Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El cerco se cierra
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El cerco se cierra

El general del emir no asaltó la isla. Y Bjorn comprendió, viéndolo no atacar, que el sur había aprendido a matar de una manera que el norte ni siquiera consideraba una manera de matar: esperando.

Se llamaba Nasr, según supieron por los heraldos y los desertores andalusíes que la hueste tenía cautivos.

Un eunuco de la corte de Córdoba, hombre de confianza del emir, general de la campaña.

Bjorn despreciaba por instinto a un hombre castrado, pero tuvo que tragarse el desprecio cuando vio cómo aquel Nasr llevaba el cerco.

Era un trabajo de maestro: frío, paciente, sin gloria y sin riesgo.

Exactamente lo contrario de cómo habría peleado un jarl del norte.

Y exactamente, tuvo que admitir Bjorn, lo que los estaba matando.

Nasr no metió a su ejército en las marismas.

Lo habría perdido en el fango, y lo sabía.

En vez de eso, cerró el río. Plantó destacamentos en las dos orillas firmes, arriba y abajo de la isla, con torres de madera levantadas en pocos días.

Desde ellas sus arqueros y sus máquinas dominaban los canales por donde un barco tendría que pasar para salir.

Mandó barcas propias, las del río, ligeras, a patrullar los brazos navegables.

No para combatir, sino para avisar y hostigar, para que ningún esquife de los del norte pudiera salir a buscar comida o agua sin que le cayera encima una lluvia de flechas incendiarias.

Y luego se sentó a esperar. Acampó su ejército en tierra firme, a la vista, con sus tiendas y sus fuegos y sus tambores que sonaban al alba y al ocaso solo para recordarles que estaba ahí.

Y dejó que la isla de fango hiciera por él lo que él no quería arriesgar a hacer: matarlos.

Porque la isla mataba. Eso lo descubrió Bjorn en los días del cerco con un horror nuevo, distinto del de Tablada.

En Tablada se moría rápido, de hierro y de fuego, una muerte que un hombre del norte entiende.

En la isla se moría despacio, sucio, sin honor, de cosas contra las que no sirve el hacha.

Se acabó la comida buena en tres días, y empezaron a comer lo que daba la marisma: peces de fango, culebras, raíces, aves cuando podían cazarlas.

Nunca bastante para trescientos hombres, muchos heridos, que necesitaban fuerza para sanar y no la tenían.

El agua era peor que el hambre. El agua de la marisma estaba podrida, salobre, llena de bichos, y la poca dulce que recogían de la lluvia o de algún hilo no bastaba.

Los hombres, sedientos, bebían del agua mala, y el agua mala les retorcía las tripas y los vaciaba por dentro.

Y un hombre vaciado por dentro en pocos días no es ya un guerrero: es un guiñapo tembloroso tirado en el fango, deshonrado por su propio cuerpo.

Y la fiebre. La fiebre de la marisma, que subía con los mosquitos al caer el sol, cogía a los hombres, sobre todo a los heridos, sobre todo a los del norte que no estaban hechos a aquel aire.

Los quemaba por dentro, los hacía delirar, sudar, tiritar bajo el calor, y a muchos se los llevaba en cuatro o cinco días de delirio.

Morían más por la fiebre y el agua mala que por las heridas de Tablada.

Y Bjorn, que recorría la isla impotente, veía morir así a hombres a los que había arengado a subir el río, a hombres que habían sobrevivido a la batalla solo para apagarse temblando en un charco.

Sentía una rabia que no tenía contra quién descargar, porque el enemigo no estaba allí para matarlo: el enemigo estaba acampado cómodamente en tierra firme, esperando, dejando que la isla hiciera el trabajo.

Una noche, al sexto o séptimo día del cerco, Bjorn no aguantó más y fue a ver a Hrafn con un plan, el único plan que su naturaleza sabía concebir.

—Una salida —dijo, en cuclillas junto al fuego de su hermano, hablando rápido, febril él también de impotencia—.

De noche. Todos los que aún puedan empuñar un hacha, en las barcas, río abajo, contra el destacamento de la orilla de abajo, el más débil.

Caemos sobre ellos a la vez, por sorpresa, en la oscuridad, deshacemos el destacamento, quemamos sus torres, y forzamos el paso hacia la barra antes de que reaccionen los de arriba.

Moriremos muchos, lo sé. Pero al menos moriremos peleando, hermano, no temblando en un charco.

Y a lo mejor, a lo mejor, algunos pasan.

Es mejor que esto. Cualquier cosa es mejor que esto, que verlos morir cagándose encima de fiebre uno a uno mientras esos cerdos tocan los tambores.

Hrafn lo escuchó entero, y Bjorn vio en su cara que entendía el plan, que lo sopesaba como guerrero, y que lo descartaba.

—Si fuéramos los seiscientos de la barra, sanos, te diría que sí —dijo Hrafn—.

Una salida a la desesperada de seiscientos lobos enteros podría romper un destacamento y forzar el río.

Pero no somos eso, Bjorn. Mira la isla. Somos trescientos, y de esos, la mitad no se tienen en pie de la fiebre y del hambre.

¿A cuántos podrías meter de verdad en una salida nocturna?

¿A cien? ¿Ciento cincuenta hombres medio muertos, de noche, contra un destacamento atrincherado con torres y fuego que nos espera?

Porque nos espera, hermano. Nasr no es tonto, sabe que la salida desesperada es lo único que nos queda y la tiene prevista.

—Negó con la cabeza, despacio—. Sería Tablada otra vez, pero peor, de noche, sin orden.

Y al final muertos los ciento cincuenta y los otros ciento cincuenta igual de atrapados en la isla, pero ya sin nadie que pueda ni cazar una culebra.

No, Bjorn. La salida es lo que él quiere que hagamos.

Por eso la deja como única puerta aparente.

Para que la crucemos y nos rompamos en ella.

Y lo asombroso, lo que a Bjorn le costó más reconocer que la propia derrota, fue que Hrafn tenía razón otra vez.

Y que él, Bjorn, lo veía. Lo veía. El Bjorn de tres semanas atrás habría montado la salida sin escuchar, por instinto, por orgullo, por no soportar la espera, y habría muerto él y habría matado a ciento cincuenta.

El Bjorn de después de Tablada, el de los hombros temblando sobre el tronco, se quedó callado junto al fuego, tragándose el plan, reconociendo que su hermano, otra vez, veía más lejos.

Y eso, descubrió, no le dio rabia. Le dio una especie de paz amarga, la del hombre que por fin deja de pelear contra el que siempre tuvo razón y se apoya en él.

—Entonces, ¿qué? —dijo—. ¿Esperar? ¿Esperar a morir de fiebre en el charco, como él quiere?

—No. —Hrafn miró hacia el campamento del sur, hacia los fuegos de Nasr en la orilla firme—.

Esperar no a morir. Esperar a hablar. Nasr no quiere asaltarnos, Bjorn, ¿no lo ves?

Si quisiera matarnos a todos, ya habría metido el ejército en el fango pagando el precio, o nos habría dejado pudrirnos sin ofrecer nada.

Pero el heraldo ofreció una salida: rendir las armas a la clemencia del emir.

¿Por qué la ofrece, si nos tiene ya muertos?

—Bjorn no supo responder, y Hrafn siguió—.

Porque a un poder como el del emir le sirve más una rendición que una matanza.

Una matanza la cuenta él; una rendición la cuentan los vencidos.

Trescientos lobos del norte que se arrodillan y entregan el hierro y abjuran de su fe valen, para la gloria del emir, más que trescientos cadáveres en el fango que nadie verá.

Nasr nos cerca no para matarnos: para ablandarnos, para que el hambre y la fiebre y el miedo nos traigan a la rendición que él prefiere.

Y eso, hermano, eso es lo único bueno de toda esta ruina: que mientras nos quiera arrodillados y no muertos, hay una puerta.

Estrecha, vergonzosa, pero puerta. Y mientras haya puerta, esperar no es morir. Es negociar el precio de cruzarla.

Bjorn se quedó mirando el fuego, los fuegos del sur en la orilla, el río negro que los cercaba.

Y por primera vez entendió del todo en qué se diferenciaban su hermano y él, y por qué su hermano había sido siempre el jarl y él siempre el segundo, aunque Bjorn fuera más fuerte y más temido y más querido por la hueste en los buenos tiempos.

La diferencia era esta: que él, Bjorn, ante un cerco, solo veía dos cosas, pelear o morir, las dos cosas del lobo.

Y Hrafn veía una tercera, que el lobo no ve, porque el lobo no la tiene: hablar.

Negociar. Encontrar, en la trampa cerrada, la rendija de palabras por la que un hombre que no es solo un lobo puede sacar con vida a los suyos.

Bjorn no tenía esa tercera cosa. Nunca la había tenido.

Y por eso, comprendió aquella noche, aunque amaba a su hermano y aunque su hermano tenía razón, no podría seguirlo del todo adonde su hermano iba.

Porque adonde Hrafn iba hacía falta esa tercera cosa, y Bjorn, hecho como estaba, de hacha y de instinto y de sangre, no la tenía ni la tendría nunca.

Y un hombre no puede vivir en una tierra que le exige a diario lo que no es.

Pero esa noche no lo dijo. Esa noche se quedó junto al fuego de su hermano, callado, mirando el cerco cerrarse, dejándose por una vez guiar.

Posponiendo para más adelante la cuenta amarga de saber que el camino que salvaría a los trescientos era un camino por el que él, precisamente él, no podría caminar.