El último invierno
Hrafn era ya muy viejo, más viejo de lo que ningún hombre del norte esperaba llegar a ser.
Aquel invierno el cuerpo empezó a fallarle del todo.
No fue una enfermedad. Fue el cansancio último, el de un motor que se para porque ha andado bastante.
Se le fueron las fuerzas. Dejó de poder bajar al altozano a ver su olivo.
Luego dejó de poder levantarse de la cama de tapia de su casa.
Y Leifa, vieja también ya, pero más entera, se instaló a su lado a acompañarlo en el tramo final, como había hecho en el primero.
Cerraba así el círculo de toda una vida en que el uno había cuidado del otro por turnos.
—Te acuerdas de la fiebre de la isla —le dijo Hrafn una de aquellas tardes de invierno, la voz fina, mirándola—. Cuando me velaste cuatro días y hablé con Gunnhild y con el niño.
—Me acuerdo —dijo Leifa.
—Esta vez no voy a volver, niña. Lo sé. Y no tengo miedo.
Es raro. Toda mi vida temí la muerte, no por mí, sino por lo que dejaba sin hacer, por el vacío.
Y ahora no la temo, porque ya está todo hecho.
He plantado el olivo. He visto crecer la aldea.
He visto a los niños de la isla hacerse de la tierra.
He cerrado las cuentas con Bjorn, con el norte, conmigo mismo.
No dejo nada sin hacer. Por eso no tengo miedo.
Un hombre que ha terminado su trabajo puede dormirse en paz, y yo he terminado el mío. Tarde lo empecé, pero lo terminé.
Leifa le mojaba los labios, le ponía mantas, le espantaba unos mosquitos que en invierno no había, por costumbre vieja. Y lo escuchaba, porque sabía que escuchar a un moribundo es el último y mayor cuidado que se le puede dar.
—¿Sabes qué pienso, ahora que me muero? —siguió Hrafn—.
Pienso en Gunnhild y en Eirík. En los míos del norte, bajo el túmulo, al otro lado del mar.
Toda la vida fue mi pena más honda, que estuvieran tan lejos, que no pudiera volver a su tumba, que muriera lejos de ellos.
Y ahora, muriéndome, ya no me pesa tanto.
Porque he entendido una cosa. —Buscó la mano de Leifa, se la apretó con sus dedos débiles—.
He entendido que no se pertenece a una tierra por donde están enterrados los muertos que perdiste, sino por donde están vivos los que quieres.
Yo creí toda la vida que mi tierra era el norte porque allí estaban Gunnhild y el niño.
Y no. Mi tierra es esta, la isla, porque aquí estás tú, y Sven, y los niños, y la gente que quiero, viva.
A los muertos los llevas dentro vayas donde vayas.
No hace falta su tumba para tenerlos. A los vivos hay que tenerlos cerca.
Y los míos vivos están aquí. Esta es mi tierra.
Moriré en mi tierra, niña, rodeado de mi gente.
No lejos de los míos, como temí toda la vida.
Con los míos. Solo que mis míos cambiaron, por el camino, sin que yo lo notara, del norte al sur, de los muertos a los vivos.
Y eso no es traición a Gunnhild. Es lo que ella querría.
Que su hombre no muriera solo y amargado en un fiordo helado, sino acompañado y en paz junto a un río caliente.
Lo sé. Me lo dijo en la fiebre, ¿te acuerdas?
«No te vayas todavía, aguanta.» Aguanté, Gunnhild.
Aguanté veinte años más, y los viví bien, y ahora sí me voy, y voy contento, y te llevo dentro, a ti y al niño, como os he llevado siempre.
Aquel invierno fue largo, y Hrafn se fue apagando despacio, sin dolor, hablando cada día un poco menos, durmiendo cada día un poco más.
Lo visitaron todos los de la isla, en aquellos meses, a despedirse.
Vino Sven, llorando como un niño a pesar de sus años, recordándole el lagar, el perdón, los quince nietos.
Vino Yusuf, desde Sevilla, a leerle en las tardes trozos de la memoria que estaba escribiendo, para que Hrafn supiera que su historia quedaría guardada.
Vino Hakam, el de Coria, que le apretó la mano y le dio las gracias, sin más palabras, por haberlo soltado vivo aquel día con el cuchillo.
Y vinieron los niños de la isla, que se sentaban en el suelo junto a la cama del viejo y le pedían las historias del norte.
Hrafn, con sus últimas fuerzas, se las contaba: el hielo, el mar, los barcos de dragón.
Pero terminaba siempre, todas, con la misma moraleja, la que quería dejarles.
Que de todo aquel norte de guerra, lo mejor que un hombre podía hacer era cruzar el mar y aprender a plantar.
Una mañana de finales del invierno, cuando ya apuntaba la primavera y empezaba a hacer bueno, Hrafn pidió que lo subieran al altozano, al olivo.
Leifa no quería, era arriesgado para un hombre tan débil, pero Hrafn insistió, con la terquedad de los moribundos.
Entre Hakam y Sven lo subieron en una especie de angarillas y lo sentaron, bien abrigado, a la sombra de su olivo.
Era el de Bjorn, el del anillo enterrado, ya un árbol grande y viejo y hermoso, cuajado de las flores menudas que anunciaban las aceitunas del año.
Y Hrafn se quedó allí, sentado bajo su árbol, mirando el río correr abajo, ancho, lento, eterno.
El río que lo había traído como invasor y lo había hecho fundador.
Tuvo, en aquella mañana de primavera temprana, una de esas horas de paz absoluta que la vida concede, a veces, a los que han llegado al final habiendo hecho las paces con todo.
—Aquí —dijo, en voz muy baja, a Leifa, que estaba a su lado—.
Cuando me muera, aquí. Junto a Riquilda, junto al olivo.
Bajo este árbol. Para que mis huesos den sombra a las raíces, y las raíces a los nietos.
—Sonrió, los ojos cerrados, la cara al sol—.
Es un buen sitio para acabar, niña. Un buen sitio.
Junto a un río, bajo un olivo, en una tierra que aprendí a querer.
Quién me lo iba a decir, a mí, el cuervo, el que cogía ciudades.
Que iba a morir en paz, bajo un árbol, contento.
—Su voz se hizo un susurro—. Lo mejor que hice en mi vida, Leifa, fue quedarme.
Acuérdate de eso. Y díselo a los niños. Lo mejor que hizo el viejo Hrafn no fue tomar una ciudad.
Fue quedarse a plantar un árbol. Que no se les olvide. Lo mejor... fue quedarse.
No murió aquel día, sino unas semanas después, ya entrada la primavera, en su cama, de noche, en paz, con Leifa velándolo como había velado el principio.
Se durmió, sin más, como se había dormido Riquilda al sol, y no despertó.
Leifa le cerró los ojos grises, que habían visto el hielo del norte y el fango de las marismas y los olivos del sur, y que se cerraban al fin en la tierra que el cuervo había aprendido a llamar suya.
Lo enterraron donde había pedido, en el altozano, junto a Riquilda, bajo el olivo de Bjorn.
Pusieron sobre la tumba una piedra del norte.
En ella Yusuf, con su letra fina, escribió su nombre, Hrafn, y debajo, en las dos lenguas, las palabras que el cuervo le había dado para el principio de su libro y que servían también para el final de su vida: «Vino a quemar un reino, y se quedó a labrarlo. »