Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Los tres caminos
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Los tres caminos

La noche en que la hueste se repartió en tres caminos, Leifa entendió que una hueste no se rompe de golpe, como un escudo, sino despacio, como se deshace un nudo, hebra a hebra. Y que cada hebra tenía un nombre y una cara que ella conocía.

Se reunieron por última vez como hueste entera, bajo las estrellas grandes del sur, en el claro de los tarajes.

Hrafn les puso delante, sin adornos, las condiciones que había traído al-Ghazal: rendir todas las armas; un barco al norte para los que quisieran volver, sin retorno jamás; tierra y la fe del sur para los que quisieran quedarse; y nada, salvo el destierro al mar, para los que no aceptaran ni lo uno ni lo otro. Y luego dijo:

—No voy a votar esto. No es cosa de votar.

Cada hombre tiene un cuello y un corazón distintos, y cada uno elige el suyo.

Os doy la noche. Mañana al amanecer, los que quieran el barco del norte, a la orilla de poniente.

Los que quieran quedarse, a la de levante.

Los que quieran seguir en el mar con quien os lleve, a la del sur.

Y que ningún hombre reproche a otro su camino, porque los tres son honrados y el único deshonor sería obligar a otro a morir en el tuyo.

Esta noche, hermanos, dejamos de ser una hueste.

Hagámoslo bien. Hagámoslo como hermanos que se separan, no como enemigos.

Y Leifa, que no tenía que decidir nada porque hacía días que sabía su camino, se quedó toda la noche mirando decidir a los demás. Fue lo más triste y lo más hermoso que había visto.

Vio a Ulf Barbablanca ir de fuego en fuego, hablando bajo, juntando a los suyos: los padres, los que tenían gente esperando en el norte, los veteranos cansados que querían morir en su tierra.

Ulf no arengaba; recordaba. «¿Cuántos años llevas sin ver a tu mujer, Ottar?

¿Y tu crío, qué edad tendrá ya, no lo conoces?

» Y los hombres, oyéndolo, se acordaban de un fiordo, de una cara, de una vida que habían dejado atrás creyendo que volverían pronto y ricos.

Ahora volverían pobres y rotos. Pero volverían, que era más de lo que muchos compañeros podían ya hacer.

Se juntaron alrededor de Ulf como sesenta, quizá setenta.

El barco del norte. Los que se iban a casa.

Vio a Ásgeir, el goði, juntar a los suyos en el otro extremo: los duros, los fanáticos, los que antes muertos que arrodillados, los que no concebían vivir sin el hacha ni morir sin Odín.

Ásgeir sí arengaba, con su fervor frío, hablando del Valhalla, de la vergüenza de doblar el cuello ante el dios ajeno, de que más valía una muerte de lobo que cien años de perro.

Y a su alrededor se fueron juntando los que eran como él.

Entre ellos, Leifa lo vio con un peso en el pecho, estaba Thrand el Callado, y media docena más de los más jóvenes y bravos.

Eran los que habían sobrevivido a Tablada sin que la derrota les enseñara nada, solo les hubiera dado más sed de venganza.

Esos no se quedarían a plantar ni volverían a casa.

Esos seguirían en el mar, mordiendo, hasta que el mar los cogiera. El grupo de Ásgeir y de Bjorn.

Porque Bjorn estaba con ellos, claro. Leifa lo vio sentado un poco aparte, mirando juntarse al grupo de los que seguirían en el mar, su grupo, el que él lideraría.

Y vio que no arengaba como Ásgeir, que no estaba contento como debería estar un jarl que reúne a sus lobos.

Estaba serio, hundido, mirando a la vez hacia el fuego de su hermano en el otro extremo del claro, hacia donde se juntaban los que se quedaban.

Bjorn no había elegido el mar porque lo quisiera, comprendió Leifa.

Lo había elegido porque no sabía querer otra cosa.

Y eso, en la cara del Rojo aquella noche, era lo más triste de todo el claro: un hombre eligiendo lo único que sabía ser, sabiendo que lo separaba para siempre de lo único que de verdad quería, que era su hermano.

Y vio a Sven.

El muchacho estaba con Sancha, junto a un fuego pequeño, los dos solos, hablando bajo.

Y Leifa, que los había visto nacer como pareja en una alquería del Aljarafe, los vio decidir su vida aquella noche.

Sven no fue al fuego de Ulf, el de los que volvían al norte, aunque era joven y tenía un sitio en el barco de casa.

No fue al fuego de Bjorn, el de los lobos del mar, aunque era valiente y los lobos lo habrían acogido.

Sven se levantó, cogió a Sancha de la mano, y los dos cruzaron el claro juntos, despacio, a la vista de todos, hasta la orilla de levante, la de los que se quedaban, la de la tierra y la fórmula del sur.

Y al hacerlo, Sven, el muchacho del norte, renunciaba a su tierra, a sus dioses, a su gente, a todo lo que había sido.

Lo renunciaba por una muchacha mozárabe a la que había perdonado en un lagar.

Leifa lo vio cruzar el claro de la mano de Sancha, y se le llenaron los ojos.

Era la cosa más valiente que había visto hacer a nadie en toda la expedición, más que cualquier carga en Tablada: un crío de dieciocho años eligiendo el amor sobre todo lo demás.

No sabía siquiera bien en qué se metía, solo sabía que no quería un mundo sin aquella muchacha.

Ella misma, Leifa, no tuvo que cruzar nada, porque ya estaba donde tenía que estar: con Hrafn, en el fuego de los que se quedaban.

Lo había decidido en la barca de Tablada, con el hombro destrozado, viendo morir la gloria.

Lo había sellado velando al jarl en la fiebre, oyéndolo llamar a su mujer y a su hijo muertos.

Su camino era el de Hrafn, no por sumisión, sino porque era el único hombre que tenía por familia.

Y porque aquella tierra de olivos y de norias y de libros le había mostrado una vida que ella quería probar.

Una vida de construir y no de coger. Se quedaba.

La guerrera Leifa se quedaba en la isla, con el jarl que dejaba de serlo, a aprender a ser otra cosa.

Hacia la medianoche, cuando los grupos ya estaban casi formados, Leifa fue de uno a otro, despidiéndose, porque a muchos no los volvería a ver. Abrazó a Ulf Barbablanca, el viejo que siempre la había tratado bien, que nunca se había reído de la cría que quería pelear.

—Cuídate, niña —le dijo Ulf, apretándola con sus brazos viejos—.

Tú te quedas. Está bien. Eres joven, tienes toda una vida para una tierra nueva.

Yo soy viejo y quiero morir donde nací, eso es todo.

No es más valiente lo uno que lo otro. Cada cual a su orilla.

—Le sostuvo la cara—. Si alguna vez, dentro de muchos años, llega al norte un mercader que venga del sur, le preguntaré por la guerrera que se quedó a plantar olivos junto al río grande.

Y si me dice que le va bien, moriré contento sabiendo que de toda esta ruina salió, al menos, una cosa buena.

Y abrazó, lo más difícil, a los que se iban con Bjorn al mar, a los que probablemente morirían pronto en alguna costa, a Thrand.

Nunca le había caído bien, y aquella noche, al despedirse, le pareció solo un hombre asustado disfrazado de fiero.

Y cuando llegó a Bjorn, el Rojo, el segundo, el que la había visto crecer también, no supo qué decirle.

Porque Bjorn se iba por el peor de los caminos, el de seguir siendo lo que ya no servía, y los dos lo sabían.

—No me mires así, niña —le dijo Bjorn, con una sonrisa cansada—.

No me voy a morir mañana. A lo mejor me hago viejo en el mar, quién sabe.

—Pero no se lo creía ni él—. Cuida a mi hermano.

Tú sabes cuidarlo, lo viste en la fiebre.

Yo no he sabido nunca. Yo solo sabía pelear a su lado, que es otra cosa.

Cuídalo tú ahora, que vais a un sitio donde no sirve pelear y sí saber querer, y eso tú lo tienes y yo no.

—Le apretó el hombro bueno—. Y planta un olivo por mí, anda.

Uno solo. Para que cuando el mar me coja, quede en el mundo un árbol que alguien plantó pensando en Bjorn el Rojo.

Es más de lo que va a quedar de los otros lobos. Es más, a lo mejor, de lo que merezco.

Leifa le prometió el olivo, llorando ya sin esconderlo, y se separó de él.

Volvió al fuego de los que se quedaban, al lado de Hrafn, y desde allí miró el claro de los tarajes la última noche entera de la hueste: tres grupos de hombres alrededor de tres fuegos, los que volvían, los que se quedaban, los que seguirían mordiendo.

Y en medio el espacio vacío que los separaba, que ninguno cruzaba ya, el espacio donde durante un viaje entero habían sido una sola cosa y donde al amanecer dejarían de serlo para siempre.

Una hueste no se rompe de golpe, pensó Leifa.

Se deshace despacio, hebra a hebra, cada hebra con su nombre, y duele en cada una, porque cada hebra es un hombre al que quisiste, y al que mañana, en una orilla u otra, vas a ver marchar por última vez.