La tumba primera
Riquilda murió en primavera, en paz, de vieja. Y al enterrarla en la tierra de la isla, Yusuf comprendió que un pueblo no echa raíz de verdad el día que planta el primer olivo, sino el día que entierra al primer muerto. Porque la tierra que guarda a los tuyos es ya, para siempre, tuya.
La vieja franca se había ido apagando despacio, como se apaga una lámpara a la que se le acaba el aceite.
Sin dolor, sin enfermedad, solo cansándose de vivir después de una vida larguísima y rara.
Había cumplido, calculaba Yusuf, más de setenta años, una edad que casi nadie alcanzaba.
Los últimos los había pasado entre la ciudad y la isla, enseñando a las mujeres del asentamiento las cosas del sur, contándoles a los niños historias de un norte de bosques que ella misma apenas recordaba ya.
Sentada al sol, ciega, serena, con esa paz de los muy viejos que han hecho las paces con todo.
Una mañana se durmió al sol, como tantas, y no despertó.
Y Yusuf, que estaba en la isla aquellos días, le cerró los ojos ciegos que ya nada veían y lloró a su madre.
A la cautiva que lo había criado entre lenguas, que le había cantado de niño las canciones del norte que un día le salvaron la vida ante un hacha.
Y entonces vino la pregunta: dónde enterrarla.
Podían llevarla a Sevilla, a su ciudad, al cementerio de los suyos.
Era lo lógico. Riquilda había sido bautizada cristiana a escondidas, mozárabe como su hijo, y le correspondía una tumba cristiana en la ciudad.
Pero Yusuf, mirando a su madre muerta en la isla, entre la gente del asentamiento que la había querido, sintió que algo no encajaba en llevársela.
Porque Riquilda, en sus últimos años, había sido más de la isla que de la ciudad.
Había encontrado allí, entre conversos del norte, su sitio, el de la vieja sabia que une, el mismo que su hijo. Y se lo dijo a Hrafn, dudando.
—Entiérrala aquí —dijo Hrafn, sin dudar él—.
Si fue feliz aquí, si este fue su sitio, entiérrala aquí, escribano.
Que la tierra que la hizo feliz al final la guarde.
—Y luego, en voz más baja, con el peso de su propia experiencia—: Yo tengo a los míos bajo un túmulo en el norte, a mi mujer y a mi hijo, y no podré volver a ese túmulo jamás.
Esa es mi pena más honda, escribano, más que el hermano, más que todo: que los míos están enterrados en una tierra que no volveré a pisar, y que moriré lejos de ellos, y que mi tumba estará aquí y la suya allí, separadas por todo el mar.
No le hagas eso a tu madre. No la separes de ti.
Si la entierras en la isla, estarás cerca de ella siempre, podrás ir a su tumba, llevarle flores, hablarle.
Una madre hay que tenerla cerca, viva o muerta.
Yo perdí esa cercanía y sé lo que duele. Entiérrala aquí.
Y la enterraron en la isla, en el altozano alto, cerca del olivo de Bjorn, en un trozo de tierra firme que desde aquel día fue el cementerio del asentamiento.
Fue el primer entierro de la isla, la primera tumba.
Y la enterraron de una manera que era de todos, como había sido la boda de Sven.
Un cura mozárabe que vino de la ciudad dijo las oraciones cristianas, porque Riquilda había sido cristiana en secreto toda su vida.
Pero los del norte, que la habían querido, hicieron también lo suyo a su manera.
Pusieron sobre la tumba una piedra grande, como las de los túmulos del norte, y Hrafn talló en ella, con la torpeza de quien no escribe pero sabe las runas viejas de marcar a un muerto, el nombre de Riquilda, para que durara.
Una tumba cristiana con una piedra del norte, en una isla del sur, para una mujer franca que de niña fue cautiva de los del norte y de vieja vivió feliz entre ellos en el sur.
Toda su vida estaba en esa tumba mestiza, todo el círculo extraño y completo de un destino.
Y Yusuf, de pie ante la tumba de su madre, comprendió la verdad que el título de aquella jornada le dejó: que con Riquilda, el asentamiento había echado su raíz más honda.
Porque hasta entonces, la isla era un sitio donde aquella gente vivía.
A partir de aquel día, era un sitio donde aquella gente enterraba a sus muertos.
Y eso lo cambia todo. Una tierra donde solo vives es una tierra que puedes dejar.
Una tierra donde están enterrados los tuyos es una tierra que ya no puedes dejar nunca, porque dejarla sería abandonarlos, y no se abandona a los muertos.
La tumba de Riquilda ataba al asentamiento a la isla más fuerte que el olivo, más fuerte que las casas, más fuerte que el papel del emir.
Los del norte habían llegado a aquella tierra como invasores de paso, gente que coge y se va.
Y ahora tenían en ella una tumba, la de la vieja sabia que los había adoptado.
Y mientras esa tumba estuviera allí, ellos serían de allí, porque un pueblo es, al final, la gente que comparte unos muertos en una tierra.
—Ya no nos iremos nunca —le dijo Hrafn, a su lado, ante la tumba—.
¿Lo notas, escribano? Hasta hoy, en el fondo, todavía éramos gente que podía irse, que vivía aquí pero que en el fondo soñaba a veces con otra parte.
Desde hoy ya no. Riquilda nos ha enraizado.
Donde están tus muertos, ahí es tu tierra.
Tu madre acaba de hacer de esta isla nuestra tierra de verdad, más que el emir, más que el olivo.
Nos ha dado lo único que de verdad ata a un pueblo a un suelo: una tumba que cuidar.
—Le puso la mano en el hombro—. Cuando yo me muera, escribano, entiérrame aquí, cerca de ella, cerca del olivo de mi hermano.
No me lleves al norte. Mi tierra ya no es el norte.
Mi tierra es donde estén enterrados los que quise, y los que quise van a estar aquí, en esta isla, en este altozano.
Mi mujer y mi hijo se quedaron en el norte, y eso no tiene arreglo, lo lloraré hasta el final.
Pero tú, y Leifa, y Sven, y tu madre, y los niños de la isla, sois la familia que me dio el sur, la segunda, la que sí puedo tener cerca.
Entiérrame con ella. Quiero quedarme en la tierra que me enseñó, al fin, a plantar en vez de coger.
No hay mejor sitio para que descanse un viejo lobo que aprendió tarde.
Yusuf se lo prometió, ante la tumba de su madre, bajo el olivo de Bjorn, en el altozano alto de la isla.
Y se quedó allí, después de que los demás bajaran, un rato largo, solo con su madre muerta y con el río que corría abajo, ancho, lento, eterno.
El mismo río que sesenta años atrás había visto pasar a una niña franca, cautiva, río arriba, vendida, y que ahora la guardaba, vieja y libre y querida, en su orilla.
El Guadalquivir lo había traído todo y se lo había llevado todo.
Había sido camino de saqueo y camino de cautiverio y camino de paz.
Y al final, pensó Yusuf, era solo lo que había sido siempre, antes de los hombres y después de ellos: un río, indiferente y enorme, que corría hacia el mar llevándose los años y dejando en sus orillas a los que se atrevían a quedarse, a plantar, a enterrar a sus muertos, a hacer de una tierra de paso una tierra de raíz.
Su madre era ya de aquella orilla. Y él, mirándola descansar en la tierra de la isla, supo que también él lo era, del todo, para siempre.
Había dejado por fin de ser un hombre sin sitio para ser lo que su madre había sido al final: alguien con una tumba que cuidar, que es la forma más honda de pertenecer a un lugar.