El primer mercado
La primera vez que Hrafn volvió a Sevilla después del saqueo, volvió a vender queso.
El camino de subida era el mismo que había remontado años atrás con doce barcos de guerra.
Ahora lo hizo en una barca de pesca cargada de quesos, río arriba, despacio, mirando las dos orillas que la otra vez había mirado con ojos de hacha.
Fue idea de Yusuf. El queso de la isla había empezado a salir bien, mejor de lo que esperaban.
Yusuf, que conocía los zocos, dijo que había mercado para él en la ciudad, que se pagaría bien, que era una manera de que el asentamiento ganara plata para comprar lo que la marisma no daba: grano, hierro de labranza, sal.
Pero alguien tenía que llevarlo y venderlo.
Y eso era delicado. Los del norte no podían presentarse sin más en el zoco de la ciudad que habían arrasado años atrás.
Habría miedo, rencor, quizá violencia. Así que Yusuf preparó el terreno.
Habló con unos tratantes que conocía, garantizó él la procedencia, y se ofreció a acompañar a quien subiera. Y Hrafn dijo que subiría él.
—¿Tú? —le preguntó Yusuf—. Señor, vos sois el que mandaba la flota. Si alguien os reconoce...
—Por eso subo yo —dijo Hrafn—. Si va a haber rencor, que recaiga sobre mí, que soy el responsable, no sobre un muchacho cualquiera del asentamiento.
Y porque necesito hacerlo, Yusuf. Necesito volver a esa ciudad.
No a verla en ruinas como la dejé. A verla viva, reconstruida, y a entrar en ella no con un hacha, sino con un queso.
Necesito cerrar eso. Un hombre tiene que volver a los sitios donde hizo daño, si puede, a hacer algo distinto, para no quedarse para siempre siendo solo el que hizo el daño.
Subieron el río en la barca cargada de quesos, Hrafn y Yusuf.
Hrafn fue callado todo el camino, mirando las orillas que años atrás había visto desde la proa del Cuervo del Mar con ojos de depredador.
Ahora las veía con otros ojos: las alquerías reconstruidas, las norias girando, los campesinos en las huertas que levantaban la vista al pasar la barca sin miedo.
Porque una barca de pesca cargada de quesos no asustaba a nadie.
Y al doblar la última curva, apareció Sevilla.
No era la ciudad abierta que él había tomado.
Tenía murallas nuevas, fuertes, de piedra clara, con sus torres y sus puertas.
Estaba viva, llena, reconstruida sobre sus propias cenizas, más grande quizá que antes, desde luego más fuerte.
Hrafn la miró desde el agua, la ciudad que había deshecho y que había vuelto a levantarse sin él, contra él, a pesar de él.
Y sintió una emoción difícil, mezcla de vergüenza y de algo parecido al respeto.
Respeto por una ciudad, por una gente, que él había arrasado y que se había rehecho con una terquedad que el norte, con todos sus túmulos, no conocía.
El sur no se rendía a la ceniza. Plantaba sobre ella, reconstruía, seguía. Como sus olivos. Como su gente.
Entraron por una de las puertas nuevas, y Hrafn, el saqueador, cruzó por primera vez una muralla de Sevilla no como invasor, sino como un tratante más que venía al mercado, un viejo de pelo blanco con una barca de quesos.
Nadie lo miró dos veces. Nadie esperaba reconocer en aquel viejo pacífico al jarl del fin del mundo que años atrás había mandado la flota.
El miedo tiene cara de hacha; nadie busca el miedo en un vendedor de queso.
Y aquella invisibilidad, que a un hombre vanidoso le habría dolido, a Hrafn le supo a libertad.
Ya no era el cuervo. Era un viejo que vendía queso.
Había dejado de dar miedo, y dejar de dar miedo, descubrió, era una de las paces más hondas que un hombre puede alcanzar.
El mercado fue bien. El queso gustó. Los tratantes que Yusuf había preparado lo compraron, regatearon, pagaron, y prometieron comprar más.
Y mientras Yusuf cerraba el trato, Hrafn se quedó un rato en el zoco, mirando, oyendo, oliendo la ciudad viva.
Las voces de mil regateos. Los olores de las especias que años atrás su hueste había robado a montones y que ahora se vendían otra vez, como si nunca hubiera pasado nada.
Los niños corriendo entre los puestos, los viejos sentados a la sombra hablando, la vida, la vida tozuda del sur, rehecha sobre la ceniza que él había sembrado.
Y se le encogió el corazón, pero no de pena solamente.
También de una especie de alivio, de reconciliación.
Porque la ciudad estaba viva. No la había matado.
La había herido, terriblemente, pero no la había matado.
Y ahora estaba allí, llena, reconstruida, más fuerte, y él podía entrar en ella a vender queso.
Aquello, aunque no borraba nada, era algo: era cerrar, aunque fuera a medias, una herida que él había abierto.
Volvieron a la isla al atardecer, la barca ahora vacía de quesos y llena de lo comprado con ellos: grano, sal, un hierro de labranza nuevo. Y Hrafn, bajando el río en la última luz, le dijo a Yusuf:
—¿Sabes lo que he sentido hoy, escribano, entrando en esa ciudad con una barca de queso?
Que por fin pagaba algo. No todo; lo que hicimos no se paga, eso ya lo sé.
Pero algo. La primera vez subí ese río con doce barcos a quitarle a esa ciudad cuanto tenía.
Hoy lo he subido en una barca de pesca, a dejarle queso y a llevarme grano.
El mismo río, escribano. El mismo hombre.
Las manos vacías de hacha y sucias de cuajada.
—Miró el agua correr a lo largo del casco—.
No le pido perdón a nadie; el perdón es barato y no devuelve a un muerto.
Solo vuelvo, y vuelvo, y cada vez dejo algo en vez de llevármelo.
Y a lo mejor, dentro de mucho, un nieto de los nuestros le venda queso a un nieto de los que hicimos huir a Carmona.
Y ninguno de los dos sepa ya por qué tendrían que odiarse.
Con eso me conformo. No es justicia. Pero es lo único que se puede hacer con un daño que no tiene arreglo: dejar de hacerlo, todos los días, hasta morirse.