La gacela
El embajador del emir llegó al cabo de cinco días, y no se parecía en nada a lo que un hombre del norte esperaba de un enemigo. Llegó vestido de seda, recitando versos. Y a Hrafn le costó más sostenerle la mirada a aquel poeta sonriente que a toda la caballería de Tablada.
Yusuf tradujo, como siempre. Pero desde el primer momento notó algo, y se lo dijo a Hrafn por lo bajo: aquel hombre era el más peligroso que habían tratado.
Más que Nasr, más que cualquier general.
Porque Nasr ganaba con ejércitos y este ganaba con palabras.
Y de las palabras no protege ninguna pared de escudos.
Se sentaron a hablar bajo el toldo de Hrafn, el jarl y el poeta, con Yusuf en medio pasando una lengua a la otra. Y fue, durante horas, un duelo, aunque ninguno de los dos levantara nunca la voz.
—Así que tú eres el cuervo —empezó al-Ghazal, mirando a Hrafn con aquellos ojos burlones—.
El que tomó Išbīliya y la deshizo. Dime, cuervo, ¿ha valido la pena?
Toda esa ceniza, toda esa plata que ahora se pudre en tus barcos sin que puedas sacarla del río.
¿La cambiarías por la mitad de los hombres que dejaste en Tablada?
—No —dijo Hrafn, sin rodeos—. No ha valido la pena. Lo cambiaría todo. Pero ya está hecho, y un hombre no negocia el pasado. Negocio lo único que me queda: las vidas de los que aún respiran.
Al-Ghazal levantó una ceja, divertido y, quizá, sorprendido.
—Curioso pagano. Esperaba bravatas. Esperaba que me dijeras que vuestros dioses os sonríen, que la muerte en combate es vuestra gloria, todas esas cosas que dicen los hombres del norte cuando los acorralamos.
—Se inclinó hacia delante—. Y en cambio me dices que no valió la pena.
¿Sabes lo peligroso que es eso, cuervo? Un enemigo que cree que su causa es santa es fácil: se le mata y se acabó, y muere contento, que es lo que quiere.
Un enemigo que sabe que su causa es vana, ese da miedo, porque ese ya no es un enemigo: ese es un hombre buscando otra cosa.
Y los hombres que buscan otra cosa son impredecibles.
—Sonrió—. El emir, en su sabiduría, me ha mandado a mí precisamente porque sospechaba que el jefe de los al-majūs podía ser de los segundos.
Y veo que tenía razón. Como casi siempre.
Hrafn no respondió a la galantería. Fue al grano, porque no tenía tiempo ni cuerpo para esgrimas.
—Las condiciones —dijo—. Dímelas. ¿Qué pide tu emir por dejar vivir a mis hombres?
Al-Ghazal se recostó, juntó las yemas de los dedos finos, y las recitó como quien recita un poema que ha pulido por el camino.
—El emir Abd al-Rahman, a quien Dios ensalce, es misericordioso, pero su misericordia tiene forma, cuervo, y la forma es esta.
Primero: rendiréis todas las armas. Todas.
Hasta el último cuchillo. Las depondréis en un montón, ante Nasr, a la vista de su ejército, y un hombre del norte sin armas, ante mil hombres armados, sabe lo que eso significa.
Segundo: no saldréis de aquí como salisteis, en hueste.
Os dispersaréis. El que quiera marcharse por mar, al norte, lo hará con un solo barco, los que quepan, con provisiones, y no volverá jamás a estas costas; si vuelve, el pacto se rompe para todos los suyos.
Tercero, y este es el que de verdad importa al emir: los que quieran quedarse a vivir en sus tierras, lo harán bajo una sola condición.
Abjurarán de vuestros ídolos, de Odín y de los demonios del norte, y abrazaréis la fe del islam, la sumisión al Dios único.
No de boca. De verdad, ante testigos, con la fórmula.
El que se quede, se queda como musulmán, súbdito del emir, sometido a su ley.
Y a cambio recibirá tierra, la que el emir disponga, para vivir de ella, y la protección de su ley, igual que cualquier otro súbdito.
—Abrió las manos—. Eso es todo. Vidas, a cambio de las armas, de la dispersión, y, para los que se queden, de vuestra fe. ¿Te parece caro, cuervo?
Hrafn lo pensó, despacio, mientras Yusuf terminaba de traducir.
Caro era. Para un hombre del norte, abjurar de los dioses era arrancarse el alma, perder el Valhalla, dejar de ser.
Pero Hrafn hacía tiempo que no tenía dioses.
Se lo había dicho a Yusuf, «no tengo dios, hace tiempo que no tengo ninguno».
No sentía por aquella condición lo que sentiría Ásgeir. Lo que le pesaba era otra cosa.
—La fe —dijo Hrafn—. Pides que abjuren de su fe los que se queden.
¿Y si un hombre se queda y dice la fórmula con la boca pero no la cree en el pecho?
¿Eso te vale a tu emir? Porque te digo la verdad, poeta, y prefiero la verdad: la mayoría de los que se queden dirán tu fórmula para vivir, no porque tu Dios les haya hablado.
Aprenderán a decirla, a hacer los gestos, a vivir como vivís vosotros, porque querrán comer y plantar y ver crecer a sus hijos.
Pero por dentro, los primeros años, muchos seguirán siendo lo que eran.
¿Le sirve eso a tu emir, o pides una fe que no puedo prometerte porque no está en mi mano dar?
Al-Ghazal lo miró con renovado interés, y esta vez su sonrisa fue distinta, menos burlona, más honda.
—Esa, cuervo, es una pregunta de teólogo, no de saqueador —dijo—.
Y te voy a contestar con una honestidad que no suelo gastar con enemigos.
El emir pide la fórmula, los gestos, la sumisión.
Lo de dentro... lo de dentro es asunto entre cada hombre y Dios, y ni el emir ni yo podemos verlo ni nos toca juzgarlo.
Te diré lo que sé de la fe, yo que he visto mucha: que casi nadie la cree del todo el primer día.
Se empieza por los gestos. Se reza porque hay que rezar, se ayuna porque toca ayunar, se dice la fórmula porque salva la vida.
Y luego, con los años, a unos la fe se les mete dentro de tanto hacer los gestos, y a otros no, y se quedan haciéndolos por costumbre.
Y a Dios, que es más sabio que tú y que yo, le sirven los unos y los otros, porque de los gestos repetidos nacen los hijos que sí creerán.
Y así crece la fe, no de los conversos, sino de los nietos de los conversos.
—Abrió las manos—. Así que sí, cuervo. Le sirve a mi emir.
Quédate, di la fórmula, planta tu tierra, y deja que el tiempo y tus nietos hagan lo demás.
El emir no compra tu alma. Compra tu sumisión y la siembra de los que vendrán.
Es un trato más honrado de lo que pareces creer.
Y Hrafn, oyendo aquello, comprendió por qué el emir había mandado a aquel hombre y no a un sacerdote fanático ni a un general duro.
Porque al-Ghazal entendía a los hombres.
Entendía que no se puede comprar una fe, pero sí una vida, y que de una vida sometida, con el tiempo, nace todo lo demás.
Era, a su manera retorcida y fina, la misma sabiduría que Hrafn había empezado a entrever en la isla: que lo que importa no es lo que un hombre cree hoy, sino lo que planta para mañana.
El sur llevaba siglos absorbiendo así a los que llegaban, godos, bereberes, ahora hasta lobos del norte.
No los convencía. Les daba tierra y tiempo y dejaba que los nietos hicieran el resto.
—Lo llevaré a mis hombres —dijo Hrafn—. Cada uno decidirá su camino: el barco al norte, la tierra y tu fórmula, o... —dudó— o el que no acepte ni lo uno ni lo otro.
—Ah. —Al-Ghazal entornó los ojos—. Hay un tercer grupo.
Los que no se rinden. Lo sospechaba; siempre los hay.
El lobo que no se vuelve perro ni se va a casa, sino que prefiere seguir siendo lobo hasta que lo maten.
—Se encogió de hombros—. El emir es generoso, pero no tonto.
A esos, dile, no les ofrece nada. Si quieren seguir siendo lobos, que se vayan en el barco del norte y se hagan lobos en otra costa, lejos de la suya, y que no vuelvan.
Pero como lobos no se quedan ni un día en tierra del emir.
La oferta es vivir sometido o irse para siempre.
No hay una tercera tierra para los que quieren seguir mordiendo.
Esa, cuervo, tendrán que buscársela en el mar.
Y así, bajo el toldo de la isla de fango, el poeta de Córdoba y el cuervo del norte cerraron el marco de lo que vendría: las armas, la dispersión, la fórmula para los que se quedaran, el destierro para los que no.
Al-Ghazal se levantó, se sacudió el polvo de la seda con dos dedos finos, y antes de volver a su barca miró a Hrafn una última vez, con aquellos ojos vivos en los que la burla se había vuelto, casi, respeto.
—Eres un hombre raro, cuervo —dijo—. Un saqueador que quiere dejar de saquear.
Si te quedas, y vives, y plantas tu tierra, me gustaría volver a hablar contigo dentro de diez años, a ver en qué te ha convertido el sur.
Tengo la sospecha de que en algo interesante.
Los hombres que cambian de vida a tu edad suelen, o romperse, o volverse sabios.
Y tú no pareces de los que se rompen. —Sonrió—.
Hasta entonces, cuervo. Que tu dios extranjero, o el mío, o el de nadie, te dé lo que ningún dios suele dar a los hombres como tú y como yo: tiempo.