Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El mar de Bjorn
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El mar de Bjorn

Bjorn el Rojo cruzó la barra del Guadalquivir por última vez con la marea bajando. Al sentir el barco salir del río al mar abierto sintió, mezcladas, la libertad y la orfandad. Aquel día descubrió que eran, para un hombre como él, la misma cosa.

Salieron al Atlántico, los dos barcos, poco más de ochenta hombres entre los dos, los lobos que no sabían ser otra cosa.

Y Bjorn, de pie en la proa, con el viento salado del sur en la cara y el río y la isla y su hermano quedando atrás para siempre, esperó sentir el alivio del lobo suelto, la euforia de la libertad recobrada.

Y no la sintió, o no entera. Sintió el mar, sí, vasto, abierto, suyo otra vez, y eso le llenó algo.

Pero sintió también, debajo, un vacío que el mar no llenaba: el hueco con forma de hermano.

El sitio en la popa donde durante veinte años había estado Hrafn y ahora no estaba ni estaría más.

Era libre. Era el jarl de su propia banda por fin, sin nadie que le bajara el brazo, sin un cuervo que midiera sus mordiscos.

Y descubrió, navegando, que la libertad sin el hermano sabía a poco.

Sabía a sal. Sabía a un hombre solo en una popa mirando un horizonte que ya no compartía con nadie que importara.

No volvió la proa al norte, hacia casa. Bjorn no tenía casa; su casa había sido la hueste, y la hueste se había deshecho.

Así que hizo lo único que sabía: buscó costa que morder.

Bajaron hacia el sur, costeando. Ásgeir, el goði, que iba con ellos, sacrificó al fin a sus dioses sin que nadie se lo impidiera.

Ahorcó de una verga a un cautivo que llevaban, y proclamó que ahora sí, libres del jarl impío, los dioses del norte volverían a sonreírles.

Bjorn lo dejó hacer. Ya no le importaban los dioses, ni los del norte ni los del sur.

Había dejado de creer en ellos en Tablada, viendo morir a sus hombres bajo un fuego que ningún dios apagó.

Pero dejó que Ásgeir hiciera sus ritos, porque los hombres los necesitaban.

Un jefe le da a su gente lo que necesita para no romperse, aunque él ya no crea en ello.

Eso, al menos, lo había aprendido de su hermano.

Mordieron costas. Cruzaron el estrecho, hacia las tierras de los moros del otro lado del mar, al sur, y saquearon un puerto pequeño cuyo nombre Bjorn no llegó a saber.

Cogieron oro y cautivos, y fue fácil, y fue rico, y los hombres celebraron.

Y Bjorn, mirándolos celebrar, sintió por primera vez con claridad lo que su hermano había sentido en Išbīliya y que él entonces no había entendido: la facilidad le supo a vacío.

Cogía un oro que no le servía para nada, que no podía gastar, que solo cargaba el barco.

Quemaba un puerto que no le había hecho nada.

Y por la noche, junto al fuego del botín, rodeado de sus lobos, Bjorn el Rojo se descubría pensando en un huerto que no tenía, en un olivo que no sabría plantar, en un hermano que en aquel momento, río arriba en una isla de fango, estaría aprendiendo a vivir de otra cosa.

Y el pensamiento le dolía, porque era el pensamiento de Hrafn metido en su cabeza, la semilla que su hermano le había dejado al despedirse.

Bjorn comprendió que aunque no se hubiera quedado, aunque hubiera vuelto al mar, ya nunca sería del todo el lobo limpio de antes.

Llevaba dentro la duda de su hermano, la grieta, el «esto no construye nada», y esa duda, una vez sembrada, no se arranca ni en alta mar.

Siguieron al levante, hacia islas que decían ricas, hacia más costas, más puertos, más oro inútil.

Y Bjorn siguió siendo el Rojo, el jarl de los lobos, valiente, temido, exactamente lo que siempre había querido ser.

Pero por dentro era otro hombre, un hombre dividido entre lo que hacía y lo que su hermano le había enseñado a ver en lo que hacía, condenado a seguir mordiendo sin la inocencia del que muerde sin preguntar.

Esa fue la venganza involuntaria de Hrafn, y la última herencia de su hermandad: que Bjorn se llevó al mar la pregunta del norte, «¿para qué?

», y que la pregunta lo acompañaría, como un remero más, en cada saqueo, en cada costa, en cada noche junto al fuego del botín, hasta el final.

No se sabe bien cuál fue ese final, porque los hombres que vuelven cuentan y los que no vuelven no, y de los barcos de Bjorn no volvió ninguno a contar.

Años después, mercaderes que bajaban del norte traían retazos de historias, imposibles de confirmar, mezcladas ya con la leyenda.

Decían que una banda de lobos mandada por un pelirrojo había saqueado costas del sur durante años, que había llegado lejos, muy lejos, hasta mares de los que el norte no tenía nombre.

Que la habían visto en una isla grande del centro del mar, y en la desembocadura de un río de los francos.

Que un pelirrojo viejo y temido mandaba todavía un barco solo, el último, cuando ya no le quedaban hombres jóvenes.

Y que un día ese barco entró en una tormenta y no salió.

El mar lo cogió, como Bjorn había dicho que lo cogería, y bien cogido quedó.

Otros decían que no, que murió en una playa, peleando, con el hacha en la mano, rodeado, como había vivido.

Nadie lo sabía de cierto. Y quizá daba igual cuál de las dos muertes fue la verdadera, porque las dos eran la misma: la del lobo que no supo ser otra cosa y que prefirió morir siendo lo que era a vivir siendo lo que no sabía.

Lo único cierto, lo único que quedó de verdad de Bjorn el Rojo en este mundo, no estuvo en el mar ni en las costas que quemó ni en el oro que cargó y se hundió con él.

Estuvo, sin que él lo viera nunca, río arriba, en una isla del Guadalquivir, bajo las raíces de un olivo joven que un hermano le plantó, con un anillo de plata enterrado entre ellas.

En una tierra del sur que Bjorn no quiso habitar pero donde, por la mano de Hrafn, echó al fin la única raíz que un hombre como él podía echar: la memoria de alguien que lo quiso.

De alguien que quiso que existiera, después de que el mar lo borrara, un árbol plantado en su nombre.

De toda la furia de Bjorn el Rojo, de todos sus saqueos y su gloria y su sangre, eso fue lo único que no fue vanitas: un anillo bajo un olivo, plantado por amor, en la orilla de un río que él cruzó por última vez sin volver la cabeza, llorando, como solo lloran los hombres que se van sabiendo que dejan atrás lo único que de verdad querían.