Las murallas nuevas
Yusuf vio cómo Sevilla volvía a tener murallas, y comprendió, viéndolas crecer, que el saqueo que había deshecho su ciudad había sido también, sin quererlo, lo que la había hecho más fuerte. Porque hay heridas que enseñan, y el sur había aprendido la suya.
El emir no olvidó el susto del Guadalquivir.
Un poder grande no olvida la mañana en que unos paganos del fin del mundo le tomaron una ciudad importante sin que nadie pudiera impedirlo.
Y Abd al-Rahman, en su sabiduría, sacó del desastre las lecciones que un gobernante prudente saca de sus heridas.
Mandó reconstruir Išbīliya, y reconstruirla mejor.
Y, sobre todo, mandó lo que la ciudad no había tenido y por cuya falta había caído: murallas.
Murallas nuevas, fuertes, de piedra y de ladrillo, alrededor de toda la ciudad, con sus torres y sus puertas.
Eran las murallas que el propio emir había mandado desmochar años atrás por miedo a las rebeliones de los sevillanos.
Ahora, escarmentado, las devolvía. Había aprendido que una ciudad sin murallas estaba a merced no solo de su rey sino de cualquier lobo que subiera por el río.
Yusuf, como escribano, participó en aquello, registrando, midiendo, anotando los gastos, los materiales, los jornales.
Y veía crecer las murallas, hilada a hilada, año a año, y le parecía un milagro lento.
La ciudad rodeándose otra vez de piedra, haciéndose fuerte, cerrándose la herida por la que había entrado la muerte.
Cada metro de muralla que se levantaba era una promesa: nunca más una mañana sin murallas, nunca más la gente huyendo a Carmona, nunca más los barcos de dragón remontando un río hacia una ciudad abierta.
Y el emir hizo más. Comprendió que las murallas defendían la ciudad pero no el río, y que a un enemigo que venía por el agua había que combatirlo en el agua.
Así que mandó construir, en Išbīliya y en otros puertos, lo que al-Ándalus no había tenido hasta entonces: un arsenal, una dār al-ṣināʿa , donde se construían barcos de guerra, una flota propia.
Así, la próxima vez que los al-majūs aparecieran en la barra, no encontrarían un río indefenso sino naves que les salieran al paso.
Yusuf vio botar los primeros barcos de aquella flota nueva, y pensó, con una de aquellas ironías tristes que la vida le regalaba, que los lobos del norte, al subir el río, le habían enseñado al sur a tener una marina.
Que de la herida que le hicieron, el sur había sacado una fuerza nueva.
Y que así funcionaba la historia, quizá: que los golpes que no matan enseñan.
Que un pueblo se hace fuerte no donde es fuerte, sino donde una vez fue débil y lo aprendió a fuerza de sangre.
Le contó todo aquello a Hrafn, en una de sus visitas a la isla, sentados a la sombra del olivo.
—Vuestra ciudad tiene murallas otra vez —dijo Hrafn, escuchando—.
Y una flota. Por nosotros. Por lo que hicimos.
—Movió la cabeza, despacio—. Así que al final, escribano, hasta nuestro saqueo sirvió de algo.
Le enseñó al sur a defenderse mejor. Hicimos un daño terrible, y del daño el sur sacó una lección, y la lección lo hizo más fuerte.
No es consuelo, no me malentiendas. No deshace a la madre que mecía el trapo junto al pozo.
Pero es verdad. La vida saca cosas buenas hasta de las peores, si hay quien sepa aprender. Y tu emir supo.
—Hay más —dijo Yusuf—. Y esto sí os va a gustar, creo.
El emir, después de las murallas y la flota, ha decidido que la mejor manera de que los del norte no vuelvan no es solo poder pelearlos, sino poder hablarles.
Va a mandar una embajada al rey de los al-majūs, al norte.
Y manda a al-Ghazal, el poeta, el que vino a negociar con vosotros.
—Lo sé —dijo Hrafn—. Vino a despedirse. Se llevó una aceituna de este olivo, para enseñarla en el norte.
—Sonrió—. Me hace gracia, escribano. Yo vine del norte al sur a quemar, y me quedé a plantar.
Y ahora el sur manda al norte a un poeta a hablar de paz, llevándose una aceituna de mi árbol.
El mundo da vueltas raras. Los caminos que separaban nuestros mundos, antes solo los cruzaban las flotas para matar.
Ahora los empieza a cruzar un poeta para hablar, y un escribano como tú que une las dos orillas, y un viejo lobo como yo que plantó un olivo en la frontera.
Quizá, dentro de cien años, por esos caminos que ahora cruzan la guerra y el miedo, crucen el comercio, y las palabras, y hasta la gente que va a vivir de un lado a otro sin matarse.
Quizá lo que empezó con sangre, en la barra de este río, acabe en otra cosa.
Yo no lo veré. Tú quizá tampoco. Pero los niños de la isla, los que hablan ya las dos lenguas, esos a lo mejor sí.
Yusuf miró la aldea de la isla, los niños jugando entre los rebaños, mezclando las palabras del norte y del sur en un habla nueva que solo ellos entendían del todo.
Luego miró hacia donde, río arriba, crecían las murallas nuevas de su ciudad, la piedra cerrándose sobre la herida vieja.
Y pensó que aquellas dos cosas, las murallas que se cerraban para defender y los niños de la isla que mezclaban lenguas para unir, eran las dos respuestas que un pueblo da a la violencia: la de la piedra, que protege, y la de la mezcla, que reconcilia.
Y que las dos hacían falta, y que ninguna sobraba.
Las murallas, para que no volviera la matanza; y los niños mestizos, para que, dentro de las murallas y fuera de ellas, gentes que se habían encontrado matándose aprendieran, con los años y los hijos, a vivir.
—¿Sabéis qué pienso, señor? —dijo Yusuf—.
Pienso que de toda esta historia, de la que yo he sido testigo desde dentro, la verdad más honda no son las murallas ni la flota ni la batalla de Tablada, aunque eso sea lo que cuenten las crónicas, lo que los escribanos como yo pongamos por escrito para que dure.
La verdad más honda son esos niños de ahí, los de la isla, los que mezclan las lenguas.
Porque las crónicas contarán que el emir venció a los al-majūs y los exterminó y amuralló su ciudad.
Y será verdad. Pero no contarán que un puñado de aquellos al-majūs se quedó, y se convirtió, y plantó olivos, y tuvo hijos con mujeres del sur.
Y que esos hijos son ya andalusíes, son ya de aquí, y nadie dentro de tres generaciones sabrá que su sangre vino del fin del mundo en barcos de dragón.
Eso no lo contará ninguna crónica, porque no hace ruido, porque no es una victoria ni una batalla, porque es solo gente viviendo.
Y sin embargo, señor, eso es lo que de verdad queda.
Las murallas se caerán, dentro de siglos.
Las crónicas se perderán o se olvidarán.
Pero la sangre de la isla seguirá corriendo, mezclada, en gente que ni sabrá de dónde vino, y esa será la única huella verdadera de todo esto.
No la guerra. La mezcla. Lo demás, hasta las murallas, es, como decís vos, vanitas. Lo que dura son los hijos.