Hakam vuelve
Hakam, el muchacho de Coria que había venido una vez con un cuchillo, volvió al asentamiento al cabo de los años.
Y Hrafn, al verlo cruzar la marisma, no supo si traía otra vez el cuchillo o traía otra cosa, y esperó, porque había aprendido que con el odio no se puede hacer otra cosa que esperar a ver en qué se convierte.
Lo reconoció enseguida, aunque ya no era un muchacho.
Habían pasado años, y Hakam era ahora un hombre hecho, de unos treinta, con barba, más ancho.
Pero con los mismos ojos, aquellos ojos en los que Hrafn había visto, la primera vez, el odio puro del hijo que vino a vengar a su padre.
Venía solo, a pie, por la orilla, despacio.
Y Hrafn salió a su encuentro sin armas, porque no las tenía, y porque si el hombre venía a matarlo, matarlo a él, viejo, era poca cosa.
Y si venía a otra cosa, salir desarmado era la única manera de saberlo.
Se pararon frente a frente, el viejo del norte y el hombre de Coria, a la orilla de la marisma.
—Te dije que volvieras —dijo Hrafn—. Aquel día.
Te dije que si algún día se te pasaba el dolor lo bastante como para querer otra cosa que matarme, volvieras, y te daría trabajo y un sitio.
Han pasado años. Aquí estás. Dime qué traes, Hakam.
Si es el cuchillo, soy viejo, no correré, y a lo mejor hasta es justo. Si es otra cosa, dímela.
Hakam lo miró largo rato, con aquellos ojos que ya no eran de muchacho, y al fin habló, despacio, con la voz de un hombre que ha pensado mucho lo que va a decir.
—He venido muchas veces —dijo—. No te lo creerás.
He venido muchas veces, en estos años, con el cuchillo, decidido a matarte.
Me escondía en los cañaverales, y te miraba, y esperaba el momento.
—Hrafn no supo si era verdad, pero no lo dudó tampoco—.
Y cada vez me iba sin hacerlo. Y no sabía por qué.
Me odiaba a mí mismo por no hacerlo, me llamaba cobarde, juraba que la próxima vez sí.
Y la próxima vez, igual. Te miraba ordeñar las vacas, o jugar con los niños de la isla, o plantar, o cuidar el olivo aquel del altozano, y no podía.
No era cobardía. Tardé años en entender lo que era.
—Tragó—. Era que no podía matar al que me habías mostrado que eras.
El día que viniste a matarte, esperaba un lobo.
Y me hablaste de tu mujer y tu hijo muertos, y me dijiste que me entendías, que en tu tierra lo que yo venía a hacer era lo más honrado, y me soltaste vivo.
Y eso me rompió la venganza por dentro, sin que yo quisiera.
Porque a un lobo se lo mata limpio. Pero a un hombre que te entiende, que ha perdido lo mismo que tú, que te ofrece trabajo en vez de pelea...
a ese no puedes matarlo sin convertirte tú en el lobo que él dejó de ser.
Y yo no quería ser eso. No quería que mi padre, allá donde esté, viera a su hijo convertido en lo mismo que mató a su padre.
Hrafn lo escuchó en silencio, sin moverse.
—Mi padre lleva muerto quince años —siguió Hakam—.
Y mi hermano. Y yo he vivido quince años con el odio dentro, alimentándolo, viniendo a esconderme en estos cañaverales a mirarte y a no matarte.
Quince años. Y ¿sabes lo que he conseguido con todo ese odio?
Nada. Mi padre sigue muerto. Mi hermano sigue muerto.
Y yo he gastado mi juventud entera escondido en un cañaveral odiando a un viejo que planta olivos, en vez de vivir mi vida.
Tú me lo dijiste, aquel día, y no te creí: que la venganza no cura, que solo pudre, que mata al otro y no te devuelve nada.
Tenías razón. He tardado quince años en darte la razón, pero te la doy.
—Bajó la cabeza—. Estoy cansado de odiar, Hrafn del norte.
Estoy cansado. Es agotador odiar tanto tiempo.
Y he venido, por fin, no a matarte, sino a lo otro.
A lo que me ofreciste. A que esto se acabe.
No te pido perdón, porque no he hecho nada que perdonar, solo odiarte, que era justo.
Y no te perdono yo a ti, porque mataste a mi padre y eso no se perdona.
Pero quiero que se acabe. Quiero dejar de odiar.
Quiero... —le costó decirlo— quiero el trabajo que me ofreciste.
Y el sitio. Estoy solo, no me quedó nadie, la guerra se llevó a los míos.
Y vosotros, los que mataron a mi sangre, sois lo más parecido que hay en esta comarca a...
a gente. No sé explicarlo. Es absurdo. Pero he venido a pediros sitio entre vosotros, a los que tendría que odiar para siempre, porque estoy más solo odiándoos de lejos que lo que estaría viviendo cerca, aunque sea de los que me deshicieron la vida.
¿Tiene sentido eso? A mí me parece una locura. Pero es lo que siento.
Y Hrafn, que había vivido lo bastante para conocer las locuras del corazón humano, no lo encontró absurdo en absoluto.
Lo encontró la cosa más cuerda y más difícil que un hombre podía hacer: dejar de odiar, no porque el odio fuera injusto, que era justísimo, sino porque el odio estaba matando al que odiaba más que al odiado.
Hakam había hecho, en quince años, el mismo camino que Hrafn había hecho con su propia rabia tras el túmulo: descubrir que la rabia justa, mantenida demasiado tiempo, no es justicia, es veneno.
Y que en algún momento hay que soltarla, no por el otro, sino por uno mismo, para poder vivir.
—Tiene todo el sentido del mundo, Hakam —dijo Hrafn—.
Y es lo más valiente que te he visto hacer, más que venir con el cuchillo.
Venir con el cuchillo era fácil; lo difícil es venir sin él, después de quince años, a pedir sitio entre los que te hicieron daño.
Eso no lo hace cualquiera. —Le tendió la mano, la mano vieja y callosa del trabajo de la tierra—.
Tienes sitio. Tienes trabajo. Tienes una casa, si la quieres, y comida, y una tierra que ya no se coge, se planta.
Y te voy a decir una cosa: no te pido que olvides a tu padre.
No lo olvides nunca. Pero ven a plantar con nosotros, y a hacer queso, y a ver crecer a los niños de la isla, y deja que el trabajo y los años hagan con tu odio lo que hicieron con el mío: no borrarlo, que no se borra, sino transformarlo en otra cosa, en una pena vieja con la que se puede vivir, en vez de un veneno que te mata.
Bienvenido a la isla, Hakam de Coria. Tarde, y de la manera más rara, pero bienvenido.
Y gracias por no matarme aquellas veces.
No por mí, que soy viejo. Por ti. Porque al no matarme, te salvaste tú.
Hakam le cogió la mano, despacio, y se la apretó, y algo se le rompió por dentro y a la vez se le aflojó, quince años de odio cediendo de golpe.
Y el hombre de Coria que había venido tantas veces a matar a un lobo se quedó al fin en la isla.
No como vengador ni como víctima, sino como uno más, a plantar y a ordeñar y a curar, despacio, con los años y el trabajo, la herida que aquella misma gente le había hecho.
Y fue, de todas las cosas que Hrafn vio arraigar en la isla, la que más le conmovió: que hasta el odio, el más justo, podía con el tiempo y la paciencia convertirse en convivencia.
Y que un asentamiento que era capaz de absorber al hijo del hombre que había matado, y darle sitio, y curarlo, era un asentamiento que había aprendido de verdad lo que el sur le había venido a enseñar: que se puede vivir con el otro, hasta con el peor otro, hasta con el que tiene todas las razones para odiarte, si se le tiende, en vez del hierro, la mano.