Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La crecida
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La crecida

El primer invierno de verdad en la isla llegó con la lluvia, y con la lluvia el río creció. Y Hrafn aprendió que la tierra que el emir les había dado no solo había que pedírsela: había que defenderla. No del hombre, sino del agua.

Hrafn la creyó, porque había aprendido a creer a la gente que conocía la tierra. Dio la orden, y empezó la lucha contra el agua.

Fueron dos días y dos noches sin dormir.

Sacaron el ganado de los pastos que el río se tragaba, a fuerza de brazos, vacas y cabras asustadas chapoteando en el agua que subía.

Las llevaron hacia los altozanos firmes donde se apretaban todos, animales y hombres, en cada vez menos sitio.

Reforzaron con fango y con tarajes los diques naturales que protegían las pocas casas que habían empezado a levantar.

Subieron a lo alto las semillas, el queso, el grano que tenían, todo lo que el agua podía echar a perder.

Y cuando el río llegó a su punto más alto, la tercera noche, la isla era ya solo unos cuantos islotes de tierra firme rodeados de agua oscura y corriente.

En uno de esos islotes, el mayor, se apretaban casi todos los del asentamiento: hombres, mujeres, niños, ganado.

A la luz de unas pocas teas que la lluvia apagaba, veían subir el agua.

Y rezaban, los que aún rezaban, a un dios o a otro, para que no subiera más.

Y en mitad de aquella noche, ocurrió lo que une a una comunidad más que cualquier fiesta: el peligro compartido, y la decisión de salvarse juntos o no salvarse.

Un grupo de animales y dos hombres habían quedado aislados en un islote menor, cortados por una corriente fuerte que se había abierto entre ellos y el resto.

El agua subía. Si nadie los sacaba, la corriente se los llevaría antes del amanecer.

Y sacarlos era peligroso. Había que cruzar la corriente con cuerdas, de noche, con el agua helada y veloz, y un hombre podía ahogarse en el intento.

En el norte, pensó Hrafn, viendo la situación, cada cual habría mirado por lo suyo: dos hombres aislados eran mala suerte suya, y arriesgar a otros por salvarlos no entraba en la ley dura del fiordo.

Pero algo había cambiado ya en aquella gente, algo que la isla y el queso y el trabajo compartido habían empezado a tejer sin que lo notaran.

Porque cuando Hrafn preguntó quién cruzaba la corriente con él para sacar a los dos hombres y al ganado, no le faltaron brazos.

Se ofreció Leifa, con su hombro ya sano.

Se ofreció Sven. Se ofrecieron media docena de los que tres meses antes solo sabían arrancar y ahora, sin saber bien cuándo lo habían aprendido, sabían también arriesgarse por otro.

Cruzaron con cuerdas, en la oscuridad, con el agua helada hasta el pecho y la corriente tirando para arrastrarlos.

Fue duro. Por un momento Hrafn creyó que perdían a Sven, que la corriente lo cogía, pero entre Leifa y otro lo agarraron y lo sostuvieron.

Al final sacaron a los dos hombres aislados, y casi todo el ganado, y volvieron al islote grande empapados, helados, agotados, pero vivos, todos.

La gente del asentamiento los recibió como se recibe a los que vuelven de la muerte: con gritos, con mantas, con los brazos abiertos.

Mujeres del sur abrazando a hombres del norte calados de río, niños llorando de alivio, todos juntos, todos mezclados, todos salvados por todos.

El río empezó a bajar al amanecer del cuarto día.

La crecida había llegado a su punto y se retiraba, dejando la isla cubierta de fango fresco y de despojos, pero dejándola, y dejándolos a ellos, vivos, todos.

Y aquella mañana, Hrafn, agotado, calado, mirando bajar el agua sobre la tierra arrasada, sintió una cosa que no había sentido nunca después de una batalla ganada: sintió comunidad.

No hueste, que era otra cosa, un grupo de hombres unidos para coger.

Comunidad: un grupo de personas, hombres y mujeres y niños, del norte y del sur, unidos para sobrevivir, para sacarse unos a otros del agua, para defender juntos una tierra de fango que era la de todos.

La crecida los había mezclado más que un año de convivencia.

El agua, al amenazarlos a todos por igual, había borrado por una noche la línea entre el lobo del norte y la mujer del sur, entre el converso y el viejo cristiano, entre el guerrero y el pastor.

Había dejado solo personas agarradas de las cuerdas, tirando unas de otras para no ahogarse en la oscuridad.

Sin pararse a mirar de qué orilla era la mano que las sujetaba ni a qué dios rezaba la boca de al lado.

Solo manos, y cuerdas, y la voluntad terca de no soltarse.

—¿Sabes qué es lo raro? —le dijo a Leifa, los dos sentados en el fango, viendo bajar el agua, demasiado cansados para moverse—.

Que esta noche, sacando a esos dos del agua, me he sentido más en mi sitio que en veinte años de saqueos.

Toda mi vida arriesgué la vida por coger.

Esta noche la he arriesgado por salvar. Y es la primera vez, niña, la primera vez en treinta y ocho años, que arriesgar la vida me ha dejado contento en vez de vacío.

Leifa, temblando bajo una manta, le sonrió, con los labios morados de frío.

—Es porque esta vez había algo que defender —dijo—.

Una ciudad ajena se coge y se deja. Pero esto es nuestro.

La isla, el ganado, esta gente. Por lo nuestro se arriesga distinto, Hrafn.

Se arriesga por que dure, no por que caiga.

Y eso no deja vacío. —Miró el agua bajar, la tierra fangosa, la gente que empezaba a moverse, a contar lo perdido, a empezar de nuevo—.

¿Sabes lo que pienso? Pienso que esta noche hemos dejado de ser unos lobos a los que dieron una isla.

Esta noche nos hemos hecho de la isla. Porque la hemos defendido juntos del agua.

Y lo que defiendes juntos del agua se vuelve tuyo de una manera que no se vuelve lo que coges.

La isla ya es nuestra, Hrafn. No porque nos la diera el emir.

Porque esta noche no dejamos que el río se la llevara.

Y Hrafn, viendo a su gente arrastrarse por el fango a rescatar lo que la crecida había dejado a medias, una vaca atascada hasta la barriga, una red colgada de un taraje, un techo de cañas medio arrancado, no pensó ya en pueblos ni en raíces.

Pensó solo que al día siguiente habría que rehacerlo casi todo, y que lo reharían como habían pasado la noche: tirando cada uno del de al lado.

El río, al retirarse, se llevó el fango viejo y dejó otro encima, más negro, más graso.

En cuanto secara, pensó Hrafn, sembrarían en él. Mejor que antes.