Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Hermanos
57%

Hermanos

La última noche, Hrafn y Bjorn se sentaron juntos lejos de los fuegos, en la orilla de la isla, con el río negro delante. Y no pelearon, y eso fue peor que cualquier pelea, porque pelear habría dejado abierta una puerta de vuelta y no pelear la cerró.

—¿Te acuerdas de la playa? —dijo Bjorn al cabo de un largo silencio—. La de la sangre. Cuando nos juramos.

—Me acuerdo.

—Yo tenía nueve años. Tú diez. Y nos cortamos las muñecas con el cuchillo de tu padre, que era tan grande que casi nos cortamos la mano entera, y juntamos la sangre, y juramos que seríamos uno hasta la muerte.

—Bjorn se rió, bajo, una risa sin alegría—.

Hasta la muerte, dijimos. Y mira. No nos separa la muerte, hermano.

Nos separa la vida. Eso no estaba en el juramento.

No se nos ocurrió que un hombre pudiera querer dejar de ser lo que jurábamos ser.

Éramos críos. Creíamos que ser un lobo del norte era para siempre, como tener dos ojos.

—Yo también lo creía —dijo Hrafn—. Hasta hace un año. Hasta el túmulo.

—El túmulo. —Bjorn asintió, despacio—. Ahí empezó, ¿verdad.

Cuando se te murieron Gunnhild y el crío.

Yo lo vi, hermano. Vi que volviste de aquello siendo otro, más callado, más frío, mirando el humo de las aldeas como si no lo vieras.

Y no supe qué hacer. No supe ayudarte. Pensé que se te pasaría peleando, que era cosa de tiempo, que un hombre se cura de una pérdida volviendo a coger, a quemar, a vivir a fondo.

Por eso te traje al sur. ¿Lo sabías? —Miró a su hermano—.

Esta expedición la armé por ti. La ciudad de plata, el gallego, todo.

Pensé: lo llevo al sur, lo lleno de oro y de gloria, y vuelve a ser el de antes.

Te quería curar, Hrafn. Y en vez de curarte, te traje al sitio exacto donde se te terminó de romper lo que te quedaba de lobo.

Te traje a la tierra que te ha enseñado que no quieres ser lo que fuimos. Yo. Por quererte mal.

Y aquello, comprendió Hrafn, era la confesión más honda que Bjorn había hecho en su vida: que había armado la expedición que destruyó a media hueste por amor a su hermano, por curarlo.

El amor mal entendido los había llevado a todos a la ruina.

No había malicia en Bjorn. Nunca la había habido.

Había un hombre que solo sabía amar de una manera, la del lobo, ofreciendo caza, gloria, sangre, porque era lo único que tenía para dar.

Y que descubría, demasiado tarde, que a un hermano que ya no quería caza no se le podía curar con más caza.

—No me quisiste mal —dijo Hrafn—. Me quisiste como sabías.

Igual que yo te dejé ganar la hueste porque estaba cansado, en vez de pelearte de verdad, que habría sido quererte mejor.

Los dos nos hemos querido como hemos sabido, hermano, y a veces saber querer poco hace tanto daño como no querer.

Pero no es culpa. Es límite. Tú tenías el límite de no saber dar más que caza.

Yo, el de no saber pedir otra cosa hasta que fue tarde.

Y entre tus límites y los míos, se nos fue media hueste.

—Miró el río—. Pero no me arrepiento de haber venido al sur, Bjorn.

Aunque suene loco. Porque en el norte yo me estaba muriendo despacio, congelado en aquel túmulo, y aquí, en mitad de toda esta sangre, he vuelto a querer algo.

He vuelto a querer vivir, a querer plantar, a querer un mañana.

Eso me lo ha dado el sur. Carísimo. Pero me lo ha dado.

Y a ti, hermano, ¿qué te ha dado a ti el sur?

Bjorn tardó en contestar. Miró el río, los fuegos lejanos, la noche.

—A mí me ha quitado —dijo al fin—. Me ha quitado a la mitad de mis hombres, me ha quitado la certeza de que ser un lobo valía la pena, y ahora me va a quitar a mi hermano.

El sur a ti te ha dado y a mí me ha quitado, y a lo mejor es justo, porque tú venías vacío y necesitabas que te llenaran, y yo venía lleno, demasiado lleno de mí mismo, y necesitaba que me vaciaran un poco.

—Se encogió de hombros—. Pero un hombre vaciado a mi edad no se rellena con otra cosa, Hrafn.

Tú sí. Tú tienes con qué. A los treinta y ocho años puedes aprender a plantar un olivo.

Yo no. Yo, si me quedara, sería un odre vacío arrastrándose por un huerto, dando lástima, recordando lo que fui.

Y prefiero volver al mar siendo aún algo, aunque sea un lobo viejo y derrotado, a quedarme en tierra siendo nada.

No es valor. Es que no sé hacer otra cosa.

Tú aprendiste a tener miedo del saqueo. Yo no aprendí nunca a no tenerlo del huerto.

Se quedaron callados un rato largo, los dos hermanos, viendo correr el río. Y al fin Hrafn dijo lo que llevaba toda la noche queriendo decir y temiendo decir:

—Quédate, Bjorn.

—Hermano...

—Escúchame. Quédate. Una vez. Te lo pido una vez, y no te lo pido más, porque sé lo que te cuesta hasta oírlo.

—Hrafn se volvió hacia él, y le habló con una urgencia que no se permitía nunca—.

No tienes que plantar olivos. No tienes que doblar el cuello del todo.

Quédate y guárdanos. Hará falta quien nos guarde, en esta tierra, un asentamiento de desarmados rodeado de gente que nos odia con razón.

Sé el que vigila. Sé el lobo que protege el rebaño en vez del que lo come.

Hay sitio para ti en lo que viene, Bjorn, un sitio que no es el huerto, un sitio de fuerza, solo que la fuerza al servicio de construir en vez de coger.

¿No lo ves? No te pido que dejes de ser fuerte.

Te pido que pongas tu fuerza del otro lado, por una vez.

Conmigo. Como siempre. Espalda contra espalda, pero defendiendo en vez de atacando.

Y por un instante, un solo instante, Hrafn vio a Bjorn dudar de verdad, vio al hermano tentado, vio que la idea de quedarse, de no separarse, de seguir juntos aunque fuera de otra manera, tiraba de él con toda la fuerza de treinta años de hermandad.

Por un instante creyó que lo lograba. Pero Bjorn cerró los ojos, y negó con la cabeza, despacio, y cuando los abrió estaban húmedos.

—No puedo, Hrafn —dijo, y la voz se le quebró—.

Dios, cómo me gustaría. Quedarme. Seguir contigo.

Pero no puedo, y voy a decirte por qué, y es la verdad más fea que tengo dentro.

No puedo quedarme y verte feliz plantando olivos sabiendo que yo no puedo plantarlos.

No puedo quedarme y ser tu guardián mientras tú construyes una vida que yo soy incapaz de construir.

Me consumiría la envidia, hermano. La envidia de tu paz.

Acabaría odiándote por tener lo que yo no sé tener, y no quiero.

No quiero odiarte. Prefiero irme queriéndote a quedarme y aprender a odiarte.

—Le cogió la muñeca, la de la vieja cicatriz del juramento—.

Déjame irme queriéndote, Hrafn. Es lo único que te pido yo a ti.

Déjame marcharme mañana siendo todavía tu hermano, y no quedarme a ser, con los años, tu rencor.

Es el último regalo que puedo hacerte, y el más difícil: irme.

Y antes de soltarle la muñeca, dijo una última cosa, muy bajo, como quien suelta un peso:

—Hay un dicho entre los nuestros, hermano, lo has oído mil veces: que el que se baja del barco ya se ahogó.

Que al que deja la cubierta y se queda en tierra se le llora como a un muerto, porque para el mar y para los suyos ya no existe.

—Negó con la cabeza, despacio—. Pues yo no pienso llorarte como a un ahogado, aunque sea lo que manda la costumbre.

No me da la gana. Tú no te has ahogado. Tú eres el único de los dos que ha aprendido a nadar.

A lo mejor el que se ahoga es el otro: el que no sabe bajarse a tiempo.

—Y se calló, sin saber que estaba diciendo, sin querer, su propia suerte.

Hrafn no pudo responder. Le apretó la muñeca a su hermano, la cicatriz contra la cicatriz, la sangre vieja del juramento de dos críos en una playa del norte.

Y los dos hombres se quedaron así, agarrados por las muñecas, en la orilla de una isla de fango en el fin del mundo, llorando los dos sin esconderlo.

Eran dos lobos viejos despidiéndose de la única hermandad que la vida les había dado.

No por odio, no por muerte, sino por el más triste de los motivos: porque se querían demasiado para hacerse el daño de seguir juntos siendo ya distintos.

Y el río corría delante, negro, indiferente, llevándose la noche hacia la barra y el mar, hacia el amanecer en que se separarían para siempre.

Ninguno de los dos hermanos dijo ya nada más, porque ya estaba todo dicho, y porque hay despedidas que solo se aguantan en silencio, agarrados por la muñeca, mirando correr un río que mañana llevará a uno hacia el mar y dejará al otro en la orilla, para siempre, cada uno con la mitad de una hermandad que ya nunca volverá a ser entera.