Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 3 #2
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Pocos eran los que se habían atrevido a contravenir las reglas de la estirpe, sobre todo las relativas al amor.

Ninguno podía enamorarse, ni formar otros lazos distintos a los que les unían a sus compañeros y al propio rey, so pena de pagar con sus propias vidas, pero desde que Rurik se hallaba en Escocia, había conocido pruebas de una rebeldía a la que él también se había acogido, para conservar Jura.

Eirik Hauksson, conocido como La Bestia del Norte, había tenido la desfachatez de enamorarse de una escocesa, casarse con ella y formar una familia que no dejaba de crecer, desafiando los principios que le habían inculcado.

Idéntica valentía había tenido su tío Gunnar, al quedarse a su lado, junto con otra mujer celta.

Y si pensaba en Freydis, la mujer por la que había sentido algo lo bastante profundo como para mantenerlo en secreto por el bien de ambos…

No. Mejor no pensar en ella. Le había costado un mundo aceptar que la vikinga no sentía por él más que un profundo cariño fraternal.

Había logrado salir del pozo de desesperanza gracias a su propio casamiento, pero ahora que tanto su esposa como su pequeño lo habían dejado para siempre, se encontraba de nuevo en una maldita encrucijada.

Observó a su mejor amigo. Lo más parecido a un hermano que siempre tendría.

Erling no se había apartado de su lado desde la batalla que dio la victoria a Caelen MacSween y sus aliados, sobre el traicionero señor de Jura.

Y aunque pareciera lo contrario, a juzgar por sus desplantes y su actitud soberbia, no dejaba de agradecérselo de mil maneras, tan distintas como silenciosas.

—Conozco esa expresión, Rurik. No te conviene.

Él parpadeó, como si regresara de un largo viaje.

—¿De qué hablas? —ladró—. Deberías estar entrenando a mis hombres, no aquí, bebiendo como si no hubiera un mañana.

—He pensado que mi laird , mi hersir o como él quiera ser llamado, estaría tentado de largarse de aquí al conocer el contenido de la misiva de su rey.

Porque nos guste o no, Alexander es ahora nuestro rey.

Me temo que la estirpe tendrá que esperar mucho más que el emisario real que aguarda tu respuesta. O la dama que lo acompaña.

—¿Una mujer?

—A veces pienso que no vives aquí… —murmuró Erling, con un resoplido de resignación—. Supongo que será una de las principales sugerencias de Alexander para que cumplas su mandato. Es hermosa como pocas, y también altiva. No puedo creer que no te hayas fijado en ella.

—¿Es que acaso piensa que voy a aceptarla solo porque él la haya enviado?

—Te conozco. —El maldito lo señaló con el dedo—. Ahora mismo, estás pensando cómo librarte de un nuevo compromiso que no deseas.

—Tampoco deseaba el primero, y mira lo que ocurrió.

Que había agachado la cabeza ante las decisiones del monarca, esperanzado al creer que aquel solo era un camino para seguir cerca de Freydis. Que se había comportado como un cobarde, incapaz de poner una distancia entre ellos más que necesaria.

Que, a pesar de haber accedido a algo que, en su momento, le pareció una humillación, estaba dispuesto a repetirlo con tal de obtener los mismos resultados.

Porque había llegado a la desesperada conclusión de que sería incapaz de amar a otra mujer distinta de Freydis.

—Rurik…

—Está bien, de acuerdo —refunfuñó, levantando los brazos en señal de rendición—. Sé que tengo que redactar la respuesta.

—Eso está mejor.

—Y que habrá que preparar aposentos adecuados para la dama, al menos hasta que decida cómo deshacerme de ella.

—Mucho mejor…

—Pero todavía no estoy preparado.

—Lo estás. Es solo que no quieres reconocerlo.

—En ese caso, redáctala por mí y encárgate de que la mujer se encuentre cómoda hasta que pueda presentarme ante ella como es debido.

—No pienso dejar que vuelvas a cometer una estupidez.

Rurik se quedó inmóvil en mitad del salón.

Se refería a la batalla de Jura. La que lo había consagrado como guerrero escocés, cuando nada en él proclamaba ningún origen celta. La misma que lo había encumbrado a ser el señor de la isla.

—Ya sobreviví una vez —afirmó, cabizbajo.

—Porque volví a buscarte.

—No te lo pedí.

—Tampoco yo. Pero nos salvamos mutuamente. Y con ello, te ataste la soga al cuello, amigo mío. Porque no te vas a librar de mí, ni de mis consejos, con tanta facilidad como deseas.

Por un momento, estuvo tentado a terminar con tanta fanfarronería con un golpe que lograra derribarlo. Hasta que recordó que, en aquellos lances, Erling siempre salía ganando.

—Vencería a un jabalí furioso con mis propias manos antes que a tu voluntad, maldito vikingo del demonio —murmuró, admirado a su pesar—. Si te doy mi palabra de que volveré, ¿te encargarás del emisario y de la dama?

—Puede ser… Siempre que para entonces, no seas demasiado viejo como para complacer a cualquier doncella.

—Debes tener fe en mí. Incluso es posible que me acompañe la candidata perfecta —añadió con socarronería—. ¿Conseguiré que sigas mis instrucciones de esta manera?

—Claro. Lo que haga falta con tal de verte a los pies de la futura señora de Jura. Ah, Rurik el Escocés, ofreciéndole su corazón y su alma a la mujer que sabrá enamorarte. Te juro que ese momento no tendrá precio para mí.

Rurik no se molestó en contradecirlo.

Cada fibra de su ser le pedía alejarse de aquella fortaleza que de pronto, se había convertido de nuevo para él en una ratonera.

Esa era su prioridad.