Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Duntrune Castle, un año después

Eithne jamás olvidaría el momento en el que descubrió que su madre estaba viva, y que Tavish era su verdadero padre.

Por supuesto, todo aquello ocurrió en la intimidad de la torre principal, después de curar a Rurik con su habilidad habitual y una vez se aseguró de que guardaba un reposo más que merecido.

Cuando se sobrepuso a la impresión de ver a Blair, desfigurada por el fuego que todos creyeron que la había matado, se pasó la siguiente hora pegada a su madre, sin dejar de besarla, de abrazarla, de tocarla solo para asegurarse de que era real y no producto de sus anhelos más profundos.

Después, con la compañía de Tavish, se dispuso a escuchar su verdadera historia. Aquella que se remontaba a antes de que Alasdair y ella hubieran nacido, para terminar en los momentos previos a la batalla que les había devuelto las tierras y a sus habitantes.

Según avanzaba el relato, Eithne los observaba con los ojos más abiertos, si es que eso era posible. Incapaz de reaccionar hasta que, después de un silencio incómodo en el que todos se quedaron esperando su respuesta, decidió hablar.

—Tú —había comenzado, dirigiéndose a su hermano—.

Aceptarás el cargo que te corresponde y darás las explicaciones pertinentes al Consejo.

Reza para que te perdonen la ausencia, ¡porque yo todavía tengo que contenerme para no matarte con mis propias manos!

¡Si pienso en todo lo que padecí, creyendo que habías muerto por mi culpa…

! Y vosotros, escuchad con atención —había continuado, dirigiéndose a sus padres.

Sus padres… Dios del cielo, todavía le costaba verlos cogidos de la mano, felices, cuando siempre había considerado a Niall MacSorley como su progenitor—.

Alasdair y yo seguiremos llevando el apellido del anterior laird .

Nuestro padre, aunque no lo fuera de sangre.

Pero a cambio, os casaréis en cuanto sea posible.

No pusieron objeción alguna. Ni siquiera cuando, al día siguiente, y en vista de que Rurik evolucionaba de forma lo bastante favorable como para que le explicara, al fin, lo que el rey había decretado con respecto a su petición formal de matrimonio, designaron que ambas parejas se casarían en la misma ceremonia.

Eithne ni siquiera se preocupó por la posible represalia de Alexander ante el ataque conjunto.

Con él, Rurik había demostrado que no estaba interesado en desafiar su autoridad.

Sus súbditos recuperaron el nivel de vida disfrutado antes de que llegara Lachlan.

Y los aliados que habían permitido la victoria, vikingos y celtas, regresaron a sus hogares con sus respectivas familias, para seguir fieles al monarca.

Lachlan aguantó más de lo que cualquiera hubiera pensado, mientras ingería por la fuerza la ruda, día tras día y noche tras noche. No fue hasta una semana antes de su casamiento cuando Alasdair, Rurik y Eithne recibieron la noticia de su muerte, pero tampoco le prestaron más atención.

Los tres, a su manera, habían aprendido que el rencor era una emoción que podría alimentarse por sí misma hasta destruir a una persona, si esta lo permitía.

Lachlan de Grey estaría ardiendo en los fuegos del infierno; ellos tenían, sin embargo, mucho que celebrar.

Tuvieron que esperar meses para poder casarse, después de la muerte de su primo.

La burocracia papal era lenta, pero segura.

Y cuando al fin obtuvieron los permisos necesarios, el cuerpo de Eithne ya estaba cambiando para albergar una nueva vida.

No ocultó su dicha, ni tampoco las señales evidentes, bajo su vestido de novia.

Lo exhibió con orgullo durante toda la ceremonia, a la que, por supuesto, asistieron todos aquellos que habían contribuido a su éxito.

Incluida Sorcha.

Sin embargo, Erling había partido hacia tierras del norte antes incluso de que ellos recibieran los permisos para sus respectivos matrimonios. Cuando Eithne preguntó a Rurik por el motivo, recibió una escueta respuesta.

—La Estirpe lo reclama.

Cuatro palabras que tuvo que mantener en secreto ante la sospecha de que Sorcha ignoraba todo lo relativo a la organización y al papel de Erling en ella.

A pesar de verla llena de una tristeza que intentaba disimular, el mismo día de su boda, para no opacar su dicha ni la de sus padres, Eithne decidió que hablaría con ella en cuanto esta terminara.

Aunque el volumen de su vientre la obligara a caminar como si llevara atados a la cintura unos cuantos sacos de grano.

Llevaba el pelo recogido bajo un pañuelo de lino para plegarse a las exigencias de la iglesia, dado que su estado de esposa por el rito de un año y un día no era válido para los clérigos.

Fue su única concesión, pues se sentía plenamente casada con Rurik el Escocés ante cualquier dios que deseara verla.

—Estás preciosa —le susurró Rurik cuando se colocó a su altura, bajo el arco exterior de la iglesia de la fortaleza, tan orgullosa del porte atractivo y guerrero de su marido que no pudo borrar la sonrisa que llevaba en los labios—. La maternidad ha acentuado tu belleza…

—Y a ti te ha aligerado la lengua, vikingo. El niño no para de moverse. Me hace sentir demasiado incómoda.

—Entonces habrá que aligerar los trámites. A Shagairt [4] , creo que deberías aligerar un poco…

—Mi señor, apenas hemos comenzado.

Eithne llevaba sintiendo pequeños pinchazos desde la noche, pero había decidido ignorarlos, pensando que solo eran leves molestias. Sin embargo, la contracción que notó en aquel momento la llevó a sujetarse el vientre con una mano, mientras trataba de sonreír.

—Sacerdote, mi esposo ha tenido la delicadeza de dirigirse a ti en nuestra lengua natal, algo que le honra —murmuró—. Por favor, te ruego que obedezcas sus dictados.

El cura siseó algo entre dientes, pero empezó la ceremonia. Eithne soportó su creciente malestar hasta que, al terminar, Rurik la envolvió con su propia capa, siguiendo la tradición.

—Ahora haré lo mismo con mi descendencia —proclamó, cubriendo con su mano el vientre de Eithne.

Sus ojos la miraban con tanto amor que se sobresaltó cuando sintió un líquido caliente escurrirse entre sus muslos.

Su corazón dejó de latir. Por un horrible instante, pensó que la historia volvería a repetirse. Palideció y comenzó a temblar, sin atreverse a mover un solo músculo…

—¡Eithne! ¿Qué te pasa?

Rurik la sujetó por los hombros con fuerza y miró hacia abajo.

Su cara se contrajo en lo más parecido a una mueca aterrada que ella le hubiera visto nunca.

—Santísimo Dios… —murmuró.

—Hijo, no deberíais utilizar el nombre de Dios en vano —aconsejó el cura.

—¿En vano? ¡Mi esposa va a traer al mundo a nuestro hijo! ¡No se me ocurre mejor motivo que este para nombrar a Dios!

Solo entonces Eithne se atrevió a inclinar la cabeza… para descubrir el enorme charco que empapaba el suelo.

Acababa de romper aguas.

En un momento, Blair y Sorcha se encargaron de ella y la llevaron en volandas hasta sus aposentos, gritando órdenes.

—¡Iré con ella! —exclamó Rurik.

Pero la mano de Tavish en su hombro se lo impidió.

—Amigo mío, el parto es algo de mujeres. Si intentas interferir, solo molestarás. Te echarán como a un perro, sin tener en cuenta tu intervención en el asunto o tu rango.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

—Acompañar a toda esta gente al Gran Salón, beber para calmar los nervios y aguardar. Con un poco de suerte, podremos celebrar que, además de radiantes esposos, somos padre y abuelo.

La fiesta se alargó todo el día. Y toda la noche.

Ni Alasdair, ni Rurik, ni Tavish permitieron que nadie se marchara hasta que no escucharon el potente berrido de un niño, que les hizo subir las escaleras de dos en dos para intentar entrar en el cuarto todos al mismo tiempo.

—¡Por todos los Santos! ¿Sois vosotros los niños acaso? —los regañó Blair cuando consiguió contenerlos en la puerta—. ¡Iba a buscaros para anunciaros que sois padre de un hermoso varón, mi señor Rurik! ¡Pero, por lo visto, la ansiedad ha podido más que vuestros modales!

—Y seguirá haciéndolo.

La apartó con toda la delicadeza de que fue capaz y avanzó hacia su esposa. Eithne estaba pálida. Con sus preciosos rizos castaños húmedos, pegados a un rostro que reflejaba tanto agotamiento como felicidad.

—El parto ha sido largo, pero aquí tenéis al fin a vuestro hijo, mi señor.

Los ojos de Rurik fueron de ella al pequeño bulto que apretaba junto al pecho, y que parecía pelearse con la manta que lo cubría con sus puños diminutos.

Perfectos. Igual que sus bracitos, su carita arrugada y esos ojos, del mismo azul que los de su madre, que parecieron quedarse clavados en él en cuanto se decidió a cogerlo.

—Tiene mi color de pelo —murmuró, asombrado. Y mucho más aterrado de lo que lo había estado en cualquiera de las batallas que había librado.

—Apriétalo contra ti, vikingo. Es más fuerte de lo que parece. No se va a romper.

—Sí. Es fuerte, como su madre. Estoy tan feliz, tan orgulloso de ti, que podría ponerme a llorar, aunque estemos rodeados de gente.

—Gente que va a irse ahora mismo, para dejaros un poco de privacidad.

Con un gesto firme, Blair indicó a los otros dos hombres y a Sorcha que la acompañaran. Solo cuando escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas, Rurik cayó de rodillas junto al cabecero de la cama, con el pequeño llorón entre él y Eithne.

—No se caerá de la cama. Sus padres lo protegen —murmuró ella, con una sonrisa.

—Siempre lo protegeré, kàlfrinn . Siempre os protegeré —añadió.

—Pero para eso deberíamos ponerle un nombre, ¿no te parece?

Lo cierto es que había estado tan empeñado en contener su miedo cada mes de gestación que pasaba, que ni siquiera se había parado a pensar en uno. Sin dejar de acariciar la cabecita, cubierta por esa pelusilla pelirroja de la que tan orgulloso se sentía, Rurik se encogió de hombros.

—¿Qué sugieres? —preguntó.

—Niall, como mi padre, aunque no lo fuera de sangre.

—Pero es mi hijo, y tiene parte de…

—Niall Ruriksson MacSorley. Nuestro hijo es la victoria de nuestras culturas sobre la maldad, la ambición y los deseos de venganza.

Ha nacido a las puertas del invierno, antes de lo que se le esperaba.

Pero es fuerte, como la sangre que correrá siempre por sus venas.

Una conjunción indivisible y perfecta. Como su nombre.

Rurik tenía los ojos anegados en lágrimas que derramó cuando volvió a mirar a su pequeño.

—Niall Ruriksson MacSorley —repitió—. Tiene un nombre completo, Eithne. Un apellido. Una familia y unas raíces.

—Has logrado darle todo lo que otros te arrebataron un día.

—Lo hemos logrado. Yo y mi valiente guerrera celta. La mujer que me sacó de mi propia oscuridad y a la que nunca dejaré de amar, porque nunca volveremos a fracasar.

No hubo más palabras entre ellos.

Mientras la algarabía y la celebración siguieron en la planta de abajo, él se acostó junto a Eithne, para abarcarlos a ambos con su brazo protector.

Algo que, desde luego, pensaba hacer durante el resto de su vida.