La voz por fin
Repuesto a medias de la fiebre, todavía flaco y tembloroso, Hrafn convocó a la hueste. Y dijo por fin, entero y en voz alta, lo que llevaba toda la expedición callando. Al decirlo dejó de ser el jarl que esconde para ser el hombre que elige.
Los reunió al atardecer, en el claro de los tarajes, a los trescientos que quedaban.
Muchos se sostenían en otros. Estaban flacos, febriles, vencidos.
Era una hueste fantasma de la que había entrado por la barra cantando.
Y Hrafn, de pie sobre el tronco de siempre, sostenido apenas, los miró uno a uno antes de hablar.
Sabía que lo que iba a decir cambiaba todo, y se lo debía mirándolos a la cara.
—Os he traído aquí, a esta isla, para deciros la verdad —empezó—.
Toda. Y para deciros algo que llevo callando desde antes de Lisboa, porque tenía miedo de deciros, y porque un jarl con miedo es un jarl que se calla.
Ya no me callo. Después de Tablada, después de esto, callar es lo único que de verdad sería traición.
—Respiró—. Somos trescientos. Éramos seiscientos.
Tenemos siete barcos y un cerco que no se rompe.
Por el río no salimos: lo tiene cortado.
Peleando no salimos: es Tablada otra vez.
Quedándonos no salimos: es morir de fiebre en el fango, de uno en uno, hasta que se cansen de mirarnos morir.
Esa es la verdad de nuestra situación, sin adornos. El que os diga otra cosa, os miente.
Un murmullo sordo recorrió a los hombres. No de sorpresa: lo sabían. De oírlo dicho.
—Y ahora os digo lo otro, lo que me callaba.
—Hrafn alzó la voz lo que pudo—. Llevo un año, hermanos, sin querer ya este oficio.
Desde antes de embarcar. Desde que enterré a mi mujer y a mi hijo bajo un túmulo de piedras y volví a una casa vacía.
Vine al sur porque era lo que sabía hacer, porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.
Pero ya en la barra supe que algo en mí no quería lo que veníamos a coger.
En Išbīliya lo supe del todo. Vi una ciudad que había tardado siglos en levantarse y la deshicimos en una semana, y no me alegró.
Vi a una mujer meciendo un trapo junto a un pozo donde se le ahogó el hijo escondiéndolo de nosotros, y se me rompió algo dentro que no se ha vuelto a juntar.
Y en Tablada vi a la mitad de vosotros morir quemados por un oro que no íbamos a disfrutar, lejos de casa, por nada.
—Barrió el claro con la mirada—. Esto que hacemos, hermanos, lo que hemos hecho toda la vida, yo le he encontrado por fin el nombre, y me lo dio un escribano del sur.
Se dice vanitas. Quiere decir vapor. Lo que parece y no pesa.
Cogemos ciudades, y se nos van como vapor.
Cogemos oro, y lo enterramos en túmulos.
Cogemos vidas, y dejamos detrás madres locas.
Y al final un hombre del norte llega a viejo, si llega, sin haber plantado nada en ninguna parte, sin nada que dé sombra, sin nada que no sea vanitas.
Yo no quiero morir así. Y no quiero que muráis así vosotros, en este charco, por nada, para que el sur cuelgue vuestras cabezas de sus palmeras.
Se había hecho un silencio absoluto. Hasta los tambores de Nasr, en la orilla, parecían lejos.
—Por eso os digo lo que voy a hacer, y luego cada uno decidirá lo suyo, porque esto no lo mando, esto lo elige cada hombre con su cuello.
—Hrafn hizo una pausa, y lo dijo—: Yo voy a rendir las armas al emir.
Voy a aceptar su clemencia, sea cual sea su precio.
Y si su precio es quedarme en esta tierra, desarmado, bajo su ley, aprendiendo a vivir de otra cosa que del hacha, lo pago.
Porque prefiero vivir desarmado en una tierra ajena, plantando algo, aunque sea tarde, aunque sea poco, a morir armado en un charco por nada.
Eso es lo que yo elijo. No os lo mando. Os lo digo, para que sepáis dónde estoy.
El silencio se rompió en muchas voces a la vez.
Hubo gritos de horror, de hombres para quienes rendir el hierro era peor que la muerte.
Hubo murmullos de alivio, de hombres febriles y hambrientos a los que la palabra «vivir» les sonó a agua en el desierto.
Hubo confusión, llanto, discusión. Y por encima de todo se alzó la voz de Ásgeir, el goði.
Se abrió paso hasta el centro, el pelo de huesos temblando de furia santa.
—¡Lo dije! —gritó—. ¡Lo dije en Išbīliya!
¡El jarl ha renegado de Odín, le entró el dios del sur por los oídos, y ahora reniega del norte entero!
¡Nos pide arrodillarnos, entregar el hierro, abjurar de nuestros dioses ante el dios ajeno!
¡Esto es lo que nos ha traído su impiedad, hueste!
¡Tablada es el castigo de los dioses por seguir a un jarl que los abandonó!
¡Y ahora os pide que los abandonéis vosotros también!
¡Yo no doblo el cuello ante el dios del sur ni aunque me cueste la cabeza!
¡Antes muerto y en el Valhalla que vivo y arrodillado!
—Entonces vete al Valhalla, goði, si tanto lo quieres —respondió Hrafn, sin rabia, con una calma que desarmaba—.
Yo no se lo impido a nadie. El que prefiera morir armado, que muera armado; es su derecho y lo respeto.
Pero no le impongas tu muerte al que prefiere vivir.
Eso sí no te lo permito. Cada cuello decide el suyo.
Y entonces, antes de que la cosa se enconara más, habló Ulf Barbablanca desde el fondo. Su voz vieja, cansada, sin la furia de Ásgeir ni la elocuencia de Hrafn, cayó sobre el claro con el peso de los muchos muertos que aquel hombre había enterrado.
—Hay una tercera cosa —dijo Ulf, y todos callaron, porque Ulf hablaba poco—.
No solo rendirse o morir. Yo perdí a mi hijo en Tablada.
El pequeño, el último que me quedaba. —Le tembló la voz, pero siguió—.
Y yo no quiero rendir el hierro y quedarme en esta tierra que se ha tragado a mi hijo.
Pero tampoco quiero morir aquí, en este charco, por nada, para no volver a ver el norte.
Yo quiero llevar a casa a los que aún tengan casa.
Hay entre nosotros padres, hijos, hombres con gente que los espera en un fiordo.
El emir ofrece dejarnos salir a los que rindamos las armas, ha dicho el heraldo.
Pues que nos deje salir con un barco, a los que queramos volver, a llevarnos a nuestros muertos en la memoria y a nuestros vivos al norte.
No a saquear más. A volver. A morir viejos en nuestra tierra y no jóvenes en la suya.
—Miró a Hrafn, y luego a la hueste—. Son tres caminos, hermanos, no dos.
Quedarse. Volver. O seguir peleando hasta el final, el que lo necesite.
Y yo digo que cada hombre tiene derecho a su camino, y que ninguno de los tres es traición, porque traición es solo obligar al otro a morir en el camino que tú elegiste.
Las palabras de Ulf cambiaron el aire del claro.
Porque eran verdad, y porque abrían una puerta donde Ásgeir solo veía un muro.
No había que elegir entre la vergüenza de rendirse y el honor de morir.
Había una tercera salida, la de volver, que no era ni lo uno ni lo otro.
Era simplemente irse a casa. Y muchos hombres, oyéndolo, sintieron que el nudo se aflojaba.
Sintieron que quizá no todo estaba perdido, que quizá cada cual podría seguir, al final, lo que su corazón le pidiera.
Y entonces habló Bjorn.
Se levantó despacio, el costado aún vendado, y la hueste calló del todo.
Era el Rojo, el que los había metido allí, el segundo, la otra cabeza.
Todos esperaban que estallara, que llamara cobarde a su hermano, que arrastrara a la mitad a una salida desesperada.
No lo hizo. Habló en voz baja, ronca, mirando a Hrafn, y lo que dijo fue lo más cerca de la rendición y lo más lejos de ella que un hombre como él podía llegar a la vez.
—Mi hermano tiene razón —dijo Bjorn, y un murmullo de asombro recorrió el claro—.
La ha tenido siempre, en este viaje. En Lisboa, en la barra, sobre las barcas.
Y yo no lo escuché, y por no escucharlo media hueste cuelga de las palmeras.
Eso lo cargo yo. No él. Yo. —Tragó—. Así que no voy a impedir que se rinda quien quiera vivir.
No voy a impedir que vuelva al norte quien tenga casa.
Mi hermano os ofrece la vida y Ulf os ofrece el camino a casa, y los dos tienen razón.
El que quiera cualquiera de esos dos caminos, que lo tome, con mi bendición, que poco vale, y sin mi reproche, que vale menos pero es lo único que tengo para daros.
—Hizo una pausa, y entonces lo dijo, lo que Hrafn sabía que diría, lo que le partía el corazón oír—.
Pero yo no puedo. No puedo rendir el hierro, hermano.
No por orgullo. Porque no sé ser otra cosa.
Tú vas a aprender a plantar olivos, y me alegro, y te envidio, porque hay en ti con qué aprenderlo y en mí no lo hay.
Yo soy solo esto. —Se golpeó el pecho—. Hacha y sangre y mar.
Si me quedo en esta tierra desarmado, plantando, no soy nadie.
Soy un fantasma de mí mismo arrastrándome por un huerto ajeno, y eso es peor que la muerte, eso sí es morir de verdad.
Así que cuando llegue la hora, yo cojo un barco, y los que sean como yo, los que tampoco sepan ser otra cosa, que vengan conmigo.
Volvemos al mar, a seguir siendo lo que somos hasta que el mar nos coja, que nos cogerá, y bien cogidos estaremos.
—Miró a su hermano, y le tembló por fin la voz—.
No es contra ti, Hrafn. Por primera vez en todo este viaje, no es contra ti.
Es que tú has encontrado quién quieres ser, y yo solo sé quién he sido.
Y un hombre no puede vivir de otra cosa que de lo que sabe ser.
Y así, en el claro de los tarajes, al atardecer del octavo día del cerco, sin un grito, sin un golpe, sin la pelea que todos habían temido, los dos hermanos pusieron sobre la hueste los tres caminos, abiertos, y dejaron que cada hombre empezara a buscar el suyo.
No hubo ruptura de odio. Hubo algo más triste y más hondo: la ruptura mansa de dos hombres que se querían y que habían descubierto, demasiado tarde y demasiado caro, que ya no cabían en la misma vida.
Hrafn miró a su hermano, y Bjorn le sostuvo la mirada.
Entre los dos, por encima de la hueste rota, pasó todo lo que treinta años de remo juntos habían tejido y que ahora, sin deshacerse, tendría que separarse.
La Parte de la guerra había terminado. Empezaba la de las despedidas.