Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Velas en la barra
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Velas en la barra

Muchos años después de Tablada, volvieron las velas de dragón a la barra del Guadalquivir.

Hrafn, que las había traído la primera vez, las vio llegar la segunda desde el otro lado, desde la orilla, con los ojos de un hombre de la tierra.

Y comprendió que la vida le había dado, antes de morir, la prueba más extraña: tener que defender contra los suyos lo que los suyos habían venido a coger.

Era ya muy viejo Hrafn cuando ocurrió, con el pelo del todo blanco y los huesos cansados, y al principio no lo creyó.

Llegó la noticia río abajo, traída por los pescadores: barcos largos, de cabeza de bestia en la proa, muchos, en la barra, subiendo.

Otra flota del norte. Otra vez. Quince, dieciocho años después, una nueva generación de lobos del norte.

Habían oído quizá las historias de la primera, de la ciudad de plata, y venían a repetir el saqueo.

No sabían, o no les importaba, que la primera flota había acabado colgada de las palmeras y enterrada en el fango.

Y la isla, el asentamiento, tuvo que decidir de qué lado estaba.

No fue una decisión, en realidad; fue una certeza.

En cuanto se supo que venían los del norte, los del asentamiento no sintieron la llamada de la sangre, el «son los nuestros».

Sintieron lo contrario: miedo, y rabia, y la determinación de defender lo suyo.

Porque ya no eran del norte. Eran de la isla.

Tenían allí sus casas, sus rebaños, sus huertos, sus muertos enterrados, sus hijos.

Y los que venían en aquellos barcos no eran «los suyos».

Eran una amenaza, los lobos que venían a coger lo que ellos habían aprendido a plantar, a quemar la tierra que ellos habían hecho su tierra.

Por primera vez en su vida, Hrafn vio velas de dragón en la barra y sintió lo que había sentido la gente de Išbīliya la primera vez: el terror del que tiene algo que perder ante el que viene a quitárselo.

—Es la prueba —le dijo a Yusuf, viejo también ya el escribano, mirando los dos hacia el sur, hacia donde subían las velas—.

La prueba de si de verdad somos de aquí o seguíamos siendo, en el fondo, del norte.

Y mira lo que siento, Yusuf. No siento «vienen los míos».

Siento «vienen a quitarnos lo nuestro». Soy de aquí.

Del todo. Lo sé ahora, viendo esas velas.

El día que un hombre del norte teme a las velas del norte porque vienen a por su casa, ese hombre ya no es del norte.

Es de su casa. Y mi casa es esta isla, este río, esta gente.

Voy a defenderla. Contra los míos. Contra lo que fui.

El emir, esta vez, estaba preparado. No era la Sevilla abierta de la primera vez.

Había murallas nuevas, fuertes; había guarnición.

Había, sobre todo, la flota que el emir había construido a raíz del primer susto, los barcos de guerra del arsenal.

Esta vez salieron al río a combatir a los del norte en el agua, donde la primera flota había navegado a sus anchas.

Y la nueva flota de dragón esperaba encontrar una tierra indefensa como contaban las viejas historias.

Se encontró una tierra erizada: murallas, naves de guerra, jinetes avisados, y el fuego, otra vez el fuego que no se apaga, ahora montado en barcos propios del emir.

El sur había aprendido su lección. El saqueo que Hrafn y Bjorn habían hecho la primera vez había sido, sin quererlo, lo que hizo imposible el segundo.

El asentamiento ayudó, a su manera. No con armas, que no las tenían y que el emir no les habría dado.

Con lo que sabían. Hrafn, el viejo lobo, fue llevado ante el oficial que mandaba la defensa del río, porque alguien recordó que el cabeza de los conversos de la isla había sido jarl del norte, y conocía a aquella gente, sus tácticas, su manera de pensar.

Y Hrafn, el que había mandado la primera flota, se sentó a aconsejar al sur cómo derrotar a la segunda.

Les dijo cómo pensaban los del norte, dónde buscarían base, cómo leerían el río, por dónde intentarían el saqueo y por dónde la huida.

Les dijo lo que él mismo habría hecho, para que el sur pudiera adelantarse.

Traicionó, en cierto modo, a los suyos. Pero no lo sintió como traición.

Lo sintió como lealtad: lealtad a su casa, a su gente, a su tierra, contra unos extraños que venían del mar a deshacerla.

La sangre, descubrió Hrafn, no hace la lealtad.

La hace la tierra, la casa, los muertos enterrados, los niños.

Aquellos del norte compartían su sangre y su lengua, y le eran ajenos.

Los de la isla, andalusíes, conversos, mestizos, eran su gente.

Y por su gente, contra su sangre, Hrafn dio sus consejos sin que le temblara la voz.

La segunda flota no logró lo que la primera.

La hostigaron en el río los barcos del emir.

Fue incapaz de tomar una Sevilla amurallada y defendida, y la sangraron en escaramuzas.

Acabó dándose por vencida en el Guadalquivir y bajando al mar a buscar presas más fáciles en otras costas, dejando atrás la tierra que la primera flota había encontrado abierta y que ahora encontraba cerrada.

Y el asentamiento de la isla, que había temido por todo, sobrevivió.

Y al sobrevivir, demostró ante el emir y ante toda la comarca lo que las palabras no podían demostrar: que aquellos conversos del norte eran leales, que cuando vinieron los suyos de sangre no se les unieron, sino que los combatieron, que su tierra era ya esta y no aquella.

Y aquella lealtad probada, comprada con el miedo de unos días, hizo por el asentamiento más que veinte años de paz.

Lo convirtió, a ojos del sur, de unos lobos tolerados en unos vecinos de fiar.

Gente de la tierra, andalusíes como cualquier otro, solo que de origen raro, como había tanta gente de origen raro en aquella tierra de muchas sangres.

Cuando las últimas velas de dragón desaparecieron río abajo, hacia el mar, hacia otras costas, Hrafn las miró irse desde el altozano de la isla, junto al olivo de Bjorn, ya un árbol grande.

Y sintió una emoción que no esperaba: pena.

Pena por aquellos lobos del norte que se iban a seguir cogiendo, a seguir muriendo lejos de casa por un oro que no disfrutarían, ciegos a lo que él había aprendido, repitiendo el camino que a él casi lo había matado y que a Bjorn lo mató.

Pena de viejo que ve a los jóvenes correr hacia el error del que él escapó por los pelos.

—Adiós —les dijo en voz baja, a las velas que se alejaban, en la lengua del norte que ya casi no hablaba—.

Adiós, hermanos. Ojalá uno de vosotros, uno solo, en alguna costa, se canse del saqueo como me cansé yo, y encuentre un río donde quedarse, y aprenda a plantar antes de que el mar lo coja.

Es lo único que os deseo. Que uno de vosotros se salve, como me salvé yo, por puro azar y por puro cansancio, y que descubra, antes de morir, que la fuerza de verdad no era la de coger, sino la de quedarse.

Adiós. Yo me quedo. Esta es mi tierra. La defendí contra vosotros, y volvería a hacerlo, porque sois el pasado del que escapé, y la isla es el futuro que elegí.

Adiós, hermanos del norte. Que el mar os sea piadoso, ya que la vida no os ha enseñado a serlo con vosotros mismos.