Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3)
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INTRODUCCIÓN
Los miembros del Consejo esperaban una respuesta.
Lachlan también.
El silencio era opresivo en el Gran Salón de la fortaleza.
Eithne se tomó un momento para coger aire mientras recorría con la mirada a todos y cada uno de los presentes.
Eran los más ancianos del clan. Ella había vuelto al que siempre había sido su hogar con una idea muy clara en la cabeza: recuperar lo que nunca debieron arrebatarle. Ocupar el lugar que siempre le perteneció.
Pero los acontecimientos habían dado un giro que no esperaba encontrarse.
Quizá…
No. En realidad, no sabía lo que esperaba encontrar, salvo la expresión imperiosa de su primo Lachlan, que a duras penas conseguía disimular su impaciencia.
Lachlan.
Una vez le pareció atractivo.
Ahora solo veía en él al yugo capaz de aplastarla.
—¿Y bien, milady ? —habló uno de los ancianos, provocando un murmullo a su alrededor que solo consiguió hacerla aún más pequeña ante ellos.
—He regresado porque deseo de verdad contribuir al bienestar de mi gente —empezó, intentando sonar convincente.
—De mi gente —la rectificó Lachlan con fastidio—. Recuerda que yo soy el nuevo laird.
desde hace demasiados meses como para que se me cuestione a estas alturas.
—Nunca pretendí hacer tal cosa.
—En ese caso, haznos saber tu decisión. El tiempo apremia.
Eithne apretó los dientes, conteniendo la respuesta aguda que le vino a la mente, y se empeñó en seguir pareciendo una inocente virgen a punto de ser sacrificada.
Aunque estaba lejos de serlo.
Su primo lo sabía igual que ella.
Sus ojos oscuros, como dos pozos llenos de negrura, se encargaron de recordárselo en silencio.
—Durante el tiempo que he permanecido fuera de mis tierras… —siguió explicando.
—Ahora son mías, milady . Junto con vos, si así lo decidís —la interrumpió Lachlan, inclinando la cabeza en un gesto de falsa modestia que no consiguió engañarla.
—Durante el tiempo que he permanecido fuera de estas tierras —precisó con calma, aunque dentro de ella la sangre comenzó a convertirse en lava ardiente de indignación—.
He comprendido que nunca debería haberme marchado.
Que tendría que haber aceptado las consecuencias de mis propios actos —añadió con una mirada cargada de significado dirigida al laird .
—Ninguno de los aquí presentes entendemos adónde pretendes llegar, prima —la acusó con frialdad.
El murmullo de aprobación le confirmó que había conseguido el favor de los ancianos. El mundo entero se le cayó a los pies, pero ella siguió con la vista clavada en el hombre que había significado su ruina y que se empeñaba en hacerla infinita.
—Deberíais repetirme la pregunta —le pidió con la voz queda, solo para hacerle perder la calma.
Pero Lachlan había demostrado de mil maneras distintas, cada cual más cruel, que se encontraba muy por encima de esas provocaciones tan pueriles. Se inclinó hacia delante en su asiento y la obsequió con una sonrisa de medio lado que le puso todo el vello de punta.
—Querida lady Eithne, ¿aceptáis mi petición de mano? —casi canturreó—. ¿Me aceptáis a mí como vuestro esposo?
Sí, por supuesto.
No tenía otra salida.
Había viajado hasta allí sabiendo que aquel hombre suponía su única alternativa.
Ante ella se alzaba un futuro tan negro como los ojos de su primo, pero desechó cualquier duda al respecto y asintió.
—Sí —dijo—. Acep…
—Dudo que pueda hacerlo.
La voz firme que sonó a sus espaldas logró que todas las miradas se posaran en el intruso que irrumpía en el gran salón sin ser invitado.
Eso era para todos: un intruso.
Para Eithne, era su luz y su sombra. Su condena, su perdición, pero también su mayor esperanza.
Cuando sus miradas colisionaron, el mundo entero dejó de existir para ella.
El presente desapareció. Incluso el futuro que se había obligado a aceptar.
Porque su pasado acababa de hacer acto de presencia. Con el mismo carisma que un día, sin apenas darse cuenta, la había envuelto hasta ganársela por completo. Con ese atractivo de hombre pétreo y reservado cuyo muro ella había conseguido derribar.
Señor de los cielos.
Él había ido a por ella. No fueron necesarias las palabras para que estuviera segura.
Solo un destello de emoción en los ojos ambarinos, cuando se cruzaron con los de ella, le indicó que había sufrido.
Demasiado.
Pero no la culpaba. Eithne sonrió con inseguridad, y el corazón aprisionando la garganta por la emoción contenida.
No se arrepentía por lo hecho ni por lo que no se había atrevido a hacer. El vikingo que pareció llenar la sala con su sola presencia tampoco le hacía reproche alguno cuando, con paso decidido, se colocó a su lado y barrió al Consejo entero con la vista, hasta detenerse en Lachlan.
No la tocó. Pero su mera presencia le gritó que nunca la dejaría sola.
Que el vínculo establecido entre ellos a través del sentimiento que les había pillado por sorpresa permanecía allí, fuerte, casi invencible.
Que ninguno de los dos haría nada para destruirlo.
—¡Vos no deberíais estar aquí! —increpó el miembro más anciano del Consejo, poniéndose en pie para señalarlo con el dedo índice—. ¡No formáis parte del clan, ni sois bienvenido!
—Eso ya lo veo, anciano.
—¡Tampoco tenéis voz en el asunto que estamos dirimiendo ahora mismo! —añadió Lachlan en un susurro cargado de veneno, mientras su mano se iba hacia la empuñadura de su espada.
El vikingo le dedicó un gesto de reconocimiento que heló la sangre de Eithne. Después tomó su mano entre las suyas, sin ningún disimulo, e inclinó la cabeza en su dirección.
—Yo diría que no solo tengo voz, sino que formo parte del asunto en cuestión —afirmó. Y, con una sonrisilla que presagiaba una aplastante victoria, añadió—: Después de todo, veo muy difícil que esta mujer pueda ser vuestra esposa, Lachlan, cuando ya está casada…
—¿Casada? ¿Con quién?
Sus dedos toscos y ásperos estrecharon los de Eithne para insuflarle confianza.
Su mandíbula permanecía dura como el granito. Su cuerpo parecía una estatua de piedra, incapaz de recuperar el movimiento. Pero sus ojos brillaban cuando los dirigió a ella.
—¿Es que nadie en esta sala es capaz de adivinar la respuesta? —preguntó a su vez—. Eithne MacSorley está casada conmigo.