Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 3
6%

3

Dùn na Seabhaig, isla de Jura

—El rey no te da otra opción, amigo. Tienes que casarte.

Rurik miró por enésima vez el pergamino con la misiva de Alexander, esperando de una forma un tanto estúpida que el mensaje cambiara.

Después, pasó esa misma mirada a su lugarteniente Erling, conteniendo el acceso de furia que siempre sentía ante la impotencia de ser el esbirro del rey escocés.

Uno de los más temidos y más importantes, como señor del feudo que dirigía desde que el propio monarca se lo había concedido, cuando ayudó a los principales jefes escoceses a deshacerse de su anterior señor.

Un traidor a la corona que pagó caros sus crímenes.

—¿Ahora? ¿Después de saber que Lachlan de Grey ha atacado el feudo de Alasdair MacSorley? ¿Acaso es más importante mi enlace con alguna mujer celta de buena cuna, que el asalto indiscriminado del territorio de uno de sus valedores, por parte de…?

—Un hombre que se ha hecho a sí mismo, ganándose incluso un puesto destacado entre las huestes de Alexander —lo interrumpió Erling, con un encogimiento de hombros—.

El monarca no es tonto. Conoce el poder de De Grey, porque él mismo ha contribuido a construirlo.

Además, sabe que seguirá contando con la fidelidad del señor de Duntrune, sea quien sea.

—¿Y qué hay de Alasdair?

Era al único que conocía. De Niall MacSorley, solo pudo apreciar su enorme valentía antes de que perdiera la vida allí mismo, en Jura.

Del resto de la familia, si es que existía, Rurik no tenía conocimiento alguno.

—Al parecer no hay ni rastro de él —respondió su amigo, sacudiendo el pergamino delante de sus narices, por si lo había perdido de vista—. Aunque eso no debió de ser obstáculo alguno para el Consejo del clan MacSorley, puesto que han encumbrado al invasor a la categoría de nuevo laird .

—Es posible que no les haya quedado más remedio…

—Del mismo modo que ocurrirá contigo. Te espera otro casamiento en breve…

—¡Maldición! Por si no tuviera bastante con preocuparme por la amenaza de Lachlan, ¡ahora también tengo que pensar en un nuevo enlace!

Ya lo hice una vez —murmuró entre dientes, dejando el pergamino sobre la mesa del Gran Salón de madera, de inspiración vikinga, que había reconstruido a su antojo, como el resto de la fortaleza, después del ataque que terminó con Dugall MacSween y sus intrigas—.

Me dejé manipular por Alexander para conservar mi liderazgo sobre estas tierras.

—Ambos sabemos cuáles eran tus verdaderas motivaciones, laird . Tiene un largo cabello rubio, ojos de un color azul verdoso turbio, igual que su carácter…

—Y un esposo al que adora, como él a ella.

—La saliva de Rurik se espesó en su garganta ante la sucinta descripción de Freydis.

Su jefa. La mujer que comandó su expedición a aquellas tierras, y por la que su corazón aún latía.

A pesar de que sabía que jamás sería correspondido—.

No vuelvas a llamarme laird . No tengo de celta más de lo que pueda tener de honrado.

—Pues de eso último vas bien servido, como todo el mundo sabe en Jura. —Erling dejó a un lado la orden real y se permitió el lujo de reconfortar a su superior con una palmada en la espalda—. Míralo por el lado bueno.

—¿Es que hay un lado bueno en todo este asunto?

—¿Además de que, de este modo, podrás seguir conservando el favor real para, al menos, ignorar las provocaciones de Lachlan de Grey?

—Los motivos que mueven a ese hombre a intentar atacarme son estrictamente sentimentales.

—Y como ambos sabemos, los sentimientos no tienen cabida en hombres como nosotros. —Erling arqueó una ceja y ladeó la boca, en un intento de ocultar su socarronería—. Vamos, sé sincero, al menos aquí, entre nosotros. Todos conocen tu celibato…

El vikingo casi se atragantó con la cerveza que había decidido tomarse con su amigo, después de todo.

—¿Celibato? ¿De dónde ha salido semejante idea?

—De cualquier hembra que pueble Jura, sea de la condición que sea, y tenga la edad que tenga.

Ni siquiera antes de casarte tomaste una amante, aunque solo fuera de manera ocasional.

No se te conocen hijos ilegítimos —prosiguió su lugarteniente con un encogimiento de hombros—.

Y cuando decidiste tomar una esposa de sangre celta, solo te movían motivos políticos.

Fuiste tan considerado con ella que tampoco entonces intentaste desahogarte con otra…

—¡Erling! ¡No hubiera podido de haber querido!

—¿Por la memoria de tu esposa?

—¡Por ella y por… nuestra jefa! Aunque se haya convertido en la perfecta mujer, perfecta madre de trillizas… —¡Dioses! ¡Qué difícil le resultaba digerir aquella nueva situación!—. No hace tanto que tuvimos el honor de su visita familiar.

—Los recibiste como merecía la ocasión. Lo recuerdo perfectamente. Esas tres pequeñas brujas se ganaron tu corazón, mi hersir . ¿Te gusta más ese trato?

—Tú sigue arriesgándote, que al final tendrás lo que mereces.

Pero Erling estaba en lo cierto. Las pequeñas de Freydis, parecidas a ella, pero con el sello distintivo de su padre escocés, eran tan encantadoras como su madre. Imposible ignorarlas, como había sido la intención inicial de Rurik.

No solo porque se había pasado los últimos años intentando desprenderse de ese amor malsano y no correspondido, sino por la suerte que había corrido su propio hijo, junto con su esposa, elegida por Alexander para fortalecer las alianzas entre los clanes de la zona.

La desdichada había sido una joven muy hermosa, serena, callada, poco impresionable.

Sin embargo, supo que le había causado una buena impresión desde el primer momento.

No era indiferencia lo que había demostrado en el lecho la noche de bodas, después de aceptar el compromiso como se esperaba de ella.

Rurik, en cambio, tuvo que hacer todo un ejercicio de imaginación para no cometer el error de gritar el nombre de Freydis mientras le hacía el amor, cumpliendo con su deber.

Se concentró en lo que ganaba con aquella unión. La tierra representaba permanencia.

Y él necesitaba permanecer cerca de Freydis.

Su esposa quedó embarazada aquella primera noche.

Cuando él se enteró de su estado, ninguno de los dos hizo nada para repetir sus encuentros íntimos.

Después…

—Solo espero que esta vez el maldito Alexander me deje elegir a mí, al menos —refunfuñó, aceptando de nuevo las condiciones reales para conservar lo que con tanto esfuerzo le había costado conseguir—. Mi mujer no era fea, ni tenía un solo rasgo digno de rechazo o repulsión, pero…

—No era la dueña de tu corazón.

—Ninguna lo era, ni lo será nunca —afirmó con contundencia. Cuando se volvió hacia su amigo, este elevó una segunda jarra de cerveza en su dirección antes de beberla—. Por los cielos, Erling. ¿No crees que es demasiado pronto para beber de ese modo?

—Solo estoy brindando por ti. Y por tu suerte, que cambiará en breve para mejor.

Recuerda que llevo contigo demasiado tiempo como para aventurarme a lanzar esas predicciones sin una base sólida.

—Sus cejas, de un color castaño claro, igual que sus ojos, parecieron bailarle mientras exhibía esa sonrisilla presuntuosa que a Rurik lo fastidiaba tanto.

Sobre todo cuando sabía que tenía razón, como era el caso—.

Yo también viajé hasta aquí con Freydis y los demás.

Pero al contrario que el resto, decidí quedarme contigo…

—No es necesario que me lo recuerdes ahora, hombre.

—Le fastidiaba que aquel desvergonzado, que se permitía el lujo de tratarlo como a su igual sin miedo a las represalias, hiciera alusión a lo ocurrido en aquellas mismas tierras, años atrás—.

¿Es que ni siquiera en estas circunstancias vas a tener piedad de mí?

—¿Crees que el anterior señor de Jura la hubiera tenido, de haber sido otro el desenlace de la batalla que acabó con él?

—Los ojos castaños de Erling perdieron el brillo bromista y adquirieron un tono mucho más formal cuando los clavó en él, desde la silla que por norma pertenecía al propio Rurik, y que él ocupaba, repantigado—. Tuviste mucha suerte. Todos la tuvimos.

—Unos más que otros. —Rurik se sentó frente a él, con los codos apoyados en los muslos y una expresión grave en su rostro barbudo—.

Si no hubieras aparecido a tiempo, todo habría sido mucho más complicado.

Conseguiste llegar hasta mí cuando aquel escocés blandía un hacha, con toda la intención de decapitarme.

—No olvides que, después de quitártelo de encima, yo también recibí un golpe que me dejó tirado. O al menos así habría acabado… de no ser por ti.

De aquello había pasado demasiado tiempo como para que los dos lo tuvieran en cuenta, pero allí estaban. Rememorando cada detalle, como si la batalla hubiera tenido lugar el día anterior. Reforzando los lazos de amistad que, a partir de aquel día, los unió en forma de agradecimiento mutuo.

Aunque ambos hombres compartían mucho más que aquel hecho puntual.

Rurik miró el hombro desnudo de su amigo.

Exhibía el tatuaje de un halcón, exactamente igual que el que él llevaba en el suyo.

Era mucho más que un símbolo perteneciente a la Estirpe del Halcón, la organización clandestina creada por el padre del rey noruego Haakon, destinada a garantizar su seguridad en su propio país, a través de actos secretos lejos de este si fuera necesario.

Aquel maldito pájaro representaba un pasado común, convertido en tinieblas que ninguno de los dos había conseguido despejar con el paso de los años.

Era como si sus mentes hubieran nacido el día que ambos se encontraron en las dependencias de la estirpe como dos niños aterrados ante lo desconocido.

Asustados, después de haber sido arrancados de sus respectivas familias.

Sin tener nada más que la compañía del resto, que se hallaba en su misma situación…

Sin contar con nada aparte de ellos mismos, su instinto de supervivencia y un espíritu guerrero forjado a base de sangre y lágrimas, hasta convertirse en soldados adiestrados para matar o morir, llevándose su secreto consigo.