Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El olivo de Bjorn
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El olivo de Bjorn

Hrafn esperó a que pasara el hambre y volviera la tierra a estar buena para plantar el olivo de su hermano. Un árbol que se planta hay que poder cuidarlo, y un árbol plantado en mitad de un hambre se muere. Y Hrafn quería que aquel árbol viviera más que ninguna otra cosa que hubiera hecho.

Escogió el sitio con cuidado, en el altozano más alto de la isla, el que la crecida no había cubierto, junto a donde se levantaban ya las primeras casas de verdad, de tapia y de caña, del asentamiento.

Un sitio firme, alto, a la vista del río.

Allí, una mañana de otoño, cuando la tierra estaba húmeda de las primeras lluvias suaves pero el río aún bajo, Hrafn cavó un hoyo con sus propias manos, hondo.

Plantó un olivo joven que le había traído Yusuf de un vivero del Aljarafe.

Un esqueje enraizado, fino, no más alto que un niño, con sus pocas hojas grises temblando en la brisa.

Y antes de cubrir las raíces con tierra, sacó del cinto el anillo de plata de Bjorn, el viejo, el gastado, el que había sido del padre de Bjorn y que Bjorn le había puesto en la mano al despedirse, «para que quede algo mío en tierra firme».

Lo tuvo un momento en la palma, mirándolo.

Luego lo metió entre las raíces del olivo, en el fondo del hoyo, y lo cubrió con tierra, despacio, apretando.

El anillo quedó enterrado bajo el árbol, como su hermano había pedido.

Leifa estaba con él, porque Hrafn le había pedido que estuviera, y porque ella le había prometido a Bjorn aquel olivo la noche de la despedida.

—Ya está, Bjorn —dijo Hrafn en voz baja, de rodillas junto al árbol recién plantado, las manos sucias de tierra—.

Ya tienes tu raíz en tierra firme. La única que ibas a echar nunca, terco.

Un anillo bajo un olivo. —Apretó la tierra alrededor del tronco fino—.

No sé dónde estás. No sé si el mar te ha cogido ya, o si sigues mordiendo costas en algún sitio del fin del mundo, viejo lobo.

Pero aquí, en esta isla, en esta tierra que no quisiste habitar, hay desde hoy un árbol que es tuyo, y que voy a cuidar hasta que me muera, y que cuando yo me muera cuidarán otros.

Dentro de cien años, si los dioses, los tuyos o los del sur o ninguno, quieren, será un olivo grande, de tronco retorcido y gris como una mano de viejo, dando aceitunas, dando sombra.

Nadie sabrá que debajo hay un anillo, y nadie sabrá que hubo un hombre llamado Bjorn el Rojo que no supo quedarse pero que quiso, con toda su alma, haber sabido.

Lo sabré yo. Y lo sabrá Leifa. Y se lo contaremos a los niños, para que lo sepan ellos, y se lo cuenten a los suyos.

Y así, hermano, terco, lobo, al final habrás plantado algo.

Tarde, y por mi mano, pero algo. Lo demás se lo llevó el agua: el oro, los barcos, la gloria que tanto quisiste.

Esto no. Esto echa raíz, y bebe, y se queda. El olivo crece.

Se le quebró la voz, y no le importó que Leifa lo viera, porque hacía tiempo que había dejado de esconderle nada.

Lloró a su hermano, allí, de rodillas en la tierra, junto al árbol recién plantado.

Era el llanto seco y tardío de un hombre que no había podido llorar a Bjorn cuando se fue, porque entonces tenía que ser fuerte para los que se quedaban.

Se lo permitía ahora, meses después, cuando ya el asentamiento estaba en pie y el hambre pasada y la vida nueva en marcha.

Por fin había espacio en él para el dolor que había aplazado.

Leifa se arrodilló a su lado y le puso la mano en el hombro, y no dijo nada al principio, dejándolo llorar. Y luego, cuando el llanto cedió, dijo:

—Le prometí un olivo, la noche que se fue.

Me dijo: planta un olivo por mí, niña, uno solo, para que cuando el mar me coja quede en el mundo un árbol que alguien plantó pensando en Bjorn el Rojo.

—Miró el árbol fino—. Ya está plantado, Bjorn.

Cumplido. —Tocó la tierra apretada sobre el anillo, sin levantar los ojos—.

¿Te acuerdas de cómo te lo puso en la mano?

El anillo. De espaldas, para que no le vieras la cara.

Bjorn no sabía decir las cosas; las hacía.

Te dio lo único que le quedaba de su padre y te pidió que lo enterraras tú, aquí, en la tierra que él no quiso pisar.

—Le tembló la voz—. Nunca le oí pedir que lo recordaran, en toda la vida.

Era demasiado orgulloso. Y sin embargo eso, darte el anillo, era pedirlo, solo que sin la palabra.

Y te eligió a ti para enterrarlo. De todos los hombres que conoció, a ti.

Hrafn miró el olivo joven, sus pocas hojas grises temblando en la brisa del río, el árbol bajo el que dormía el anillo de su hermano, y asintió, despacio, las mejillas todavía húmedas.

—Toda la vida creí que el fuerte era Bjorn —dijo, y la voz le salió ronca—.

El que cogía, el que mordía, el que no preguntaba.

Y yo el cauteloso, el que medía, el medio cobarde.

Así nos veía la hueste, y así nos veíamos casi nosotros.

—Se quedó mirando el esqueje, tan fino que un viento fuerte lo doblaría—.

Y míralo. A esto no lo tiras de una patada como una puerta.

A esto hay que matarlo despacio, una sequía tras otra, y aun así rebrota del tocón.

Es más terco que Bjorn, este palo. Más terco que los dos juntos.

—Se agachó otra vez, apretó tierra contra el tronco, comprobó que quedaba derecho—.

Mañana le traigo agua del río. Y pasado.

Hasta que agarre. —Se incorporó, despacio—.

Es lo que me queda por hacer, niña. Que esto agarre.

Y la aldea, y la gente, y los críos. Lo otro ya lo hice, y mira lo que duró. Esto, a lo mejor, dura.

Volvieron al asentamiento cuando caía la tarde, dejando atrás, en el altozano alto, a la vista del río, el olivo joven de Bjorn el Rojo, con su anillo de plata enterrado entre las raíces, su única raíz en tierra firme, plantada por la mano del hermano que se quedó.

Y aquella noche, por primera vez desde que Bjorn se perdió en la niebla del río, Hrafn durmió de un tirón, sin sobresaltos, en paz.

Había hecho lo único que le quedaba por hacer por su hermano, lo había hecho bien, y ahora Bjorn, dondequiera que estuviera, en el fondo del mar o en una playa lejana o donde van los lobos que no supieron quedarse, tenía al fin, en la orilla de un río del sur, algo que duraría más que él: un árbol, creciendo despacio, en una tierra que él cruzó sin querer habitar y donde, sin embargo, por amor de un hermano, echó al final raíz.