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Duntrune Castle, meses antes
Lachlan de Grey dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡No puede ser! —gritó a los hombres que lo rodeaban, y que parecieron encogerse cuando los recorrió con una mirada mortífera—. ¡No puede haber desaparecido!
—Mi señor, hemos levantado cada piedra del camino en su busca, pero no lo hemos encontrado…
El guerrero no pudo continuar. Golpeó su mandíbula con tanta fuerza, que lo envió al otro lado del salón que ocupaban.
—Seguro que os habrá quedado alguna sin levantar —siseó entre dientes cuando el resto retrocedió—. ¿Alguien más dispuesto a darme malas noticias? ¿No? —insistió, al ver que ninguno hablaba—. Bien. Eso ya me gusta más.
Se alejó de toda esa piara de cerdos malolientes e inútiles y decidió darles la espalda, mientras miraba por la ventana hacia las tierras que, por fin, después de tanto tiempo preparando la ofensiva, eran suyas y no de los MacSorley.
Se había hecho justicia.
Al menos la suya, añadió para sus adentros, con los ojos clavados en el cielo encapotado que amenazaba lluvia.
El agua que apagaría los fuegos que aún ardían a lo largo y ancho de unas tierras que había arrasado sin consideración, pero con el convencimiento de que había nacido para ello.
Su familia había caído en desgracia, gracias a la obsesión enfermiza del rey por ver rebeldes en cada rincón de Escocia. Su padre había sufrido las consecuencias, y tanto él como su hermana también.
Ella había sido enviada a un convento. Él, había terminado bajo el ala protectora de su tío abuelo, Niall MacSorley, bajo el beneplácito de Alexander.
Fue un estúpido ingenuo. Por demasiado tiempo, intentó convencerse de que Niall, y sus dos hijos, Alasdair y Eithne, lo tratarían como a uno más. Que de verdad podría aspirar a recuperar las tierras arrebatadas a su familia, pero no.
Su tío pretendió imponerle la misma disciplina destinada a Alasdair, que algún día le sucedería. Y aunque Lachlan no estaba hecho para obedecer, lo hizo en la esperanza de que alguien como Niall pudiera convencer al rey para lograr sus objetivos.
Por supuesto, no fue así. Ya en la edad adulta, su tío le explicó que un laird no podía apropiarse de unas tierras confiscadas por la Corona para entregárselas a un particular.
Su naturaleza desconfiada hizo el resto.
Seguro que el MacSorley se había quedado con ellas y no pretendía devolvérselas bajo ningún concepto… Salvo que aprovechara las pocas alternativas que le quedaban.
Y en aquel momento, el único camino era convertirse en un hombre de armas.
Primero para su benefactor. Después, para otros señores.
En realidad, solo esperaba la ocasión perfecta para levantarse contra su propio tío.
Contra la persona que, en su mente, aparecía como el único culpable de que su situación se dilatara en el tiempo.
Conocía su poder. Su influencia sobre el rey.
¡Era imposible que no hubiera podido hacer nada para que Lachlan recuperase las tierras de su familia!
Hasta que Niall y Alasdair participaron en el sitio al señorío de Jura, como aliados de Caelen MacSween, y vencieron.
Su tío murió en la batalla, pero las alianzas de los MacSorley con el nuevo señor de la isla, un vikingo sin una gota de sangre celta, le ofrecieron un nuevo enemigo por razones personales que ni siquiera en ese momento se atrevía a analizar.
Mientras mostraba su mejor cara a los hermanos MacSorley, comenzó a reunir un ejército en la más absoluta clandestinidad, formado por antiguos compañeros fieles a su padre muerto, hijos menores sin herencia, mercenarios, pequeños jefes resentidos e incluso hombres que perdieron tierras, como le había sucedido a él.
Lo necesitaba.
Era vital para seguir alimentando el odio hacia su tío, por haberse visto privado de sus propios privilegios, y que había extendido a sus hijos por el mismo motivo.
—Si no puedo recuperar lo que es mío, me apropiaré de lo que sin duda también me corresponde por derecho —se prometió, cuando se aseguró de que cada parte minuciosa de su plan estaba a punto para ser ejecutada sin el más mínimo error.
Entonces regresó… Pero no lo hizo como se había ido.
Lillias había tenido la culpa.
Ella, la obsesión enfermiza que lo había llevado a soportar rechazos que no habría consentido a ninguna más…
y el enfrentamiento con Rurik el Escocés que le había privado de un ojo, y de muchas otras cosas.
Llevaba un parche que lo ocultaba. No era tan atractivo, gracias al tajo que le cruzaba la mejilla y el cuello.
Aquel día, sobre el suelo de una de las islas favoritas de Alexander en Escocia, escapó por poco de un ataque que él mismo había provocado.
Pero durante la conmoción, la fiebre y las infecciones, durante las semanas de delirio, solo una idea lo mantuvo vivo: venganza.
Para él, pero también para Lillias.
Aunque para ello necesitara más poder del que atesoraba, Duntrune Castle y sus tierras se lo concederían.
Faltaba hacerse con una aliada incondicional que le facilitara el trabajo cuando llegara el momento. Que le abriera las puertas de la fortaleza sin necesidad de violencia alguna por su parte.
La encontró en Eithne y su entrega.
No le importó aprovecharse de lo que ella le ofrecía.
Era inocente, vulnerable. Se entregó a él sin reparar en su aspecto físico.
Sin hacer preguntas. Bajo falsas promesas de amor eterno.
Lo creyó a pies juntillas. Confió en cada uno de sus juramentos.
Pensó que era un hombre de honor, por el simple hecho de que había crecido con ellos.
Lachlan no la sacó de su error. Disfrutó de cada uno de sus encuentros como si fueran un breve paréntesis en sus verdaderas intenciones. Porque sabía que, por mucho que consiguiera unirse para siempre a aquella mujer, el escollo del nuevo laird debía ser salvado, de una única forma.
Con sangre y muerte. Con una lucha sin cuartel que acababa de tener lugar hacía tan solo unos días.
—Mi señor, los campesinos tienen hambre. Los cultivos han sido arrasados, igual que los rebaños…
La voz de uno de sus guerreros lo llevó de nuevo al presente.
Lachlan se tragó el acceso de amargura y de furia descontrolada, y se volvió hacia él con el rostro pétreo.
Los ancianos del Consejo habían claudicado después del brutal ataque. Le habían nombrado nuevo señor de los MacSorley, y pensaba asegurarse de que nadie amenazara su recién adquirida posición.
—Repararemos el daño causado a la mayor brevedad posible —respondió en un tono neutro—. No podemos enfadar al rey, y nuestros vasallos tienen que disfrutar de la abundancia que el anterior laird les procuraba…
—Pero ha escapado al ataque, mi señor.
—¿Estáis seguros de que no se encuentra entre los muertos?
—Llevamos tres días buscando, mi laird —respondió uno de ellos—. Sus bajas son muchísimo más numerosas que las nuestras.
—Cuéntame algo que no sepa a estas alturas.
—Siguiendo vuestras instrucciones, hemos dejado que las familias los entierren. Ahora mismo, os están agradecidos… Pero ninguno de ellos era Alasdair MacSorley. Ni tampoco su hermana Eithne.
Ante la mención de la muchacha, Lachlan contuvo una sonrisilla petulante.
No esperaba volver a verla. De hecho, después de su último encuentro, lo más probable era que terminara muriendo en algún rincón lejos de la fortaleza. En mitad de un enorme charco de sangre que le hiciera comprender la magnitud de sus errores.
No tuvo el más mínimo remordimiento al pensarlo. Cuando comprendió que seducirla no le daría lo que ansiaba, si antes no se deshacía de Alasdair, dejó de resultarle útil.
Ahora, Alasdair también lo sería. Habían tomado la fortaleza a sangre y fuego. Si aparecía, sería ejecutado antes incluso de que pensara en exigir lo que sin duda le había correspondido por derecho.
—No podemos dejar ese cabo suelto, maldición —murmuró, contrariado al pensar que podría hallarse en cualquier lugar, en situación de hacerse con un ejército, tal y como él había hecho antes—. No voy a permitir que la historia se repita desde el otro lado.
—Mi señor, no os comprendo…
—No debes comprenderme, ni pensar. Solo servirme.
Algo se activó en su mente al pensar en la batalla.
Recordó la amistad que había unido a Alasdair con Eirik Hauksson, con su tío Gunnar e incluso con Caelen MacSween.
Niall MacSorley había perdido la vida por acudir a su llamada.
Gracias a él, y a Alasdair, Jura había terminado en manos de alguien que se había convertido en uno de sus peores enemigos desde hacía demasiado tiempo, como para dejar que saliera impune de sus delitos.
—Rurik el Escocés —escupió en un murmullo, como si el nombre le escociera en la lengua—.
Seguid vigilando la zona. Multiplicad el número de vigías.
Haced lo que sea necesario para que el MacSorley sea descubierto antes de que se atreva a asomar la nariz por aquí —ordenó—.
Si tiene los arrestos suficientes para hacerlo, contáis con mi permiso para cortarle la cabeza y clavarla en una pica, para que sirva de advertencia a cualquiera que se atreva a cuestionar mi autoridad o mi poder.
—¿Y si no aparece, mi señor?
—Entonces me serviré de otros medios.
Con una sonrisa cuyo significado solo él conocía, los despachó y mandó llamar a otra persona.
La única que, basándose en el pasado de su propio tío, podría ayudarlo.
No se volvió cuando escuchó la puerta abrirse y cerrarse, ni tampoco cuando oyó la voz queda, llamándolo por su nombre.
—No me gusta que te dirijas a mí con esa familiaridad —dijo, cruzado de brazos y con la vista aún fija en el paisaje desolador que le ofrecía la ventana—. Alguien podría escucharte, y entonces sería cuestión de tiempo que descubrieran tu verdadera identidad.
—Lo siento. No era mi intención poneros en peligro, pero permitidme que os recuerde que habéis sido vos quien ha acudido a mí, y no al contrario.
—Solo alguien como tú podría demostrar tal desfachatez, en la seguridad de que conservarás la vida. —Con fastidio, se dio la vuelta. Examinó el aspecto de la persona que permanecía ante él con la barbilla en alto. Su sonrisa se acentuó—. Desde luego, no pareces quien en realidad eres.
—Nunca lo he parecido, mi señor.
—Por eso puedes presumir de inmunidad, mientras sigas manteniendo tu efectividad. Ahora, necesito de nuevo tus servicios —exigió, disfrazándolo de amable petición—. Sé que no vas a fallarme.
—Hasta el momento me he mostrado fiel a vos, mi señor.
—Un trato que en su día nos benefició a ambos, y que sigue haciéndolo. —Era una de las pocas cosas de las que Lachlan se sentía orgulloso. Aquella relación había nacido del modo más inesperado, pero él se había preocupado de hacerla crecer—. Jamás pensé que lograra tenerte de mi parte por completo.
La otra persona le respondió con una mirada llena de un odio agrio que no iba dirigido a él.
—Sabéis lo que busco. Lo que quiero. Me habéis prometido que lo conseguiré —le aseguró con los dientes apretados, conteniendo su propio ataque de ira.
—En efecto. Pero para ello, necesito que viajes a Jura de incógnito.
A continuación, pasó a relatarle sus planes con todo lujo de detalles. No podía dejarse nada atrás, o ambos lo pagarían caro.
Cuando se hubiera asegurado de la muerte de Alasdair, y de que Rurik el Escocés pagaba por sus crímenes, se encargaría de darle a su cómplice más entregado aquello que ansiaba.