El queso de los del norte
Y aquello, el comercio, fue lo que terminó de hacer la paz.
Hrafn lo veía con asombro de viejo. Ni la conversión, ni la rendición, ni los años habían hecho tanto por que el sur aceptara a los del norte como el simple hecho de hacer un queso que el sur quería comprar.
Porque a un enemigo se le teme, pero a un proveedor de buen queso se le aprecia.
El mercader sevillano que subía a la isla a comprar ya no veía conversos sospechosos: veía a su socio, a su proveedor, a la gente que le hacía ganar dinero.
Empezaba a saludarlos por su nombre, a tomar un vaso de vino con ellos, a contarles las cosas de la ciudad, a casar quizá a un hijo con una hija de la isla.
El comercio teje hilos que la guerra no rompe y que la política no ata: hilos de interés común, de dependencia mutua, de gente que se necesita y por necesitarse aprende a respetarse.
La isla había dejado de ser una rareza tolerada para convertirse en una pieza de la comarca, en el sitio de donde venía el buen queso, en una aldea más del entorno de Sevilla, próspera, trabajadora, de gente de fiar.
Y la segunda generación ya era de allí del todo.
Los hijos de la isla eran andalusíes sin más.
Habían nacido ya en la tierra del sur, de padres del norte y madres andalusíes, o ya de padres y madres de la propia isla.
Hablaban el árabe y el romance de la comarca.
Del norte les quedaba, a algunos, el pelo claro o los ojos grises, y poco más: alguna palabra suelta que los abuelos habían dejado caer, alguna historia de barcos de dragón que les parecía un cuento, tan lejano de su vida de pastores y queseros y huertanos como les parecían los cuentos de los antiguos romanos.
Rezaban como musulmanes, porque así habían nacido y crecido.
Trabajaban la tierra como gente del sur.
Se casaban entre ellos y con los de las aldeas vecinas, que ya no ponían reparos a casar a una hija con un mozo de la isla del queso.
La sangre del norte se diluía, generación a generación, en la sangre del sur.
Pronto, lo sabía Hrafn, sería solo un rumor, un dato curioso, «dicen que esos del río descienden de unos paganos que vinieron en barcos hace mucho», una de tantas raras procedencias en una tierra hecha de muchas sangres: fenicios y romanos y godos y árabes y bereberes y judíos y, ahora, también, sin que casi nadie lo recordara, un puñado de lobos del norte que se quedaron.
Sven y Sancha eran ya abuelos. Aquel muchacho del norte que perdonó a una muchacha en un lagar, y aquella muchacha que en vez de gritar lo miró a los ojos, habían tenido hijos, y sus hijos tenían hijos.
La casa de Sven y Sancha en la isla era una de las más llenas, una de las más alegres, con niños por todas partes.
Llamaban abuelo a un hombre del norte de pelo blanco que les contaba, riéndose, cómo había cruzado el mar en un barco de dragón y se había quedado por amor de la abuela.
Y los niños se reían, sin creérselo del todo, mirando al abuelo Sven que ya casi no se acordaba de la lengua del norte, que era un viejo huertano del sur como cualquier otro.
No concebían que aquel abuelo bonachón hubiera sido alguna vez un lobo que saqueaba.
—¿Sabes qué pienso, viejo? —le dijo Sven a Hrafn una tarde, los dos ya ancianos, viendo jugar a los nietos—.
Pienso que ganamos. Nosotros, los que nos quedamos.
Bjorn se fue a ganar gloria y la perdió todo, hasta la vida.
Y nosotros, que nos quedamos a perderlo todo, a rendir el hierro y los dioses y el norte, resulta que lo ganamos todo.
Mira. —Señaló a los niños—. Eso es mío. Eso de ahí, esos críos, son míos, son mi sangre, y van a seguir aquí cuando yo me muera, y van a tener hijos, y van a seguir.
Bjorn no dejó nada. Yo dejo esto. ¿Quién ganó, Hrafn?
¿El que se fue a por la gloria y se la tragó el mar, o el huertano que se quedó y tiene quince nietos?
—Se rió—. Yo no lo sabía, aquel día en el lagar, cuando perdoné a Sancha.
No sabía que perdonarla era ganar. Creí que era debilidad, casi me dio vergüenza.
Y fue lo más listo que hice en mi vida. La cosa más fuerte que he hecho fue no hacer daño aquella vez. Quién me lo iba a decir, a mí, un lobo.
Y Hrafn miró a los nietos de Sven jugar entre los rebaños, oyéndolos mezclar las dos lenguas en un habla nueva que era ya la suya propia.
Sintió la satisfacción honda y serena del viejo que ve que lo que ayudó a sembrar ha echado raíz y da fruto y seguirá dando fruto cuando él ya no esté.
Toda su vida de saqueador no había dejado más que ceniza.
Aquellos pocos años de vida nueva habían dejado esto: una aldea próspera, un queso con nombre, una segunda generación que era ya de la tierra, una paz que el comercio hacía cada año más firme.
No había canciones sobre aquello. Ningún escaldo cantaría jamás la gesta de unos lobos que aprendieron a hacer queso.
Pero estaba allí, vivo, creciendo, real, mientras las gestas que sí se cantaban, las de Tablada, las del saqueo, no eran ya más que polvo y nombres en la memoria de los viejos.
Lo que se canta se olvida, pensó Hrafn. Lo que se vive, dura.
Y ellos habían elegido vivir, no que los cantaran.
En esa elección, que el norte habría llamado cobardía, estaba la única victoria verdadera de toda aquella historia de sangre: unos niños riéndose entre los rebaños, junto a un río, en una tierra que sus abuelos vinieron a quemar y se quedaron a querer.