Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La noche más larga
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La noche más larga

No era cosa de dioses. Eso lo entendió Hrafn aquella noche, y le pareció importante.

Honrar a los muertos no era adorar a Odín.

Era otra cosa, más vieja que cualquier dios, más honda.

Era la necesidad humana de no soltar del todo a los que se quieren, de tener una noche, un fuego, un rito, para decirles que no se les ha olvidado.

Y eso no se lo había quitado la conversión, ni se lo quitaría ninguna fe, porque no pertenecía a ninguna fe.

Pertenecía al corazón del hombre, que en todas partes, bajo todos los dioses, necesita una manera de hablar con sus difuntos.

Sven, el más joven, preguntó hacia la madrugada, mirando el fuego:

—¿Está mal esto, Hrafn? Hemos abjurado. Somos de la fe nueva. ¿Está mal que hagamos esto, lo del norte, lo de los muertos?

Hrafn lo pensó, mirando el fuego, antes de responder.

—No es del norte, Sven —dijo—. Eso es lo que he entendido esta noche.

Creía que era del norte, una cosa nuestra, de Odín, de nuestra tierra.

Y no. Acordarse de los muertos, hablarles, tenerles un fuego una noche al año, eso lo hacen los hombres en todas partes, bajo todos los dioses.

Los del sur también lo hacen, a su manera, en sus días, con sus rezos.

No es de un dios ni de un pueblo. Es del corazón.

Y el corazón no se abjura, Sven. Puedes cambiar de dioses, de tierra, de lengua, de vida.

No puedes cambiar de muertos. Los que quisiste, los llevas dentro vayas adonde vayas, y necesitas, seas de la fe que seas, una manera de hablarles.

—Echó una rama al fuego—. Así que no, no está mal.

Con los años, a lo mejor, esto se mezclará con los rezos del sur, y nuestros nietos honrarán a sus muertos de una manera que no será ni la del norte ni la del sur, sino la suya, la de la isla.

Pero la necesidad será la misma. La de no soltar del todo a los que se fueron.

Esa no se pierde nunca. Esa es de los hombres, no de los dioses.

Y aquella noche, comprendió Hrafn, los del norte echaron en la isla una raíz distinta de las otras, más honda que el olivo, más honda que el queso: la raíz de los muertos honrados en aquel suelo.

Porque hasta entonces, sus muertos estaban en otra parte, en el norte, en el mar, en Tablada.

Aquella noche, por primera vez, los honraron allí, en la isla, junto a un fuego en el altozano que sería, andando el tiempo, el cementerio del asentamiento, donde dormirían Riquilda, y Hrafn, y Leifa, y todos.

Trajeron a sus muertos a la isla aquella noche, en la memoria, en los nombres dichos junto al fuego.

Y al traerlos, ataron la isla a su corazón de una manera nueva, porque un sitio donde has llorado a los tuyos junto a un fuego es ya un sitio tuyo, aunque los tuyos estén enterrados al otro lado del mar.

El fuego se apagó al amanecer, el del solsticio, y los del norte bajaron del altozano en silencio, vaciados y en paz, habiendo hecho lo que necesitaban hacer.

Y la noche más larga del año pasó, y los días empezaron, despacio, a crecer otra vez.

Como crecían siempre después de aquella noche, en el norte y en el sur y en todas partes.

Porque eso tampoco es de ningún dios ni de ningún pueblo: que después de la noche más larga, siempre, sin falta, vuelve la luz.

Y los hijos del norte, sentados en la orilla de un río del sur, lo sabían, y se agarraban a ello.

Como se habían agarrado siempre, como se agarra el hombre en todas las tierras a la única promesa que la oscuridad cumple: que no dura para siempre, que después de la noche más larga vienen los días que crecen, y con ellos la primavera, y con ella la vida que sigue, terca, en la orilla del río que corre, llevándose los muertos y trayendo los vivos, indiferente y eterno, hacia el mar.