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Se llamaba Marion, y era una simple sirvienta de la fortaleza de los MacSorley.
Se repitió aquella frase hasta que se convirtió en su única religión. Más fuerte que lo que dejaba atrás. Mucho más importante que todos los interrogantes que, algún día, despejaría. Incluso más potente que el sentimiento de culpa que viajó con ella cuando al fin logró perder de vista la guerra.
Las cabañas incendiadas. Los hombres, mujeres y niños asesinados en nombre de una justicia que ella sabía que era falsa.
Ya no tenía sentido arrepentirse de cada uno de sus actos, por mucho que sus consecuencias la persiguieran por el resto de sus días. Tampoco debía llorar por todo lo perdido.
Le había mostrado su verdadera naturaleza de la peor manera posible, justo antes de que se desvaneciera en el aire todo lo que ella había considerado su hogar.
Se detuvo en mitad de ninguna parte, con las lágrimas asfixiándola, y miró alrededor.
Se encontraba famélica. Demasiado débil.
Y muy asustada. Perdida.
Aunque no lo suficiente como para no intentar ocultar sus encantos femeninos, que tantas alabanzas habían levantado en su día, bajo ropas humildes y una venda que oprimía sus pechos hasta casi desaparecer.
Así ataviada, había cubierto la primera parte del tramo en plena noche, sobre uno de los mejores caballos del laird MacSorley, hasta alcanzar el puerto costero de Tarbert.
Le costaba respirar debido a la opresión del vendaje.
No cesaba de observar su alrededor, esperando que de un momento a otro alguien la descubriera y la atacara.
Y cuando al fin llegó a su destino, se dio cuenta de que viajaba con lo puesto, además de con un animal que tuvo que utilizar para sobornar a un marinero local, hasta que accedió a llevarla en su birlinn al amanecer.
Aprovechando la marea alta.
Cruzaron el canal hacia la costa oeste de Jura, jugándose la vida, y desembarcaron en una cala apartada a mitad de la tarde.
Para entonces, el pescador ya se había percatado de su hermosura, y ella tuvo que poner en práctica todo lo aprendido con las pocas armas que había conseguido reunir, para defenderse del inevitable ataque.
Aun así, él consiguió golpearla con cierta efectividad que la pilló de sorpresa. Cuando quiso darse cuenta, el labio le goteaba sangre sobre las tablas de la embarcación.
Por fortuna, se trataba de un hombre entrado en años, que pensaba que una pobre campesina no sabía usar el arco y las flechas que llevaba con ella. Que ni siquiera le daría tiempo a desenfundar el cuchillo que llevaba atado a su pantorrilla.
Pero sí, tuvo tiempo. Y pericia. Y tanta rapidez que, cuando el pescador quiso reaccionar, tenía el filo en la garganta.
—Dame una buena razón para perdonarte la vida, gusano —le susurró, a un paso de desmayarse por una debilidad que había conseguido ocultar tan bien como su destreza—. Y hazlo deprisa. Por tu culpa, ya no tengo montura. Debo encontrar otra para proseguir mi camino.
—Yo… yo… ¡te he traído hasta aquí, campesina! ¡Merecería al menos un poco de consideración!
—Podrás vender el caballo que te quedaste. Te dará de comer mucho más tiempo que estos viajes donde aprovechas la mínima ocasión para comportarte como un miserable. No me convence.
El acero se hundió en la piel.
—¡No, espera, por favor! —rogó el pescador en un susurro, aterrado—. ¡El nuevo laird de Duntrune sabrá recompensar tu compasión!
—¿El nuevo laird ? —De pronto, las palabras se le atascaron en la garganta—. ¿Qué sabes tú de eso?
—Lo mismo que tú y que el resto del clan, supongo.
—Su osadía fue recompensada por más presión en el gaznate—.
¡Solo sé que es un hombre cruel, que no ha tenido piedad con Alasdair, el hijo del anterior!
¡Que logró entrar en la fortaleza gracias a una mujer, que le abrió las puertas y sus propias piernas, para que se paseara por ambos lugares a su antojo!
¡Que, cuando eso ocurrió, ya había arrasado las tierras de los MacSorley para obligar a los aldeanos a rendirle pleitesía, mientras Alasdair intentaba huir!
—¿Lo consiguió? ¡Dime si el joven jefe lo consiguió, malnacido!
El corazón le retumbaba en las costillas con tanta fuerza, que pensó que tendría que apartarse solo para conseguir controlarlo.
Igual que la congoja al pensar en el destino del hijo de Niall MacSorley, que le empañaba los ojos, hasta el punto de no poder distinguir bien la silueta del maldito pescador.
—¡No tengo ni la menor idea! —casi sollozó el hombre—. Oí decir que el invasor lo había atrapado y ajusticiado, ¡pero entonces llegaste tú, con tu caballo robado, y no pude enterarme de nada más, mocosa del demonio!
Marion no pensaba explicarle que no había robado nada; era mucho más importante deshacerse de la amenaza que él suponía en aquella isla desconocida, antes de averiguar en qué punto exacto se encontraba, para trazar los próximos pasos a seguir.
Necesitaba alejarse de Lachlan para recuperar su capacidad de raciocinio. Su dignidad.
Y para que semejante milagro fuera posible, debía abandonar aquello que tanto había amado, y que había caído… por su culpa.
—Pues esta mocosa está a un suspiro de rebanarte el pescuezo, viejo —le siseó al oído—. De hecho, después de librarme de tus intenciones repugnantes, no dejo de pensar que eso es lo que te mereces.
—¡Solo soy un hombre al que has provocado con tus encantos!
¿Qué encantos? Aquel desgraciado solo era capaz de ver el color de sus ojos. Había tomado especial cuidado en cubrir hasta el último de sus rizos castaños con una pañoleta, y sus ropas amplias e insulsas ocultaban cada una de sus curvas.
Le lanzó una mirada llena de desprecio y se acomodó mejor en el birlinn , dispuesta a repeler cualquier intento de lucha por su parte.
Preparada para matar si fuera necesario.
—Estás demasiado desesperado para caer víctima del supuesto atractivo de una moza que solo te ha enseñado la cara y las manos —se mofó, antes de golpear la sien del desdichado con el mango de su cuchillo.
Él perdió el conocimiento en el acto, pero Marion no fue capaz de lanzarlo al agua para que se ahogara—.
Después de todo, no soy una asesina. Y esta isla parece lo bastante grande como para cobijarme durante un tiempo.
Tendría que ser mucho tiempo, se dijo. Meses. En un lugar lo bastante confortable para albergar a una desconocida en una situación más que delicada, pero dispuesta a pagar su sustento con el sudor de su frente.
Con ese pensamiento, se las arregló para avanzar, en busca de una aldea que reuniera aquellas características, durante el resto del día. Pero al llegar la noche, se dio cuenta de que se había equivocado en sus cálculos, si es que alguna vez los había tenido.
Aquel maldito trozo de tierra rodeado de agua parecía despoblado por completo, pensó, justo antes de caer casi desmayada, en mitad de una explanada cubierta por árboles tan altos, que ni siquiera la oscuridad lograba penetrar entre ellos.
—Rurik el Escocés. Así llaman al señor de todo esto —murmuró al recordar las historias que pululaban acerca de su apodo, puesto con una maldad retorcida si se tenía en cuenta que ese hombre era vikingo hasta la médula—.
No lo conozco, pero creo que ahora me encantaría toparme con él…
aunque solo fuera para que me diera algo de comer.
O hasta convertirme en su supuesta cena.
Tuvo energías para encender un pequeño fuego con el que calentarse, mientras su estómago protestaba por la falta de sustento, pero el calor le hizo caer en un sopor intermitente cuando se hizo un ovillo junto a la fogata.
Solo se dio cuenta de que se había quedado dormida cuando la despertaron los primeros rayos de sol del otoño.
—Adelante. Has sobrevivido a un ataque, a varias muertes sobre tu conciencia y al estrecho de Jura en un birlinn , capitaneado por un pescador libidinoso —se dijo a sí misma—. Lo que te ocurra a partir de ahora no puede ser tan malo.
Se sentó, con la espalda apoyada en el tronco del árbol, y alzó el rostro hacia el cielo despejado. Con los ojos cerrados y la respiración acompasada. Como su madre le había enseñado antes de morir, dejando a dos hijos demasiado pequeños para crecer sin su protección, sin su cariño.
Necesitaba buscar su espíritu en aquel entorno hostil, desconocido y sospechosamente desierto. Si había algo que recordaba de ella, era el modo en que respetaba su «don», y el modo en que lo utilizaba.
Marion estaba conectada con la naturaleza. Pero sobre todo, con los animales.
Podía ver a través de ellos. Sentir unas emociones que compartía. Aunque nunca había aportado pruebas delante de los demás..
La habrían llamado enajenada.
La hubieran quemado en la hoguera, de saber que podía comunicarse con cualquier criatura que habitara los bosques, sin importar si estos eran conocidos o no.
Durante muchos años después de la desaparición de su madre, pensó que aquello no era más que una extraña maldición que la perseguía… Hasta que conoció a Lachlan. Desoyó las advertencias de sus amigos de cuatro patas. Confió en él.
Y terminó donde se encontraba. Echando mano de ese don para transformarlo en algo útil, mientras toqueteaba su colgante con aire ausente.
Era una representación de la runa Algiz, que su padre le había regalado cuando ella contaba diez años.
—Quiero que esto te recuerde siempre quién eres —le había dicho.
Desde entonces no se había separado de él. Y aunque nunca se había parado a pensar en lo que significaba aquella frase, en ese momento, comenzaba a comprenderlo.
Se hallaba perdida. Su identidad había quedado en el castillo asediado y asaltado.
Solo conservaba aquel colgante, como prueba de lo que un día había sido, y que ya nunca sería, concluyó, conteniendo las lágrimas de desesperación.
El colgante y su don.
Para cualquier persona normal, el bosque a aquellas horas de la mañana estaba lleno de silencios incomprensibles, interrumpidos por sonidos igual de inexplicables.
Para ella, cada trino era un mensaje. Cada gruñido, una advertencia.
Distinguía a qué animal pertenecían, mucho antes y mucho mejor que cualquier persona que se jactara de hacer lo mismo.
Después de vagar sin rumbo la mayor parte del día, pendiente del cielo que amenazaba lluvia, se dirigió a la orilla del río y se desprendió de aquella tortura para poder al menos respirar en profundidad.
Comenzaba un nuevo ocaso cuando se quedó solo con lo que el decoro exigía mientras se introducía poco a poco en el agua.
Y supo inmediatamente que algo no iba bien.
No era que se sintiera amenazada. Ni siquiera observada. Sus instintos se hallaban lo bastante afinados como para que pudiera confiar en ellos para algo así.
Se trataba de algo diferente.
La cadena natural acababa de romperse. Los ruidos del bosque más comunes se mitigaron, para dar paso a otros extraordinarios.
Iban cargados de muerte. De amenaza.
Se estaba escurriendo su largo cabello, ya vestida, cuando algo captó su atención.
Un olor penetrante. Agradable, pero distintivo, mezclado con otro que conocía demasiado bien.
No vio nada, pero percibía una presencia.
Algo acechaba tras los matorrales.
Cargó su arco con una de las flechas que todavía llevaba en el carcaj, mientras se acercaba al lugar con el sigilo de un gato, y la astucia de un zorro.
Al captar un olor diferente al de cualquier animal, sus fosas nasales se dilataron.
No se había equivocado: ¡un hombre la había estado espiando mientras se bañaba!
El enorme guerrero que se encontró al otro lado de los matorrales, tenía unos extraordinarios y brillantes ojos del color del ámbar, clavados en ella con sorpresa. Parecía tan concentrado en mirarla, que no se dio cuenta de la criatura que estaba a punto de abalanzarse sobre él.
Marion frunció el ceño. ¿Qué clase de guerrero armado hasta los dientes, descuidaba su propia espalda de ese modo?
Uno muy imprudente, o muy inexperto.
Aunque la melena leonada que exhibía, y que cubría sus anchos hombros y la indumentaria de soldado, parecía proclamar lo contrario, Marion no dudó cuando vislumbró unos ojos amarillos, salvajes, relucir entre la maleza, un instante antes de escuchar el gruñido revelador.
—¡Cuidado! —gritó cuando el jabalí emprendió la carrera.
El guerrero reaccionó poniéndose en pie, dispuesto a desenvainar su espada, pero Marion supo que era demasiado tarde, y apuntó al animal con su arco.