Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El recuento
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El recuento

Lo hizo con Gorm y con las tablillas, al amanecer, recorriendo la isla cuerpo a cuerpo, fuego a fuego, contando a los vivos y apartando con una muesca a los muertos de la lista de los que habían embarcado.

Era una contabilidad atroz. Habían subido a Tablada cerca de quinientos hombres a pie, más el centenar largo del retén de la isla y los barcos.

De los quinientos de Tablada, habían vuelto a embarcar poco más de doscientos.

Y de esos doscientos, durante la noche, habían muerto otros treinta de las heridas.

Y morirían más, porque la gangrena se había metido ya en muchos y la fiebre de la marisma empezaba a hacer su trabajo.

Sumando todo, juntando los heridos que aún respiraban con los pocos enteros, a Hrafn le salían poco más de trescientos hombres en pie o medio en pie.

De los seiscientos que habían entrado por la barra cantando hacía menos de tres semanas.

Había perdido la mitad de su hueste. La mitad.

En una tierra, por un oro, contra un enemigo que ni siquiera había necesitado emplearse a fondo.

Y los barcos. Esa fue la otra cuenta, igual de negra.

De los doce que habían entrado, quedaban en condiciones de navegar siete.

Tres habían ardido en la orilla de Tablada, prendidos por el fuego del sur durante el reembarque.

Uno se había hundido bajando, agujereado, demasiado cargado de heridos.

Otro estaba varado en la isla con el casco abierto, sin reparación posible sin madera y tiempo que no tenían.

Siete barcos para trescientos hombres era de sobra para llevarlos.

Pero siete barcos para cruzar una barra vigilada, con el río cortado arriba y abajo por un ejército que tenía fuego y jinetes, era otra cosa.

Era preguntarse no cuántos cabían, sino cuántos saldrían vivos del intento de salir.

Bjorn vino a verlo a media tarde.

Venía cambiado, y Hrafn lo vio desde lejos.

Bjorn el Rojo, que entraba siempre en cualquier sitio tomándolo, ocupándolo, venía ahora encorvado, con el costado vendado del golpe de Tablada, la melena roja apagada de sangre seca y polvo.

Y la cara, sobre todo la cara, hundida, vencida, la de un hombre al que le han quitado de golpe la única cosa en la que creía.

Se sentó en el tronco, junto a su hermano, sin pedir permiso, como se habían sentado juntos diez mil veces en treinta años.

Y durante un rato largo ninguno de los dos dijo nada.

Miraban la isla, los heridos, el humo de las hogueras, el río.

—¿Cuántos? —preguntó Bjorn al fin.

—Trescientos en pie, contando a los que no van a estarlo en una semana. —Hrafn no suavizó la cifra; Bjorn no la habría querido suavizada—. Siete barcos.

Bjorn cerró los ojos. Tragó. Y dijo, en voz baja, una cosa que Hrafn no le había oído decir nunca, en treinta años:

—Es culpa mía.

Hrafn no respondió enseguida. Podía haber dicho «sí».

Habría sido verdad, y habría sido el desquite de todas las veces que Bjorn lo había hecho doblar el cuello, de la insubordinación de Coria, del cepo del reparto, de «no huimos de un jinete».

Tenía derecho a decir «sí». Pero miró a su hermano hundido, a aquel hombre que era la cosa más vieja que tenía en el mundo, más vieja que su nombre de jarl, el que le había sacado la lanza del muslo con los dientes en una playa de Frisia, y no pudo.

No por blandura. Por algo más hondo: comprendió que un Bjorn destrozado por la culpa no le servía de nada a la hueste.

Y la hueste, con trescientos hombres y siete barcos en una tumba de fango, necesitaba a sus dos cabezas vivas y enteras, ahora más que nunca.

—Es culpa de los dos —dijo Hrafn—. Tuya por meternos.

Mía por no saber sacarte la idea de la cabeza a tiempo, ni a ti ni a la hueste.

Un jarl que ve venir el desastre y no consigue que lo escuchen, también es culpable, hermano.

No basta tener razón. Hay que saber hacerla pesar.

Y yo no supe. Llevo semanas amargado y callado en vez de pelearte la hueste de verdad, día a día, como me la peleaste tú.

Te dejé ganarla porque estaba cansado, porque ya no sabía para qué la quería.

Y mira el precio de mi cansancio. —Negó con la cabeza—.

No, Bjorn. No vas a cargar tú solo con Tablada.

No te voy a dar ese gusto torcido de hundirte tú solo.

Es de los dos. Y ahora, de los dos, tenemos que sacar de aquí a los trescientos que quedan, porque eso es lo único que importa ya.

Lo demás, las culpas, el oro, el quién mandaba, todo eso es vanitas.

Trescientos hombres vivos. Esa es la única cuenta que vale.

Bjorn lo miró, y en sus ojos hubo algo que a Hrafn le encogió el pecho: gratitud.

La gratitud terrible del que esperaba el reproche merecido y recibe en cambio el hombro del hermano.

Bjorn no sabía qué hacer con aquello. Un reproche lo habría endurecido, le habría dado algo contra lo que pelear.

El perdón lo desarmaba. Bajó la cabeza, y Hrafn vio, por primera vez en treinta años, los hombros de Bjorn el Rojo temblar.

No de rabia, sino de algo que el norte no nombra y que en cualquier otro hombre se habría llamado llanto.

—Cuéntame qué hacemos —dijo Bjorn al fin, con voz ronca, sin levantar la cabeza—. Tú siempre sabes qué hacer. Yo solo sé qué morder. Y mira adónde nos ha traído lo que sé. Dime qué hacemos, hermano. Te escucho. Por primera vez en mucho tiempo, te escucho de verdad.

Y Hrafn, mirando el río, mirando la isla llena de heridos, mirando a su hermano roto pedirle por fin que pensara por los dos, sintió, en mitad de la catástrofe, una cosa rara, casi prohibida: alivio.

Porque durante semanas la grieta entre ellos lo había desangrado por dentro, y la grieta, al menos, se había cerrado.

Aunque para cerrarla hubiera hecho falta Tablada y trescientos muertos.

Tenía de vuelta a su hermano. Lo tenía de vuelta sobre las cenizas de media hueste, tarde, carísimo, pero lo tenía.

—El emir nos da tres días y una salida —dijo Hrafn, despacio—.

Rendir las armas a su clemencia. Lo dijo el heraldo.

Es la única salida que veo, Bjorn, y no es una salida buena, lo sé.

Pero piénsalo. Por el río no escapamos: lo tiene cortado, y la barra, vigilada, y siete barcos cargados de heridos no cruzan una barra vigilada bajo el fuego.

Pelear de nuevo en campo abierto es Tablada otra vez, y la perdemos otra vez, y ya no quedaría ni para contarlo.

Quedarnos aquí es morir de hambre y de fiebre en el fango, de uno en uno, hasta que se cansen y nos asalten.

—Miró a su hermano—. La rendición es la única puerta.

Es una puerta vergonzosa para un hombre del norte, lo sé.

Rendir el hierro, doblar el cuello, ponernos en manos del que ahorca a los nuestros de las palmeras.

Lo sé. Pero detrás de esa puerta hay una posibilidad de que trescientos hombres sigan respirando mañana.

Y detrás de las otras tres puertas no hay ninguna.

Esa es la cuenta, hermano. Y por primera vez en mi vida, te juro que preferiría que la cuenta fuera otra.

Bjorn no respondió enseguida. Para un hombre como él, la palabra «rendición» era peor que la palabra «muerte»; un lobo del norte no se rinde, muere mordiendo.

Hrafn lo sabía. Sabía que pedirle a Bjorn que considerara rendir las armas era pedirle que renegara de lo único que era.

Pero Bjorn, aquella tarde, sobre las cenizas de Tablada, con el costado vendado y los hombros aún temblándole, no saltó como habría saltado una semana antes.

Se quedó callado, mirando el río, sopesándolo, y al fin dijo, despacio, con una honestidad que le costaba cada palabra:

—No sé si puedo, Hrafn. Rendirme. No sé si hay en mí con qué hacer eso.

—Levantó la cabeza, y miró a su hermano—.

Pero te voy a decir una cosa, y guárdala.

Aunque yo no pueda, aunque a mí no me dé el cuerpo para doblar el cuello, no voy a impedir que lo hagas tú.

Ni que lo hagan los que quieran vivir. Te he metido en esto arrastrando a la hueste contra ti.

Lo menos que puedo hacer ahora es no arrastrarla otra vez.

Si tú ves una puerta para los trescientos, ábrela, hermano.

Yo... yo ya veré qué hago con mi cuello cuando llegue el momento.

Pero no seré yo, esta vez, quien le cierre a nadie la puerta de seguir vivo.

Te lo debo. Se lo debo a Kalf, y a Eystein, y a todos los que dejé en esa llanura por no escucharte.

Y aquello, comprendió Hrafn, era lo más cerca de una rendición que Bjorn el Rojo llegaría jamás: no rendir sus propias armas, que eso quizá nunca pudiera, pero dejar de impedir que los demás salvaran la vida.

Era poco. Y era, viniendo de Bjorn, inmenso.

Los dos hermanos se quedaron sentados en el tronco hasta que cayó la noche sobre la isla de fango.

Callados, hombro con hombro, como al principio de todo, como antes de la ciudad de plata y de Tablada y de la grieta.

Dos hombres viejos que habían remado juntos media vida y que ahora, juntos otra vez, demasiado tarde, contemplaban las ruinas de todo lo que habían sido y buscaban, en la oscuridad, una puerta por la que sacar con vida a lo que quedaba.