Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La boda y el hambre
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La boda y el hambre

La primavera trajo dos cosas a la vez, una boda y un hambre. Y Leifa vio en aquella primavera las dos caras de lo que estaban construyendo: lo dulce que arraigaba y lo amargo que aún podía deshacerlo todo.

La boda fue la de Sven y Sancha, la primera del asentamiento, y fue, a su modo torpe y mestizo, hermosa.

No se sabía bien cómo casarlos. Él venía del norte y ella era del sur, y los dos eran ahora conversos pero ninguno entendía del todo los ritos nuevos.

Así que hicieron una cosa de todos, un poco de cada parte.

Un alfaquí que mandó el emir dijo la fórmula del sur que los unía según la ley nueva.

Pero antes, los del norte habían hecho lo suyo a su manera.

Sven le había regalado a Sancha una espada vieja, lo que un hombre del norte le da a su mujer al casarse.

Solo que no tenía espada, porque las habían rendido todas.

Así que le regaló un cuchillo de podar, un cuchillo de trabajo, de paz.

Y a Leifa le pareció que aquel cambio, la espada vuelta cuchillo de podar, era el resumen exacto de todo lo que les estaba pasando.

La gente del sur puso su parte: la fiesta, la comida, el pan y el vino y los dulces de miel.

Las mujeres del Aljarafe que ya eran amigas de las del asentamiento cantaron canciones del sur, y los hombres del norte cantaron las suyas, ásperas, del hielo y el mar.

Por una tarde la isla de fango fue un solo canto de dos lenguas.

Y Riquilda, la vieja franca, lloraba de alegría sentada al sol.

Ella, que había llegado a aquella tierra como cautiva del norte, veía casarse a un hombre del norte con una mujer del sur en paz.

Y le parecía que el mundo, después de todo, podía mejorar, aunque tardara sesenta años y costara un saqueo.

Pero la misma primavera trajo el hambre.

La crecida del invierno se había llevado las semillas que tenían guardadas para sembrar.

El ganado había menguado, y los del norte aún no sabían sacar de la marisma todo lo que la marisma daba a quien la conocía bien.

Llegó la primavera y no había bastante. No era hambre de morirse, todavía, pero era hambre de verdad: raciones cortas, niños que lloraban, hombres fuertes flacos.

La angustia de mirar los graneros casi vacíos y la siembra perdida y preguntarse cómo se llegaba al verano.

Y el hambre, descubrió Leifa, era más peligrosa para el asentamiento que la crecida.

Porque la crecida los había unido y el hambre empezó a dividirlos.

Empezó con murmullos, junto a los fuegos, de noche.

Unos pocos hombres, de los más jóvenes y bravos, de los que se habían quedado más por seguir a Hrafn que por convicción propia, empezaron a decir lo que el hambre les ponía en la boca.

Que aquello era una locura, que se estaban muriendo de hambre en un fango por una vida que no era la suya, que ellos eran lobos del norte, no pastores muertos de hambre.

Y que para qué habían rendido las armas si era para esto.

Y uno de ellos, un tal Egil, dijo en voz alta una noche lo que los demás solo murmuraban:

—Hay barcos. Hay dos barcas grandes en la orilla, las de pescar.

Una noche, los que tengamos sangre todavía, las cogemos, bajamos el río, y volvemos a ser lo que éramos.

Una correría. Una sola. Y volvemos con grano, con ganado, con lo que haga falta para no morirnos de hambre como conejos.

¿O preferís quedaros a ver morir a vuestros hijos por respetar un papel de un emir que está cómodo en Córdoba mientras nosotros nos pudrimos en su fango?

Y la cosa, Leifa lo vio, prendió. Porque el hambre tiene razones, y porque para un hombre del norte volver a coger era lo conocido, lo fácil.

Y morir de hambre respetando una paz ajena era lo difícil y lo nuevo.

Varios hombres asintieron. La tentación de volver a ser lobos, de coger en vez de aguantar, de resolver el hambre de una noche con un hacha en vez de resolverla con años de paciencia, se extendió por el asentamiento como se había extendido la fiebre en la isla.

Hrafn lo paró, pero no como lo habría parado antes, con la autoridad del jarl, porque ya no era jarl y ya no tenía hacha. Lo paró hablando, una noche, ante todos, cuando la cosa estaba a punto de romperse.

—Egil tiene razón en una cosa —dijo Hrafn—.

Hay hambre. Y hay barcas. Y una correría nos traería grano para un mes.

Eso es verdad, y no os voy a mentir diciendo que no.

—Miró a los hombres—. Os voy a decir la otra verdad, la que el hambre os hace olvidar.

Si cogemos esas barcas y bajamos a saquear, una sola vez, una sola noche, esto se acaba.

No el hambre: esto. El asentamiento. La paz.

Todo. Porque el emir nos dejó vivir con una condición, y la condición era no volver a coger nunca.

En el momento en que una sola barca nuestra saquee una sola alquería, el pacto se rompe, y Nasr vuelve con su ejército y su fuego.

Y esta vez no habrá rendición ni clemencia.

Habremos demostrado que el lobo no se amansa, que rendimos el hierro solo para esperar el momento de volver a morder.

Nos colgará de las palmeras, a todos, también a las mujeres, también a los niños, también a Sancha que es de los suyos, también a la vieja Riquilda.

Por una correría de una noche. Por un mes de grano.

—Bajó la voz—. El hambre se pasa, Egil. Es dura, y se llevará a alguno, quizá, Dios no lo quiera, pero se pasa.

Viene el verano, viene la pesca, viene la cosecha del año que viene si sembramos bien lo poco que nos queda.

El hambre es una estación. Pero romper el pacto no es una estación.

Es el final. Cambiaríais el final de todos por una estación mala.

Y eso, hermanos, no es valor. Es lo contrario.

Es no tener el valor de aguantar el hambre como hay que aguantarla, con paciencia, juntos, esperando, que es mil veces más difícil que coger un hacha y resolverlo de un golpe.

Y luego hizo algo que les llegó más que las palabras.

Repartió lo suyo. Hrafn tenía, como cabeza del asentamiento, una ración algo mayor; la había aceptado porque trabajaba como el que más.

Aquella noche renunció a ella, públicamente, y la repartió entre los niños.

Dijo que mientras hubiera hambre, él comería lo último y lo menos, después de todos, porque un jefe que pide aguantar el hambre tiene que pasarla el primero.

Y eso, ver al que mandaba comer el último, hizo lo que ningún discurso.

Avergonzó a los que querían coger, y dio fuerza a los que querían aguantar.

La idea de la correría se apagó, no del todo, porque el hambre seguía.

Pero se apagó lo bastante para que las barcas no se movieran.

Pasaron el hambre. La pasaron mal, flacos, asustados, y se llevó a un anciano del norte y a un niño de pecho, dos muertes que pesaron.

Pero la pasaron, juntos, sin romper el pacto.

Llegó el verano con la pesca, y la marisma, que les había costado aprender, empezó por fin a darles lo que daba a quien la conocía.

El hambre se retiró como se había retirado la crecida, dejándolos más flacos pero más firmes, más seguros de que podían aguantar lo que viniera sin volver a ser lo que habían sido.

—Lo más difícil ya está hecho —le dijo Hrafn a Leifa, al final de aquella primavera dura—.

No la crecida. No el hambre. Lo más difícil ha sido el hambre con las barcas a la vista.

Aguantar el hambre teniendo al lado la manera fácil y vieja de resolverla.

Eso es lo que de verdad nos ha hecho un pueblo, niña, más que la boda, más que la crecida.

Haber tenido el hacha a un brazo de distancia, con hambre, y no haberla cogido.

Un pueblo no es el que no tiene la opción de hacer el mal.

Es el que la tiene, y a mano, y con razones, y aun así elige no hacerlo.

Hemos elegido. Con hambre, hemos elegido.

Ya somos otra cosa, Leifa. Ya no somos lobos que aguantan.

Somos gente que ha decidido no volver a serlo aunque le cueste el hambre. Y eso ya no se deshace. Eso arraiga.