Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El entierro del cuervo
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El entierro del cuervo

Enterraron a Hrafn una mañana de primavera, y al entierro vino tanta gente que Leifa comprendió, viéndola llegar, hasta qué punto el viejo lobo había dejado de ser un extranjero.

Se había convertido en algo que en su tierra del norte no existía: un patriarca, un fundador, un hombre al que una comarca entera debía algo.

No vinieron solo los de la isla. Vinieron de las aldeas vecinas, de Coria, del Aljarafe.

Vinieron los mercaderes de Sevilla que le compraban el queso, gente que en otro tiempo había temido a los del norte y que ahora venía a despedir al viejo de la isla con respeto sincero.

Vino el cura mozárabe y vino un alfaquí, porque Hrafn había muerto musulmán de fórmula, aunque Dios sabría de qué dentro.

Los dos rezaron a su manera sobre la misma tumba sin que a nadie le pareciera raro.

En aquella tierra de muchas sangres y muchas fes la gente había aprendido a enterrar a sus muertos con todas las oraciones que hicieran falta.

Vino Yusuf, viejísimo, desde Sevilla, a leer ante la tumba un trozo de su memoria, las palabras que Hrafn le había dado.

Vino todo el que el cuervo había tocado en su larga vida del sur, y fueron muchos, porque un hombre que se queda a plantar toca a mucha más gente que uno que pasa quemando.

Lo enterraron en el altozano, bajo el olivo de Bjorn, junto a Riquilda, como había pedido.

Y cuando bajaron el cuerpo a la tierra, Leifa, que presidía porque era ya la cabeza de los pocos del norte que quedaban, hizo dos cosas.

Primero, a la manera del sur, dejó que el alfaquí dijera lo suyo.

Y luego, a la manera del norte, ella misma, con su propia voz vieja y firme, cantó sobre la tumba un trozo de las viejas canciones del hielo.

Eran las que se cantan a un jarl que se va, en la lengua del norte que ya casi nadie de la isla entendía, para que el cuervo, dondequiera que fuera, se llevara consigo el último eco de la tierra que lo había hecho.

Las dos cosas, el rezo del sur y el canto del norte, sobre una misma tumba, bajo un mismo olivo.

Era el resumen de toda la vida de Hrafn, y de todo lo que la isla había llegado a ser: un sitio donde las dos orillas cabían en una sola despedida.

Después del entierro, la gente fue bajando, y Leifa se quedó la última en el altozano, sola, junto a las tres tumbas.

La de Riquilda, la de Hrafn, y la pequeña del niño de pecho que el hambre del primer año se había llevado, todas bajo el olivo grande.

Y se quedó pensando en cuántos quedaban ya de los que habían cruzado la barra en los barcos de dragón.

Pocos. Muy pocos. Ella, Sven, un puñado de viejos.

La primera generación se moría, una a una, y con cada muerte se iba un trozo de la memoria del norte, una cara que recordaba el hielo, una boca que sabía las canciones.

Pronto no quedaría ninguno. Y entonces la isla sería del todo del sur, sin nadie vivo que recordara de dónde había venido, salvo lo que quedara escrito en la memoria de Yusuf y en las historias que los viejos hubieran sabido pasar a los niños.

Y Leifa comprendió, allí, sola entre las tumbas, cuál era su última tarea: pasar las historias.

Que no se perdieran del todo. No para que los niños de la isla volvieran a ser del norte, que eso ni se podía ni se debía, sino para que supieran de dónde venían.

Para que cuando dentro de generaciones alguien preguntara por qué los de la isla tenían a veces el pelo claro o los ojos grises, por qué su queso se llamaba como se llamaba, hubiera quien supiera contar la verdad: que vinieron unos lobos del norte a quemar, y que algunos se quedaron a plantar, y que de aquellos lobos venían ellos.

La memoria, pensó Leifa, era la última cosa que los de su generación podían dar.

Habían dado el trabajo, la sangre, los hijos.

Lo último que quedaba por dar era el recuerdo, la historia, el saber de dónde se venía, que es lo que da raíz a un pueblo tanto como la tierra y las tumbas.

Bajó del altozano cuando caía la tarde, y al pasar junto a la casa de Hrafn, ahora vacía, se detuvo.

Allí dentro había vivido el cuervo sus años de paz, y allí quedaban sus pocas cosas: la cama de tapia, unos aperos, una piel vieja, y poco más.

Hrafn había muerto como había querido morir, sin nada, habiéndolo dado todo.

Pero sobre una repisa, Leifa encontró una cosa que el viejo había guardado: una piedrecita, una simple piedra gris del río.

Hrafn la había recogido, supo Leifa, el primer día que pisó la isla, años atrás, cuando aún era su trampa.

Y la había guardado todos aquellos años sin decir nada.

Leifa la cogió, la tuvo en la mano, y comprendió por qué la había guardado.

Era la primera piedra de su tierra nueva, la que había cogido el día que llegó a aquel fango que iba a ser su casa.

La había conservado toda la vida como un hombre conserva el recuerdo del día en que, sin saberlo, empezó a echar raíces.

Se la guardó. Y aquella noche reunió a los niños de la isla alrededor del fuego, como hacía a menudo.

Leifa empezó a contarles, no una historia cualquiera del norte, sino la historia entera, desde el principio.

Cómo seiscientos lobos cruzaron el mar en barcos de dragón.

Cómo subieron un río buscando una ciudad de plata.

Cómo uno de ellos, un jarl llamado Hrafn, el cuervo, el que acababan de enterrar bajo el olivo, empezó a dudar de que coger fuera vivir.

Y cómo, después de una guerra terrible y de mucha sangre, un puñado de aquellos lobos se quedó en una isla de fango y aprendió a plantar, y de ellos venían los niños que la escuchaban.

Y les enseñó la piedrecita gris del río, la primera piedra de Hrafn, y se la fue pasando de mano en mano, y les dijo:

—Guardadla. Cuando yo me muera, que la guarde uno de vosotros, y se la pase a sus hijos, y cuente esta historia.

Porque esta piedra la cogió del río el viejo Hrafn el día que llegó a esta isla a ser otro hombre.

Es la primera piedra de nuestro pueblo. Mientras alguien la guarde y cuente la historia, sabremos de dónde venimos.

Y un pueblo que sabe de dónde viene, niños, es un pueblo que no se pierde.

Acordaos. Vinieron a quemar, y se quedaron a labrar.

Esa es vuestra historia. No la olvidéis nunca.

Y los niños de la isla, con los ojos muy abiertos, se fueron pasando de mano en mano la piedrecita gris del río, la primera piedra del viejo cuervo.

Mientras tanto la noche caía sobre las marismas y el Guadalquivir corría abajo, ancho, lento, eterno, llevándose los años.

Dejaba, en su orilla, a un pueblo nuevo que empezaba ya, alrededor de un fuego, a contarse a sí mismo su propia historia.

Esa es la manera en que un puñado de gente deja de ser una mezcla de extranjeros y se convierte, para siempre, en un pueblo.