La gacela regresa
Al-Ghazal volvió del norte cuando ya casi nadie lo esperaba, viejísimo, gastado por el viaje más largo de su vida.
Se sentó por última vez a la sombra del olivo de Bjorn a contarle a Hrafn cómo era ahora la tierra que el cuervo no volvería a ver.
Y los dos ancianos cerraron, bajo aquel árbol, el círculo que habían abierto años atrás.
Habían pasado muchos años desde que el poeta partió hacia las tierras de los al-majūs en embajada del emir.
Hrafn lo había dado por muerto, porque un viaje así, a su edad, a aquellas latitudes, no lo sobrevivía cualquiera.
Y sin embargo una mañana de otoño una barca trajo a la isla a un anciano de barba blanquísima, encorvado, lento.
Al bajar a tierra y mirar la aldea encalada y los rebaños y el olivo grande del altozano, sonrió con unos ojos que Hrafn reconoció enseguida.
Eran los mismos ojos vivos y burlones de siempre, solo que cansados de mundo.
—Te dije que volvería, cuervo —dijo al-Ghazal, con voz frágil pero entera—.
La primera vez para ver tu olivo recién plantado.
La segunda para verlo con sombra. Y ahora, la tercera, para verlo viejo, como nosotros.
He cruzado medio mundo y he vuelto, solo para sentarme una vez más a esta sombra contigo antes de que se nos acabe a los dos.
No me digas que no ha valido la pena el viaje.
Lo llevaron al altozano, despacio, los dos viejos apoyándose en bastones, y se sentaron bajo el olivo de Bjorn. Era ya un árbol grande, de tronco retorcido y gris como las manos de los dos ancianos, cargado de aceitunas. Y al-Ghazal le contó el norte.
—Fui a las tierras de los tuyos, cuervo —dijo—.
Crucé mares que no tienen nombre en nuestra lengua, costas de niebla, islas de roca.
Llegué a la corte de un rey del norte, en un salón de madera lleno de humo donde los guerreros bebían en cuernos y cantaban gestas a gritos.
—Sonrió—. Y ¿sabes qué, viejo cuervo? Me acordé de ti en cada momento.
Porque vi de dónde venías. Vi el hielo, y la guerra constante, y la tierra pobre por la que los clanes se matan, y los hombres fuertes que mueren jóvenes, y los túmulos.
Vi el mundo que te hizo. Y entendí, por fin, del todo, por qué un hombre de allí, al llegar al sur, a los olivares y las norias y las ciudades, podía sentir lo que tú sentiste: que había otra manera de vivir.
En el norte, cuervo, no hay otra manera.
Hay coger o morir, como decías. Lo vi. Es duro, tu norte.
Hermoso a su modo, pero duro como el hierro.
Y comprendí que escapar de allí, no del sitio, sino de la manera de vivir, era la cosa más difícil que un hombre de allí podía hacer, porque allí no se conoce otra.
Tú la conociste, aquí, por azar. Y la elegiste.
Y ahora, habiendo visto tu norte, te admiro más todavía.
—¿Y la embajada? —preguntó Hrafn—. ¿Lograste la paz? ¿Que no vuelvan las flotas?
Al-Ghazal hizo un gesto vago, entre la ironía y la resignación de los viejos.
—Logré lo que se logra con los reyes del norte: palabras, regalos, promesas que duran lo que dura el viento.
Hablamos, nos honramos, intercambiamos presentes.
Les enseñé, ¿sabes qué les enseñé? —Se rió, una risa frágil—.
Una aceituna. La de tu olivo, la que me llevé la última vez.
La guardé todo el viaje, seca ya, arrugada.
Y se la enseñé al rey del norte y le conté la historia: que un jarl de los suyos había cruzado el mar a saquear, y se había quedado a plantar el árbol que daba ese fruto, y era feliz.
El rey no lo entendió del todo. Sus guerreros se rieron; un jarl que se hace hortelano les pareció un cuento de viejas.
Pero el rey, cuervo, el rey se quedó callado, mirando la aceituna seca un buen rato, y no se rió.
Y yo pensé: a lo mejor a este le ha entrado algo.
A lo mejor, dentro de este rey, una semilla.
No sé. No se ve, lo que se siembra en un hombre.
Tú lo sabes mejor que nadie. Pero le dejé la aceituna, y le conté tu historia, e hice lo que me pediste hace años: si llegaba al norte, contar que Hrafn no murió, que cruzó al sur y se quedó y plantó un olivo y está en paz.
Lo conté. En la corte de un rey del norte, conté tu historia.
Cumplí. Ya hay, en el fin del mundo, gente que sabe que un hombre del norte puede cambiar de vida.
Lo que hagan con ese saber, ya no es cosa nuestra.
Hrafn cerró los ojos un momento, conmovido.
En algún salón de madera lleno de humo, en el norte de su infancia, se había contado su historia.
Alguien, allá, sabía que él no había muerto, que se había quedado, que había plantado un olivo.
Era más de lo que un hombre del norte podía esperar.
Que su nombre, en vez de perderse en el mar, llegara de vuelta a casa convertido no en una gesta de sangre, sino en una historia de paz, en la prueba de que se podía cambiar.
—Gracias, gacela —dijo Hrafn—. Por el viaje.
Por la aceituna. Por contarlo. Has llevado al norte la única noticia mía que valía la pena dar.
—Miró el árbol, las aceitunas—. ¿Sabes? Toda mi vida temí morir como mueren los del norte que no caen en combate: viejo, junto a un fuego ajeno, contando a unos niños que no son tuyos las cosas que quemaste.
Esa era mi pesadilla. Y mírame. Voy a morir viejo, sí, pero no junto a un fuego ajeno: junto a mi olivo, en mi tierra, con mi gente.
Y voy a contar a unos niños, que medio son míos aunque no de mi sangre, no las cosas que quemé, sino las que planté.
La pesadilla del norte se me ha vuelto la paz del sur.
Y tú has cerrado el círculo, llevando al norte la noticia.
Ya puedo morirme, gacela. De verdad. Ya está todo hecho.
El olivo crece, la aldea prospera, los niños son de la tierra, mi historia ha vuelto a casa, y tú y yo, dos viejos enemigos que se hicieron amigos, estamos sentados a la sombra de un árbol que la primera vez no era nada.
¿Qué más puede pedir un hombre? Nada. He vivido lo bastante para ver que la semilla que sembré tarde dio fruto.
Eso es todo lo que un hombre puede pedirle a la vida, y a mí me lo ha dado, aunque me lo cobrara caro.
No me quejo. Por esta sombra, por esta tarde, por este olivo, pagaría otra vez todo lo que pagué.
Se quedaron los dos ancianos bajo el olivo hasta que cayó la tarde, el cuervo del norte y la gacela de Córdoba, hablando poco ya, cómodos en el silencio de los muy viejos que se entienden, viendo el río correr abajo y la luz dorarse sobre las marismas.
Y cuando al-Ghazal se marchó, al día siguiente, río arriba en su barca, los dos sabían que no se verían más, que era la última, y no hizo falta decirlo.
El poeta alzó una mano frágil desde la barca, en saludo, y Hrafn la alzó desde la orilla, y así se despidieron, sin palabras.
Dos viejos que habían empezado como enemigos en una guerra y terminaban como amigos bajo un árbol, habiendo aprendido el uno del otro, a lo largo de toda una vida, la lección más difícil y más necesaria de todas: que el de enfrente, el otro, el distinto, el enemigo, es también un hombre.
Y que entre dos hombres, si se dan el tiempo, siempre puede crecer, como un olivo en el fango, algo que no es la guerra.