La gacela vuelve
Pasaron los años, como pasan en la tierra, sin que se note el día en que cambian las cosas y notándose de pronto que han cambiado todas. Y al-Ghazal volvió, como había prometido, a sentarse a la sombra de un olivo que la primera vez no era más que un esqueje y ahora daba sombra de verdad.
Hrafn no llevaba bien la cuenta de los años, porque en la isla el tiempo se medía de otra manera: por cosechas, por crecidas, por los niños que nacían y los viejos que se iban.
Pero habían pasado, calculaba, lo menos siete u ocho desde el saqueo, desde Tablada, desde la rendición.
Y en esos años el asentamiento había dejado de ser un campamento de lobos amansados para convertirse en otra cosa: una aldea.
Tenía casas de verdad, de tapia encalada como las del sur, con sus corrales y sus patios.
Tenía rebaños, vacas sobre todo, que pastaban en los prados salados de la marisma y daban una leche buena, grasa.
Con ella el asentamiento hacía un queso que había empezado a tener nombre en los zocos de Sevilla, «el queso de los del norte».
Se vendía bien, porque era distinto, más curado.
La gente, pasados los años, había dejado de temer a los del norte y había empezado a comerciar con ellos como con cualquier otro.
Tenía huertos, que habían aprendido a regar.
Tenía niños, muchos, una generación entera nacida ya en la isla, hijos de hombres del norte y mujeres del sur en su mayoría.
Crecían hablando las dos lenguas mezcladas sin saber que las mezclaban.
Eran ya, sin más, de la isla, ni del norte ni del sur, de la isla, hijos del Guadalquivir.
Hrafn había envejecido. Tenía ya el pelo más blanco que gris, la espalda algo encorvada del trabajo de la tierra, las manos endurecidas de otra manera que en la guerra: callosas no de empuñar el hacha sino de cavar, de ordeñar, de podar.
Era el cabeza del asentamiento, no por jarl, que ya no lo era, sino por respeto.
El viejo al que se consultaba, el que había sabido traerlos hasta allí y mantenerlos vivos y enseñarles a aguantar.
Una vida tranquila. Una vida pequeña. Y Hrafn, que había mandado seiscientos lobos y tomado una ciudad, no la habría cambiado por nada, porque era la primera vida suya que no dejaba detrás ni ceniza ni muertos, solo queso, y niños, y un olivo que crecía.
Al-Ghazal llegó una mañana de primavera, en una barca, con menos boato que la primera vez.
Más viejo él también, la barba ya blanca, pero los ojos igual de vivos y burlones.
Bajó a la isla, miró la aldea encalada donde antes había fango, miró los rebaños y los niños, y movió la cabeza, despacio, con una sonrisa.
—Te dije que volvería, cuervo —dijo—. Y aquí estoy. A ver en qué te ha convertido el sur. —Miró alrededor—. Veo que en un viejo pastor. Quién lo diría. El que tomó Išbīliya, ordeñando vacas.
—Ven a la sombra, poeta —dijo Hrafn, y lo llevó al altozano, al olivo, que en aquellos años se había hecho un árbol de verdad, no grande aún pero ya con copa, con sombra, con sus primeras aceitunas pequeñas—.
Aquí. Bajo este. Me dijiste que vendrías a sentarte a la sombra de mi olivo. Pues ya tiene sombra. Siéntate.
Se sentaron los dos viejos a la sombra del olivo de Bjorn, el cuervo del norte y la gacela de Córdoba, el que había sido saqueador y el que había sido enemigo. Y hablaron, despacio, como hablan los hombres que han vivido mucho y ya no tienen prisa ni nada que demostrarse.
—¿Y bien? —preguntó al-Ghazal—. ¿Ha valido la pena, cuervo? Esta vida. Quedarte. Soltar el hierro y los dioses. ¿La cambiarías por volver a ser lo que eras?
—No —dijo Hrafn, sin dudar—. Por nada. —Miró la aldea abajo, los niños, los rebaños—.
Mira, poeta. Toda mi vida cogí, y no me quedó nada, solo un túmulo en el norte y un sitio frío en el pecho.
Aquí, en siete años, he plantado más de lo que cogí en cuarenta.
He plantado este olivo. He plantado una aldea.
He visto nacer a niños y los he visto crecer hablando dos lenguas en paz.
He hecho queso que comen los nietos de la gente a la que en otro tiempo habría matado.
Y por la noche duermo, poeta, que en cuarenta años de coger no dormí nunca del todo.
—Negó con la cabeza—. Tú me lo dijiste el día del hierro, en la orilla: que no me rendía, que cambiaba de vida, y que eso, a mi edad, era lo más valiente que habías visto.
No te creí del todo entonces. Ahora sí. —Tocó el tronco del árbol, las primeras aceitunas aún verdes y duras entre las hojas—.
Mira. Esto no estaba aquí cuando viniste la primera vez.
No era más que un palo con tres hojas. Lo puse yo, con estas manos, y ha aguantado una crecida y dos veranos malos, y ahí sigue.
Es lo único que he hecho en mi vida que se quede donde lo pongo.
Al-Ghazal lo miró, y en sus ojos burlones había ahora una cosa cercana a la ternura.
—¿Sabes por qué me cae bien hablar contigo, cuervo?
—dijo—. Porque eres la prueba viva de una cosa que yo defiendo en la corte y nadie me cree: que a los hombres no se los cambia con la espada, se los cambia con la tierra.
El emir ganó en Tablada con fuego y caballería.
Y de aquella victoria, ¿qué queda? Unas cabezas saladas que se pudrieron, unos cantos de gloria que ya nadie recuerda del todo.
Pero de esto, de darte una isla de fango y dejarte plantar, de esto queda una aldea, un pueblo nuevo, gente que era enemiga y es ahora súbdita leal que paga sus impuestos y vende su queso y cría hijos del emir.
La espada destruye al enemigo. La tierra lo convierte en uno de los tuyos.
Y lo segundo dura, y lo primero no. —Suspiró—.
Pero esto en la corte no lo entienden. En la corte solo cuentan las victorias, las cabezas, las murallas.
De hecho, por eso he venido, además de a ver tu olivo.
Vengo a despedirme. El emir me manda lejos.
—¿Lejos?
—Al norte. Muy al norte. —Al-Ghazal sonrió, con una mezcla de ironía y de aventura—.
Al fin del mundo del que tú venías, cuervo.
A las tierras de los al-majūs, de los tuyos.
El emir quiere mandar una embajada al rey de los hombres del norte, para tratar con él, para que sus flotas no vuelvan a subir nuestros ríos como subiste tú.
Después del susto que nos disteis, el emir ha decidido que es más barato hablar con los lobos que pelear con ellos cada año.
Y me manda a mí, porque dice que para tratar con paganos del fin del mundo hace falta un hombre de ingenio, y por lo visto el ingenioso soy yo.
—Se rió—. Así que voy a ir, viejo cuervo, a la tierra de la que tú huiste, a sentarme ante un rey del norte como tú, a tratar de paz.
Yo, que te vencí aquí, voy a ir a pedirle a los tuyos que no vuelvan.
¿No es gracioso cómo da vueltas el mundo?
Tú viniste del norte al sur a quemar, y te quedaste a plantar.
Yo voy del sur al norte a hablar, después de haberos vencido peleando.
Los dos cruzamos en direcciones contrarias el camino que separa nuestros mundos.
Y a lo mejor, cuervo, a lo mejor, entre los dos, tú quedándote aquí en paz y yo yendo allí a hablar, estamos haciendo, sin querer, la misma cosa: tender un puente sobre un mar que solo había conocido la guerra.
Hrafn lo miró, a aquel poeta viejo que iba a viajar al norte de su infancia, y sintió una emoción extraña, una nostalgia y una esperanza a la vez.
—Si llegas a Vestfold —dijo, despacio—, si llegas a un fiordo donde haya un túmulo de piedras junto a un abedul torcido, en la ladera que mira al oeste...
pregunta por la casa de Hrafn Sigurdsson, que ya no estará, y por su gente, que quizá sí.
Y si encuentras a alguien que se acuerde de mí, diles solo esto: que Hrafn no murió.
Que cruzó al sur, y se quedó, y plantó un olivo, y está en paz.
No lo entenderán, los del norte. Les parecerá una vergüenza, un jarl que dejó de serlo, que rindió el hierro, que se hizo pastor en tierra ajena.
Da igual. Díselo de todas formas. Para que sepan que hay otra cosa, además de coger y morir joven.
Que un hombre del norte puede cruzar el mar y aprender a plantar y ser feliz.
A lo mejor uno solo, oyéndolo, se atreve algún día a buscar lo mismo.
Y con que sea uno, poeta, ya habrá valido la pena que se lo cuentes.
Al-Ghazal se lo prometió. Y antes de irse, cogió una de las aceitunas pequeñas del olivo de Bjorn, todavía verde, todavía amarga, la miró un momento, y se la guardó.
—Me la llevo al norte —dijo—. Una aceituna de tu olivo, cuervo, para enseñarles a los tuyos qué da la tierra del sur cuando un hombre del norte la planta en vez de quemarla.
A lo mejor no lo entienden. Pero a lo mejor sí.
—Sonrió, y se levantó, sacudiéndose la seda—.
Cuídate, Hrafn Sigurdsson. Cuida tu olivo.
Y cuando yo vuelva del norte, si vuelvo, que a mi edad y con ese viaje quién sabe, vendré otra vez a sentarme a su sombra, que para entonces será más grande, y me contarás cómo va tu aldea, y yo te contaré cómo es el norte ahora, que tú ya no lo verás más.
Dos viejos bajo un olivo, contándose los dos mundos.
No se me ocurre mejor manera de gastar la sombra que nos quede.