Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Bandera blanca
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Bandera blanca

Para pedir la paz hacía falta un hombre que hablara las dos lenguas y al que las dos partes no mataran al verlo. En toda la isla de fango solo había uno. Así que a Yusuf le tocó ser el puente por el que cruzaría, o no, la vida de trescientos hombres.

Hrafn se lo pidió, no se lo mandó. Y esa diferencia, viniendo de un captor a un cautivo, no se le escapó a Yusuf.

Yusuf comprendió lo que el jarl le estaba ofreciendo sin decirlo del todo: una salida.

Si iba al campo de Nasr de heraldo, podía no volver.

Podía quedarse con los suyos, con los vencedores, libre, y dejar que la isla se las arreglara.

Hrafn se lo estaba poniendo en la mano. Y Yusuf supo, en ese momento, que el jarl le estaba ofreciendo la libertad a cambio, quizá, de su propia última esperanza.

Porque sin heraldo no había negociación, y sin negociación no había vida para los trescientos.

Era un acto de una generosidad terrible, la de un hombre ahogándose que le suelta el madero al otro.

—Mi madre se queda en la isla —dijo Yusuf, despacio.

—Tu madre se va contigo —respondió Hrafn—.

Eso también te lo ofrezco. Llévatela al campo de Nasr, ponla a salvo entre los tuyos, y luego decides si vuelves o no.

No voy a retener a una vieja para obligarte.

Eso lo habría hecho hace tres semanas, te lo dije, era mi cálculo.

Ya no. Llévatela. Sois libres los dos. Y si después de ponerla a salvo decides volver a traerme las condiciones del emir, será porque quieres, no porque tu madre sea mi rehén.

Y si no vuelves, lo entenderé, y habrá sido justo.

Yusuf se quedó mirándolo. Y en aquel momento, en la isla de fango, frente a aquel hombre flaco y febril que le devolvía a su madre y su libertad a cambio de nada, Yusuf ibn Bishr tomó la decisión que definiría el resto de su vida, aunque aún no lo supiera.

—Pondré a mi madre a salvo —dijo—. Y volveré con las condiciones.

—No tienes que...

—Volveré —repitió Yusuf, y le sorprendió la firmeza de su propia voz—.

Porque alguien tiene que traducir esto bien, señor.

Si no lo traduzco yo, lo traducirá mal cualquier renegado del campo de Nasr que medio chapurree, y de una palabra mal puesta dependen trescientas vidas.

Y porque... —dudó, y luego lo dijo— porque ya no sé del todo cuál es mi gente.

Vi a los vuestros colgar de las palmeras y me dolió igual que me dolió mi ciudad.

Un hombre que se duele por los dos lados de una guerra no tiene un lado al que volver del todo.

Lo único que tengo, señor, es esto: que entiendo a los dos.

Y a lo mejor entender a los dos, en este momento, es lo más útil que un hombre puede ser.

Así que iré, pondré a salvo a mi madre, y volveré a ser el puente.

Porque resulta que es lo único que sé ser, igual que vos sabíais coger ciudades y Bjorn sabe pelear.

Cada cual sirve para lo que sirve. Yo sirvo para esto.

Salió aquella tarde, con Riquilda en una barca, bandera blanca en alto, río arriba hacia el campo de Nasr. Fue el viaje más extraño de su vida: un escribano sevillano cruzando las líneas de una guerra, llevando consigo a su madre vieja, dejando atrás a los invasores y remando hacia los suyos, sin saber ya del todo cuáles eran los suyos.

Lo recibieron con desconfianza, claro. Los soldados de Nasr lo apuntaron con los arcos, lo registraron, le gritaron.

Pero Yusuf hablaba su lengua, conocía los nombres, supo decir quién era: escribano de Išbīliya, cautivo de los al-majūs, que venía con bandera de los paganos a tratar la rendición.

Y poco a poco lo creyeron, y lo llevaron, a él y a su madre, ante el general.

Nasr era un hombre de mediana edad, sin barba, de cara lisa y ojos muy quietos, vestido con sobriedad cara, sentado bajo un toldo entre oficiales y secretarios.

Tenía la calma absoluta del que ha ganado y lo sabe, la calma de un hombre que no necesita levantar la voz porque todo lo que dice se cumple.

Escuchó a Yusuf sin interrumpirlo, midiéndolo con aquellos ojos quietos.

Y cuando Yusuf terminó de explicar que los al-majūs aceptaban tratar la rendición, Nasr tardó un momento en responder.

—Pude haberlos matado a todos —dijo al fin, en voz baja, casi suave—.

Puedo todavía. La isla es una ratonera. Bastaría con esperar.

La fiebre y el hambre me los entregarían en un mes, sin perder yo un solo hombre.

¿Por qué iba a negociar con un pagano acorralado, escribano, en vez de dejar que la marisma haga mi trabajo?

—Porque trescientos hombres muertos de fiebre en un fango no engrandecen a nadie, señor —respondió Yusuf, con cuidado, eligiendo las palabras como sobre el filo de un vado—.

Y trescientos hombres del fin del mundo que se arrodillan ante el emir, que rinden el hierro, que reconocen su poder y abjuran de su error, eso sí.

Eso se cuenta. Eso viaja. Un emir que extermina a unos ladrones es fuerte.

Un emir cuya fuerza es tanta que hasta los lobos del norte deponen las armas y le piden clemencia y se quedan a vivir bajo su ley, ese es más que fuerte: ese es grande.

Vos no negociáis con un acorralado, señor.

Negociáis con vuestra propia gloria, que vale más viva y arrodillada que muerta y podrida.

Algo se movió en los ojos quietos de Nasr, un destello de algo que en un hombre menos dueño de sí habría sido una sonrisa.

—Hablas bien, para ser cautivo de paganos —dijo—. Demasiado bien. ¿De parte de quién hablas, escribano? ¿De la nuestra o de la de ellos?

Y Yusuf, que se había hecho a sí mismo esa misma pregunta cien veces en la isla, dio la única respuesta que tenía, la verdadera:

—De parte de los que van a vivir si esto sale bien, señor.

De ninguna otra. Hay trescientos hombres del norte y, detrás de ellos, una ciudad mía en ruinas que tendrá que reconstruirse, y manos para reconstruirla nunca sobran.

Hablo de parte de que haya menos cadáveres y más manos.

Si eso es estar de un lado, ese es mi lado.

Nasr lo miró un largo rato. Y al fin dijo que llevaría la propuesta a Córdoba, al emir, porque una rendición de aquella magnitud no la decidía un general en un campamento, sino el emir en su palacio.

Que esperaran. Que el escribano podía quedarse en el campo, a salvo, él y su madre, hasta que llegara respuesta.

Y que cuando llegara, vendría con ella alguien de Córdoba, alguien con autoridad para fijar las condiciones.

Porque tratar con los enemigos de Dios que pedían la paz era asunto delicado, asunto del que el emir gustaba de encargar a hombres de especial ingenio.

Yusuf no supo entonces a quién anunciaba aquello. Puso a su madre a salvo, en una tienda, atendida, libre por fin del fango y del miedo. Y Riquilda, antes de dejarlo marchar de vuelta a la isla con la noticia de la espera, le cogió la cara ciega entre las manos y le dijo:

—Vuelves con ellos. Lo sé. No hace falta que me lo digas.

—No era reproche; era constatación—. Ve, hijo.

Pon en pie lo que puedas poner. Eres como tu padre, que también se pasó la vida cerrando tratos entre gente que se odiaba para que no se mataran del todo.

Es buen oficio. El mejor, a lo mejor. —Le besó la frente—.

Pero acuérdate de volver a por tu madre cuando todo esto acabe.

No me dejes en una tienda ajena como me dejaste en un umbral. Una vez te lo perdoné. Dos no.

—Volveré, madre —dijo Yusuf—. Esta vez de verdad. Cuando todo esto acabe, volveré a por ti, y plantaremos algo, tú y yo, en lo que quede de nuestra ciudad. Te lo juro.

Y volvió a la isla, río abajo, bandera blanca en alto, a llevarle a Hrafn la única noticia que tenía.

No era todavía la paz, pero era su antesala: que Córdoba estudiaba la rendición, que mandarían a alguien a fijar las condiciones, y que ese alguien, dijo Nasr con una media sonrisa que Yusuf no había sabido leer, era un hombre de especial ingenio.

La espera, al menos, había empezado a tener forma.

Y en una isla donde se moría de fiebre cada noche, una espera con forma era, ya, una clase de esperanza.