Escúchame bien! Estoy acostumbrado a lidiar con rebeliones en mis…
—iba a decir «tierras», pero algo le hizo cambiar de idea en el último momento—.
En las tierras de mi señor —aclaró—. Sé de sobra que no es bienvenido entre los celtas, y tampoco entre las gentes del norte afincadas aquí.
¡No voy a consentir que una campesina con cara de ángel intente engañarme, con la falsa excusa de salvarme la vida!
—¿Salvarte la vida? ¡Era la suya la que pretendía salvar! —Parecía demasiado compungida cuando señaló al jabalí como para estar fingiendo—. ¡Es un animal!
—Eso ya lo veo. Y de no ser por tu flecha, no hubiera podido acabar con él. Estoy seguro de que no tengo que explicarte lo peligroso que es el ataque de un jabalí herido y furioso…
—¡Estaba herido por tu culpa! ¡Furioso por la mía! ¡Los dos hemos profanado su santuario! ¡Solo se defendía! —le gritó, con los ojos brillantes por las lágrimas.
Rurik no daba crédito a lo que estaba oyendo y viendo.
¿De verdad aquella moza desconsiderada estaba a punto de llorar por la muerte de una fiera salvaje, después de haber provocado ella misma ese desenlace?
—No logro entender nada —reconoció, señalando el cadáver con la punta de su espada—. Si tanto te apena, ¿por qué le disparaste en lugar de dejar que me despedazara?
—¡Porque quizá no soy ninguna asesina que pretenda acabar con tu controvertido señor!
¡O porque, después de todo, respeto todo tipo de vida que pueble la naturaleza en la que los dioses nos han permitido vivir!
—Sus pechos subían y bajaban agitados por la furia.
Se remarcaban a través del corpiño de su indumentaria de una forma tan impúdica que él no pudo evitar clavar sus ojos justo ahí, pero ella parecía no darse cuenta.
Era otra la fuente de su indignación cuando resopló y se colgó el arco al hombro—.
¿Sabes una cosa? ¡Vete al infierno, maldito ignorante!
Y dicho eso, giró sobre sus talones, dispuesta a dejarlo allí plantado.