Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La última de los lobos
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La última de los lobos

Leifa fue la última de los que cruzaron el mar en los barcos de dragón. Cuando murió, muy vieja, la isla entera comprendió que se cerraba una puerta que no volvería a abrirse: la del recuerdo vivo del norte. Con ella se iba para siempre, y solo quedaba lo escrito y lo contado.

Quien la cuidó al final fue una muchacha llamada Mariam, nieta de Sven y Sancha.

Leifa la había recibido al nacer con sus propias manos y le había enseñado, de joven, el oficio de partera.

Mariam tenía sangre de las dos orillas, como casi todos los de su generación: el pelo oscuro de su abuela Sancha, pero los ojos grises de su abuelo Sven, el lobo que se quedó por amor.

No se sentía ni del norte ni del sur. Se sentía de la isla, sin más: andalusí, musulmana, quesera y partera, hija del Guadalquivir.

Y para ella, la vieja Leifa no era una loba del fin del mundo.

Era la abuela de todos, la que curaba, la que recibía a los niños, la que sabía las historias antiguas.

Leifa se fue apagando como se habían apagado todos los de su generación, despacio, sin dolor, cansada de una vida larguísima.

Y en sus últimos meses, sabiendo que era la última, se empeñó en una sola cosa: pasarle a Mariam, y a través de Mariam a los que vinieran, todo lo que recordaba, para que no se perdiera con ella.

Le contó el norte, el hielo, el mar, los barcos.

Le contó la travesía, el saqueo de Sevilla, el horror de Tablada, el fuego que no se apaga, las palmeras de las que colgaron a tantos.

Le contó la rendición, la isla de fango, el hambre, la crecida.

Le contó a Hrafn, al cuervo, el jarl que dejó de querer coger y aprendió a plantar.

Le contó a Bjorn, el lobo que no supo quedarse y al que el mar se tragó, y el anillo enterrado bajo el olivo.

Le contó a Riquilda, la cautiva del norte que murió libre en el sur.

Le contó a Yusuf, el escribano que lo guardó todo.

Se lo contó todo, una y otra vez, hasta que Mariam se lo supo de memoria, palabra por palabra, para que la muchacha pudiera, cuando Leifa faltara, seguir contándolo.

—¿Por qué te importa tanto que no se pierda? —le preguntó Mariam una tarde—. Es una historia triste, abuela. Sangre, guerra, muertos. ¿Por qué quieres que la recordemos?

—Porque la parte triste no es lo que hay que recordar —dijo Leifa—.

La parte triste, la guerra, esa la recordarán solas las crónicas, que para eso están.

Lo que hay que recordar es lo otro, niña, lo que las crónicas no cuentan: que de toda aquella sangre, los que tuvieron el valor de parar, de quedarse, de plantar en vez de coger, hicieron esto.

—Señaló alrededor, la isla, la aldea, los rebaños, los niños—.

Esto. Tú. Mariam, partera de la isla, con los ojos de tu abuelo el lobo y las manos que yo te enseñé para traer vidas.

Tú eres lo que hay que recordar. Eres la prueba de que se puede.

De que un pueblo que empezó en la peor sangre puede acabar en gente buena que cura y planta y vive en paz.

Si recordáis solo la guerra, aprenderéis a temer.

Si recordáis lo otro, lo de quedarse, lo de plantar, lo de que el cuervo cambió, aprenderéis algo más útil: que se puede cambiar, que de lo malo puede salir lo bueno si hay quien lo trabaje.

Esa es la historia que hay que guardar, niña.

No la de cómo se mata. La de cómo, después de matar, unos pocos aprendieron a vivir. Esa salva. La otra solo asusta.

Leifa murió un amanecer de verano, con Mariam velándola, como Leifa había velado a Hrafn, como Hrafn había velado, en su día, las fiebres del norte de una cría huérfana.

El círculo de los cuidados se cerró por última vez.

La enterraron en el altozano, junto a Hrafn, junto a Riquilda, bajo el olivo de Bjorn.

Y sobre su tumba pusieron, a su pedido, no una piedra del norte, sino las dos cosas: una piedra del norte con su nombre en runas, y junto a ella, plantado, un esqueje de olivo nuevo, sacado del de Bjorn, para que de su tumba creciera otro árbol.

«He sido las dos cosas», había dicho Leifa.

«Loba del norte y partera del sur. Que en mi tumba haya las dos: la piedra de donde vine y el árbol de donde me quedé.

Y que el árbol crezca, que el árbol es lo que dura. »

Con Leifa se fue el último recuerdo vivo del norte.

Ya no quedaba en la isla nadie que hubiera visto el hielo, ni cruzado el mar, ni oído de viva voz las canciones de los barcos de dragón.

La primera generación, la de los lobos, había muerto entera, y bajo el olivo del altozano dormían ya los que habían cruzado el mar para quemar y se habían quedado para plantar.

Pero no se perdió la historia, porque Leifa la había pasado a Mariam, y Mariam la pasó a los suyos.

Y la piedrecita gris del río, la primera piedra de Hrafn, siguió yendo de mano en mano, generación tras generación, junto con la historia de los lobos que se quedaron.

Mientras hubo alguien que guardara la piedra y contara la historia, los muertos del altozano no estuvieron del todo muertos.

Porque un pueblo que recuerda a sus fundadores los mantiene vivos de la única manera que de verdad importa: en la memoria de los que vienen, que es la patria verdadera de los que se fueron.

Mariam, la partera, la nieta del lobo y la mozárabe, se quedó como guardiana de la historia y de la piedra.

Y siguió, año tras año, recibiendo a los niños de la isla al nacer con las manos que Leifa le enseñó, y contándoles, cuando crecían, alrededor del fuego, de dónde venían.

Y así, de mano en mano, de voz en voz, de partera en partera, la historia de los hijos del Guadalquivir siguió viva mucho después de que el último de los lobos descansara bajo el olivo.

En la tierra de fango que sus padres vinieron a quemar y se quedaron, contra todo pronóstico, contra toda su naturaleza, contra el mar entero que los separaba de su origen, a querer.