La separación de las naves
Al amanecer se separaron las naves. Hrafn, que había visto partir mil barcos en su vida, descubrió que nunca había visto de verdad partir uno. Hasta entonces nunca se le había ido en ellos la mitad del corazón.
La niebla del río colgaba baja sobre las marismas, gris, espesa, deshaciéndose despacio con la primera luz.
Los hombres se habían repartido en sus orillas durante la noche, y al alba estaban listos: tres grupos, tres destinos, lo que quedaba de una hueste de seiscientos lobos.
En la orilla de poniente esperaba el barco de Ulf, cargado con los setenta que volvían al norte, con sus pocos enseres, sus muertos llorados y sus vivos esperándolos en algún fiordo.
En la orilla del sur estaban los dos barcos de Bjorn, con los que seguirían en el mar, los lobos de Ásgeir y de Thrand, los que no sabían ser otra cosa.
Y en la isla, sin barco, quedaban los que se quedaban: poco más de un centenar de hombres del norte.
Aquella mañana, por primera vez, no embarcaban.
Su viaje había terminado en aquella tierra de fango y de olivos.
El emir había cumplido su parte. Nasr, avisado por Yusuf, había abierto el cerco para dejar pasar a los barcos que se iban, con la condición de que no volvieran jamás.
Sus torres y sus máquinas callaron, sus barcas se apartaron, y por una mañana el río cortado se abrió para que los lobos que se marchaban se marcharan.
Era el precio que el emir pagaba gustoso.
Irse para siempre era casi tan bueno, para su gloria, como rendirse, y mejor que pelear.
Ulf fue el primero en partir. Subió a su barco con sus setenta, y antes de que soltaran amarras, bajó otra vez a tierra, una última vez.
Fue hasta Hrafn, y los dos viejos se abrazaron en la orilla, largo, fuerte: dos hombres que se habían visto enterrar a demasiados compañeros como para necesitar muchas palabras.
—Cuida a la niña —dijo Ulf—. Y a ti mismo.
Y haz algo bueno con esta tierra, Hrafn, algo que merezca la pena, para que no haya sido todo en balde, para que de tanta sangre salga al menos una cosa que dure.
—Le sostuvo la mirada—. Yo vuelvo a morir donde nací.
Tú te quedas a nacer donde vas a morir. No sé cuál de los dos es más valiente.
A lo mejor el tuyo. Empezar de nuevo a nuestra edad, en tierra ajena, sin dioses, sin hacha...
eso es más difícil que volver a casa. Suerte, hermano. La vas a necesitar más que yo.
Subió al barco, soltaron amarras, y los setenta del norte empezaron a remar río abajo, hacia la barra, hacia el mar, hacia el largo camino de vuelta a una tierra de hielo.
Muchos de ellos, los más viejos, sabían que no la volverían a ver más que para morir en ella.
El barco se alejó en la niebla. Desde él, los hombres alzaron los remos un instante, en saludo, y los de la isla alzaron las manos.
Luego el barco entró en la bruma del río y desapareció.
Con él se fue el norte, la tierra de origen, la vida de antes, para los que se quedaban.
Hrafn lo vio desaparecer y sintió un nudo.
Pero el nudo no era lo peor. Lo peor venía detrás.
Lo peor era Bjorn.
Los dos barcos de Bjorn estaban listos en la orilla del sur, y Hrafn caminó hasta allí, por la orilla de la isla, con Leifa a un lado y Yusuf al otro, a despedir a su hermano.
Bjorn lo esperaba junto a la proa de su barco, ya con la cota puesta, el hacha al cinto, la melena roja recogida para el mar.
Otra vez el Rojo, otra vez el lobo, como si la noche anterior, la de las muñecas y las lágrimas, no hubiera pasado.
Pero a Hrafn no lo engañaba. Veía debajo de la cota al hermano que se le iba.
No se abrazaron como Ulf. Bjorn no lo habría aguantado, y Hrafn lo sabía. Se quedaron frente a frente, los dos, mirándose, y se dijeron pocas cosas, porque ya estaba todo dicho en la orilla, de noche.
—Llévate provisiones de sobra —dijo Hrafn, porque hablar de cosas prácticas era lo único que aguantaban—. El emir las ha dado. Y agua. Mucha agua. No bebáis del río abajo de la barra, que es salobre.
—Lo sé, hermano. He navegado más años que tú. —Bjorn sonrió, la vieja sonrisa—. No te preocupes por mí. Me las arreglaré. Siempre me las arreglo.
—¿Adónde iréis?
Bjorn miró el río, hacia el sur, hacia el mar.
—No lo sé. Adonde haya costa que morder.
Dicen que hay tierras ricas en el levante de aquí, islas, otras ciudades.
Dicen que se puede cruzar a las tierras de los moros del otro lado del mar, al sur del todo.
—Se encogió de hombros—. Iremos viendo. Mientras haya costa y haya barco, hay sitio para un lobo.
Y cuando no lo haya, pues el mar nos cogerá, y bien cogidos estaremos, que es como debe morir un hombre del norte: en el agua, no en una cama, no de viejo en un huerto.
—Lo dijo sin amargura, casi con paz, la paz del que ha aceptado lo que es—.
No me llores, Hrafn. Esto es lo que yo quiero.
De verdad. Tú vas a tu vida y yo voy a la mía, y por una vez las dos son las que cada uno quiere, y eso, a nuestra edad, después de todo, no es poco.
Y entonces Bjorn hizo algo que Hrafn no esperaba. Se quitó del brazo un anillo, uno de plata, viejo, gastado, que llevaba desde joven y que había sido de su padre. Se lo puso a Hrafn en la mano, cerrándole los dedos encima.
—Para ti —dijo—. Para que quede algo mío en tierra firme.
Tú plántale el olivo a la niña, y mete este anillo entre las raíces, o donde quieras, da igual.
Solo... solo que quede algo de Bjorn el Rojo en este sitio donde vas a hacer tu vida.
Un anillo bajo un árbol. Para que dentro de cien años, si alguien lo encuentra cavando, haya existido un hombre que se llamó Bjorn, que fue hermano de Hrafn, y que no supo quedarse, pero que quiso, con toda su alma, haber sabido.
—La voz se le quebró por última vez—. Es lo único que puedo plantar yo, hermano. Un anillo. Plántamelo tú, que sabes.
Hrafn cerró la mano sobre el anillo, y no pudo hablar.
Abrazó a su hermano, al fin, a pesar de todo, fuerte, y Bjorn lo dejó hacer.
Por un momento los dos lobos viejos se agarraron en la orilla como se agarraban de críos en el agua helada del fiordo, a ver quién aguantaba más.
Y luego Bjorn se separó, despacio, le dio la espalda para que no le viera la cara, subió a su barco, y dio la orden de soltar amarras con una voz que solo tembló al principio.
Los dos barcos de Bjorn se separaron de la orilla, viraron, y empezaron a remar río abajo, hacia la barra, hacia el mar, hacia las costas que morder y el agua que un día los cogería.
Bjorn iba en la popa del primero, de pie, mirando hacia la isla, hacia su hermano.
No alzó la mano en saludo como los hombres de Ulf, porque Bjorn no sabía despedirse así.
Se quedó solo mirando, de pie en la popa, la melena roja al viento del río, hasta que la niebla empezó a tragarse el barco.
Lo último que Hrafn vio de su hermano, antes de que la bruma lo borrara del todo, fue aquella figura roja e inmóvil en la popa, mirándolo, haciéndose pequeña, perdiéndose, hasta que ya no fue más que una mancha.
Y luego nada. Solo la niebla gris sobre el agua y el chapoteo de unos remos que se alejaban y que pronto tampoco se oyeron.
Hrafn se quedó en la orilla mucho rato después de que el barco desapareciera, con el anillo de plata apretado en el puño, mirando la niebla del río que se había tragado a su hermano.
Leifa, a su lado, le puso la mano en el hombro y no dijo nada.
Yusuf, al otro, tampoco. Y los tres se quedaron así, en la orilla de la isla de fango, viendo deshacerse la última niebla de la mañana sobre el agua vacía.
El río se lo había llevado todo: el norte, la hueste, el hermano, la vida de antes.
Y ahora, despejándose, dejaba ver solo lo que quedaba: una isla, un puñado de hombres desarmados, una tierra ajena.
Y el resto de una vida por inventar. La separación de las naves había terminado. Empezaba lo más difícil: quedarse.