Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Leifa
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Leifa

—¿Ves, niña? Te dije que te plantaría un olivo.

Y resulta que el olivo te lo has plantado tú sola, y es mejor que cualquiera que yo te hubiera plantado.

Las manos que te enseñé para la guerra las has vuelto del revés tú misma, para la vida.

Eso no te lo enseñé yo. Eso lo has hecho tú.

Estoy más orgulloso de eso que de nada que haya hecho en mi vida.

—¿Sabes qué pienso a veces, Hakam? Que de toda la hueste que entró por la barra, seiscientos lobos para hacer temblar a un rey, la que mejor ha acabado he sido yo.

Una mujer a la que al principio nadie tomaba en serio, la cría que quería pelear.

Bjorn se fue al mar y el mar lo cogió. Ásgeir se fue con él, a morir por unos dioses que no lo salvaron.

Tantos murieron en Tablada, o colgaron de las palmeras, o se fueron al norte a morir viejos de nostalgia.

Y yo, la última de la fila, la que aguantaba la pared y callaba, estoy aquí, vieja, al sol, contigo, rodeada de niños que he traído al mundo con estas manos, en una tierra que es mi casa.

—Sonrió, las arrugas hondas—. La guerra promete la gloria a los más fuertes y se la da a la muerte.

La paz no promete nada, y al final te lo da todo, despacio, sin que te des cuenta.

Me costó toda una guerra y un mar entero aprenderlo.

Pero lo aprendí. Y se lo cuento a estos, para que ellos no necesiten una guerra y un mar para saberlo: que las manos sirven más para traer que para quitar, y que la vida buena no es la que se canta, es la que se vive, despacio, al sol, junto a un río, con la gente que quieres y los niños que vienen.

Lo demás, niños —les dijo, a los pequeños que la escuchaban sin entender del todo—, lo demás es vapor.

Acordaos de esta vieja: lo demás es vapor.