Yusuf elige
Yusuf podía haber vuelto a su ciudad, libre, con su madre, a reconstruir su casa y su oficio entre los suyos. Todos habrían entendido que lo hiciera. En vez de eso eligió quedarse de puente entre dos orillas. Y al elegirlo descubrió cuál era de verdad su sitio.
La elección se la puso delante la vida, sin avisar, una mañana de aquel primer invierno.
Yusuf había llevado a su madre de vuelta a Sevilla, a lo que quedaba de la ciudad.
Era mucho menos de lo que había sido, pero volvía despacio a la vida.
La gente regresaba de Carmona y de los montes.
Se desescombraban las casas, se reconstruía, el zoco volvía a abrir entre las ruinas.
Los almuédanos volvían a llamar desde las torres mal reparadas.
Išbīliya no estaba muerta. Estaba herida, encogida, pero viva, rehaciéndose.
Porque las ciudades, como había dicho Hrafn, son la gente, y la gente había sabido huir a tiempo y volvía.
Y Yusuf encontró su casa medio en pie, la del barrio alto, la de los libros.
Para su asombro encontró los libros casi intactos.
Una guerrera del norte, una mujer, le contó una vecina, había marcado la puerta con una tela roja el día del saqueo.
Los hombres del norte no habían vuelto a entrar, y la casa se había salvado del fuego que arrasó el barrio bajo.
Yusuf no supo entonces que aquella guerrera era Leifa, ni que la vieja ciega que ella protegió aquel día había sobrevivido también.
Lo sabría después. Le parecería una de esas cosas que teje la vida sin que nadie las planee.
Hilos que se cruzan y vuelven a cruzarse.
Tenía, pues, todo para quedarse en Sevilla.
Su casa en pie. Sus libros. Su oficio, más necesario que nunca en una ciudad que se reconstruía y necesitaba contratos, registros, escrituras.
Su madre, que envejecía y a la que la ciudad le era más cómoda que la marisma.
Su gente. Su mundo. Yusuf ibn Bishr, escribano de Išbīliya, podía cerrar aquel capítulo terrible de su vida, el del cautiverio entre lobos, y volver a ser quien era antes, entre los suyos, en su ciudad que renacía.
Era lo razonable. Era lo que su madre, al principio, le aconsejó.
Y sin embargo, Yusuf no podía dejar de ir a la isla.
Iba con cualquier pretexto. Que si llevaba semillas que le habían pedido.
Que si traducía un mensaje del funcionario que el emir había puesto para vigilar a los conversos.
Que si enseñaba a los del norte unas palabras más de la lengua, o les explicaba una costumbre, o les escribía algo.
Pretextos. La verdad era que algo lo llamaba a aquella isla de fango donde había sido cautivo.
Tardó en entender qué era. Hasta que una tarde, volviendo en la barca de uno de aquellos viajes, lo entendió de golpe.
En la isla, entre los lobos amansados, era donde se sentía más útil y, por extraño que pareciera, más en su sitio.
Porque en Sevilla, entre los suyos, Yusuf era un escribano más.
Uno de tantos. Un hombre con un oficio común en una ciudad llena de hombres con oficio.
Pero en la isla era irremplazable. Era el único puente.
Sin él, los del norte y los del sur no se entendían, ni en la lengua ni en las costumbres ni en el corazón.
Él traducía las palabras, sí, pero hacía algo más grande: traducía los mundos.
Les explicaba a los del norte por qué la gente del sur hacía las cosas como las hacía.
Y les explicaba a los del sur, a los funcionarios, a los vecinos, a los muchachos como Hakam, que los del norte no eran ya los lobos del saqueo.
Que estaban cambiando, que merecían una oportunidad.
Tendía hilos entre las dos orillas, una y otra vez, paciente.
Cada hilo que tendía hacía un poco más posible que aquellas dos gentes, que se habían encontrado de la peor manera, llegaran algún día a vivir juntas sin matarse.
Y eso, descubrió Yusuf, era exactamente para lo que toda su vida lo había preparado sin que él lo supiera.
Para ser el puente entre los que no se entienden.
Su madre franca y su padre andalusí. El latín y el árabe y el romance y la lengua del norte.
El cristiano bautizado a escondidas que vivía entre musulmanes.
Yusuf había sido toda su vida un hombre de fronteras, de entre-medias, sin pertenecer del todo a ningún lado.
Siempre lo había vivido como una carencia, como no ser de ningún sitio.
Y en la isla descubrió que aquella carencia era, en realidad, un don.
El que no es del todo de ningún lado es el único que puede unir los lados.
Y en un mundo donde los lados se mataban, esa era quizá la cosa más necesaria que un hombre podía ser.
Una tarde se lo dijo a Hrafn, en la isla, viendo trabajar a los del norte en los esteros.
—Podría volver a mi ciudad —dijo Yusuf—.
Tengo mi casa, mis libros, mi oficio. Todos lo entenderían.
Mi madre lo preferiría. Y sin embargo no me voy.
Vengo aquí, una y otra vez, a esta isla donde fui esclavo.
Y he tardado en entender por qué, hasta hoy.
—Miró a Hrafn—. Es porque aquí soy necesario, señor.
En Sevilla soy un escribano más. Aquí soy el puente, el único, y sin el puente vosotros y los míos os volveríais a matar.
Toda mi vida me ha pesado no ser de ningún sitio, ni del todo del norte de mi madre ni del todo del sur de mi padre, ni del todo cristiano ni del todo lo que me rodeaba.
Y aquí, por fin, esa cosa que me pesaba sirve para algo.
Sirve para uniros. Así que me quedo. No como cautivo, que ya no lo soy.
Como puente. Es lo que sé ser. Es mi sitio.
Lo he encontrado en el sitio más raro, en una isla de fango donde me trajisteis atado, pero lo he encontrado.
Hrafn lo escuchó, y asintió, despacio, y le dijo algo que Yusuf guardó:
—Cada uno de nosotros ha encontrado su sitio en el sitio más raro, escribano.
Yo, que cogía ciudades, lo he encontrado plantando en un fango.
Leifa, que era guerrera, lo ha encontrado ordeñando cabras.
Sven, que era un lobo, lo ha encontrado en una muchacha del sur.
Y tú, que no eras de ningún sitio, lo has encontrado siendo el que une todos los sitios.
—Sonrió, una de sus raras sonrisas—. A lo mejor es eso lo que hace esta tierra, Yusuf.
A lo mejor el Guadalquivir, que nos trajo a todos de mala manera, a unos como invasores y a ti como cautivo, es un río que después, si lo dejas, te enseña cuál es tu sitio de verdad.
Bjorn no lo dejó. Se fue, y el mar lo cogerá.
Nosotros lo hemos dejado. Y mira: aquí estamos, cada uno en un sitio que no buscó y que resulta ser el suyo.
Quédate, escribano. Sé el puente. Y trae a tu madre cuando quiera, que aquí hay sitio para una vieja sabia, y a las viejas sabias les hacemos caso, que buena falta nos hace.
Yusuf trajo a Riquilda, al fin. No del todo a vivir en la isla, que la ciudad le era más cómoda, pero sí a pasar largas temporadas.
La vieja franca, que de niña había sido cautiva de los del norte y vendida en aquel mismo sur, acabó sus años entre conversos del norte a los que ayudaba a aprender las costumbres del sur.
Cerraba así, sin proponérselo, el círculo más extraño de una vida larga y rara: la cautiva del norte que terminó enseñando el sur a los del norte.
En una isla de un río que la había visto pasar, esclava, sesenta años atrás.
Y Yusuf, mirándola enseñar a las mujeres del asentamiento a cuajar la leche y a tejer y a hablar, comprendió que su madre, también ella, había encontrado al fin su sitio.
Y que el sitio de los dos, el de la cautiva vieja y el del escribano sin patria, era el mismo: el de los que unen, el de los puentes, el de los que, por no ser de ningún sitio, pueden hacer que dos sitios enemigos se vuelvan, con paciencia y con años, uno solo.