La fiebre de las marismas
La fiebre cogió a Hrafn al octavo día del cerco, y a Leifa le tocó velarlo. Y velándolo conoció al hombre que había debajo del jarl, el que cargaba el túmulo del norte.
Empezó como empezaba en todos: un temblor en mitad del calor, los dientes castañeteando, y luego el ardor, la piel quemando, el sudor que empapaba sin aliviar.
Hrafn intentó disimularlo un día, porque un jarl enfermo asusta a una hueste asustada.
Pero al segundo día ya no pudo tenerse en pie.
Gorm y Yusuf lo llevaron a un sitio resguardado bajo un toldo, en lo más seco de la isla, y Leifa se sentó a su lado a velarlo, con el brazo aún en cabestrillo del golpe de Tablada pero el otro útil, y no se movió de allí en cuatro días.
Lo cuidó como él la había cuidado a ella de niña, cuando cayó de aquellas fiebres del norte que él le sanó con paciencia.
Le mojaba los labios con el poco agua dulce que Yusuf hervía y enfriaba.
Le ponía paños húmedos en la frente ardiendo.
Lo tapaba cuando tiritaba y lo destapaba cuando ardía.
Le espantaba los mosquitos con una rama de taraje, hora tras hora, día y noche, hasta que el brazo bueno le temblaba de cansancio.
Y sobre todo lo escuchaba, porque la fiebre, cuando subía del todo, le soltaba la lengua.
El jarl callado, el que medía cada palabra, el que se guardaba todo dentro, deliraba.
Y en el delirio decía lo que despierto no diría nunca.
Hablaba con Gunnhild.
Leifa lo entendió a la segunda noche, oyéndolo.
Hrafn, ardiendo, los ojos entreabiertos sin ver, hablaba con su mujer muerta como si estuviera allí, junto al toldo, en la oscuridad de la marisma.
Le hablaba en voz baja, dulce, una voz que Leifa no le había oído nunca en años de conocerlo.
Una voz sin filo, sin mando, la voz de un hombre joven que no había vuelto desde hacía mucho.
«No te vayas todavía», le decía. «Espera.
Aguanta la fiebre, mujer, que ya vuelvo, ya estoy bajando el río, ya casi llego.
» Confundía las fiebres, comprendió Leifa con un nudo en la garganta: la fiebre que lo mataba a él ahora, en la marisma, con la fiebre que se había llevado a Gunnhild años atrás, en el norte, mientras él estaba en el mar.
En el delirio, las dos eran la misma. Él creía estar a tiempo de volver, de bajar el río a tiempo, de salvarla, y le pedía que aguantara, que no se fuera, que esperara a que él llegara.
Y luego el niño. «Eirík», murmuraba. «Eirík, hijo, no llores, que papá viene, papá está aquí.
» Y Leifa, que no había llorado en Tablada, que no había llorado al ver morir a Kalf, que no había llorado al sentirse el hombro destrozado, lloró aquella noche en silencio, velando a Hrafn, oyéndolo llamar en sueños a un hijo de cuatro años muerto hacía años.
Con una ternura que partía el alma, la ternura de un padre que en toda su vida despierta no se había permitido nombrar su pérdida y que la fiebre le arrancaba entera, en bruto, sin las defensas con que la había sellado.
Comprendió, velándolo, muchas cosas que el jarl despierto nunca le habría dejado comprender.
Comprendió por qué Hrafn era como era. El cansancio, la desgana, el sitio frío que ella le adivinaba sin saber nombrarlo, todo venía de aquel túmulo en el norte, de aquella mujer y aquel niño que se le murieron mientras él robaba lejos cosas que no le sirvieron de nada.
Comprendió por qué la había recogido a ella, huérfana, a la muerte de su padre, y la había criado: porque era un hombre con un hueco de hijo en el pecho, y ella, sin saberlo, lo había llenado un poco.
No del todo, nunca del todo, pero un poco.
Comprendió por qué le hablaba a ella, y solo a ella y al escribano, de las cosas hondas que a los demás callaba: porque ella era lo más parecido a una hija que le quedaba, y un hombre le dice a una hija lo que no le dice a una hueste.
Y comprendió, sobre todo, por qué Hrafn había empezado a odiar el oficio del saqueo, por qué le repugnaba ya coger ciudades.
Porque coger le había costado, sin que lo cogido lo compensara jamás, lo único que de verdad había querido en la vida.
Y ahora, viejo, contaba cada saqueo no por el oro que había ganado sino por las horas que no había estado en casa la única vez que tenía que haber estado.
Al cuarto día, la fiebre cedió.
No por ningún remedio milagroso. Cedió porque el cuerpo de Hrafn era fuerte y porque Leifa no lo dejó deshidratarse ni enfriarse ni que los mosquitos lo remataran, porque a veces velar es todo el remedio que hay.
Una madrugada, antes del alba, Hrafn abrió los ojos y vio de verdad, y reconoció a Leifa, y supo dónde estaba, y se dio cuenta, por la luz gris y por su propia debilidad, de que había pasado días al borde.
Estaba empapado, flaco, gastado, pero la frente, cuando Leifa le puso la mano, estaba fresca.
—Has vuelto —dijo Leifa, y le tembló la voz.
—¿Cuánto? —preguntó él, ronco.
—Cuatro días. Creí que te ibas. —Leifa apartó la cara, para que él no le viera los ojos—. Hablabas. En la fiebre. Hablabas mucho.
Hrafn la miró, y comprendió, por la manera en que ella apartaba la cara, lo que había dicho en el delirio.
Cualquier otro hombre se habría avergonzado, habría hecho como que no, habría reconstruido enseguida las defensas del jarl.
Hrafn, débil, vaciado por la fiebre, demasiado cansado para mentir, no lo hizo.
—Con Gunnhild —dijo, sin preguntar—. Y con el niño.
—Sí.
Hrafn cerró los ojos un momento. Y luego, en voz baja, le dijo a Leifa, a la cría que había criado, lo que nunca le había dicho a nadie despierto:
—Llevo nueve años sin decir sus nombres en voz alta, Leifa.
Ni una vez. Los enterré bajo las piedras y enterré también sus nombres, porque me parecía que si los decía me rompía, y un jarl no se rompe.
—Abrió los ojos, y los tenía húmedos, y no le importó que ella lo viera—.
Y resulta que llevarlos nueve años callados no me ha curado.
Me ha podrido. Ese es el sitio frío que tú me notas y que crees que es cansancio.
No es cansancio. Es Gunnhild y Eirík metidos dentro sin dejarlos salir, nueve años, hasta que la fiebre los ha sacado a gritos.
—Cogió la mano de Leifa, el gesto torpe de un hombre que no toca—.
Tú me has oído sacarlos. No me da vergüenza que los oyeras tú.
Eres lo más parecido a ellos que me ha dejado la vida.
Y quiero decirte una cosa, ahora que estoy débil y no tengo fuerza para callármela como me la callo siempre.
Te crié para la guerra porque era lo único que sabía dar, y fue un error, y lo siento.
No eras mi soldado, niña. Eras lo que me quedaba de hija.
Y te metí en la pared de escudos en vez de...
en vez de plantarte un olivo. Perdóname eso.
Si salgo de este río, te juro que te lo compenso.
Te planto el olivo. Tarde, pero te lo planto.
Leifa no pudo responder. Le apretó la mano, con el brazo bueno, y lloró del todo, sin esconderse ya, las dos cosas a la vez: el dolor de toda una vida de guerra y el alivio de oír por fin, del único hombre que era para ella algo parecido a un padre, que ella era para él algo parecido a una hija.
Y fuera del toldo el alba subía gris sobre la marisma, y los tambores de Nasr empezaban a sonar en la orilla firme, recordándoles el cerco, la trampa, la muerte que esperaba paciente.
Pero dentro del toldo, por un momento, un jarl que volvía de la fiebre y una guerrera que había decidido dejar de serlo se reconocieron por fin como lo que eran el uno para el otro: padre e hija de una familia que la guerra había hecho de retazos.
Y aquel reconocimiento, en mitad de la tumba de fango, fue, para los dos, más fuerte que el miedo.
Porque les dio lo único que de verdad permite a un hombre afrontar la muerte sin deshacerse: alguien a quien volver, alguien por quien aguantar, alguien que no es vanitas.